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Shabat Shalom


PERASHAT VAYISHLAJ-17
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



"NI TU MIEL NI TU AGUIJON"
“Sálvame de la mano de mi hermano, de la mano de Esav”
(Bereshit 32,12)

Sabemos que Esav era el único hermano de Iaacov, entonces, ¿por qué motivo Iaacov necesita duplicar sus palabras diciendo “de la mano de mi hermano, de la mano de Esav”?

Es conocida la explicación de los comentaristas, que Iaacov tenía una sospecha doble, el peligro de “mi hermano” y el peligro de “Esav”. Por un lado, la sospecha de que el hermano llegue como “Esav”, con la intención de matarlo, pero había una sospecha aún mayor, que se presente como “mi hermano”, que quiera unirse a Iaacov, lo que representaría un peligro para la espiritualidad de toda la familia. Este peligro debía tenerse en cuenta como primera prioridad, por eso Iaacov lo nombra antes en el versículo.

De acuerdo a esto, explica el rab “Kedushat Halevi”, que las acciones de los padres son una señal para los hijos: en su oración, Iaacov Avinu quiere señalar a sus hijos la forma de enfrentar una guerra contra el Ietzer Hara (el instinto del mal), el ministro de Esav. No siempre viene el Ietzer con la espada en su mano para atacar al hombre en forma abierta, mostrándose como “Esav”. Algunas veces se viste con el disfraz del amor y la amistad, como “mi hermano”, y de esto debemos cuidarnos mucho más…

David Hamelej, el rey David, alaba a Hakadosh Baruj Hu: “Hashem está conmigo en mi Ayuda y yo veré la caída de los que me odian” (Tehilim 118,7). En otras palabras, David le pide a Hashem que lo ayude, primero, con sus “ayudantes”, esos que se muestran como queridos, porque después cuando se muestran como los “odiados” es más fácil enfrentarlos…

Por eso, si queremos vencer al Ietzer, debemos tener los ojos bien abiertos. No solamente para luchar contra él, sino mucho antes para descubrirlo. El gran problema es, que el Ietzer se preocupa constantemente por cambiar su identidad para que no podamos reconocerlo, hasta hacernos ver que quien tenemos enfrente no sólo que no es nuestro enemigo, sino que se muestra como nuestro amigo. Y hay algo peor, muchas veces se presenta tal cual como es, sin ningún cambio exterior, y a veces no vemos en él sino al Ietzer Hatov, el instinto del bien.

Y en la lucha salimos confundidos, ¿cómo podemos saber quién nos enfrenta?

Es cierto, uno de los problemas centrales para luchar contra el Ietzer es reconocerlo, y cuando tenemos problemas para reconocer al enemigo, la guerra se hace más difícil, necesitamos contratar servicios de inteligencia muy avanzados. En una guerra común, podemos ver claramente la posición del enemigo, sabemos quién es, dónde está y cómo tiene distribuidas sus fuerzas. La guerra contra el Ietzer no es así. No está a la vista, sino que está en nuestro interior, su voz se escucha como si fuera la nuestra y siempre se ve preocupado buscando “nuestro bien”. Se viste de una forma y se vuelve a cambiar, esconde su finalidad, aparece como alguien honorable, como si estuviera preocupado por la verdad y la justicia, lo vemos y deseamos imitarlo, ya que en él encontramos todas las buenas cualidades que una persona quiere alcanzar…

¿Cómo hacer para librarnos de estos engaños?
Rabi Rajamim Jai Javita Hacohen ztz”l, en su libro “Menujat Erev” (Perashat Shoftim) nos regala un consejo de oro: si viene una y otra vez tratando de convencernos de que quiere nuestro bien, tenemos que saber que se trata del Ietzer Hara. Si alguien quiere en demasía nuestro bien, el que asegura que buscando y buscando nuestro bien no tiene ningún beneficio, que únicamente pretende todo lo bueno para nosotros, hace despertar nuestras sospechas…

En el libro “Or Halevana” encontramos este (conocido) relato:
Un hombre rico montaba sobre su bravo caballo, y fue al pueblo para comprar una cabra que lo provea de leche, que la pondría en el patio de su casa. Compró su cabra y le ató a su cuello una campana. De allí sacó una cuerda que amarró a la cola del caballo, y así, volvió contento a su casa, con la cabra caminando tras los pasos del caballo. Todo tiempo que escuchaba el sonido de la campana, sabía que la cabra seguía detrás del caballo.

Tres ladrones lo seguían y discutían entre ellos. Uno de ellos se creía grande porque aseguraba que podía robarle la cabra al hombre, sin que lo notara. El segundo aseguraba que podía hacer más: robarle el caballo y escapar con él. Y el tercero iba mucho más allá, le quitaría la ropa al millonario y escaparía…

Los ladrones decidieron poner “manos a la obra” y cada uno fue por su camino. El primero comenzó yendo detrás del hombre, y en medio del camino extendió su mano, con mucho cuidado soltó la campana del cuello de la cabra y la ató a la cola del caballo, llevándose tranquilamente la cabra. La campana seguía sonando, por lo tanto el hombre no tuvo ninguna sospecha, seguro de que la cabra seguía caminando detrás del caballo. Solamente cuando se detuvo a descansar al costado del camino, supo con tristeza que le robaron la cabra y dejaron la campana atada a la cola del caballo.
El segundo ladrón estaba preparado y a la espera. Vio al hombre en su tristeza y le habló con piedad: ¿por qué está triste, mi señor?
El millonario se sintió feliz al encontrar un socio para su sufrimiento, y le contó sobre la cabra que había comprado y le robaron.

-Qué bueno que me hayas contado, dijo el ladrón, acabo de ver a un hombre escapando con una cabra en sentido contrario, le dijo con énfasis. Te cuidaré el caballo, corre y lo alcanzarás.

El hombre salió corriendo con todas sus fuerzas hacia donde le indicó el ladrón, pero no vio ni a la cabra ni al ladrón… con el corazón agitado volvió sobre sus pasos y… ahora tampoco había caballo. Entendió muy bien qué clase de hombre era el que le ofreció cuidar su caballo…

No tuvo alternativa, y siguió su camino a pie, pesadamente, llorando por el doble robo, la cabra y el caballo. El calor hacía más pesada la caminata y el sol lo vencía. Llegó a un pozo de agua, y vio a un hombre al borde del pozo, que miraba hacia abajo y sus lágrimas caían sobre las aguas del pozo.

-¿Por qué llora?, preguntó nuestro hombre rico.
Y le contó que se inclinó para sacar un poco de agua para saciar su sed y un bolso lleno de monedas cayó en las profundidades del pozo. El hombre encontró otra persona en pena, se asoció con él y quiso consolarlo con un “consuelo de tontos”: es cierto, hoy es un día de tragedias, a mí también hoy me han robado, primero una cabra y después un caballo.

-¡Tonterías!, dijo. Si logras rescatar mi bolso del pozo, te recompensaré con el dinero para comprar un caballo, una cabra, y algo más como regalo por el esfuerzo.

El hombre vio una luz de esperanza que asomaba en su oscuro horizonte. La suerte comenzaba a cambiar. Se quitó las ropas y se metió en el pozo. La búsqueda fue en vano y las aguas del pozo terminaron con su salud.

Cuando subió a la superficie, ya sin fuerzas, no encontró ni su ropa ni al ladrón…

Algunas veces, el Ietzer viene y se presenta con grandes consejos para nuestro bien, pero finalmente consigue que todo se pierda… y cada consejo que nos brinda, debemos medirlo bien, para saber dónde aparecerá la pérdida producto de su engaño…


Traducido del libro Otzaroteinu

 

Leiluy Nishmat

Israel Ben Shloime   z”l

Lea (Luisa) Bat Rosa    Aleha Hashalom

Iemima Bat Abraham Avinu    Aleha Hashalom




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