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Shabat Shalom


La Hoja Nueva -Ekev
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



בס"ד

¿Para qué sirven las pruebas?

“para hacerte sufrir y probarte”

(Devarim 8,2)

Escuchamos lo ocurrido con Mijael (Kalfon) Idan, que era el secretario del gaon rabi Meir Mazuz, Rosh Ieshivat “Kise Rajamim”, en Tunez, relatado por el gaon rabi Iona Taieb ztz”l, y así nos contó:

Había un hombre muy pobre, en el barrio del gaon hakadosh rabi Jai Taieb ztz”l. Y llegaron los días y a este hombre tan pobre, le cambió su estrella, y su suerte se dio vuelta, y se convirtió en un hombre rico, “y engordó Ieshurun…”, así dice el versículo…

Y dejó de rezar por las mañanas en los días de semana en el Beit Hakneset porque su tiempo era demasiado valioso, y era una lástima “desperdiciarlo” rezando con tranquilidad y con Minian. Y en su casa tampoco decía toda la oración, cortaba y salteaba, porque estaba apurado. No pasó mucho tiempo, y también dejó de rezar en la casa, y siguió en su descenso hasta que también dejó de rezar en el Beit Hakneset en el día de Shabat Kodesh.

La esposa, era una mujer muy justa y piadosa, lo reprochaba y le prevenía, pero sus palabras no eran recibidas, el hombre no veía, no escuchaba, estaba en otro mundo…

Un día, el rab pasó caminando al lado de la casa y escuchó los lamentos de la señora, que lloraba y lloraba diciendo: ¡Cuántos sufrimientos tenemos!

El rab se acercó a una de las ventanas de la casa y le preguntó: ¿Qué es lo que les pasa?

Y ella le contó que su marido había dejado de asistir al Beit Hakneset, por completo.

Al día siguiente, bien temprano, el rab salió de su casa para dirigirse al Beit Hakneset, pero desvió su camino y pasó por la casa de su vecino, hizo que despierte de su sueño, y le pidió que vaya con él al Beit Hakneset. El hombre sintió mucha vergüenza debido a que el rab se molestó por él, y lo acompañó.

Cuando las oraciones concluyeron, se dirigió a su negocio. Llegaron enviados de todas partes que le hicieron pedidos de mercadería muy importantes. Otros trajeron carruajes donde cargaron gran cantidad de mercaderías, llenándolos por completo. El hombre estaba muy alegre al ver tanto movimiento, y recibió grandes cantidades de dinero por la mercadería que se llevaron.

Pero, el ietzer se encargó de quitarle toda la alegría. ¿No tienes vergüenza? ¿Cómo aceptaste ese dinero de los compradores? Tu intención era recibir por las mercaderías el doble del importe que recibiste.

El hombre no sabía qué hacer, se estremeció, pero, a la fuerza, tuvo que permanecer en silencio. Volvió a su casa triste y con la cara por el piso, y le dijo a su esposa: ¿quieres ver lo que me ha pasado? Un día que fui al Beit Hakneset a rezar con la congregación, y fue mi peor día en tanto tiempo…

En la madrugada del día siguiente, otra vez el rab lo despertó. Y lo tuvo que acompañar nuevamente, para no faltarle el respeto, y cuando terminaron las oraciones se dirigió a abrir su negocio. Ingresó una señora muy honorable y compró gran cantidad de mercaderías. Cargó todo sobre su carreta y se escapó sin pagar. El hombre volvió a su casa todo mojado por la transpiración, y decidió que mañana por la mañana, se levantaría mucho más temprano, cuando todavía era de noche, para evadirse de la presencia del rab. No tenía ninguna duda de que las oraciones en el Beit Hakneset eran las que provocaban todos sus sufrimientos…

Y así fue, se levantó cuando todavía era de noche, y se preparó para escaparse. Pero, cuando abrió la puerta, el rab estaba allí!!!

Es tempranísimo, dijo con mucho asombro, realmente lo que menos esperaba era ver al rab del otro lado de la puerta.

Y el rab se apresuró a contestarle: ahora mismo comienza en el Beit Hakneset una clase previa a las oraciones, sobre la Mishna y el Zohar, ven a estudiar con nosotros…

Otra vez la vergüenza lo venció, y se asoció a la clase previa a las plegarias. Una vez más, después de rezar, se dirigió a su negocio, esta vez para esperar cuál sería el daño que le esperaba ese día.

Ingresó al negocio un oficial del ejército, muy joven, y comenzó a separar mercadería de toda clase, y en grandes cantidades.

El dueño del negocio pensó en su corazón: ¡Muy bien, ya llegó!

Empaquetó y envolvió todo lo que el oficial pidió.

Este le dijo: no tengo conmigo carruajes para llevarme todo esto. Te dejaré aquí la mercadería y saldré a buscar el transporte para poder llevarla conmigo.

El vendedor volvió a pensar: este comprador es mejor que los anteriores. A pesar de robarme toda mi mercadería, al menos no se la llevó, todavía…

El dueño esperó al oficial, y no llegó, esperó una hora, dos horas, y nada. Llegaron las horas de la tarde, y cuando el hombre estaba a punto de cerrar su negocio, vio que, no solamente que el oficial no volvió, sino que además olvidó su bolso en uno de los estantes del negocio.

Y otra vez pensó: este bolso está en custodia bajo mi responsabilidad. Lo puso en un lugar seguro, para que esté cuidado, esperando que aparezca su dueño a reclamarlo, cerró el negocio y volvió a su casa.

En el camino, se encontró con el rab. El rab, con una sonrisa, le dijo: hoy has tenido importantes ganancias…

Y el comerciante repreguntó: ¿qué fue lo que gané? Si el oficial no regresa, todo mi esfuerzo habrá sido en vano: juntar la mercadería, moviéndola de sus lugares, empaquetar todo lo pedido, etc.

Y aunque con el oficial tuviera ganancias, jamás cubrirá las pérdidas de los últimos tres días.

Dijo el rab, como ya te he dicho, tu ganancia está contigo, guardada, en un lugar seguro.

Ahora el hombre estaba mucho más extrañado, y el rab se dispuso a explicarle.

Tienes que saber, que un hombre, cuando quiere enderezar su camino, será probado con cierta cantidad de pruebas.

El día que volviste al Beit Hakneset y comenzaste nuevamente a rezar con Minian, vino hacia ti “Samaal”, el Satan, a ponerte a prueba. El segundo día vino su esposa, “Liliit”. Y cuando pudiste fortalecerte y soportaste estos dos embates, y pudiste ir al Beit Hakneset por tercer día consecutivo, te enviaron a Eliahu Hanavi (su recuerdo sea para bien), para cubrir todas las pérdidas de los días anteriores y darte también ganancias.

Con las manos temblorosas, el hombre sacó el bolso que había guardado con la intención de devolver, y revisó su interior y se encontró con el dinero de las mercaderías que se llevaron del negocio en los tres últimos días.

Esto es lo que dice en nuestra perasha: para hacerte sufrir y probarte, para saber qué es lo que hay en tu corazón, para saber si cuidarás los preceptos o no?

Pero cuando nos fortalecemos y superamos las pruebas, el camino se hace más liso, más recto, y la recompensa también se multiplica…

Traducido del libro Maian Hashavua.

 

Leiluy Nishmat

León Ben Ezra ז”ל




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