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Shabat Shalom


La Nueva Hoja Shavuot
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



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בס"ד

 

 

LOS SOLDADOS DE HASHEM

 

Al amanecer, el pueblo despertaba con la voz del gran Shofar, una voz que avanzaba con mucha fuerza, con la luz de los relámpagos y el calor del fuego. Así comenzaba el gran acontecimiento del monte Sinai. Grupos de ángeles bajaban del Cielo. La Divinidad se revelaba sobre el monte, la Voz de Hashem se propagaba y ocupaba todos los espacios, aumentaba en fuerza y en belleza, hasta que llega el primero de los diez mandamientos: “Yo soy Tu D-s”.

¿Qué hubo antes de esta Voz?, ¿cómo llegamos a este gran momento?, todo acontecimiento importante requiere preparación. Cincuenta días de anticipación que comenzaron con la Salida de Egipto. Y sobre el final, tres días de elevación, santificación, purificación.

Moshe Rabenu fue el encargado de alistar todos los detalles. Preparar al pueblo para enfrentar (o recibir) semejante acontecimiento, y todo el pueblo exclamó con una sola voz: todo lo que diga Hashem, haremos y escucharemos.

Se entiende que no hay nada más elevado que escuchar la Voz de nuestro Padre, al que tanto amamos, que quiere para nosotros, sus hijos, solamente lo mejor.

También es más que comprensible, que no existe un mérito más grande que el de servir al Rey de Reyes. No hay cosa que sea más beneficiosa, ya que nos haremos merecedores de los dos mundos, este mundo y el mundo venidero…

Dijo el rab hagaon Iaacov Galinsky ztz”l: Moshe Rabenu contó a todos los soldados de Israel. Y explicó el “Shifte Cohen” que entre los soldados estaban los “fuertes, que habían conseguido dominar a su instinto” en la guerra de la Tora. Y sabemos que la Tora debilita la fuerza de los que la estudian y se esfuerzan en ella.

El Gaon de Vilna agregó, que la cuenta de los que saldrían a la guerra, estaba en poder de Moshe, para que él pueda calcular cuánto había avanzado cada uno de los soldados, para saber de cada persona, en qué estado se encontraba la construcción de su edificio espiritual.

Estos eran nuestros soldados, los soldados de Hashem…

 

Me anunciaron un Brit Mila en Ramat Gan, y me sentía obligado a concurrir. Me presenté con mi hijo Abraham Tzvi, Halav Hashalom.

Llegamos a tiempo, pero el Mohel se retrasaba. Nos sentamos a esperar. Se me acercó un hombre, extraño para mí, que levantó su voz, diciéndome: ustedes, los jaredim (temerosos de Hashem), se preocupan sólo de sí mismos, sin sentir absolutamente nada por los demás ni hacerse responsables de nada…

Se produjo un silencio terrorífico en el salón, todas las conversaciones cesaron, y absolutamente todos los ojos se dirigían hacia mí. No era nada agradable, y tampoco entendía mucho por qué ocurría esto. ¿Quién era este señor y qué quería de mi vida? Tal vez alguien le hizo daño…

Y continuó con su lista de reclamos: ustedes envían a sus hijos a las Ieshivot, mientras que otras personas necesitan ocupar los espacios que ustedes dejan libres, nuestros hijos cuidan las fronteras del país. Nosotros debemos morir para protegerlos…

Muy bien, pensé, este hombre consiguió lo que quería, dar la impresión de que está vivo, con mucha vida. Y tocó ese tema de tanta actualidad hoy en día, que la sociedad israelí está preocupada y pensando para qué los hombres y mujeres que viven sirviendo al Bore Olam, que también sirvan a la patria, como soldados del país.

Comencé el diálogo con ese señor: ¿usted es un hombre Dati (que cumple con la Tora)?

Seguro que sí, me contestó, llevando su mano para mostrarme la pequeña “kipa” que tenía sobre su cabeza.

¿Y usted cree en lo que está escrito en la Guemara?

Me miró con picardía, y me preguntó, sospechando que tenía alguna trampa preparada para hacerlo caer: ¿qué es lo que está escrito en la Guemara?

Esta escrito (Macot 10a) que la victoria en las guerras depende exclusivamente del mérito de los que estudian la Tora.

En eso no creo, enfatizó…

Entonces, te deseo que estés siempre muy sano, y que tengas el mérito de un sincero arrepentimiento. No tengo nada que hablar contigo cuando me dices que no crees en lo que dice la Guemara. Y no solamente esto, me apuré a decir cuando vi que colgaban unos pequeños hilos de tzitzit de sus prendas. Sabrás que has equivocado la “dirección” de tus quejas, ya que puedes ver aquí a mi hijo, que estudió en la Ieshiva y después se enroló en el ejército…

Estaba seguro de haberlo calmado, y también de que le gané la guerra. Pero no, solamente le había dado más combustible y energía para encender más su fuego interior…

¿Cuántos hijos tienes?, me preguntó.

Trece, Bli Ain Hara.

Y de todos ellos, ¿solamente uno sirve en el ejército?, me preguntó burlándose, ¿qué pasa con todos los demás?

Vi que no era bueno seguir por ese camino. El Mohel se retrasaba más, y este hombre quería que yo sea el medio para que el tiempo pase, haciendo divertir a todos los presentes. Me sentía con la obligación de hacerlo callar, y para eso, los que estudiamos en la Ieshivat Novardok, somos especialistas.

Debía darlo vuelta, pero con elegancia.

Le dije: mira, como ya te dije, no tengo nada que hacer contigo y como decimos aquí, Javal Al Hazeman, es una lástima perder el tiempo. Pero, si estamos tocando este tema de la preocupación por nuestros semejantes y la responsabilidad, te diré que tú vives aprovechándote de los que te rodean, que disfrutas del esfuerzo de las otras personas y que piensas solamente en ti, desligándote de toda responsabilidad…

Se quedó frío, y todos los presentes igual que él. Y del congelamiento pasó al estado de alerta, nuevamente listo para la guerra. Pero me apuré a seguir, para no darle tiempo a reaccionar.

Dime, ¿cuántos hijos tienes?

Dos, me contestó, ¿por qué?

¿Tú me preguntas a mí por qué? Soy yo el que te pregunta a ti el por qué. ¿Por qué yo tengo trece hijos y tú tienes dos? Porque quieres una vida tranquila, sencilla, cómoda, donde puedas “disfrutar de la vida”. ¿Por qué no has proporcionado al país trece soldados más?

Conseguí callarlo y me libré de él, Baruj Hashem.

 

Un constructor muy joven había levantado, en su momento, la estructura de hormigón del edificio de la Ieshivat Jadera.

Allí lo conocí y desde ese momento, no supe más nada de él. Nuestros caminos se separaron. Yo tuve mucho éxito en mi camino, Baruj Hashem, elevándome con el estudio de la Tora y enseñando cada vez a más muchachos. Y escuché que él también tuvo éxito en su profesión. Se había convertido en un constructor muy famoso, que había levantado edificios muy importantes en Tel Aviv y sus alrededores.

Y después de muchos años, nos encontramos. Nos saludamos, nos interiorizamos por nuestro presente, por nuestras familias. Le conté sobre mi hijo Abraham Tzvi, que había fallecido. Me preguntó algunas cosas sobre eso y le conté que su nombre, era el mismo de mi padre, su memoria para bendición.

Y su respuesta fue: siento envidia…

Me sorprendió, no esperaba semejante respuesta. ¿Envidia, de qué?

Me contó que tenía un solo hijo, que nació cuando su padre aún vivía. Y no sabía por qué tenía el nombre que tenía. Tal vez en nombre de Nimrod, como se acostumbraba… El muchacho se casó, y mientras tanto falleció su padre.

Me siguió contando: cuando nació mi primer nieto, le pedí a mi hijo que le ponga el nombre de mi padre para mantener vivo su recuerdo. Y le dije: si a tu hijo le pones el nombre de mi padre, te daré un piso completo en uno de los edificios que estoy construyendo. Pero, al parecer no tenía con quien hablar…

Y me preguntó, con resignación, cuántos de mis nietos tenían el nombre de mi padre… y él tenía razón, ¡cuánta razón!

Pobres de los que se condenan a sí mismos y se convierten en traidores. Y dichosos de los que se cuentan en el ejército del Rey. Sobre ellos escribió Rabenu Bejaie (Bamidvar 26,51), que tendrán una bendición sin límite…

Todos somos soldados, fuimos enumerados por Moshe Rabenu, y estamos enrolados en el ejército de nuestro Rey, para luchar contra nuestro instinto.

 

Traducido del libro Vehigadta.

 

 

 

Leiluy Nishmat

 

Israel Ben Shloime z”l

 

Lea (Luisa) Bat Rosa  Aleha Hashalom




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