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Vida judía


Shalom
Por. Rav Salomón Michan



Shalom

El valor del Shalom

Hashem quiso entregar la Torá cuando el pueblo de Israel salió de Egipto, pero no lo hizo, ya que en esos momentos estaban distanciados el uno con el otro; pero cuando llegaron al monte de Sinai, se unieron y fue cuando Hashem les entregó la Torá. [1]

La grandeza del Shalom

Sobre tres cosas el mundo está parado: “Sobre el juicio, sobre la verdad y sobre el Shalom”. [2]

No encontró Hashem otro tipo de utensilio para recibir la Berajá como el Shalom. [3] Explican los Jajamim, que para que las Berajot recaigan, es necesario que exista el Shalom. [4] Así como vemos en la Amidá, que al final concluye con la Berajá de Sim Shalom. [5]

Es tan grande el Shalom, que uno de los nombres de Hashem es “Shalom”. [6]

Así como los ángeles que no tienen envidia, ni odio, ni peleas, ni discusiones, ni mal de ojo, necesitan Shalom; nosotros que vivimos en este mundo que tenemos todas esas malas virtudes, con mayor razón necesitamos del Shalom. [7]

Hashem creó este mundo, únicamente para que haya Shalom entre sus creaciones. [8]

Es tan grande el Shalom, que incluso que la persona haya hecho muchas Mitzvot y no haya hecho Shalom, no tiene nada con él. [9]

Todo el que implanta en su casa el Shalom, se considera como que está implantando Shalom sobre todo el pueblo de Israel, y sobre cada uno y uno de los Yehudim. [10]

¿Cómo podemos perseguir la paz?

Dijo David Hamelej en Tehilim: “Busca la paz y persíguela”. [11]

¿Cómo podemos perseguir la paz? Que la persona siempre persiga la paz entre los integrantes del pueblo de Israel, de la misma manera que hacía Aharón HaCohen, así como está escrito: “Busca la paz y persíguela”. [12]

Preguntó Rabí Shimón Ben Eleazar: Si la persona está sentada en su lugar y sin hacer nada, ¿cómo podrá perseguir la paz entre lo integrantes del pueblo de Israel? ¡Esto no es posible! La persona debe salir y buscar la paz en cualquier parte del mundo, así como dijo David Hamelej: “Busca la paz” en tu lugar y “Persíguela” en otro lugar. [13]

Lo que se debe hacer para que haya Shalom

Pasó una historia con Rabí Meir que estaba dando una clase de Torá y ahí se encontraba una mujer escuchando su clase. Al terminar la clase, llegó la mujer a su casa y su marido le preguntó dónde había estado. La mujer le contestó que en la clase de Torá de Rabí Meir. Debido a que el esposo era un poco burlón, le dijo a su esposa que no podía entrar a su casa, hasta que le escupa a Rabí Meir en la cara. La mujer salió de la casa muy preocupada, al no saber qué hacer.

En ese momento, se le presentó Eliahu Hanabí a Rabí Meir y le dijo que por causa de él, la mujer no había podido entrar a su casa y le contó lo que había pasado en casa de la mujer.

¿Qué hizo Rabí Meir? Fue al Bet Hakneset principal de la ciudad y anunció que tenía un problema de salud en la cara, que la única curación era que le escupan en la cara. La mujer se encontraba ahí e inmediatamente se ofreció para hacerlo y enfrente de todo el público, la mujer le escupió al Jajam en la cara.

Le dijo Rabí Meir a la mujer: “Ve y dile a tu esposo, que ya me escupiste”. Cuando llegó la mujer con su marido le dijo lo que hizo, y volvió la paz en ese hogar. [14]

Se debe luchar para hacer la paz…

¿Cómo hacer la paz entre 2 hombres?

La persona deberá tratar de hacer Shalom entre la gente, así como lo hacía Aharón HaCohen.

Si había 2 personas que se pelearon por algún motivo, Aharón iba con uno de ellos, y le decía que el otro hombre estaba arrepentido de lo que había hecho y que le daba mucha pena pedirle perdón. Este hombre se sensibilizaba y estaba dispuesto a perdonar a su compañero.

Aharón iba con el otro hombre y le decía lo mismo que le dijo al primero, que su compañero estaba apenado y quería arreglar las cosas.

Al final, los dos hombres ya estaban muy sensibles y en sus corazones ya habían perdonado a su compañero y cuando se veían, se abrazaban y sentían que ya había terminado el problema. [15]

Ceder

Existe una regla de oro en la Torá: “El que cede, nunca pierde”. Esto es aplicable en todos los ámbitos de nuestra vida. Principalmente en nuestras casas, con nuestro cónyuge. Aprenderemos lo valioso que es el hecho de ceder…

Quien cede, Hashem lo quiere mucho

Cuentan que habían dos hermanos pequeños que estaban discutiendo a cerca de quién era un billete de cien pesos que habían encontrado. Cada uno expresaba que era de él.

El padre estaba escuchando toda la discusión en el cuarto de a lado.

Uno de los hermanos dijo: ¡Aunque yo tengo razón y ese billete es mío, voy a ceder el billete, para no hacer sufrir a mi papá y no causarle molestias con nosotros sus hijos!

Cuando el padre escuchó esto, se llenó de alegría hacia el hijo que quiso ceder, especialmente para no hacer sufrir a su papá y estaba dispuesto a darle mucho más de lo que cedió.

Imaginemos que nosotros cedamos a nuestros compañeros, incluso que nosotros mismos tenemos rezón, Hashem nos mandará mucho más de lo que cedimos.

El querido de Hashem

Al final del Sefer Debarim, la Torá nos cuenta que las tribus fueron bendecidas.

La tribu de Binyamin, recibió un nombre calificativo precioso, así como lo llaman en la Torá: “Sobre el querido de Hashem (Binyamin), Hashem habitará en seguridad junto a Él; y Hashem lo cubrirá todo el día y entre sus hombros reside”. [16]

Vemos en la Torá, que Binyamin recibió mucho por Hashem.

En la historia, sólo seis han tenido el mérito de llamarse “querido”, que son: Hashem, Abraham, Binyamin, Shlomo, Israel, Bet Hamikdash. [17]

Otra grande categoría de Binyamin es, que en tres lugares ha posado la presencia divina sobre Israel: Shiló, Nob, Gibón; y estos 3 estaban en los sitios de Binyamin. [18]

Vamos a analizar por qué Binyamin se llamó querido y por qué tuvo el mérito de que en sus sitios pose la presencia divina.

Cuando estaban todos los hermanos de Yosef frente a él, Yosef le escondió la copa a Binyamin. Cuando encontraron la copa en sus pertenencias, sus hermanos pensaron que él la había robado; así que entre todos los hermanos lo golpearon muy duro en los hombros y le gritaban que era un ratero hijo de ratera.

Binyamin en vez de reclamarles o pegarles o decirles que ellos eran los malvados por haber vendido a su hermano y haberle mentido a su padre que Yosef había muerto, prefirió quedarse callado y no contestar nada.

Por el mérito de quedarse callado y aguantar esos golpes en los hombros (ceder), Hashem posa en Binyamin precisamente en los hombros, [19] y tuvo el privilegio de llamarse querido y tener el mérito de que en sus sitios pose la presencia divina.

El que cede, no pierde

Un Yehudí llamado Rabí Moshé, era hijo único de un matrimonio sobreviviente del holocausto, el cual ansiaba con todo su ser ver la continuidad de su descendencia.

Sin embargo, pasaban los años, uno tras otro. Diecisiete años transcurrieron sin que Rab Moshé pudiera tener hijos.

En una ocasión, le comentaron a Rab Moshé que existe una Segulá especial para engendrar, que es comprar la Aliyá de Maftir del primer día de Rosh Hashaná, que trata de la concepción de Janá.

El próximo Rosh Hashaná, se apresuró Rab Moshé a comprar la Aliyá Maftir para subir al Sefer Torá.

Antes de la cuarta Aliyá, se le acercaron 2 hermanos, que asistían al tempo y le expusieron su problema: Los dos compraron aliyot, pero dos hermanos no pueden subir uno detrás del otro y por ese motivo, le piden que les cambie alguno de ellos su Aliyá por el Maftir y de esa manera, uno de los hermanos subirá a la Torá en la cuarta Aliyá, Rab Moshé en la quinta y el segundo hermano en Maftir.

Sin decir una sola palabra, aceptó Rab Moshé el cambio. Los hermanos se alegraron mucho. Solamente después de haber concluido con la lectura de la Torá, se dieron cuenta de lo que habían hecho. Diecisiete años esperando este hombre para poder tener hijos y cuando por fin compra la Aliyá de Maftir, ellos le piden por intereses personales que renuncie a ella y se las cambie.

Con el corazón roto, se acercaron a él, rogándoles que los disculpara, pero Rab Moshé les contestó con tranquilidad: “He probado muchas Segulot en mi vida, pero la Segulá de “ceder”, nunca la he hecho, hasta hoy que tuve la oportunidad.

Después de un año, cuando llegó Rab Moshé al Bet Hakneset a la Tefilá de Rosh Hashaná, los hermanos le compraron la Aliyá de Maftir, pero él les dijo que ya no era necesario. Y así fue como en Pesaj de ese año, tuvo gemelos. Dos hijos sanos y completos, como recompensa por ceder a los demás.

Al final de todo, uno siempre gana

Contó Rab Israel Meir Shushan una parábola.

Llegó un antisemita a un restaurante y vio que había mucha gente, de los cuales, cien personas no judíos y un hombre judío.

Este antisemita quería molestar al judío y le dijo al mesero que le mande una botella de Whiskey a cada uno de los clientes, menos al judío y que todo iba a su cuenta.

Al ver esto, el judío le hizo un gesto de agradecimiento.

Cuando el antisemita vio eso, se enojó más y le pidió al mesero que ahora le mande el platillo más caro a cada uno de los clientes, menos al judío.

Al ver esto el judío, le volvió a agradecer.

El antisemita se enojó más todavía y pidió que le mande el postre más caro del lugar a todos los clientes menos al judío.

Cuando el judío vio esto, se río y le agradeció más al antisemita, ya que él era el dueño del restaurante.

Cuando uno recibe reclamaciones, reproches, lo avergüenzan, etc., uno debe agradecer, ya que uno mismo está ganando y mientras más ceda, ganará más.

Para obtener la paz a veces es necesario ceder

El Rab Jaim de Volojin invertía grandes esfuerzos para devolver la paz entre compañeros y cónyuges. Más de una vez, sus allegados le recordaron que no era de su honor, un Rab tan importante y Rosh Yeshibá, rebajarse de tal modo y dedicar de su preciado tiempo para personas simples y sencillas por cuestiones banales.

Él les respondía: En la Guemará está escrito: [20] “Al rezar se debe retroceder tres pasos y luego decir Shalom”. Aprendemos de ello, que para obtener la paz a veces es necesario ceder posiciones”.

Por ceder, vivió veintidós años más

Las Guemarot [21] nos describen la famosa historia en la que, a la muerte de Rab en Babel, los sabios mandaron preguntar a Eretz Israel quién era el más adecuado para ser Rabán de Israel en Babel.

Por un lado, unos decían que Rab Yosef tenía prioridad, a quien llamaban: “Sinaí”, pues sabía toda la Torá de principio a fin, pero era ciego. Otros decían que Raba Bar Najmani tenía prioridad, quien era conocido como: “Oker Harim” por su gran inteligencia.

Los sabios de Eretz Israel contestaron: “Sinaí” tiene preferencia. Pero Rab Yosef, que era muy humilde, no aceptó ese privilegio y lo cedió a Raba Bar Najmani.

Pasaron 22 años y Oker Harim, quien había hecho una majestuosa labor como Rabán Shel Israel, falleció. Fueron los sabios y dijeron a Rab Yosef:

— Ahora no hay otro. La responsabilidad de dirigir el destino del Pueblo de Israel en Babel recae en tus hombros.

Rab Yosef fue la cabeza del pueblo dos años y medio. En su Levayá, los sabios dijeron que Rab Yosef sólo debería haber vivido dos años y medio después de las elecciones, pero por anular su honor y ceder el puesto y la grandeza a Raba Bar Najmani, le agregaron veintidós años más de vida.

El mérito de “Ceder” nos salva

El Rab Eliezer Rot nos relató lo que sucedió en una de las comunidades observantes del centro de Israel. En el piso inferior de uno de los edificios, había lugar para que funcionen negocios, y se abrió allí un gran negocio con productos y muebles para bebés. El dueño del negocio, con la idea de atraer a los compradores hacia el interior, puso sobre la banqueta muchos productos para que estén más visibles.

Esto molestaba a uno de los vecinos del edificio, que le pidió al dueño del negocio que deje de hacer eso. Pero como no quiso escuchar sus pedidos, tuvo que llamarlo a un “Din Tora”.

Los jueces escucharon la posición de cada parte, y no alcanzó con eso, también mandaron una persona para que investigue el lugar y pueda informar, imparcialmente, a los jueces. Llegaron a la conclusión de que el vecino no tenía razón, ya que la parte de la banqueta que el dueño del negocio utilizaba, no era necesaria para la gente que caminaba por la calle, no molestaba su andar, y no había otros motivos para prohibir…

El vecino escuchó la decisión del Bet Din, y ¡la aceptó! Un hombre temeroso de Hashem como él y con una gran fe en nuestros sabios, no podía hacer otra cosa. Aceptó sin preguntar, sin objetar ni una palabra de lo que salió de la boca de los jueces. Pero el juez principal, al ver la forma en que el hombre aceptaba un “veredicto en su contra” le susurró al oído después de terminar la lectura de la decisión: ¡Quién puede saberlo, tal vez algún día necesites algo del dueño del negocio o de sus mercancías…!

Este hombre, vivía con su familia, en un segundo piso del edificio. Una semana y media después del juicio, el pequeño hijo de dos años salió al balcón. Los padres estaban en la cocina y no se dieron cuenta de que el pequeño había salido. El niño se colgó del barandal, y saltó al vacío, en solo un segundo, cundió la desesperación, ¡el pequeño había saltado del segundo piso!

Los padres escucharon los gritos, corrieron al balcón, y con mucho miedo entendieron lo que pasó. Con un miedo mortal, y el corazón acelerado al máximo, bajaron hasta la calle, y allí, vieron al dueño del negocio que los recibía con un rostro lleno de llanto y a vez, sentimiento, y les entregaba en sus brazos al bebé de dos años, ¡sano y salvo!

¿Qué ocurrió? El niño saltó del balcón y fue a caer directamente dentro de una de las cunas de bebés que estaban en la banqueta, y el grosor del colchón recibió la caída del pequeño como si fuera una esponja, amortiguando el golpe, hasta el punto que no sufrió ningún daño. Posteriormente examinaron al pequeño en un hospital, verificando que no le había sucedido absolutamente nada. [22]

Siéntate en otro lugar

Si ves que alguien se sienta en tu lugar en el Bet Hakneset, no te enojes ni lo quites de ahí; siéntate en otro lugar y piensa que ese cambio de lugar, perdonará muchos pecados.

Aprender a saber dejar las cosas

El Gaón Rab Menajem Man Shaj le dijo a uno de sus discípulos ¡Qué lastima las personas no conocen la dulzura del perdón! ¡Toda mi vida he perdonado y te aseguro que nunca salí perdiendo!

Para graficarle cómo fue que aprendió aquella tan simple pero efectiva regla, le relató un hecho de su juventud previo al casamiento. Resulta que él estaba invitado a comer en Shabat en la casa del Saba de Slabodka, luego de la cena, la Rabanit (esposa del Rab) sirvió de postre mermelada, el joven lo probó y se abstuvo de comerlo, estaba tan amarga que era casi imposible, comerlo. El Saba de Slabodka le pregunto: ¿Por qué no comes el postre? Pero el joven por vergüenza no respondió, entonces el Rab con cara de comprender qué pasaba le dijo: ¡Déjalo, yo comeré mi postre y luego el tuyo!, quiero que sepas que llevo comiendo esta comida que tú crees amarga, más de cuarenta años y nunca me queje, ahora que te estás por casar debes aprender a que la base de la armonía en el matrimonio es saber dejar pasar y perdonar al cónyuge”.

El trato de Rab Shaj con su esposa: “Ceder”

Esa conducta fue la que adoptó Rab Menajem Shaj para toda la vida. Una vez su esposa estaba internada ya de mayor edad y alguien cercano la vino a visitar, ella contó que cuando eran novios, ella y el Rab Shaj, habían hecho un acuerdo que ante alguna diferencia de idea u opinión, alguno de los dos cederá para así cuidar la unión y armonía de la familia, el trato era que se turnarían una vez cada uno. Ella con emoción dijo: ¡Te digo la verdad: nunca llegó mi turno, siempre fue él quien cedió!

El regalo de Rab Arie Levin a su esposa

Algo similar se cuenta sobre Rab Arie Levin quien era conocido entre otras cosas por su extremada misericordia y su capacidad única de ceder con quien sea; realmente su comprensión a los demás era muy notoria. Él mismo bromeaba que como era muy bajito de estatura, ojos apenas si llagaban al pecho de los demás y por eso siempre tenía frente a si el corazón del otro, pudiendo ver su dolor, comprenderlo y ayudarlo.

Cuentan que el día de su boda quiso darle un regalo especial a su flamante esposa, entonces le dijo: ¡Quisiera hacerte un gran regalo pero no tengo medios, por eso mi regalo de bodas es todo mi corazón, comprensión y paciencia, me comprometo a ser siempre yo quien ceda si hay alguna diferencia! La novia emocionada respondió: ¡Yo también cederé siempre! Y así fue que formaron un matrimonio, un hogar y una familia de armonía y tolerancia ejemplar.

Aprender a ceder, incluso cuando tengo razón

Uno de los hombres más ricos de la época de la Mishná (hace aproximadamente dos mil años), era Rabí Tarfón. Pero él no administraba personalmente sus bienes. Todo el día estaba dedicándose al estudio de la Torá, llegando a convertirse en uno de los más grandes personajes de nuestra historia.

La riqueza de Rabí Tarfón era tal, que sus propios empleados ni lo conocían y ni siquiera sabían quién le trabajaban.

Un día se introdujo Rabí Tarfón en uno de sus numerosos viñedos. Lo sorprendió el cuidador y, al no reconocerlo, pensó que era uno de los que acostumbraban a apoderarse de lo ajeno.

¡Por fin te encontré! Le dijo el cuidador a Rabí Tarfón. ¡Ahora sé quién es el hombre que siempre roba uvas del viñedo! No terminó de pronunciar la frase y comenzó a propinarle fuertes golpes con el bastón que tenía en su mano.

Rabí Tarfón aguantaba el castigo, sin revelar su identidad. El cuidador no se conformaba sólo con golpearlo, sino también lo insultaba y despreciaba. ¡Ladrón, mereces este castigo y aún más aún le gritaba!

Luego lo metió en un costal, comenzó a hacerlo rodar hacia el río, para ahogarlo en las aguas.

Cuando Rabí Tarfón vio que su vida corría peligro, se dirigió desde adentro del costal al cuidador y le dijo:

¡Oye!, sólo una cosa quiero decirte.

¿Qué quieres? ¡Habla!

¡Ve a la casa de Rabí Tarfón y dile a su familia que preparen su mortaja!

El corazón del cuidador le dio un vuelco. Intuyendo haber cometido un grave error, se detuvo y se dio cuenta de que quién estaba en el costal, no era otro que Rabí Tarfón; su patrón y el dueño de todos los viñedos.

Una vez liberado, el cuidador se echó a los pies de Rabí Tarfón implorándole perdón, mientras se tiraba de los caballos lamentándose.

Te perdono, juro que te perdono por cada golpe y golpe que he recibido de ti. No te preocupes… le dijo Rabí Tarfón.

De aquí vemos la grandeza humana de Rabí Tarfón, un espejo en el cual debemos vernos reflejados. [23]
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