Las
personas que no se sienten cómodas con el trato y la proximidad del otro porque
a este no le gusta la familia de la que proviene el otro o el otro no soporta
la forma de actuar del uno, se parecen a un alimento en el que se quieren
mezclar ingredientes que no pueden mezclarse y, por lo tanto, no se puede
cocinar con ellos un plato digno de ese nombre.
La
sociedad se compara a un guiso; cada cual tiene que aportar a él parte de su
gusto y de su aroma. Y la Tora es el fuego que lo cocina y lo convierte en un
manjar apropiado y dulce para todo paladar judío.
Lo
mismo sucede con la vida familiar. Las dos partes tienen que mezclarse y
fundirse y cada uno de ellos ha de aportar su sabor a la vida conjunta y al
objetivo que ambos persiguen de construir una familia.
Desdichadamente,
se dan muchos casos de padres que miman a sus hijos inculcándoles una especie
de idea de su propia superioridad frente a los demás, con lo que éstos acaban
por convencerse de que en verdad son más guapos y más listos. Es un tipo de
sentimiento muy fácil de adquirir y de acostumbrarse a él, pero muy difícil de
extirpar y desarraigar. Cuanto mayor se hace el niño, más crece junto con él su
sentido de la superioridad; cuando llega el momento, es difícil encontrarle
esposa porque necesitaría una especie de creatura nueva especialmente creada
para él en los seis primeros días de la Creación, que se parezca él y haya
crecido en una casa igual que la suya con padres parecidos a los suyos, con las
mismas alabanzas edulcoloradas desde la cuna hasta llegar al palio nupcial.
Cuando
por fin encuentre una compañera, su vida con ella estará llena de amarguras a
no ser que ella posea un carácter muy especial, esté dotada de virtudes
excelsas y sepa comportarse con él con infinita paciencia.
En
todo conflicto y discusión, triunfa siempre aquél que es más fuerte y más
agresivo. Pero en la vida familiar, entre marido y mujer, las cosas suceden de
otra forma. Justamente el que hace como si no oyera los insultos y cierra
los ojos a los ataques y defectos de la otra parte, es quien al final sale
vencedor. El que se esfuerza por mantener la paz y el respeto en el hogar, es el
que merece alabanza y aprecio. Con cada nuevo niño que llega al mundo, se
acentúa el cariño y la casa se convierte en un nido de tranquilidad y
felicidad.
Las
riñas sólo pueden prolongarse si las dos partes se involucran en ellas y ambos
siguen agregando argumentos. Pero si uno de los dos se aguanta y guarda
silencio sin tomar nota cuidadosa de los defectos del otro y no pasa el tiempo
trayendo a colación sus fracasos y las palabras que dijo y no debería haber
pronunciado, entonces las discusiones no pueden seguir creciendo y se van
calmando. En esos momentos, responder es como echar gasolina al fuego y callar,
como echarle agua.
El
cónyuge termina por apreciar su paciencia y su silencio, y empieza a dirigirse
a él con cortesía, al principio sin exteriorizarlo y después también
reflejándolo en su relación hacia él. Hasta que llega el día en que le dice: "te
felicito y quiero que sepas que aprecio tus cualidades. ('D-s acepta los
caminos del hombre' etc.). Yo no podría tener tanta paciencia ni aguantar
aunque fuera un rato en compañía de un loco como yo". Esto, puede decirlo
en broma, insinuarlo o expresarlo por medio de un silencio más elocuente que
las palabras. Porque una persona tiene que ser muy grande para reconocer la
verdad. Aunque no lo queramos, vivimos en un mundo de falsedad y toda
manifestación de la verdad, sea cual fuere, es de por sí un anuncio de paz. Tal
como está escrito: "amen la verdad y la paz".
Cualquier
persona tiene defectos y cuando se esfuerza por corregirse, sirve de ejemplo a
los demás para que hagan otro tanto. Esa es la forma apropiada de enseñar a
otro cómo comportarse y llevar a otros a que se enmienden, y no por medio de
críticas humillantes que pueden estimular los malos rasgos de carácter y
estropear en lugar de arreglar.