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Shabat Shalom


Parashat Debarim-6
Por. Rav Baruj Mbazbaz



El dulce reproche

 

El pueblo de Israel tuvo el mérito de tener por líder a Moshé Rabenu durante casi 40 años.
A partir del momento en que D'os lo nombró como líder del pueblo, su entrega hacia ellos fue total e incondicional. En nuestra parashá, Moshé sabía que en pocos días debería morir para que el pueblo siga su camino hacia el establecimiento en la tierra de Israel. Entonces, decide realizar un discurso de despedida, que en definitiva D'os quiso que sea registrado en la Torá, y hoy compone el libro Devarim.


En sus palabras, Moshé los reprende por todas las equivocaciones que cometieron desde la salida de Egipto hasta ese momento. Pero a pesar de que su deber era reprenderlos, Moshé lo hizo de manera delicada y sutil, para no menguar del respeto que cada judío merece recibir.


En realidad no era una misión fácil. Por un lado, Moshé Rabenu tenía que mostrarle al pueblo los errores cometidos para que tomen conciencia de ello, y por el otro lado, no podía ofenderlos y avergonzarlos.
Por este motivo, optó por nombrarles los lugares en los que cometieron los pecados, y así el mensaje sería entendido sin avergonzar a nadie.
El versículo dice: "Estas son las palabras que habló Moshé al pueblo de Israel, al otro lado del río Jordán, en el desierto, en la llanura, frente al Suf…" (Devarim 1:1).


Rashí explica que en realidad Moshé no pronunció estas palabras en el desierto, como dice el versículo, sino en los llanos de Moav, pero la razón por la cual está escrito: "en el desierto", fue para recordarles el pecado que cometieron en ese lugar - el haber pedido carne para comer, así como dice el versículo: "Si tan sólo hubiéramos perecido en manos de D'os en la tierra de Egipto, cuando estábamos sentados cerca de la olla de carne…" (Shemot 16:3). De esta manera, Moshé quiso enseñarles que no obraron bien al revelarse.


Cuando les nombró el sitio "Arabá", que traducimos como "en la llanura", fue para reprenderlos por la idolatría que hicieron en los llanos de Moav (Bamidbar 25).
Al decirles "frente al Suf", la intención fue recordarles la falta de fe en D'os, motivo por el cual se impacientaron frente al Iam Suf - el Mar de los Juncos, y consecuentemente, se quejaron diciendo "¿acaso no hay tumbas en Egipto que nos trajiste a morir en el desierto?" (Shemot 14:11).


Teniendo a todo el pueblo delante suyo, escuchando el último discurso que él daría en su vida, el fiel dirigente no se olvidó de ningún detalle al reprenderlos, pues esta era su última oportunidad para hacerlo. Pero tampoco se olvidó de que debía ser muy cuidadoso en no ofenderlos o avergonzarlos, ya que su intención no era herirlos, sino que ellos mejoren.


Aquí, Moshé nos enseñó que si debemos reprender a nuestro prójimo, la reprimenda debe partir de un sentimiento de amor por el otro, y deben ser utilizadas palabras que sean bien recibidas.
El versículo dice: "reprender, habrás de reprender a tu prójimo, mas no cargarás pecado por él".
Rashí explica que hay una mitzvá de reprender a quien está equivocado, pero con la condición de no cargar pecado por él, es decir, que por cumplir con el precepto de reprenderlo no debemos pecar avergonzándolo.


Por otro lado, Shelomó Hamelej nos enseña en Mishlé (Proverbios 9:8): "No reprendas a un burlón, no sea que te odie, reprende a un sabio y te amará". Y esto nos enseña que además de cuidarnos con nuestras palabras, debemos tener en cuenta si el otro desea o no escucharnos, pues de no desearlo puede llegar a odiarnos. Sin embargo, el sabio entiende que la reprimenda es para su bien, y es por eso que sí querrá que su prójimo lo corrija.


El Shelá Hakadosh explica este versículo de la siguiente manera: Cuando vas a reprender a tu prójimo, no utilices palabras duras, como: "eres un ignorante que no quiere cambiar", pues de esta manera te odiará y no cambiará. Tú debes decirle: "eres una persona sabia y especial, y para alguien tan importante como tú, este comportamiento no es digno".
Es decir que al reprender a nuestro prójimo debemos tratarlo como si realmente fuera sabio, debemos demostrarle el gran valor que él tiene, y que justamente por esa razón le es conveniente mejorar su comportamiento. Pero si por el contrario, le mostramos sus defectos de manera despectiva, fácilmente podemos llegar a herirlo, y la finalidad perseguida no será alcanzada.

El Rab Israel Meir Hacohén, más conocido como el "Jafetz Jaim", fue el autor de muchos libros de gran importancia, y acostumbraba viajar por distintos pueblos y ciudades, para venderlos.
En uno de sus viajes por Lituania, llegó a la ciudad de Vilna, y se hospedó en un discreto hotel cuyo dueño era judío. Él se sentó a almorzar en el pequeño comedor, y mientras esperaba su comida, vio a un judío de aspecto ordinario, que se acercó a la cocinera y con un tono muy prepotente le pidió una porción de pollo y un vaso de vino.
Este hombre recibió su pedido, y comenzó a comer sin modales, mientras no dejaba de criticar a la cocinera.
El Jafetz Jaim se estremeció mucho por el comportamiento mismo, decidiendo levantarse para así hablarle acerca de su conducta. Pero el dueño del hotel, que estaba sentado al lado del Rab, le dijo que no valía la pena que lo hiciera, pues en él no era algo nuevo esa forma de comportarse.
"La ética y los valores sociales son totalmente ajenos a él, ya que a los siete años fue raptado y llevado a los campos de trabajo en Siberia, y allí lo criaron hasta que entró al ejército del zar Nicolás. Nadie puede llamarle la atención por su conducta, y quien intenta hacerlo, rápidamente se da cuenta con quién está tratando" - le dijo el dueño.
"Por este motivo yo le pido que no se acerque a él, pues el hombre lo humillará y maltratará" - agregó.
El Jafetz Jaim - que era conocido como un gran amante de cada judío - de todos modos decidió acercarse a ese pobre judío, a pesar del riesgo que corría.
El Rab se acercó al hombre y amistosamente lo saludó. Sin esperar que le responda el saludo, le dijo con un tono dulce:
"Escuché sobre ti, que cuando apenas eras un niño fuiste raptado, y junto con otros niños llegaron a Siberia. Has crecido entre goim y no has tenido el mérito de aprender siquiera una letra de la Torá. Has pasado por el infierno en este mundo, soportando sufrimientos y terribles persecuciones, pues los malvados, más de una vez quisieron convertirte al cristianismo y te obligaron a comer carne no casher. Pero a pesar de todo, no te has asimilado".
El Jafetz Jaim continuó: "Si yo tendría tus méritos y un Mundo Venidero como el que a ti te espera, sería una persona feliz. ¿Acaso es un hecho insignificante pasar todos los sufrimientos que has tenido que soportar por cuidar el judaísmo? Durante más de treinta años viviste esa situación tan difícil y has pasado pruebas que no cualquier persona las puede superar".
Con los ojos llenos de lágrimas el hombre miró al Jafetz Jaim, y le dijo que realmente estaba emocionado por las palabras del Rab, y su alegría era mayor al ver que había alguien que valoraba su sacrificio en la vida. Al finalizar sus palabras, abrazó al Rab y volcó en él toda su amargura.


El Rab le dijo: "has tenido el mérito de ser considerado una de las personas que más se sacrificó por mantener su judaísmo en el pasado. Si podrías recibir sobre ti la responsabilidad de seguir manteniendo el judaísmo en el presente, en forma práctica, tendrás el mérito de llegar a un nivel que no muchos pueden alcanzar".
Al ver cuánto amor tenía el Rab por cada judío, este hombre se apegó al Jafetz Jaim, y siguió con él hasta que llegó a cumplir las mitzvot como un judío temeroso de D'os.

Esta historia real refleja en forma concreta el mensaje de nuestra parashá: La mejor manera de poder acercar a otros judíos al camino de la verdad, es sólo con amor, de buena manera y mediante nuestro propio ejemplo.




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