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Vida judía


El fuego interior
Por. Rav Elchanán Hertzman Z



Cuando una persona se dispone a construir las generaciones que lo seguirán, tiene que conducirse como cuando se va a erigir un edificio. Cuando los trabajadores transportan los ladrillos y el material a sus espaldas, no se visten con ropa de seda, sino con trajes sencillos que pueden ensuciar sin temor.

Es decir, que el marido y la mujer tienen que echar a un lado los mimos de la infancia a que estaban acostumbrados en casa de sus padres. Que no vistan la ropa de seda de casa de sus padres, o sea, aquellos elogios edulcolorados sobre la belleza y la inteligencia sin parangón del hijo. A partir de ahora, tienen que entender que sólo con paciencia mutua lograrán construir la felicidad de su hogar. Porque cuando se está edificando algo y se llevan cargados a la espalda el material y los ladrillos, no se mira uno en un espejo para acicalarse y adornarse, sino que toda la cabeza está puesta en cómo añadir una capa y otra más al edificio para que esté pronto construido.

Está escrito: "...no digas 'tus hijos' sino 'tus constructores'". Que los que están construyendo el edificio de una familia propia no sean mimados. Que no se empeñen en quedar encima del otro, sino que laboren para llevar a cabo el propósito de su existenicia, aquél para el que fueron creados y se casaron el uno con el otro.


"Todo el honor de la hija del rey está en el interior..."
Se cuenta de uno de los admorim de la dinastía de Ruzhin, que, como es bien sabido, se comportaban con el boato de los reyes y tenían muchos servidores, que en una ocasión se salió un trozo de carbón del horno y el propio rabino se acercó al horno y volvió a meterlo. Cuando su asistente lo vio, le preguntó por qué había actuado así en lugar de dejar que el sirviente hiciera el trabajo. Contestó el rabino:
"No hay que dejar fuego en el exterior ni siquiera un momento. El incendio tiene que estar sólo en el interior".

Esta anécdota y su significado hay que explicarlos y aclararlos tomando en consideración la época que vivimos actualmente.
Hubo tiempos en que en el pueblo judío, todo se hacía según los detalles y las cuentas de la sagrada Torá. Cuando una pareja joven construía su casa, se preocupaba de que el precepto de tener invitados no se viera entorpecido por el lujo de los objetos que había en la casa.

Alguien me contó que conoció a un gran estudioso de la Tora que era también muy rico y mantenía una yeshivá de su propio peculio; el ajuar de su casa, sin embargo, era sumamente sencillo y simple; las camas y la mesa eran de madera corriente y sin adornos, hasta el punto de que llamaba la atención incluso en aquellos tiempos, cuando aún no había esa "invasión" de cosas superfluas que hay hoy en día. Cuando esta persona que me lo contó le preguntó en una ocasión el por qué, respondió que su suegro en verdad le había dado una hermosa casa con rico mobiliario y alfombras. Pero que en una ocasión, entró en su casa un mendigo a pedir limosna y ensució las alfombras. Su mujer se enfadó y el mendigo se sintió humillado. Inmediatamente, él ordenó que se quitaran los muebles bonitos y se sacaran las alfombras de la casa.
Si se puede humillar a un judío con objetos de madera y trapos, es preferible prescindir de ellos.

De la matriarca Sarah, que quería dar a los invitados flor de harina, es decir, la parte mejor, dijeron nuestros Sabios de bendita memoria: "De ahí aprendemos que la mujer es parca con los invitados". Lo que significa que lo demasiado lujoso, es signo de tacañería. Justamente la harina sencilla que Abraham dijo que dieran a sus huéspedes, es señal de generosidad. Las cosas simples que no llaman la atención y no descuellan con su apariencia deslumbrante, son precisamente las que dan al invitado una sensación de comodidad interior y lo invitan a volver.

Este deseo de cosas superfluas que lleva a la envidia y a imitar a los demás, crea una situación tensa y conflictiva, en primer lugar en la pareja y después entre sus respectivos padres. En muchos casos, su final es la trágica destrucción de dos familias y a veces los niños quedan huérfanos de padres vivos y abandonados para el resto de sus vidas.
Todo por culpa de esta idolatría de los árboles y las piedras. Faltan la preparación correcta y una comprensión adecuada del verdadero objetivo del matrimonio.

Las comadronas hebreas en Egipto tuvieron el privilegio, por sus méritos, de formar familias virtuosas en el pueblo judío. Y esto fue así porque no corrieron tras los valores de los no judíos y no quisieron obedecerlos. De esta forma, al no doblegarse a las órdenes del faraón, fundaron familias de sacerdotes, levitas y reyes.
No hay que pensar en qué dirá la gente, sino en qué dirá el Creador en el mundo venidero cuando se lleve a cabo el juicio.

La mujer no tiene que ponerse nerviosa si algo se le ensucia o se rompe al volver el marido del trabajo o los niños del colegio; ni que gritar y dejarse llevar por la cólera y el enfado; de lo contrario, puede dar lugar a una reacción y un pequeño fósforo puede provocar un incendio. Y aunque se logre apagar el fuego a tiempo, el humo que produce éste al extinguirse, persistirá mucho tiempo emitiendo su olor agobiante. Es preferible, por lo tanto, que no se inicie. Todo conflicto se cobra víctimas; y no son víctimas de las que sirven para expiar las faltas, sino de las que acarrean consigo nuevos pecados, no lo permita D-s.

La pareja joven tiene por lo tanto que armarse después de la boda de buenas cualidades y edificar un fundamento de mutua confianza, de forma que el uno no piense sino en el bien del otro. No pensar en qué dirán los demás, sino en qué dirá D-s, bendito sea. A veces se hará necesario renunciar a la amistad de amigos y parientes para que el marido y la mujer puedan vivir con amor, afecto, paz y buena relación, como antaño en el Paraíso. No queda más remedio que quitar los obstáculos del camino. Esto, la pareja tiene que tenerlo claro: que cada uno de los dos tiene que vivir y esforzarse sólo para el otro y el fuego tiene que arder únicamente por dentro, entre marido y mujer y entre ellos y su Creador.

La elección está en tus manos y te llama: "...y elegirás la vida."

 

Extraído del libro "Aura Hogareña" con la autorización de su editor.

Biografía del autor:

Nací en Janucá del año 1916 en el pueblo de Assina/ Nissana cerca de Dubenka. En el pueblo no había más que diez familias judías. Las dos ciudades más grandes de las cercanías eran Jelmo y Robashov, en la provincia de Lublin. Debido a mi origen, en las yeshivot me llamaban "der Dubenker".

Mis padres fueron Rab Shmuel y Tzipora (nacida Waikerman) Hertzman z"l. Mi padre era "melamed" y enseñó a muchos niños en la ciudad de Tishevitz.

Estudié con "melamedim" en Nissena. Recuerdo sobre todo a Reb Moshe Ehrlich que vivía en Dubenka. También estudié con Reb Libe Segal de la ciudad de Sparish. Después proseguí mis estudios en las yeshivot Novordok de Jelmo y Ichiutzmir y, más tarde, en la yeshivá de Karlin en Lunentz, bajo la dirección de Rav Yosef Berkowitz. Asimismo, estudié con el Rav Eljanan Wasserman en Baranowitz y con el Rav Boruj Ber Lewovitz en Kamenitz. Tras un período en la yeshivá Jajmei Lublin, me integré a la de Mir y con ella, me radiqué en Shangai durante la Segunda guerra mundial . En esa ciudad pasé a formar parte del círculo de allegados de mi querido maestro, Rav Yejezkel Levenstein z"zl. Por misericordia del Todopoderoso, sobreviví a la conflagración en Europa y me instalé en Estados Unidos donde tuve el privilegio de enseñar a generaciones de estudiantes.

Deseo presentar una ofrenda ante Hashem, bendito sea, para su misericordia con mis martirizados padres z"l así como con quienes se han encargado de imprimir mis obras. Que el mérito del esfuerzo de estos últimos por diseminar valores genuinamente judíos, acerque la Redención Final.

Rav Hertzman z"zl falleció sin dejar hijos, su pedido fue que si sus escritos aportaron algo de valor que estudien por su alma Mishnayot y que reciten los Salmos 16, 32, 41, 42, 59, 77, 90, 105, 130, 150 y con el mérito de esto obtengan satisfacción de sus hijos, misericordia y éxito en cuanto deseen.

Le Ilui Nishmat, para el eterno recuerdo de Rav Eljanan ben Shmuel Hertzman.





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