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Shabat Shalom


PERASHAT VAYESHEV-17
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



NO NECESITO BONDADES


“Y sucedió que cuando hablaba con Iosef, día tras día, aún así no la escuchaba…” (Bereshit 39,10)

Una cabrita estaba comiendo de unos arbustos con suma tranquilidad, al borde de un acantilado. De pronto vio un lobo hambriento que la miraba. No hace falta explicar nada, el lobo quería devorarla, pero no podía llegar hasta el lugar donde estaba la cabrita. Decidió, entonces, tratar de convencerla para que baje.

-Señora cabrita, le dijo con voz muy dulce, tú estás poniendo en peligro tu vida. Por favor, baja a un lugar seguro, también aquí encontrarás arbustos buenos y dulces.

La cabrita observó al lobo que le hablaba, y le dio una respuesta triunfal: es cierto, tienes razón. Pero, te diré, entre nosotros, más de lo que tú te preocupas por mi comida, tú te preocupas por tu comida…

El Ietzer Hara (el instinto del mal) se disfraza con inteligencia para mostrarse como el amigo más querido de su víctima, mostrando que solamente quiere su bien, mientras que es el enemigo más grande del hombre. Y el hombre puede pensar: supongamos que se presenta mi enemigo y me jura, y me da consejos diciéndome que haga tal o cual cosa, y me asegura que solamente está buscando mi bien, ¿acaso puedo escucharlo y conducirme detrás de sus consejos? Con seguridad sabemos que quiere hacernos caer en una trampa. ¿Y qué diferencia hay entre este enemigo y el Ietzer Hara?... ¿Quién va a escuchar los consejos de alguien que lo odia?

Aprendemos a mirar así al Ietzer, de Iosef Hatzadik, dice el gaon rabi David Dido ztz”l (de los grandes Rashei Ieshivot de Yerva) en su libro “Ani Ledodi”.

¿Cómo siente Iosef que la esposa de Potifar busca sólo su propio bien y no el bien de Iosef? Iosef ve que ella intenta hablar a su corazón día tras día, cada día con algo nuevo, y entiende que si ella buscaría el bien de Iosef, no necesitaba buscarlo cada día, alcanzaba con decirle las cosas una sola vez, por eso Iosef no la escucha. Eso es lo que está escrito, que ella le hablaba un día y otro día, y por eso, Iosef no escuchaba su voz.

En los tiempos en que vivió rabi Ionatan Aibishitz ztz”l, se unió a la familia real de Praga un sacerdote que odiaba muy fuertemente a Israel y se propuso que provocaría que también el rey odie a los iehudim.

Una y otra vez, se ponía a discutir sobre temas muy punzantes con rabi Ionatan. Pero rabi Ionatan tenía una Siata Dishmaia, Ayuda Celestial, muy especial. Hashem le dio un entendimiento claro, una lógica sana para responder finamente y salir siempre airoso frente a las preguntas malintencionadas llenas de odio.

Un día, después de una nueva discusión que terminó con una victoria fulminante de rabi Ionatan, el sacerdote no sabía cómo hacer para descargar su gran odio. Se levantó y dijo frente al rey: mi señor rey debe saber que, desde luego, la razón la tengo yo, porque nuestra ideología es la mejor y más elevada de todas las ideologías, sólo que con su mente ingeniosa y su boca filosa logra perturbarme…

El sacerdote convenció al rey de que al primer iehudi “simple” que pasara cerca del palacio real, lo harían entrar al palacio para enfrentarlo a un interrogatorio con el sacerdote.

No pasó mucho tiempo hasta que un cochero iehudi pasó junto al palacio intentando que su caballo marche más rápidamente. Estaba vestido con harapos y sostenía un palo de madera muy grande con su mano. Lo detuvieron y lo hicieron entrar al palacio para cumplir la orden del rey, y el sacerdote tuvo el permiso para dirigir la palabra…

-Tengo un negocio para ofrecerte, comenzó a decir el sacerdote,haciendo frotar sus manos, desde hoy en adelante, el rey te ha aceptado para que te conviertas en el “cochero” del palacio real. El rey asintió con su cabeza y el sacerdote prosiguió: este cargo te brindará un salario muy digno que será fijo. Desde el día de hoy ya no deberás preocuparte en realizar pesados trabajos para otras personas. Tú y tu pobre familia podrán vivir, gratuitamente, muy cerca del palacio, gozando de todos los derechos de los ciudadanos, además de recibir una constancia que acredita tu posición frente al rey, por lo cual te puedo asegurar que no les faltará absolutamente nada. Adicionalmente, nos preocuparemos de tu “mundo venidero” y el de tu familia, o sea, de vuestra recompensa eterna.

El sacerdote hizo una pausa por unos segundos y continuó: a cambio de todas estas cosas maravillosas que se les ofrece, sólo tienes que aceptar que se vuelque sobre ti un poco de agua y que en ese momento se proclame que de allí en adelante ya no son iehudim, sino que aceptan profesar nuestra creencia…

El sacerdote no terminó de hablar y el rostro del cochero se enrojeció. La mano que sostenía el palo de madera empezó a temblar y movía su cabeza negando rotundamente. Sólo después de unos instantes consiguió sacar unas palabras de su boca y dijo terminantemente: ¡No. No y no!

El sacerdote, que estaba convencido de que un pobre iehudi no podía rehusarse a semejante propuesta, y que la tomaría con las dos manos, quedó totalmente confundido. Enseguida se repuso y le pidió una explicación: ¿no te empuja a ti o a tu familia dar un paso que les cambie su suerte? ¿Puedes explicarme, cuál es la lógica en tu decisión? ¿Por qué te niegas a una propuesta mágica como ésta?
El cochero juntó fuerzas y contestó: cuando me hiciste semejante propuesta, recordé el legado que me dejó mi fallecido padre, de bendita memoria. Mi padre también fue cochero, honesto y correcto en sus acciones. Antes de morir me dijo que lo principal en la vida era ser un iehudi temeroso de Hashem, alejándome del mal y haciendo siempre el bien. Aparte de esto, me enseñó cómo hacer el comercio con honestidad y la forma de conducirme en la vida.

Hijo mío, me dijo, yo te dejo dos buenos y fuertes caballos, con ellos pude ganarme honestamente el sustento para la familia. Cuídalos y podrás tú también obtener el sustento. Pero debes saber, si te tropiezas con un vendedor de caballos que te ofrezca cambiar tu caballo por uno mejor, y además esté dispuesto a pagarte, ¡no aceptes! No porque sí te está ofreciendo algo que al parecer no le da ningún provecho. Ese caballo que parece tan bueno, seguramente tiene alguna enfermedad oculta o tal vez sea robado. Seguramente ese vendedor esconde algún engaño, si no fuera así para qué te ofrece un negocio donde saldrá perdiendo, su negocio es obtener ganancias, no perder. Solamente si viene un vendedor y te ofrece cambiar tu caballo pagando cierta cantidad, puedes empezar a revisar si el negocio te será conveniente o no, porque así son los negocios, y así trabaja un vendedor honesto…

-Señor sacerdote, concluyó el cochero, mirándolo fijamente, usted me ofrece un convenio donde me asegura todo lo mejor para este mundo, con el agregado de una vida buena y eterna para el mundo venidero. Y para mi gran sorpresa, no me exige ningún pago. Todo esto me indica que su negocio tiene algo escondido… por eso yo me niego a aceptarlo.

Una sonrisa amplia se vio en el rostro del rey. Le ordenó a uno de sus ministros entregarle al cochero un bonito regalo, muy valioso, y dejarlo libre para irse a su casa, en paz.

El sacerdote, derrotado y dolorido, se dirigió a rabi Ionatan, que permanecía callado, y le reconoció: rebe de Praga, me has vencido, también esta vez…

¡Cuánta verdad tiene el legado del padre del cochero! El Ietzer Hara nos ofrece gran cantidad de buenos “caballos” sin tener que pagar. Tesoros a cambio de nada, y nosotros en lugar de revisar las propuestas, caemos una y otra vez. Compramos su mercadería sin preguntar cuál es su ganancia, y al final comprobamos siempre que los caballos son robados o están enfermos. Y nos sorprendemos porque cambiamos la eternidad por la mentira.

No olvidemos la herencia del anciano cochero.


Traducido del libro Otzaroteinu.

Leiluy Nishmat

Israel Ben Shloime   z”l

Lea (Luisa) Bat Rosa    Aleha Hashalom

Iemima Bat Abraham Avinu    Aleha Hashalom




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