Antes
que el Rey David de Israel ascendiera al trono, mientras
cuidaba ovejas como el hijo menor de "Yishai"
de Betlejem, tenía un amigo de aproximadamente su misma edad, quien también
era un pastor. Pasaron muchos años felices juntos hasta que la Divina
Providencia en la forma más inesperada cambió el destino de David
y lo condujo desde los rebaños de ovejas hasta el palacio real del Rey
Saúl. Mató al gigante Goliat, tocó el arpa para calmar
el agitado espíritu del rey, llegó a ser el yerno de él
y, eventualmente, fue seleccionado por "HaShem" para inaugurar la
inmortal Dinastía de David.
Barzilai,
el amigo de David en sus días de pastor, permaneció junto a los
rebaños. Viviendo su vida tranquila y sin muchas tensiones en su aldea,
el vehementemente siguió la distinguida carrera de su amigo, sus grandes
actos de valor, los cuales lo impulsaron cada vez más alto, hasta llegar
a ser el poderoso monarca de Jerusalem.
El Día
llegó, cuando Barzilai, sintió una profunda añoranza de
ver al amigo de su juventud en su gloria real. Era un anciano el que finalmente
vino a Jerusalem a visitar al anciano rey con el cual él había
pasado los más felices años de su juventud.
Meras palabras
son inadecuadas para describir la profunda mutua alegría que acompañó
a los dos antiguos amigos cuando se encontraron, David cordialmente invitó
a Barzilai a pasar el resto de sus años con él en la corte real.
Pero Barzilai no aceptó esta invitación.
Demasiado acostumbrado estaba a la calmada y serena vida en los hermosos campos
de la amada tierra de Yehudá.
Cuando David
vio que él no podía convencer a su amigo de que se quedara en
su palacio, le preguntó si había, por lo menos, un deseo que él
pudiera satisfacer, como recuerdo del cariño.
"El
Sagrado, Bendito Sea Su Nombre, me ha bendecido con más que suficiente
riqueza", le respondió Barzilai. "Lo que Él
me ayudó a acumular, más que satisfará a mis hijos y aún
a mis nietos. Por lo tanto, no hay nada en el reino material que yo pueda pedir
a mi rey. Pero sí tengo un deseo. Comamos y bebamos nuevamente juntos,
así como lo hicimos en nuestra juventud mientras las ovejas pastaban.
Si tú pudieras otorgarme este único deseo, es decir, que me invites
una vez más a la mesa real".
"¿Eso
es todo?", preguntó el Rey David. "Tu deseo será
satisfecho inmediatamente. Durante el resto de tu estadía en Jerusalem,
tú estarás invitado diariamente a la mesa real".
Por tres
días Barzilai comió en la elegante mesa real. Cuando él
vino a despedirse del rey, le preguntó David: "¿Estás
ahora satisfecho, mi amigo?".
"¡Cómo
puedo estar satisfecho", contestó Barzilai, "cuando
mi deseo todavía no se ha cumplido! Yo no te pedí que se me alimentara
en la mesa real. Lo que yo pedí fue para nosotros -tú y yo- comer
juntos como una vez lo hicimos y este deseo no fue concedido. Verdad que tú
siempre te sentaste a la cabeza de la mesa real, y fuiste amable para sentarme
al lado tuyo. Pero nunca te vi tomar un bocado de la deliciosa comida, ni un
sorbo del fino vino que estaba a tu lado. Nunca comí contigo".
"Mi
querido amigo", le contestó el Rey David, "tú
no puedes comer conmigo, porque yo no ofrecería mi comida ni al más
bajo de mis sirvientes, y especialmente a un viejo y leal amigo como tú.
Sin embargo, para remover cualquier sombra de duda sobre lo que yo te cuento
es verdad. Déjame mostrarte mi comida diaria".
Y diciendo
esto, el rey condujo a su amigo a la pieza contigua. Había
una simple mesa sobre la cual había un platillo medio lleno de agua y
cerca un pedazo de pan duro.
"¿Sabes
que hay en ese platito? Esas son las lágrimas que yo derramo día
y noche. Las junto y unto mi pan en ellas. Eso es todo lo que como. (Mis
lágrimas han sido mi pan día y noche: Tehilim -
Salmos XLII:4). ¿Por qué? El camino desde los rebaños
de ovejas hasta el trono real no es tan fácil ni simple como te pueda
parecer, mi amigo. En cada paso hay sangre y lágrimas. Y cuando uno asciende
al trono, lo cual muchos envidian y aspiran, uno enfrenta constante tentación;
está plagado por cada concebible pasión y ambición, completamente
diferente a la quieta y pacífica vida de los rebaños a los cuales
tú estás retornando.
"Para
el mundo y sus codiciosos y ásperos ojos, yo soy el poderoso rey. Pero
para que el halago al cual estoy constantemente sometido no maree mis ojos y
me cause —el cielo lo prohíba- olvidar mi ningún valor y
mi inevitable destinado fin, yo paso mucho tiempo solo en esta pieza cada día.
A nadie, excepto a ti, he contado este secreto, y lo revelé a ti solo
para responder por qué no comparto mi comida contigo. Por causa del mundo
no quisiera que injustamente fuera culpable de hacerte creer que yo cometo un
grave pecado. Y quizá tu tranquila vida en tu hermosa tierra de Yehudá
te entregará aún mayor verdadera felicidad".
El presente artículo fue extraído de la revista "El Kolel"
con autorización de sus editores
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