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Vida judía


EL DECIMO MANDAMIENTO:
Por. Rabino Iosef Bitton



No envidiarás
לא תחמד

Si bien el ideal más alto de un Yehudí es desarrollar un carácter que sea inmune al sentimiento de envidia, la realidad es que es casi imposible evitar que un pensamiento de envidia "se filtre" en nuestra mente. Pero lo que sí podemos evitar es que ese pensamiento se instale en nosotros, y se quede allí a "controlar" nuestra mente y causarnos un gran daño emocional.

Controlar o canalizar la envidia es quizás la lección más antigua que HaShem le enseñó a la humanidad. Cuando Cain vio que HaShem había recibido la ofrenda de su hermano Hebel (Abel) y había rechazado la suya, Cain se llenó de envidia y se deprimió. ¿Qué había pasado? Mientras que Hebel le había ofrecido a HaShem, como gesto de gratitud, lo mejor de su cosecha, Cain le ofreció lo que a él ya no le servía, lo que iba a desechar. HaShem le explico a Cain lo que tenía que hacer para que sus ofrendas fueran recibidas: "Cain, ¿por qué estas deprimido? Si simplemente haces las cosas mejor [y eres un poco menos egoísta] tu ofrenda será recibida "הלא אם תטיב שאת"... Y si no lo haces, quiero que sepas que el pecado [de la envidia] te hará caer, y si no lo controlas, terminará controlándote a ti..." .    Como todos sabemos, Cain no escuchó las palabras de HaShem y en lugar de concentrarse en hacer mejor las cosas para lograr así que su ofrenda sea recibida, eligió la via más fácil: matar a la competencia. Así, la envidia destruyó a la víctima y al victimario. La envidia mató a Hebel y condenó a Cain a vivir una vida nómada y de persecución.

En Melajim 1, capítulo 21 tenemos otro ejemplo en el cual la envidia llevó al asesinato. Nabot, un ciudadano honrado de Israel (alrededor del año 900 aec)  era vecino del rey Ajab, del reinado de Israel. Nabot tenía una viña. Y Ajab, el rey, quería su viña. Y le dijo a Nabot: "Véndeme tu viña, que está cerca de mi palacio, para que yo me pueda hacer allí un hermoso jardín." Nabot le respondió a Ajab que no podía venderle su viña, ya que era la herencia de sus padres. Ajab se fue a su casa, triste y deprimido (como Cain). El rey, que todo lo tenía, fue ahora prisionero de su envidia.  Se obsesionó por tener el campo de Nabot. No podía pensar en otra cosa. Sentía que su felicidad y su realización personal dependía de poseer esa viña. La envidia se apoderó de su mente. Su esposa fenicia, Izabel, una mujer de una conducta reprochable, le hizo la misma pregunta que HaShem le hizo a Cain: "¿Por qué estás deprimido?" Y cuando Ajab le contó la causa de su tristeza, Izabel le aconsejó a su esposo exactamente lo contrario de lo que HaShem le aconsejó a Cain. En lugar de minimizar la importancia de esa viña y alentar a su esposo para que no se dejara controlar por la envidia, le dijo: "¿No eres TÚ el rey de Israel?  Ahora verás como yo te daré la viña de Nabot." Izabel planeó un complot contra Nabot. Lo acusó falsamente de haber blasfemado a Dios y al rey, un crimen capital. Pagó a dos hombres indecentes para que actuaran como falsos testigos e incriminaran a Nabot. Y así, el tribunal encontró a Nabot culpable. Lo sentenciaron a muerte y lo ejecutaron. Y entonces Izabel le dijo a Ajab: "Ahora puedes confiscar su viña y hacer con ella lo que te plazca."

Es interesante observar en este caso que violar el último mandamiento, "NO ENVIDIARÁS", llevó a la transgresión del noveno mandamiento, "NO DARAS FALSO TESTIMONIO",  cuando se acusó falsamente a Nabot; y también el octavo, "NO ROBARÁS", cuando Ajab "confiscó" la propiedad de Nabot, y el sexto Mandamiento, "NO MATARAS", cuando ejecutaron al pobre de Nabot.   La envidia lleva a todo eso, y más.

Los últimos mandamientos son los que prohiben actos criminales:  "6. No Matarás, 7. No cometerás aduterio, 8. No robarás y 9. No darás falso testimonio". El décimo mandamiento, "No envidiarás" es el que prohibe aquello que eventualmnte lleva a trangredir alguno o todos los 4 anteriores Mandamientos.   La envidia es la raíz de muchas acciones destructiva. Nos empuja a destruir a los demás y termina destruyéndonos a nosotros mismos.  

La Envidia y sus Tres Niveles
El último mandamiento dice "No codiciarás".  "No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni a su siervo, ni a su sierva, ni a su buey, ni a su asno, ni cosa alguna de tu prójimo." (Exodo 20:17).

Como sabemos, los 10 Mandamientos fueron repetidos por Moshé al pueblo de Israel 40 años después,  antes de que el pueblo entrara a la tierra de Israel. Las dos versiones de los 10 Mandamientos son virtualmente idénticas.  Con algunas pocas excepciones. Una de estas excepciones tiene que ver con el Décimo Mandamiento. Mientras que en el libro de Shemot (Exodo) dice: "No codiciarás (לא תחמוד) la casa de tu prójimo...", en el libro Debarim dice también "No desearás..." ,  (לא תתאווה) la casa de tu prójimo, etc.  Maimónides y otros rabinos explican que el décimo Mandamiento incluye no una sino dos Mitsvot, dos niveles diferentes en el area de la envidia.

De acuerdo a Maimónides, "No desearás" se transgrede cuando uno desea algo que el prójimo posee y piensa o planea la forma de obtener ese objeto de él.    Esta prohibición tiene que ver exclusivamente con el pensamiento.

"No codiciarás" por el otro lado, tiene que ver con la acción. Cuando no sólo envidio lo que tiene mi vecino, sino que activamente trato de adquirirlo de él, lo presiono para que me lo venda, lo intimido, etc. Este mandamiento se transgrede cuando obtengo el objeto de mi deseo, aunque haya pagado por él.

Existen tres niveles relacionados con el acto de la endivia o la codicia.
1. El primer nivel de envidia es cuando espontáneamente deseo lo que tiene el prójimo.  Este pensamiento, si bien como vamos a explicar más adelante, es la raíz de todo lo demás, no está técnicamente "penalizado", ya que estos pensamientos ingresan involuntariamente en nuestras mentes. 2. La segunda etapa es cuando yo permito y dejo que ese pensamiento espontáneo de envidia se instale en mi mente, y lo transformo en mi propio pensamiento. Esto sucede cuando yo pienso cómo obtener lo que deseo. Aquí ya hay un elemento de "acción voluntaria" y responsabilidad personal, aunque sólo se dé al nivel del pensamiento.   Por eso, planear, calcular y especular acerca de cómo podría obtener lo que le pertenece a mi vecino representa la transgresión del décimo mandamiento. 3. Cuando mi plan se concretiza, y obtengo lo que codicié, aunque sea por medios permitidos, transgredí el nivel más serio del décimo mandamiento.  

Como explicamos, la envidia espontánea (el primer nivel)  no puede ser erradicada. Un poeta judío europeo, Solomon N. Rabinovich, escribió la siguiente sátira para ilustrar el problema humano de la envidia.  Una de sus personajes confiesa: "El día que me va muy bien en mis negocios, cuando llego a mi pueblo le cuento a todos mis vecinos que me fue muy mal, y así, yo estoy contento y ellos están contentos. Y el día que me va muy mal, cuando llego al pueblo les digo que nunca tuve un día mejor, así, yo estoy  triste y ellos también están tristes".  Mas allá de lo cómico, esta dura sátira nos muestra que los seres humanos, por naturaleza, somos envidiosos.  Pero, hay formas de conquistar la envidia.  La Torá nos enseña que uno se puede educar a no ser envidioso, en primer lugar  no dejando que los sentimientos de envidia se instalen en nuestra mente.  En los próximos días B'H veremos cómo se logra esta auto-educación .

 

Rabino Yosef Bittón
Sitio web: www.halaja.org




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