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Entendiendo


El ser humano y sus apetitos
Por. Rav Yehuda Levobits z"l



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Primera parte:

La sabiduría, ¿está en la 'mente'... o en el 'corazón'?

¿Quién está a cargo acá,la 'frialdad del cerebro' o el 'ardor del corazón'?

“...Y no irán tras (y no serán desorientados por) su corazón ni tras sus ojos...”(1) Nuestros Sabios explican que el precepto “...y no irán trás su corazón ni trás sus ojos...” en relación a las creencias opuestas a los principios de nuestra fe (herejía). En otras palabras, al corazón no debe permitírsele arrastrarnos a dejar de creer en D-os o no seguir Su Torá.

Pero, aparentemente la herejía(a) sería el resultado de un razonamiento desacertado, originado en las aptitudes pensantes del cerebro. Pero, de ser así, ¿no debería haber ordenado la Torá, en cambio, “...y no irán tras su corazón ni tras su mente...”, vale decir, tras sus 'aptitudes mentales'?

Esta pregunta conduce a otra: en numerosos pasajes de las Escrituras, tanto la sabiduría como el conocimiento son atribuídos al corazón. Hay, literalmente,decenas de ellos. Por ejemplo: “...mi corazón ha visto mucha sabiduría...”(2) —Eclesiastés—, “un corazón sabio tomará preceptos...”(3) —Proverbios—. ¿Qué conexión habrá entre la sabiduría y el corazón?

Para responder a estas preguntas debemos dirigirnos a la raíz que encierra la verdadera creencia en D-os, y cómo se alcanza. El Rambám(b) escribe en su obra 'Sefer HaMitzvot ' que el primer Precepto es 'creer en D-os' (es decir, creer que hay una Primera Causa que hizo que todo existiera). Este precepto se deriva de “Yo soy el Señor, tu D-os...”(4)...pero, ¿es razonable exigirle a alguien que tenga fe? Las acciones pueden ser ordenadas, porque dependen de la libre elección de la persona de llevarlas a cabo, o no. Pero exigir fe en D-os y en su Torá, es demandar que el albedrío mismo de la persona esté predispuesto en determinada dirección. Y, ¿el hombre de fe no la adquiere intuitivamente, mientras el no-creyente carece de esa precepción interna? Si ésto fuera verdad, ¡exigírsela al creyente es superfluo... y exigírsela al no-creyente es injusto!

Podríamos decir que el no-creyente es una desafortunada víctima de las circunstancias, digna de perdón o clemencia, tal como lo prescribe la Torá en toda circunstancia que involucre falta de elección. Sin embargo, la falta de fe es considerada una transgresión más seria que la idolatría, la que de por sí acarrea la más severa de las penas! El mismo planteo surge en relación a quien tiene la intención de sacrificar a su hijo —inmolarlo— en honor a un ídolo. (El sacrificio de niños en honor de un ídolo llamado 'molej' era una forma de idolaría practicada en la antigüedad). ¿No deberíamos considerar al idólatra como la víctima de una concepción equivocada, cuyo juicio fue confundido lo suficiente como para llegar a sacrificar a su propio hijo? Parecería que, por lo menos, debería merecer una pena más leve que la que recibe quien, creyendo en D-os, comete una transgresión (pués éste sabe qué es lo correcto)!

Pero, nuevamente, la posición de la Torá es la opuesta: la idolatría es una transgresión sumamente grave. El Rambám escribe: “las palabras ‘celo’(c) y ‘venganza’ empleadas para expresar la ira Divina se encuentran en la Torá, únicamente, en conexión a la idolatría. Esto refleja el enojo de D-os con los que adoran ídolos”.

La cuestión de lograr tener fe se suma al hecho de que incluso grandes filósofos fracason al respecto. El gran Aristóteles, quien (de acuerdo al Rambám) llegó a un nivel de percepción apenas por debajo de la profecía, no lo consiguió. Estuvo muy lejos de entender cómo D-os maneja el universo, y cuál es el verdadero lugar del hombre. Entonces... ¿cómo puede, la Torá, exigir que toda jovencita judía, a la edad de 12 años, y todo joven judío a la edad de 13, conciban en sus mentes la misma concepción que Aristóteles no pudo?

La Torá obliga a los no-judíos a cumplir siete preceptos. Si no lo hacen, en el día del Juicio Final recibirán su castigo. Ahora bien, imagínese un tosco bebedor que pasó toda su vida cuidando ovejas en alguna zona remota. Cuando sea llevado a rastras ante el Tribunal Celestial, y sea sentenciado (y no precisamente a ingresar al Paraíso, sino al otro lado) por hacer caso omiso de sus siete preceptos, no hay duda de que argumentará con toda vehemencia: "¡Cómo pude haber sabido que tenía que cumplirlos!", y aunque su afirmación (a nosotros) nos resulte lógica, nuestros Sabios dicen que el dictamen será... culpable. Y ¿por qué? Porque seguro que se lo merece, ya que es cuestión de sentido común (así como un concepto de la Torá) que el Amo del Universo no les exige a Sus criaturas más de lo que pueden.

¿Un Creador? ¡Obvio!

La respuesta a todas estas preguntas gira alrededor de un solo punto: creer en un Creador es un logro del sentido común, al que puede llegar cualquier ser humano nomal. No hacen falta ni investigación, ni preguntas sofisticadas o filosóficas.

Rabeinu Bejaie, el autor de 'Los Deberes del Corazón', escribe : "Hay gente que dice que el mundo se formó por casualidad, independientemente de un creador inteligente.Realmente, ¡me sorprenden! ¿Cómo es posible elaborar semejante teoría? Si alguien dijera que un dispositivo tan simple como un molino de agua se hizo solo... ¡lo tomaríamos por un perfecto tonto! Todos sabemos que un accidente no da como resultado un objeto que muestre algun signo de habilidad o diseño. Otro ejemplo: una persona derrama tinta sobre una hoja en blanco. ¿Es posible que este accidente produzca palabras con significado? Si tuvieramos frente nuestro una hoja escrita y alguien insistiera que es el resultado de tinta derramada, ¿le creeríamos? Sin duda que no, diríamos que es un mentiroso..."

¿Cómo puede, entonces, una mente normal pensar que el universo se produjo sólo, sea como fuere que se explique? Cada átomo de nuestro universo revela una infinita sabiduría. Apenas se reflexiona en el hombre, con sus admirables órganos y sus habilidades sofisticadas y complejas, salta a la vista lo sorprendente que es, y cómo da testimonio del plan preestablecido del Creador. El universo no evolucionó por sí mismo más de lo que lo hizo un reloj o una instalación nuclear.

Todo ésto está expresado, brevemente y a grandes rasgos, en el siguiente Midrash(d) (Midrash Temura):

"Un agnóstico(e) le preguntó a Rabí Akiba(f): '¿Quién creó este mundo?' A lo que le respondió: 'D-os , Bendito Sea Él', a lo que el agnóstico contestó: '¡Pruébalo!', y el sabio le dijo: 'Vuelve mañana'. Al día siguiente el agnóstico se presentó y Rabí Akiba le preguntó: '¿Qué llevas puesto?', 'Un manto' recibió por respuesta. '¿Quién lo hizo?' preguntó el Sabio, 'el tejedor lo hizo' dijo el agnóstico. '¡No te creo! ¡Pruébamelo!' replicó Rabí Akiba. El agnóstico entonces dijo: '¿¿¡¡No sabes que el tejedor hizo el manto!!??' Y ahí fue cuando Rabí Akiba le contestó: '¿Y tu no sabes que el Creador hizo el mundo?' Cuando el agnóstico se fue los alumnos se dirigieron al sabio y le preguntaron: '¿Cuál era la prueba que le prometiste al agnóstico?', y el sabio les constestó: 'Hijos míos, así como la casa da testimonio del constructor, la prenda del tejedor, y la puerta del carpintero, así lo hace el mundo de su Creador.'"

En otra palabras: si usted aplica su modo habitual de pensar y examinar las cosas, el que utiliza permanentemente, y lo aplica a temas que traten con el hombre y el universo, usted llegará a la misma conclusión. La prueba más fuerte de la existencia de D´os es simple, y es lo que nos indica nuestro sentido común: que no puede haber 'diseño' sin un 'diseñador'.

Los pasajes de las Escrituras también nos hablan de ello: “Los cielos enuncian la gloria de D-os, y el firmamento proclama la obra de Sus manos(g).”(5), “... desde mi carne percibo a D-os.”(6).

Ahora, que hemos visto que creer en D-os es tan simple y lógico, encararemos la pregunta opuesta: ¿Cómo pueden filósofos de renombre mundial asegurar que el mundo se desarrolló por sí mismo y que D-os no está interesado en monitorear actos pequeños?

El poder de cegar que tiene el sobono

La Torá nos revela que el sobono enceguece.La clave de ese enigma se encuentra en el siguiente versículo: “…no aceptarás soborno, pues enceguece los ojos de los sabios y desvirtúa las palabras justas”. Según la Ley judía el significado de lo anterior es que, el cohecho (soborno entregado a un juez o un funcionario público) obstruye la administración de justicia en una corte. Lo cantidad mínima que ya es considerada soborno es una prutá (moneda de curso legal de valor casi insignificante). Es también el valor mínimo en lo referido a la prohibición de la usura, y en muchos otros preceptos ligados a las cuestiones económicas.

La prohibición de recibir cualquier tipo de favor o beneficio de las partes querellantes en un litigio, es de aplicación, incluso, a alguien tan sabio y santo como Moisés. La Torá está diciéndonos que si una persona, aun de su estatura fuera a recibir soborno, aunque fuera del valor de una prutá de uno de los litigantes, se vería afectada de forma tal que no podría ser objetivo, no podría evitar tratarlo con favoritismo, y en consecuencia, ¡no podría cumplir su rol en la corte (juzgar) en forma imparcial! Cuando nos ponemos a pensar en quién fue Mosiés, ésto parece inconcebible.

Pero la Torá nos dice lo contrario, nos revela un principio fundamental de la naturaleza humana: la voluntad y los deseos tienen influencia sobre los procesos de razonamiento. Por supuesto, la injerencia que tendrá un deseo débil en una gran mente será imperceptible, y en una más pequeña, de mayor alcance; y un deseo intenso producirá un efecto mucho más fuerte. Pero no sufrir influencia alguna es imposible, porque el menor deseo impacta en algún grado hasta en la más estupenda de las mentes.

Los Sabios de la Gmará relatan (tratado de Ktubot 105b) cómo, incluso, el favor más pequeño que se pueda concebir los predispuso en favor de los intereses del benefactor:

Los Sabios enseñaron que el precepto “No tomarás soborno”(7), no sólo se refiere a dinero, sino también, a beneficios intangibles (no físicos) más pequeños, vale decir, 'beneficios insignificantes'. Si la Torá hubiera querido refererirse, solamente, a bienes considerables, en lugar de emplear la palabra 'soborno' hubiera dicho: “No recibirás beneficios de índole económico”,(lo que hubiera quedado de manifiesto por el uso de la palabra 'beitzá' en lugar de prutá en el texto respectivo en la Torá).

Veamos algunos ejemplos de 'beneficios insignificantes'.

Una vez Shmuel(h) estaba cruzando un puente. En un momento dado un hombre vino hacia a él y le ofreció ayuda. Viendo que éste era un forastero le preguntó: “¿Qué estás haciendo por acá?”. “Vengo a presentar una demanda legal” respondió el hombre. Entonces Shmuel proclamó: “No puedo ser miembro del tribunal en tu juicio. Me declaro 'incompetente en tu caso'.”

Cierta vez, Ameimar(i) formaba parte del tribunal que llevaba adelante un juicio, y una pluma se posó sobre su cabeza. Un hombre se le acercó y se la retiró. Ameimar le preguntó: “¿Qué estás haciendo acá?” “Vengo a presentar una demanda legal” respondió el hombre. Entonces Ameimar proclamó: “Me declaro 'incompetente' en tu causa.”

Rabí Ishmael(j), el hijo de Rabí Iosi, le alquilaba su campo un hombre que le pagaba la renta con producción del mismo. Cada viernes éste le traía un canasto con fruta (del propio huerto de Rabí Ishmael). Una vez, el inquilino se lo trajo el jueves. Rabí Ishmael le preguntó por qué había venido un día antes, y recibió por respuesta: “Hoy tengo un juicio, yo soy una de las partes. Y pensé que era mejor traerte el canasto hoy, para evitarme un viaje extra”. Rabí Ishmael, en esas condiciones, no aceptaría la entrega. Le dijo al hombre: “Me declaro 'incompetente' en tu causa”. En su lugar designó a otros dos Sabios como jueces. Aquel día, Rabí Ishmael tuvo en mente, durante toda la jornada, la causa de su inquilino. Se encontró a sí mismo deseando que el inquilino haya usado tal o cual argumento para que así salga triunfante. Cuando se encontró tan predispuesto en favor de aquel exclamó: “¡Que aquellos que reciben soborno pierdan todas las esperanzas! ¡Yo no recibí nada, de haberlo hecho hubiera tomado sólo lo que es mío, (y a pesar de ello, fui predispuesto en favor del inquilino por el sólo hecho de que me quiso traer la fruta un día antes)! ¡Cuánto más afectados están los que aceptan soborno directamente!”

Ahora, ¿qué podemos decir?

Si nuestros sabios, que eran comparables a ángeles tanto por su capacidad intelectual como por su elevada conducta, encontraron que aceptar un favor (aunque fuera insignificante), los predisponía en favor de un punto de vista particular...¿qué ocurre, entonces, con una persona promedio, cuyo astuto 'instinto del mal'(k) la bombardea permanentemente con un sinfín de 'regalos y favores' para influír sobre su conducta? Le susurra permanentemente:“¡Mira! ¡Aquí está el mundo, rebosante de vibrantes placeres! ¡Todo está a tu disposición! ¡Toma lo que desees!”.

Estas burdas coimas son lo suficientemente potentes como para distorsionar el entendimiento de la persona, porque una vez que las recibe, se llena de prejuicio en favor de la forma de vida que le ofrece el soborno del placer. Y una vez que se llenó de favoritismo, ya no puede ver la verdad. Como el ebrio, que ya no puede ver las cosas con claridad ni concentrarse en el punto. Ni siquiera el saber del intelectual más grande puede resistir un soborno de esta clase.

No es ninguna sorpresa que los más grandes filósofos negaran la Creación del mundo. Su lujuria era proporcional a su inteligencia (superior), tal como lo enuncia la regla “cuánto más grande es la persona, más grande es su 'instinto del mal'(k)”. Para llegar a disfrutar del mundo sin la menor moderación, haciendo todo lo que se desee, se requiere despojar a la forma de pensar de la noción de que hay un Creador. Este apetito por gozar de cuanto existe encierra los más potentes de todos los sobornos. Un soborno de esa magnitud puede deformar el entendimiento del ser humano hasta el punto de hacerlo decir que dos más dos es 'cinco'. Sólo una mentalidad imparcial, libre de inclinaciones, puede percibir la verdad.

Removiendo los obstáculos

Como hemos visto, los principios de la fe están a la vista para quien no haya sido 'sobornado' y el origen de la renegación (o de la falta) de la fe no está en un modo de pensar irracional, sino en un apasionamiento por placeres mundanos. De este modo, queda claro por qué el precepto de la Torá de “...y no irán tras su corazón ni tras sus ojos...” se refiere a la herejía(a). Este mandamiento está, realmente, advirtiendo a la persona de que refrene y discipline sus deseos para que su entendimiento esté libre de la influencia corruptiva de aquellos. Si aquel precepto es obedecido, se estará en condiciones de reconocer la indisputable verdad de que D´os creó el mundo. No hay necesidad de esforzarse por tener fe, tan sólo hay que remover los obstáculos, y ello ocurrirá por sí mismo.

Ahora podremos entender por qué la idolatría (la fe en falsas deidades) es una infracción tan seria: la entrega sin restricción a los apetitos estropea el intelecto al extremo de no poder reconocer verdades simples, tornándose un ser irracional, más bajo que un animal (el que va, solamente, detrás de sus instintos), llegándose así a las puertas de la idolatría. Todo ser humano deberá responder por no haber creído en D´os, porque hasta el de escaso juicio puede darse cuenta de que "el mundo da testimonio de su Creador".

Y si una persona cree en D´os, ¿cómo reconoce que debe servirLo?

Paso Uno: D´os existe.

Paso Dos: Todo acto llevado a cabo por un ser racional tiene una finalidad.

Paso Tres: Debido a que el universo comenzó a existir por el Saber Divino de D´os, sin duda alguna, tiene una finalidad. (Si nuestro tosco bebedor protestara en el Día del Juicio, diciendo “¡¿Cómo podía saber que tenía que observar los 'siete preceptos' que me correspondían?!”, se le dirá “¿Y que pensaste... que el propósito de la vida y el mundo era beber whisky sin parar?”).

Paso Cuatro: El objetivo de todas las personas debe ser cumplir la voluntad de su Creador, porque Él es su Amo y Señor.

Paso Cinco: El hombre está obligado a averiguar cuál es la voluntad de D´os. De allí que si una persona transgrede los preceptos de D´os, la ignorancia no será un excusa válida. Recibirá la pena que le corresponde por habérsele requerido investigar y encontrar qué quería el Creador de él, y no lo hizo.

¿Quién está lo suficientemente libre de prejuicios como para conocer la verdad?

Se cuenta sobre el gran sabio Rab Yonatan Eibeschutz(l) (autor del libro Urim Vetumim ), que en cierta ocasión un intelectual no-judío le preguntó: “¿No está escrito en vuestra Torá '...sigan a la mayoría'(8)? Entonces... si el pueblo judío es minoría entre las naciones del mundo, ¿por qué no aplican dicha regla y aceptan nuestras creencias religiosas?”.

El gran sabio le respondió: “la ley de la mayoría” se aplica, únicamente, cuando el caso presenta dudas, no cuando es evidente. El caso clásico que trae la Gmará(m) es aquel en el que hay nueve almacenes en la ciudad que venden carne permitida por la Torá para el consumo (casher) y uno que vende carne no permitida (taref). Supongamos que encontramos un trozo sin etiqueta. La regla mencionada establece que se trata de carne casher, porque la mayoría de la carne vendida en la ciudad lo es. Pero si reconociéramos que ese pedazo viene del negocio que comercia carne taref, por supuesto que la regla no se aplica”.

Y continuó: “Nosotros, los judíos, no tenemos dudas de la veracidad de nuestras creencias. En consecuencia, la mayoría no tiene relevancia en relación a nuestro compromiso religioso”.

En realidad, la pregunta formulada por el intelectual no-judío era engañosa, porque la regla de seguir a la mayoría —que está dirigida a los jueces de las cortes rabínicas— es válida cuando los jueces son justos y están libres de prejuicios. En un caso en el que la mayoría de los letrados son parciales, hacemos caso omiso de sus opiniones y, en cambio, aceptamos las de la minoría imparcial.

Ahora bien, cuando se trata de adquirir una filosofía de vida objetiva, imparcial, libre de prejuicios, ¿a quién podemos dirigirnos? Según hemos visto, una persona entregada a sus apetitos y deleites es incapaz de distinguir la verdad. Su situación, por la que atraviesa mucha gente, que podría compararse a la siguiente: cien ebrios están rodando en una pila de desperdicios al lado de una conocida taberna, de pronto pasa por allí un transeúnte al que le dicen: '¡Escucha, nosotros somos cien y tu sólo uno! ¡Únetenos! ¿Se trata, acaso, de un planteo convincente? Solamente los puntos de vista de aquellos que tienen sus deseos bajo control tienen algún valor. Pero, ¿dónde pueden ser encontrados tales individuos?

Una verdad sostenida por millones

Personas con esta condición se encuentran, solamente, entre los sagrados sabios del pueblo judío. (Lo cual se debe a que ninguna otra nación posee un conjunto integral de instruciones divinas que le muestren a la persona cómo refinar su carácter, y transitar en forma disciplinada por el camino de la verdad. Sin Torá es imposible despojarse de los miles de tentaciones que deforman el discernimiento).

E incluso si encontráramos personas sabias e inteligentes entre los no-judíos, que se hayan sobrepuesto a las tentaciones físicas, morales y éticas, serían una minoría nimia en comparación a nuestros santos sabios, los que pueden contarse por millones. Nuestros sabios dicen que “hubo profetas en el pueblo judío en una cantidad que duplicó a la de los varones adultos que salieron de Egipto, que fue de seiscientos mil”. (El Rambám(b), describió los condiciones, casi sobrehumanas, que son necesarias para llegar a profetizar).

Nuestros sabios han dicho que “ningún hombre es libre salvo el que se ocupa de estudiar Torá”. Solamente la Torá puede emanciparnos de los prejuicios que distorsionan nuestra percepción de la verdad.

Tres principios fundamentales de fe

De nuestro primer principio ('hay un Creador y Amo del universo') deducimos el segundo: 'la Torá, que es de origen divino, fue entregada a la persona'. Si no fuera así, ¿cómo podrían los seres humanos cumplir la voluntad de D´os —su propósito existencial— a menos que se le informara cuál es?

Y a partir de este convicción surge un tercer principio inexorable: 'el Mesías llegará al final de los días'. Sabemos que los seres humandos fueron creados para cumplir con la voluntad de D´os. Pero vemos que ocurre exactamente lo opuesto. La humanidad se va ahogando en un océano de inmoralidad, anhelos materiales, egoísmo y destrucción, que se va perpetuando y “no hay nadie sabio que busque al Señor”. ¿Qué sentido tiene haber creado un cielo y una tierra para un mundo lleno de gente semejante? Por lo tanto debe ocurrir; que “la gloria de D´os sea revelada y D ´s sea coronado Rey en todo el mundo...

(Extractado de los escritos sobre fe de Rabí Eljanan Vasserman, Rosh Ieshivá en Baranovich, nacido en 1876 y asesinado por los nazis en 1941)

En nuestro mundo contemporáneo conocemos a todos los grandes científicos e intelectuales de renombre mundial, los que están dotados de inteligencias y capacidades superiores. Entre ellos encontrarás a un significativo número de judíos cuyas ideas acerca de la vida y del Judaísmo son completamente ajenas a la Torá. Un judío creyente simple se sentiría pertrubado al encontrarse con ellos. Se preguntaría '¿hay algo errado en mis conclusiones? Si los principios de la Torá son obviamente ciertos, ¿cómo puede ser que estos brillantes judíos no lo vean? ¿Tiene sentido pensar que ellos están equivocados y yo no? ¿Sus mentes privilegiadas no captarían la verdad antes que la mía? ¿Cómo puedo llegar a imaginarme que yo se más que ellos, geniales y famosos, como Einstein, Spinoza, Freud, Bernard Ba­ruch, Disraeli, Marx, y otros muchos?'.

Sin embargo, una vez que sabemos que un hombre no llega a captar la verdad, no por una falta de inteligencia sino por una falta en la pureza del corazón, ya no debemos sentirnos inferiores a esos genios intelectuales. Porque incluso la más pequeña de las mentes puede llegar fácilmente a las verdades de la vida, mientras que aquellos pensadores ovacionados, bajo la influencia de sus apetitos desenfrenados, no pueden acercarse a ninguna de ellas.

Aldous Huxley, el renombrado investigador y pensador, miembro de una famosa familia de talentosos intelectuales y hombres de ciencia escribió en su “Ends and Means” (Fines y Medios, 1397):

“No conocemos el próposito de la creación porque no queremos conocerlo. Aquellos para los que el mundo no tiene un sentido, conjeturan de esa forma porque, en términos generales, esa idea se adapta a alguna razón.”

Hacia el final de su vida publicó un ensayo titulado “Confessions of a Profes­sional FreeThinker” (Confesiones de un Librepensador Profesional, 1966):

“Yo tenía razones para no querer que el mundo tuviera un sentido, y como resultado supuse que no lo tenía, y podía fácilmente encontrar bases satisfactorias para tal hipótesis... Para mi, tal como lo era, sin dudas, para la mayoría de mi generación, la filosofía de la 'falta de sentido' fue el instrumento de liberación de cierto sistema moral. Nos oponíamos a la moralidad porque interfería con nuestra libertad sexual.”

Glosario

(a): herejía: toda creencia opuesta a los principios de nuestra fe.

(b): El Rambám: Rabí Moshé ben Maimón—aprox. 1130-1204—. Gran Sabio judío, cuya vasto conocimiento abarca no sólo las distintas secciones de la Halajá–cuerpo de leyes emergentes de la Torá–, sino también Medicina–llegó a ser el médico del sultán–, y Filosofía.

(c): En este contexto se trata de la amargura sentida por el afecto que alguien siente por un tercero.

(d): Midrash: Obras que engloban exposiciones de versículos hechas por nuestros Sabios y que complementan lo narrado por la Torá y otras Escrituras.

(e): Agnóstico: persona cuya doctrina consiste en dudar de la exsitencia de D´os, r’’l.

(f): Rabí Akiba: Gran Sabio de la Epoca de la Mishná, aprox. 1900 años atrás.

(g): Sus manos: D-os no tiene cuerpo ni imagen alguna. Las menciones del tipo 'las manos de D-os', etc, son alusiones a conceptos muy profundos, expresados de esta forma para que nos formemos una idea de lo que se está hablando.

(h): Shmuel: Sabio judío. Vivió hace unos 1900 años aproximadamente.

(i): Ameimar: Sabio judío de la época de Shmuel.

(j): Rabí Ishmael: Sabio judío de la época de los tanaítas.

(k): Instinto del mal: Instinto que empuja a obrar mal (en oposición a la voluntad del Creador).

(l): Rab Yonatan Eibeschutz: Vivió en Polonia, 1690-1764. Se destacó por su excepcional inteligencia y de quien hay numerosas obras publicadas.

(m):Gmará: conjunto de Tratados que contienen enseñanzas de diversa índole transmitidas originalmente en forma oral, por ello también es denominado Torá Oral.

Referencias

(1): Libro de Números, 15:39

(2): Eclesiastés 1:16

(3): Proverbios 10:8

(4): Libro de Éxodo 20:2

(5): Libro de Salmos 19:2

(6): Job 19:26

(7): Libro de Éxodo 23:8

(8): Libro de Éxodo 23:2

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