SER
O NO SER
“mira, puse delante tuyo hoy, la vida y lo bueno...”
(Devarim 30,15)
La palabra “hoy” aparece como resaltada en el
versículo y nos pide una explicación, dice el rab hagaon Moshe
Fainshtein ztz”l, en su libro “Darash
Moshe”.
Posiblemente, ya hemos estudiado que siempre, cada día y día,
debemos hacer una nueva “elección”,
entre la vida y el bien, y la muerte y el mal. Si hasta el día de hoy,
nuestro accionar no fue por el buen camino, es claro que de hoy en adelante
tenemos que elegir el camino del bien.
Pero, si ya sentimos haber elegido el camino del bien, no nos apoyemos, no
tengamos la plena confianza de que estamos bien y no necesitamos ningún
cambio, y, aunque así fuera, tampoco podemos pensar que todo deberá
seguir bien, sin “invertir” nada.
Siempre hay que seguir investigando sobre nuestras acciones y no
“creer” en nosotros mismos, ya que el camino no
bueno, siempre está abierto y a la espera de cualquier error...
Esta elección permanente, incluye la necesidad de investigar el presente
y lo que esperamos para el futuro, de la misma forma que hacemos cuando nace
un niño, que desde el momento de nacer buscamos como educarlo en el
camino de la Tora.
La momento de la elección resulta ser un tiempo especial de meditación,
y siempre puede “renovar” nuestro camino.
Debemos ser meticulosos y absolutamente objetivos para saber si hasta ahora
anduvimos bien o no tanto.
Un ejemplo del análisis que deberíamos hacer, lo encontramos
en el libro “Rabi Moshe Fainshtein”:
Cuando el rab se encontraba frente a una operación del corazón,
se ocupó en forma muy especial de investigar sus acciones, buscando
el pecado que lo llevó a una enfermedad y, posteriormente, a la sala
de operaciones. Estaba seguro que no podía ser otra cosa, que esto
era el castigo por haber hecho una acción que afectó a alguna
otra persona, pero por más que buscaba y buscaba en su pasado, no encontraba
su origen.
Viajaba por el pasado y regresaba al presente. Volvía y “echaba
una mirada” a toda su vida, hasta que llegó a los días
de su niñez. Allí encontró, al fin, la fuente de su sufrimiento.
Siendo un alumno del “jeider”, él y su compañero
de asiento dieron cada uno su respuesta a la pregunta del “rebe”.
Rabi Moshe recordó como se “infló” de orgullo cuando
el rebe prefirió su respuesta a la de su compañerito. Y aunque
su reacción no provocó a su compañero ningún daño,
de todas formas no fue correcto de su parte llenarse de orgullo ante la tristeza
de otra persona.
Rabi Moshe vio esa acción (tan normal o pequeña para cualquiera)
como un gran pecado: “avergonzar a su compañero”, lo que
le trajo como castigo esa intervención quirúrjica...
Lekaj Tov.
LA CARTA
En la ciudad de Mir, que estaba a un lado del límite entre Polin y
Lita, vivía una muchacha que había quedado huérfana a
muy temprana edad. Creció y mientras sus amigas se iban casando, quedó
soltera. Le era muy difícil encontrar con quien casarse, decían
que podía ser porque era de muy baja estatura, o porque era pobre y
huérfana, pero la realidad era porque buscaba un muchacho que “santifique”
toda su vida al estudio de la Tora. Y para poder casarse con un muchacho así,
hacía falta que su familia se ocupara del sustento, pero ella no tenía
ni padre ni madre ni quién pueda ayudarla a lograr ese objetivo tan
sagrado.
Ella trabajaba como bibliotecaria e intentaba juntar todo el dinero que le
era posible para su gran finalidad, pero los años pasaban, y sus compañeras
y amigas ya habían formado un hogar, y ella seguía sola y triste.
Pero no se entregaba, no iba a resignar, no iba a “aflojar” de
ninguna forma. No se permitiría tener un esposo que no cumpliera con
“sus condiciones”. No aceptaría casarse con alguien que
no se dedicara plenamente al estudio de la Tora.
Un día, volviendo del trabajo, pensaba en su triste situación,
y decidió escribir una carta, dirigida al Unico que podría ayudarla,
a Hakadosh Baruj Hu. Sobre una hoja limpia de papel escribió todos
sus rezos, todos sus pedidos que venía pidiendo año tras año,
volcó todo su dolor, todo lo que salió de su corazón.
Y al final, describió a quien quería por esposo: un hombre que
se dedique solamente a estudiar Tora, poseedor de buenas cualidades, que no
se preocupe por la pobreza. Y terminó la carta con las siguientes palabras:
Vos, Hashem, le das sustento a los pobres, levantas a los caídos, seguro
que podés tener una respuesta a mis rezos. Yo me “apoyo”
únicamente en Vos, en todo momento. Te escribe, Tu Hija.
Introdujo su carta en un sobre, y en el lugar del destinatario escribió
“Leabi Shebashamaim” (a Mi Padre que está en el Cielo).
Se dirigió a uno de los campos que estaban fuera de la ciudad, y llevó
el sobre en su mano. Estuvo allí parada hasta que sintió que
el viento abrió su mano y le “quitó” la carta, en
dirección al río que atravesaba el valle. Vio como la carta
“volaba” y volvió rápidamente a su casa...
Pasaron unos pocos días, y uno de los alumnos de la Ieshivat Mir salió
a dar un paseo por los campos cercanos. Estaba repasando lo que había
estudiado esa mañana en la Ieshiva y de pronto vio un sobre cerrado
que estaba atrapado entre las plantas. Se agachó para recogerlo, pensando
en cumplir con el precepto de “Shabat Abeda” (devolver el objeto
perdido a su dueño). Pero cuán grande fue su sorpresa al ver
que la carta estaba dirigida nada menos que a Hakadosh Baruj Hu.
Intentó pero no pudo dominar su curiosidad. Era más fuerte que
él. En caso de no abrirla, debería comunicarle el hallazgo a
su rab. ¿Y qué harían otros? Encontrar el dueño
de la carta era imposible, alguien la tenía que abrir. No pudo resistir,
abrió la carta y la leyó con atención, sin poder creer
lo que leía. Volvió a la Ieshiva y la volvió a leer una
y otra vez, sentía algo que no podía comprender, se unió
al sufrimiento de la persona que escribió la carta, había en
las plegarias tanta pureza, tanto sentimiento.
Se dirigió a la sala de estudio y fue directamente a buscar al Rosh
Ieshiva, en esos días era el Rebe de Mir, el rab hagaon Eliahu Baruj
Kamoi ztz”l. Después de un breve diálogo con el rab, el
muchacho le dice al rab:
Rab, yo estoy dispuesto a casarme con esta chica!
El rab estudió la situación y a pesar de que la muchacha era
seis años mayor, aceptó la idea de su alumno. Y los deseos de
la niña se cumplieron, rabi Itzjak Iejiel Davidovich,
su marido, llegó a una categoría muy alta en Tora e Irat Shamaim.
Se convirtió en el Mashguiaj de la Ieshiva de Minsk y entre sus alumnos
estaba, por nombrar alguno de ellos, el gaon harav Iaacov Kaminetzky
ztz”l.
El relato nos viene a mostrar la fuerza que tienen los rezos, que se identifican,
como dijimos con “ani ledodi vedodi li”.
Jazal nos dicen en el tratado de Berajot (6b) que la tefila es una de las
cosas que llegan a las posiciones más elevadas de los cielos y que
la gente no valora su poder ni su importancia. La Guemara no pretende decir
que la desvaloración es directa, sino que es desconsiderada por no
poder comprender su contenido. Y sabemos que es muy díficil rezar con
la debida concentración. Y hay varios motivos que justifican (¿?)
esta dificultad. Hay, por ejemplo, gente a la que le cuesta estar parada mucho
tiempo en el mismo lugar. También encontramos la persona que no puede
recitar palabra por palabra, digamos, se traga las palabras. Y para todos,
está el gran problema de no entender la explicación de lo que
decimos, y saber que estamos parados delante de Hakadosh Baruj Hu...
Para solucionar esto, lo primero es pensar sobre nuestros rezos. La carta
nos muestra todo lo que puede hacer un sentimiento de fe, simple y sincero,
que a la vez es muy fuerte. Puede ser que los rezos de la señorita
de la carta no sean los que nosotros conocemos, ella no fue a rezar al Beit
Hakneset, tampoco rezó leyendo lo que está escrito en el “Sidur”,
el libro de oraciones, hasta es posible pensar que ella misma no sabía
que estaba rezando, simplemente escribió sus sentimientos sobre un
papel. Lo que hizo fue una demostración de fe muy grande, expresando
que solamente Hakadosh Baruj Hu podría ayudarla, lo que es la base
de todos nuestras plegarias. El que cree con fe completa que solamente podemos
rezar a Hashem, y que no es posible esperar nada de nadie fuera de El, no
podrá restarle valor a los ruegos. Esta persona sabe que las plegarias
es una de las cosas que están en lo más alto del cielo.
En verdad, todo iehudi tiene esa fe interna y sabe de la fuerza de los ruegos.
Inclusive el iehudi más alejado, que no recibió la educación
para cumplir con la Tora y los preceptos, tiene la fe en lo más profundo
de su corazón, cree en Hashem y sabe que cuando lo necesite, puede
recurrir a El. El rab hagaon Eliahu Lupian ztz”l,
solía contar sobre un conocido “renegado” (que negaba en
público la existencia de Hashem y cometía pecados a la vista
de toda la gente para provocarla), que en su ancianidad se enfermó
muy gravemente. Los médicos dijeron que no tenía ninguna esperanza,
y que su fin estaba muy cerca. Pero, tenía la posibilidad de someterse
a una muy complicada operación, que solamente podría (no con
seguridad) alargarle un poco la vida. Esta operación, de la que no
se sabía si podría o no ayudar en algo, era muy peligrosa, y
podría ocurrir que el paciente muera en la mesa de operaciones. El
hombre decidió correr el peligro, y operarse.
Una vez recostado en la sala de operaciones, con el anestesista preparado
para dormirlo, pegó un grito tremendo, que sorprendió a todos
los que estaban allí presentes. ¿Qué fue lo que gritó
este renegado? “En Tus Manos deposito mi alma, me trajiste
hacia la verdad” (Tehilim 31).
¿Cómo? Todos se preguntaron de dónde le salieron estas
palabras. ¿Cómo una persona de estas características
puede sacar de su boca un versículo que expresa la fe en su máxima
potencia?
Contestó el rab: David Hamelej dice en sus Tehilim (cap.130):
“...de las profundidades te llamo, Hashem”, y cada
persona llama al Bore Olam desde “su” profundidad. Está
la persona que tiene la fe “saliendo”, en la puerta de su corazón,
que en cualquier momento está preparada para rezar con concentración
y sentimiento. Y hay otros, que tienen la fe “encerrada” en las
profundidades del corazón, y que pueden “despertarse” y
rezar con emoción, solamente en determinados momentos o tiempos, como,
por ejemplo, en las “fiestas”, en los “Iamim Noraim”.
Y también están, los que en estas fechas tampoco se despiertan,
que solamente cuando pasa “algo”, cuando se avecina algo no muy
bueno, derraman su corazón como si fuera agua frente al Creador.
Este tipo de personas pueden tener reacciones muy fuertes, porque el rezo
sale desde lo más profundo de sus corazones. Y fue lo que pasó
con este hombre, que de pronto se dio cuenta que después de que el
anestesista lo duerma, podría suceder que nunca más despierte,
y esa fue “su” profundidad.
Nosotros, podemos considerarnos dichosos, que no necesitamos llegar a semejantes
extremos para pararnos a rezar delante de Hashem, con nuestro Sidur en las
manos. Agradecemos al Bore Olam que no esperamos a que ocurra, lo alenu, una
desgracia, para elevar nuestras plegarias.
Dichosos, que podemos enseñar a nuestros hijos a rezar con fe!
Pero, todo esto trae también un peligro, nuestra continuidad y facilidad
nos puede llevar a la rutina, que provoca que no tomemos conciencia en el
momento de los rezos que estamos parados frente al Creador del mundo. Y dejamos
pasar la gran oportunidad, de pedirle a Hashem que cumpla con todos los deseos
de nuestros corazones. Olvidamos que “Hakadosh Baruj Hu
está cerca de los que lo llaman, de todos los que lo llaman en verdad”.
Especialmente en estos días, que el profeta Ieshaiahu proclama que
llamemos y pidamos a Hashem, que aprovechemos porque está “cerca”.
Días en los que los rezos de una persona sola tienen la misma fuerza
que la de un grupo de personas.
Nuestros jajamim compararon estos días, como la oportunidad especial
que tienen las personas de hablarle a un rey cuando salió del palacio.
En cualquier otro momento es muy difícil acercarse al rey, que está
encerrado en su palacio trabajando sobre los asuntos de su país. Pero
cuando el rey sale y pasea por el pueblo, cada uno puede acercarse a él
y hacerle sus pedidos. Qué grande será la alegría del
que no desperdicie ese momento tan valioso.
Por eso, tenemos que fortalecernos en todos los temas que rodean a las plegarias.
Primero, hay que tener en cuenta la importancia propia de los rezos, y lo
afortunados que somos que podemos “hablarle” al Rey. El rab
hagaon Jaim Mibrisk ztz”l dice que en la tefila hay dos
cosas fundamentales: el reconocimiento del hecho, de que rezamos parados frente
a Hashem y el entender qué estamos diciendo.
Aunque suene repetido, lo más importante es saber que estamos
parados frente a Hashem, lo que nos obliga a pararnos “correctamente”,
no como si estuviéramos a punto de caer, o apoyados en todo lo que
encontremos a nuestro alrededor. También tenemos que ponernos “serios”,
concentrarnos, y con humildad. Otra cosa es la paciencia, los rezos y los
cantos pueden parecer a veces muy largos, y a veces tenemos que esperar mucho
tiempo a que el resto de la gente termine de rezar, es el momento de tomar
un libro y estudiar algún tema “simple” o leer algunos
capítulos del Tehilim.
No hace falta que nos apuremos, conviene acostumbrarnos a rezar palabra por
palabra, para entender y concentrarnos mejor, y no correr como un caballo
en medio de una guerra...
Con el transcurso del tiempo, intentemos acostumbrarnos a decir nuestros rezos,
aunque sea sólo algunas partes, con concentración, para esto
nos puede ayudar estudiar el significado de las plegarias. Y así, casi
sin darnos cuenta, estaremos subiendo un peldaño más, en la
escalera de nuestra espiritualidad, e iremos descubriendo los secretos escondidos
en las alturas de los cielos, entenderemos lo que decimos y no estaremos entre
los que no valoran la importancia de la tefila.
Y El que Escucha los ruegos, abrirá delante nuestro las
Puertas de las Plegarias, Escuchará nuestros pedidos y recibirá
con Piedad y Voluntad nuestras palabras...
Lekaj Tov.