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Shabat Shalom


La Hoja - PERASHAT LEJ LEJA19
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



 

UNA BUENA PALABRA

“Y bendeciré al que te bendiga” (Bereshit 12,3)

Las personas se amontonan en las puertas de las casas de los justos para recibir una bendición, es algo bueno y digno. Pero tienen otra posibilidad que les permitirá recibir la Bendición del Cielo, y pueden intentarlo con facilidad…

Un relato, y así fue como sucedió. Una costumbre muy antigua, para los integrantes de la “Jevre Kadishe”, es tomar el día 7 de Adar, el día del fallecimiento de Moshe Rabenu, Alav Hashalom, para ayunar y realizar un balance de acciones. Y al terminar el ayuno, también acostumbraron a realizar una gran comida, con palabras de Tora. Así fui invitado para hablar frente a estas personas de “favor” (son los que voluntariamente se ocupan de enterrar a las personas fallecidas) en un gran salón en el norte de Tel Aviv, en una zona que todavía no estaba habitada, en ese entonces.

Acepté con voluntad y sólo pedí que me pasen a buscar y me regresen a mi casa. Ningún problema, me enviaron un taxi, que me pasó a buscar y me trajo al salón.

Llegué. La comida ya había terminado. La gente dejó de conversar y pude transmitir mis palabras de Tora. Nos despedimos y salí del salón. Todos entraron a sus automóviles y se fueron, el salón se cerró a mis espaldas, las luces se apagaron. Y quedé solo…

El taxi no llegó. El conductor se olvidó, al parecer. Puede suceder. Yo estaba allí, parado, solo. En la oscuridad. De cuando en cuando una luz, un automóvil que pasaba. Esto sucedía antes de que aparecieran los teléfonos celulares, y ya era muy tarde, pasada la medianoche. ¿Qué hacer? ¡Rezar! ¡Señor del Mundo! ¡Envíame un taxi!...

Y Hakadosh Baruj Hu escucha todas las oraciones. Un taxi se me acercó, levanto la mano y se detiene. Me acerco: “buenas noches, señor conductor, ¿cómo está?”, le dije -  así se debe abrir una conversación, “¿usted está libre para viajar a Bnei Brak?”

-“Walla” – dijo, tal vez eso sea “sí” en el idioma de ellos – “¡Hashem escuchó mi oración!”

Y todo se entiende perfectamente. Si mi oración fue que el Bore Olam me traiga un taxi, la oración del conductor del taxi fue que el Bore Olam le mande un viajero. Entré con un suspiro de alivio. En verdad, en un principio tuve miedo, cuando se detuvo. Tenía la cabeza coronada con trenzas, aretes en las orejas, como si fuera una extraña creación de este mundo. Pero ya fue dicho (Meguila 3a) que los duendes no sacan nombres sagrados de sus bocas…

Puso en marcha el reloj, se lo veía emocionado. Tomó el volante y exclamó: “¡Hashem, gracias!”

Pensé para mí, me parece que debería ser yo el agradecido, y proclamar: “¡Hashem, gracias!” Yo estaba parado en la soledad y en la oscuridad total, en el medio de un desierto. Y veo, que el conductor, con la cabeza descubierta (sin “kipa”) agradece con semejante sentimiento…

Pero cuando gritó por tercera vez: “Hashem, gracias, que escuchaste mi oración”, sospeché que había algo especial, que sale de lo común. Y le pregunté con delicadeza: “¿cuál fue tu oración?”

Me dijo: “Honorable rabino, mire el reloj”, miré, eran cerca de las dos de la madrugada.

Y siguió: “yo trabajo desde las ocho de la mañana” – un cálculo rápido habla de dieciocho horas corridas trabajando…

-¿No es peligroso, conducir tantas horas seguidas?”, le pregunté y me contestó: “apenas puedo mantener los ojos abiertos”.

Desde luego, me entró una gran preocupación, y seguí preguntando: “entonces, ¿por qué estás conduciendo tantas horas?”

Me dijo: “porque desde las ocho de la mañana hasta que usted llegó, ¡no escuché una palabra buena!”, y me contó: “todo el día subieron y bajaron personas, los llevé, pagaron y se fueron, ninguno fue capaz de decir buenos días, buenas tardes o buenas noches, gracias o al menos, Shalom. Y me dije: ¿qué es esto, acaso soy transparente, o de aire? ¿No soy un hombre, solamente un sirviente? ¡Hashem, yo no vuelvo a casa hasta que escuche una palabra buena! Que alguien me diga buenas noches. Y me dio mucho miedo, quién sabe. Si todo el día no escucho una palabra buena, tal vez sea mi final…

Usted me dijo “buenas noches” – mi oración fue recibida, alguien se acordó de mí, ahora ya puedo volver a mi casa, a dormir”.

Escuché, y me dio miedo. Miedo de que se duerma sobre el volante y provoque un accidente de tránsito. Empecé a conversar con él, de cualquier cosa, para que no se duerma, sobre el sustento, sobre la familia, sobre el taxi. Llegamos a Bnei Brak, el reloj marcaba cuarenta y siete shekalim y algunos centavos. Saqué un billete de cincuenta y le dije: “disfruté mucho de nuestro encuentro, quédate con el vuelto”. El agregado muestra que lo valoro como persona y que reconozco su esfuerzo en el trabajo, y tal vez sea más importante que el valor del viaje…

-“Perdón”, dijo, “yo no voy a recibir el dinero”.

-“¿Qué significa que no voy a recibir el dinero? Es tu trabajo y te corresponde. Puedes imaginar que yo podría estar todavía parado en el medio del desierto, en plena oscuridad. ¡No sabes cuánto bien me has hecho!”

-“No. El rab me dijo buenas noches. ¡Eso para mí vale más que todo!”

-“Lo dije cuando subí y lo diré cuando baje. Pero, no hay problema, no me bajaré hasta que recibas tu dinero. Y puedes poner a funcionar el reloj, y si quieres puedes dormir, pero yo no me bajo sin pagar…”

Se convenció y recibió el dinero. Me pidió el nombre y mi número de teléfono y me dijo que desde mañana se colocaría los “Tefilin”. Los tiene, desde su “Bar Mitzva” (cuando cumplió los trece años), pero nunca se los puso…, y lo haría desde mañana…

Le dije: “ponerse los Tefilin es algo maravilloso, pero, ¿qué relación tiene con el viaje? En ningún momento hablamos sobre el cumplimiento de los preceptos…”

Empezó a llorar: “es cierto, pero el rab se portó como una persona. Me dijo buenas noches, me trató como a una persona. Me alegró. ¡Cómo puedo pagarle, cómo puedo alegrarlo! Pensé en no cobrar, pero el rabino insistió. Eso también demuestra que es un buen hombre, que reconoce el esfuerzo de los demás, y yo estoy seguro que se alegrará si me pongo los Tefilin…”

Le di la mano, con las dos manos. Nos separamos entre llantos y bendiciones. Esto pasó, como dijimos, en la noche posterior al 7 de Adar. Cinco semanas después, la noche siguiente al comienzo de Pesaj sonó el teléfono. “Shalom, ¿se acuerda de mí?”, preguntó una voz.

-“Recuérdame, por favor”, le pedí.

Me dijo: “¡Hashem, escuchaste mi oración!”

-“¡El conductor! Buenas noches, que tengas una vida dulce, ¿qué me cuentas?”

Y me contó, Hashem nos salve, que hacía años que no hacía el “Seder de Pesaj”, pero ahora, que se coloca los Tefilin todos los días, le dijo a su madre que tal vez podían hacer el “Seder” y la madre dijo que sí, que deseaba hacerlo. Le preguntaron a un vecino si podían asociarse con él, y aceptó con alegría. Fue una noche maravillosa, “y lo llamé para contarle”.

¡Cuánto me alegré! Y agregó: “pero llamé para otra cosa – para escuchar otra vez el buenas noches, que tengas una vida dulce, ¡cuánto extrañaba escucharlo!

¡Lo que puede hacer una buena palabra!...

Traducido del libro Mikorvan Latora.

Leiluy Nishmat

Israel Ben Shloime   z”l

Lea (Luisa) Bat Rosa    Aleha Hashalom

Iemima Bat Abraham Avinu    Aleha Hashalom

 


 




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