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Recordemos al Jafetz Jayim



(5598-5693/1838-1933)

La mejor forma de obtener una amplia visión de un gigante de la Tora y de captar el genio de su mente y alma es relatar sus actos y pensamientos.

Quizás ningún erudito de la Tora ha cautivado tanto el corazón de los judíos como el "Jafetz Jayim" (o Jofetz Jaim, como se te denomina en Yiddish), Rabbi Israel Meir Hacohén, conocido como tal por su obra ejemplar que lleva este nombre., quien vivió en el pequeño pueblo de Radin en Polonia y cuya sabiduría ha trascendido las fronteras.

Cierta vez para ayudar a un estudiante suyo que había sido detenido por espionaje, el "Jafetz Jayim" decidió viajar a San Petersburgo a declarar a su favor. En las cortes rusas no se aceptaba afirmación sin prestar el juramento correspondiente ("diré la verdad, toda la verdad", etc.). Sin embargo, el Jofetz Jaim no prestaría juramento; para reforzar aún más la prohibición de jurar en falso, algunos se abstienen de jurar, aunque sea para decir una verdad absoluta. Para obtener permiso especial para su cliente, el abogado defensor relató al juez una de la vivencias del "Jafetz Jayim": "Este testigo invitó una vez a un hombre que estaba en la calle a alojarse en su casa. El invitado, quien en verdad era un ladrón, le robó todo lo que pudo y escapó.
El Jofetz Jaim salió corriento tras él y le gritó: te entrego todos estos bienes con todo mi corazón"...
"Dígame, le preguntó el juez, ¿Usted cree realmente esta historia?" "No sé, su señoría", admitió el abogado defensor, "¿pero inventan acaso cuentos así sobre usted o yo?..."

Medio siglo después de su muerte, el Jofetz Jaim aún sigue vivo en el corazón de su pueblo. A diario se menciona su nombre ya sea por una halajá (ley), un relato o una parábola. Aquellos que lo conocieron bien han contado tantas historias sobre su vida que no es necesario relatar su grandeza. Su importancia va mucho más allá de nuestra imaginación. Incluso los relatos que nunca acontecieron podrían haber sido realidad, porque hay muchas cosas de su vida que jamás sabremos. A pesar de la gran cantidad de obras maestras que nos legó el "Jafetz Jayim", todos lo recuerdan más bien como un héroe popular. Se consideraba como un ser común a los demás y no aceptó nunca el puesto de rabino en su propio pueblo.

Desde pequeño siempre irradió un aire de santidad. En su adolescencia se preocupaba de vaciar todas las noches los baldes de agua del aguatero que los niños llenaban para hacerle una broma. Así ahorraba trabajo al muchacho quien, si no, se habría pasado horas enteras todas las mañanas rompiendo el hielo que se formaba en los baldes.

Cuatro años después de su matrimonio, el "Jafetz Jayim" recibió una herencia de 150 rublos que le permitió instalar una tienda de abarrotes para su esposa. Iba periódicamente al local para asegurarse de que las medidas y pesas estaban limpias y marcaban el peso exacto. Con una fe perfecta en D's, cerraba la tienda apenas ganaba el dinero suficiente para el día: no quería gastar sus esfuerzos en actividades mundanas.

Sin embargo, un día se dio cuenta de que la gente sólo compraba en su tienda y no en las demás y cerró inmediatamente el negocio para no hacer que los otros comerciantes perdieran su sustento.

Existe un sinnúmero de relatos sobre la honestidad, bondad, responsabilidad y modestia del "Jofetz Jaim" como, por ejemplo, cuando sacó una estampilla de una carta para devolvérsela al gobierno porque le había llegado por mensajero y otras historias similares. Sin embargo, los mejores relatos son aquellos que se hicieron sobre su más famosa cualidad:

Al cumplir los treinta años el Jofetz Jaim emprendió una campaña para luchar contra el hábito pernicioso de la difamación (lashón hará) y el chisme. Publicó entonces un libro anónimo titulado "Jafetz Jayim" ("El que ama la vida") -del cual recibió su nombre- que desencadenaría luego una verdadera revolución ética. En uno de los versos del Salmo XXXIV se nos plantea lo siguiente: "¿Quién es el hombre que desea la vida (Jafetz Jayim), que desea multitud de días y ver el bien? Guarda tu lengua del mal y tus labios de hablar engaño..." (Tehilim-Salmos-XXXIV).

¡Imagínese lo que sería intentar escribir un ensayo sobre la difamación del compañero!. Algunos difícilmente llegarían a redactar cinco párrafos. Sin embargo, el "Jofetz Jaim" produjo una obra maestra de 300 páginas. En ninguna de sus palabras se percibe el cinismo y menosprecio que se podrían haber esperado de un hombre que da charlas y escribe sobre el delito moral de traer y llevar chismes. Se hicieron varios intentos para probar que ni siquiera el propio autor podía evitar caer en la grave acción difamatoria pero sólo se concluyó que él era sincero y que su único propósito era unir al pueblo judío y para que ninguno de sus componentes jamás deshonrase a otro.

El Jofetz Jaim estaba indeciso, no obstante, sobre una de las leyes de lashón hará. No era asunto de que fuese verdadero o falso que uno no debe difamar a los demás ni escuchar chimes.¿Pero qué sucede cuando uno habla mal de sí mismo? ¿Puede esto acaso considerarse como habla difamatoria? El Jafetz Jayim pudo llegar, por casualidad, a una conclusión al respecto.

Un día que viajaba fuera de la ciudad, el Jofetz Jaim compartió el coche con un judío de otro pueblo. Como de costumbre, intentó entablar amistad con su compañero de viaje: "¡Shalom aleijem! ¿Quién es usted, de dónde viene y a dónde va?" "Me llamo..., vengo de... y voy a asistir a la charla del gran Jofetz Jaim". Como no sabía que estaba frente al propio sabio, el viajero siguió alabándolo. "No es para tanto", afirmó el Jafetz Jayim. "¿Cómo se atreve? ¿Sabe de quién esta usted hablando?" "Claro, lo conozco muy bien y le repito, cuando usted lo conozca bien, verá que no es tan grandioso."
Y la discusión prosiguió. El judío, no pudo controlar su rabia por tanta blasfemia. Pero el coche ya había llegado a su destino y cientos de personas se aglomeraban a su alrededor para saludar al Jofetz Jaim. Al darse cuenta de que había peleado con el propio sabio el hombre se sintió terriblemente avergonzado y entonces el Jafetz Jayim decidió que uno no debe hablar mal (lashón hará) de sí mismo.

Andaba todos los días con el mismo abrigo negro, gastado por los años. Guardaba uno nuevo de seda en su armario para el día que se anunciase la llegada del Mesías. Estaba convencido de que esto sería pronto, y no sólo hablaba de ello y lo escribió en "¿Tzipita Lishuá?"(¿Esperaste la redención?) sino que lo reflejaba en su estilo de vida. Para él éste era un mundo efímero porque la verdadera vida comenzaba en el mundo venidero.

Un día un judío norteamericano fue a visitar al Jafetz Jayim a su casa, en el pequeño pueblo de Radin, en Polonia. El visitante se extraño mucho al ver cuan pobre y escaso era el amoblado en la morada de tan gran erudito. Sólo había una mesa, bancos y una cama. Sorprendido, le preguntó por qué no tenía más muebles o comodidades. El Jofetz Jaim respondió con una pregunta: "¿Dígame, dónde están sus muebles?" Aún más desconcertado, el judío replicó: "Soy sólo un turista que anda de viaje, no me quedo mucho tiempo en cada lugar y por ello no necesito muebles. Me estorbarían." El Jofetz Jaim sonrió. "Yo también soy sólo un turista, un simple viajero en este mundo, y espero estar aquí poco tiempo. Este mundo es sólo la antesala del mundo venidero. Y para ser una antesala, creo que está bastante bien amoblada..."

Los descendientes del Jafetz Jayim que viven actualmente en Jerusalén recuerdan otras anécdotas y hashkafot (puntos de vista sobre la vida) poco conocidas sobre su antepasado:

El Jofetz Jaim odiaba el lujo. Pero peor aún que el énfasis que se daba al lujo en este mundo era la cantidad de bitul Tora ("anulación de la Tora", expresión utilizada para indicar la pérdida de tiempo) que éste generaba.

La segunda esposa del Jofetz Jaim, Miriam Fraida3, era hija de un rabino acaudalado y estaba acostumbrada a una existencia más acomodada que la que llevaba en Radin. En la sala de estar/comedor del Jafetz Jayim sólo había una mesa de tablas toscas y bancos.

Una mañana al volver de davening (rezo en Yiddish) el Jofetz Jaim se encontró con sillas nuevas muy elegantes en su sala de estar. No podía creerlo. Su esposa le explicó que sentía vergüenza de tener que sentar a ilustres rabinos en simples pisos de madera gastados. "¿Permitirías que alguien se sentase alguna vez en una Guemará?" le preguntó el "Jofetz Jaim". "¿Cómo voy a pagar estas sillas? Tendré que vender más libros para cubrir los gastos, lo que significa tener que correr a la imprenta, buscar al encuadernador, contactar al distribuidor... es decir, tendré que perder horas y horas de estudio. Te equivocas si crees que podrás ofrecer una silla a nuestros visitantes; de hecho, ¡así los sentarás en una Guemará!". Además, el Todopoderoso declaró que ni Su nombre ni su trono serán terminados hasta que no se aniquile a Amalek. ¿Cómo podemos entonces sentamos en cuatro sillas perfectas si ni siquiera el trono de D's está acabado?". Para asegurarse de que ella había comprendido su explicación siguió hablando del tema durante ocho o nueve horas...
Esta era su segunda esposa. Al irse a vivir a Radin después de la boda le dijo al "Jafetz Jaim" desde un principio que no viviría en una casa con piso de tierra. Aunque no estaba de acuerdo, el Jafetz Jaim mandó colocar un piso de madera sencillo.

Se repite esta misma idea en la escena siguiente: Un día el Jafetz Jayim encontró a su hija recién casada con un Sidur Korbán Minjá en las manos. "¿Qué es esto?", le preguntó. "Sólo un sidur", le respondió ella. Pero uno no podía evadir al Jafetz Jayim. "¿Pero para qué necesitas un sidur tan grueso escrito en un papel tan caro y con un empaste tan elegante?" "Rezo mejor con este sidur," le respondió su hija esperando que con esta explicación devota acabaría la discusión. Pero estaba equivocada. "D's responde a nuestras oraciones, cualquiera sea el sidur que usemos", respondió su padre. "No le importa si está grabado con letras de oro o empastado en cuero. Sin embargo, me preocupa que tu esposo pierda horas enteras ganándose el dinero para pagarlo en vez de dedicarlas al estudio. ¿No te das cuenta acaso que sólo se gana dinero a costa del tiempo que podría ser aprovechado para estudiar Tora? Empiezas con un sidur y luego pides candelabros de plata, después cortinas, quieres arreglar los muros, y así sucesivamente...". El Jafetz Jayim se pasó tres horas sermoneándola al respecto hasta que ella confesó que todas las recién casadas reciben un Sidur Korbán Minjá de sus esposos. Aunque quería ser igual a las demás, después de esa discusión ofreció devolverlo. El Jofetz Jaim le sugirió entonces que compartieran el sidur y que él pagaría a su yerno la mitad del precio del libro. Así cuando viajara fuera de la ciudad se llevaría el sidur para mostrar que también le pertenecía.

El Jofetz Jaim no sólo trataba de hacer respetar los valores de la Tora a su familia sino que esperaba que todos aquellos que lo rodeaban siguiesen la misma norma.

Hay mucho que contar sobre el Jafetz Jayim pero no todo puede resumirse en un relato: Conocía lo suficientemente bien la naturaleza humana como para dudar de la veracidad de sus cuentos. Esto lo ayudó mucho a poder descartar todo lashón hará que haya pasado por sus oídos. "¡Confía plenamente en D's", solía decir, "pero no en la gente!"

Frecuentemente era aún más estricto con su propia conducta de lo que las mismas leyes dictaban para evitar profanar el nombre de D's. Al término de su vida, cuando ya estaba eximido de pasar Sucot en una Succá-cabaña-congelada por el frío, insistía no obstante en hacerlo para mostrar a todos aquellos que podían dormir en la Suca que no debían ser indulgentes consigo mismos.

El "Jofetz Jaim" confesó que él nunca decía una bendición de más o mencionaba el Nombre de D's en vano pero que sí cumplía con la Takanat Ezra (inmersión en una mikvá antes de davening-oración-. Baño ritual de inmersión o debajo de un torrente de agua antes de la oración diaria matutina-Tefilat Shajarit-establecido por Ezra "El Escriba" en la época del Segundo Templo, hace unos 2500 años). El "Jofetz Jaim" insistía en que su esposa, Miriam Fraida Z.L, quien era también excepcionalmente bondadosa, no lavara el piso de madera. Todos sabemos que el Jafetz Jayim era una persona extremadamente minuciosa con respecto a su limpieza personal y aún cuando viejo solía agacharse a recoger un papel del suelo. ¿Por qué entonces su esposa no debía lavar el piso? Sentía que un pobre con las botas llenas de barro no sería bien recibido en su casa si su esposa recién hubiese limpiado el piso.

Sin embargo, la rebetzen (esposa del rab) lavaba el suelo todas las mañanas mientras el Jofetz Jaim salía a rezar. El no se había dado nunca cuenta de ello hasta que un día volvió a casa en medio de la oración y encontró a su esposa limpiando el piso. A pesar de su contrariedad no levantó la voz. No era costumbre suya. Expresaba su descontento de otra manera: "No está bien, no está bien", dijo en voz alta. "Si sólo la gente restregara su neshamá (alma) en vez del piso, ¡imagínate cuan limpios y puros serían todos!"

La Rebetzen Zaks, hija del Jofetz Jaim, tuvo un comentario muy acertado cuando se le dio la idea de que escribiese cuentos sobre la vida de su padre: "Mi padre, Tz.Z.L, deseaba que la gente estudiase sus libros, no su persona..." Estas palabras reflejan su humildad. Sin embargo, los valores del "Jafetz Jayim" se trasmiten tanto en estos relatos como en sus obras.

 

El presente artículo fue extraido de la Revista El Kolel con autorización de sus editores





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