Sucedió en el año 5535, después del fallecimiento
de rabi Arie Leib Epshtein, rab de la ciudad de Kenigsberg,
en Ashkenaz, y autor del libro “Hapardes”.
Se reunió una comisión integrada por los dirigentes más
importantes de la Congregación para decidir sobre la elección
del rab que ocuparía la posición del gran hombre que había
conducido la ciudad durante todos esos años.
La elección recayó sobre el rab de la ciudad de Lukonic, que era
muy conocido como un gran sabio y una persona muy justa, a pesar de que la ciudad
que dirigía era muy pequeña, no mucho más que un pequeño
pueblo. Sin embargo, era muy frecuente escuchar sus contactos con los rabanim
más importantes, incluso con el rab de Kenigsberg.
La gran ciudad no tenía mucho tiempo para esperar. Escribieron una carta
muy especial para el rab de Lukonic, y dos Talmide Jajamim, de los más
brillantes de la ciudad, fueron elegidos por la comisión para entregar
la carta al rab en forma personal, y así traerlo a la ciudad de Kenigsberg.
Los enviados salieron al camino, tranquilos y confiados en el éxito de
su importante misión, seguros de que el rab de Lukonic abandonaría
su cargo en esa pequeña aldea, en la cual apenas recibía dos monedas
y media (zehubim) por semana, debido a que en la Ieshiva del pueblo no había
más que treinta muchachos que estudiaban, a cambio de las atractivas
condiciones que encontraría en Kenigsberg, con una Ieshiva en la que
estudiaban más de doscientos muchachos, y entre ellos varios alumnos
muy destacados, que le proporcionaría un gran aumento en sus ingresos,
que no bajarían de dieciocho monedas por semana!
Y lo más beneficioso sería su crecimiento espiritual, ya que en
un ambiente más grande, con más alumnos, el desafío sería
mayor, y debería estar siempre mejor preparado para responder a las filosas
preguntas de muchachos con un nivel de estudio superior. Allí tendría
un lugar donde poder mostrar mejor sus condiciones, donde poder crecer más
y también donde poder sembrar lo que sería en el futuro una nueva
generación de Talmide Jajamim y grandes rabanim.
Los enviados llegaron un día martes a Lukonic y se dirigieron de inmediato
al Beit Hamidrash, se encontraron con el rab, se presentaron y le entregaron
la carta con la invitación a ejercer el cargo de rab en la gran ciudad.
El rab comenzó a estudiar la carta, sin prestar la mínima atención
a los apartados que mencionaban su salario, como si ese tema carecería
de toda importancia. Lo que aparentemente sí le importó, fue la
cantidad de alumnos que asistían a la Ieshiva y su alto nivel de estudio.
En esos apartados abrió los ojos con mucho interés...
Cerró la carta y se dirigió a los enviados: Resultará
muy difícil para mí separarme de mi pequeña ciudad, mi
alma está realmente apegada a cada uno de los integrantes de la comunidad,
que me honran y respetan mucho más de lo que me corresponde. Pero, estoy
seguro que la comunidad no se opondrá a mi retiro, al saber que en Kenigsberg
hay una Ieshiva muy grande en la cual se puede enaltecer el Nombre de Hashem
y difundir Su Tora mucho más que aquí. De todas formas, antes
de dar mi aceptación, debo aconsejarme con mi esposa, la rabanit, y escuchar
su aceptación, porque a veces puede resultar muy difícil para
la mujer vivir en una ciudad de las características de Kenigsberg...
El rab fue a su casa y le contó a la rabanit sobre la carta que
recibió. Analizó con ella sus dudas, qué difícil
sería para él alejarse de un lugar en el que conocía a
cada iehudi como a su propio hermano, donde sabía de sus miedos y de
sus alegrías, hasta podemos afirmar que sabía lo que cada uno
pensaba, y su corazón y sus plegarias estaban siempre dispuestos para
la bendición de cada uno y uno.
Pero, dejando a un lado el costado “pasional”, ¿había
algo más importante que trasmitir las enseñanzas de la Tora a
más y más personas? En su pequeña ciudad ya había
llegado al límite. Treinta alumnos en la Ieshiva era un número
más que aceptable para ellos. En Kenigsberg podría darle más
Honor a la Tora, enseñándola a muchos más alumnos, con
lo que él también podría elevarse espiritualmente mucho
más alto. Y más cuando había escuchado que muchos de los
alumnos tenían un nivel muy elevado. Respecto a su pequeña ciudad,
trataría de calmar los ánimos de sus habitantes, asegurándoles
que él mismo se ocuparía de buscar un reemplazante como rab de
la Kehila que sea muy temeroso de Hashem además de muy sabio.
La rabanit escuchó atentamente las palabras de su marido, y por ser que
era muy compañera del justo rab, aparte de ser la hija de un Talmid Jajam,
con lo cual sabía de la importancia y el valor del estudio de la Tora,
aceptó la voluntad de su marido.
Cuando los enviados escucharon que el rab dio su aceptación, sintieron
una inmensa alegría, y decidieron permanecer en la ciudad toda la semana,
hasta la finalización del Shabat. Querían escuchar la última
conferencia del rab, que también sería la despedida de su comunidad.
Con el fin de Shabat regresarían a Kenigsberg, con la gran noticia sobre
la llegada del nuevo rab. Todo parecía haber salido a la perfección,
como estaba planeado, pero, la Voluntad de Hakadosh Baruj Hu parecía
ser otra...
El jueves, como de costumbre, la rabanit se disponía a hacer los “lavados
de ropa” en honor al Shabat. En ese momento, su pensamiento y su corazón
dudaron sobre la posibilidad de mudarse a la gran ciudad. No resultaría
para nada sencillo. Ella no podría hacer allá lo que sí
podía hacer acá, una buena acción que podía cumplir
con sus propias manos, y lo hacía semana tras semana con todo su amor.
Ella recogía todos los jueves las ropas de los alumnos de la Ieshiva
para lavarlas, y al día siguiente, el viernes, se encargaba personalmente
de repartir las prendas lavadas y planchadas a cada uno de los alumnos. Los
alumnos recibían la ropa impecable, si algún botón se había
aflojado, su costura había sido reforzada, cualquier rotura estaba prolijamente
remendada, un servicio completo y perfecto, un precepto, una buena acción
que no podría realizar en una gran ciudad como Kenigsberg.
Y no era un problema de voluntad, sino algo que la sociedad no se lo permitiría,
ya que allí, en Kenigsberg, la rabanit era tratada como una princesa,
con mucamas y sirvientes dispuestos a correr apenas la rabanit abriera su boca.
Entonces, nadie aceptaría que la rabanit se encargue personalmente del
lavado de las prendas de los estudiantes de Tora, no es algo que concuerde con
su dignidad, con lo cual, ¿quién puede decir ahora que sería
bueno abandonar Lukonic?
De los ojos de la rabanit comenzaron a brotar lágrimas, al pensar que
sería la última vez en que se podría ocupar con
sus manos del lavado de esas prendas que asociaban su propio cuerpo con el estudio
y la ocupación en la Tora. Decidió volcar la pena de
su corazón y hablar con su marido sobre la posibilidad de volver a pensar
sobre la resolución ya tomada.
Con la presencia de los enviados de Kenigsberg, la rabanit encontró la
oportunidad de hablar con su marido: quiero expresar que me siento arrepentida
de haber aceptado partir de esta ciudad. No estoy dispuesta, bajo ningún
punto de vista a abandonar este lugar con sus humildes estudiantes de la Ieshiva,
de los que yo me ocupo en forma personal de atender algunas de sus necesidades,
como el lavar y arreglar sus vestimentas cada semana y semana...
Fue muy grande la sorpresa de los enviados al escuchar algo que les costaba
mucho entender. Esto era algo nuevo, algo que nunca habían escuchado
y no sólo que no entendían, tampoco querían entenderlo...
Llegó el Shabat y escucharon la conferencia del rab, en la que no hubo
ningún mensaje de separación ni de despedida de su Kehila. Motzae
Shabat el rab les informó a los visitantes que la decisión final
era quedarse en su ciudad, porque no podía enfrentarse con la
voluntad de la rabanit, en un asunto que pegaba tan fuerte en lo profundo
de su corazón.
Los Talmide Jajamim volvieron con las manos vacías, y le devolvieron
la carta a los dirigentes de la ciudad.
Pero, en realidad sus manos no estaban vacías. Porque en la pequeña
ciudad de Lukonic aprendieron una nueva forma de pensar, algo muy grande sobre
lo que significa vivir con la Tora, algo que nunca pudieron ver en la gran ciudad.
Las palabras y las lágrimas de la rabanit causaron una gran impresión
y sería muy difícil de olvidar la entrega y el sacrificio personal
de la rabanit en pro de los que se ocupan del estudio de la Tora.
En el libro de la comunidad de Lukonic quedó escrito:
Gracias al mérito de la maravillosa y justa rabanit, nuestra Congregación
tuvo el tremendo honor de que nuestro gran rab, sabio, justo y honorable, siga
en el ejercicio de su puesto durante toda su vida, llenando con el esplendor
de la Tora toda nuestra ciudad.
Inclusive después de su muerte tampoco se separó de nuestra comunidad,
porque en nuestras tierras descansan sus restos para la eternidad, y la Santidad
y la justicia de su proceder durante toda su vida, seguirá con nosotros
también después de su muerte, para siempre, hasta el final de
los días...
Rab hagaon Shlomo Levinstein Shlita. Esh Dat 5760.