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Shabat Shalom


Bamidbar-20
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



B"H

TODOS SABEN QUIEN SE EQUIVOCA

“Y habló Hashem a Moshe en el desierto...
son los principales entre los hijos de Israel,
por sus familias...”
(Bamidvar 1,1-2)

Habló en el desierto de Sinai, el primero del mes. Y por el amor que Hashem tiene con nosotros, nos cuenta a cada momento. Nos contó cuando salimos de egipto, nos contó después de que muchos de nuestros hermanos cayeron en el pecado del becerro, y nos contó cuando estuvimos a punto de “encontrarnos” con la Divinidad. El primer día del mes de Nisan se levantó el Mishkan y el primer día del mes de Iar nos contó (Rashi).

Dice el Midrash sobre el pasuk “y tu vientre será como un paquete (o una montaña) de trigo” (Shir Hashirim 7,3). El pueblo de Israel fue comparado a una cantidad de trigo, de la misma forma que el trigo siempre debe ser contado, para saber la cantidad que tenemos, así, a cada instante Hashem cuenta a su pueblo.

En contraposición a la paja, que no se mide ni se calcula su cantidad, por eso Hashem comparó a los otros pueblos con la paja, como está escrito “como la paja frente al viento” (Tehilim 83,14). ¿Por qué la comparación? Porque el Bore Olam no tiene ninguna satisfacción de ellos, como escribe Ieshaiahu (40,17), todos los pueblos no son nada..., en cambio Israel, recitan el Shema, rezan, bendicen Su Nombre todos los días, por eso los cuenta y por eso fueron comparados con el trigo...

El “Beit Itzjak” explica el Midrash de otra forma: se comparó a Israel con el trigo para mostrarnos su importancia. Un iehudi podría decir: hay que conducirse detrás de las mayorías, y como los otros pueblos son mayoría tal vez, jalila, ¿habría que conducirse como ellos?

La comparación nos dice, el trigo es importante, como Israel, el trigo se cuenta como contamos las nueces, tiene número, y no se anula ni uno entre miles! Por eso Hashem nos cuenta...

¿Quién puede pensar en anularse frente a las mayorías?, ¿un hombre grande en Tora, un sabio? Seguro que no! Entonces quién, ¿una persona simple? Podrá ser una persona con poco estudio que solamente piensa en la forma de acumular más y más dinero. ¿Y para qué quiere tanto dinero? Para llenar su vientre. Por eso está escrito “tu vientre...”, son los que trabajan día y noche para llenar sus bolsillos, sus vientres son sus dioses. Hashem dice: Yo cuento esta montaña de trigo, y si van a decir que Yo no tengo ninguna satisfacción de ellos, puedo decirles: de los otros pueblos no tengo ninguna satisfacción, pero de ellos, de esta parte del pueblo de Israel también tengo satisfacciones, porque recitan el Shema, rezan, y bendicen Mi Nombre todos los días... Seguro que también tengo satisfacciones de ellos, por eso los enumero, los cuento como quien cuenta y calcula la cantidad de trigo que posee. Y sobre ellos puedo decir que entre miles no se anulan, no dejan de ser importantes...

Rabi Iojanan Aibesich era conocido por su inteligencia, inclusive desde su niñez. Un rey quería verificar hasta dónde llegaba su gran inteligencia y lo invitó a que concurra a su palacio. Ordenó a todos sus servidores que nadie le revele al pequeño en qué lugar se encontraba el rey. Finalmente, cuando el muchacho se apareció frente al rey, éste le preguntó: ¿cómo supiste dónde estaba?
El pequeño contestó: le pregunté a la gente que me cruzaba en el camino.

¿Y qué te decía la gente?, siguió preguntando el rey.
Unos me decían que vaya para un lado y otros me decían para el otro.

Entonces, ¿cómo supiste? (el rey empezaba a perder la paciencia).
Fui detrás de la mayoría, concluyó el pequeño.
¿Por qué detrás de la mayoría?
Porque así está escrito en la Tora, te inclinarás según la mayoría...
Entonces, dijo el rey en forma triunfal, ¿por qué sos iehudi, deberías ser como nosotros, que somos la mayoría?
Sonrió rabi Iojanan: cuando hay dudas, la mayoría decide, pero como no tenemos ninguna duda y estamos seguros de nuestra fe que es verdadera, no vamos detrás de ninguna mayoría!

Pero no solamente nosotros sabemos esto, todo el mundo lo sabe, como nos lo muestra este relato verídico del Ben Ish Jai.

Esto ocurrió en España, unos años antes de la expulsión de los iehudim. Se acercaba Jag Hapesaj y había allí un iehudi que no tenía un centavo en sus bolsillos. En su desesperación pensó salir al desierto, donde podría cruzarse con un grupo de ladrones que al no poder robarle lo matarían, ya que le parecía mejor morir antes de ver a sus hijos hambrientos en la sagrada noche del Seder...

Salió del barrio iehudi de la ciudad y entró en el sector de la ciudad en el que no había iehudim. Frente a él estaba la iglesia principal del pueblo con sus puertas abiertas. Pensó: ¿para qué tengo que salir al desierto? Puedo entrar a la iglesia y me atraparán los guardianes que me acusarán de profanar el culto de ellos y me condenarán a muerte!

Entró al salón. El lugar estaba absolutamente vacío y oscuro. No había nadie. En la entrada había una estatua enorme, y sobre ella colgaba del techo una araña de oro macizo. Acercó una escalera, descolgó la araña y dijo: si me agarran, seguramente me matarán, y bueno, eso era lo que yo quería, y si no me agarran, mejor todavía...

Escondió la araña entre sus ropas y salió del lugar. Caminó por las calles en dirección al barrio iehudi y nadie se percató de él. Fue hasta el negocio de un iehudi que trabajaba el oro, un hombre sordo y mudo, y le pidió que convierta el candelabro en lingotes de oro. Vendió uno de ellos y tuvo lo suficiente para todas las necesidades del Jag!

Al día siguiente, el sacerdote y otras personas entraron al salón y quedaron sorprendidos al ver que el candelabro de oro había desaparecido.

Fueron a contarle al rey, y él y todos sus asesores llegaron a la misma conclusión: es imposible pensar que un hombre de nuestro pueblo sea el ladrón. Nadie puede robarle a su propia creencia, no cabe ninguna duda, fueron los iehudim!!! El rey mandó a llamar al rab de los iehudim y le dijo: si en una semana no aparece nuestro candelabro, mataremos a todos los iehudim!

El rab ordenó a reunir a todos en el Beit Hakneset. La fiesta de Pesaj no sería una fiesta de alegría sino que se convertiría en días de duelo.

Dio una conferencia en la que llamaba a todos a rezar con mucha intención, habría que ayunar en medio de la fiesta, algo normalmente prohibido, pero no había alternativa, era necesario dar vuelta el decreto que tenían sobre ellos, y la única forma de conseguirlo era con ayunos, plegarias y arrepentimiento...

El iehudi fue a encontrarse con el rab y le preguntó: ¿por qué tenemos que llorar?, ¿por qué no podemos alegrarnos en nuestra fiesta? Yo fui el que se llevó la araña y la convertí en lingotes de oro. Le diremos al rey que apareció el ladrón...

¿Y cómo saldrás de este problema?, preguntó el rab, el rey te matará...
No se preocupen por mí. Nuestro D-s que está en los cielos y la tierra le hizo milagros a nuestros padres en esos tiempos, y también puede hacer milagros en estos días...
El hombre se dirigió al palacio del rey. En la entrada los guardias le preguntaron con desprecio: Iehudi!, ¿qué hacés aquí?
Vengo a hablar con el rey... por el tema del candelabro de oro...
Ah, ¿por el candelabro? Pasá...

Ya frente al rey, le dice: señor rey, yo tengo el candelabro de oro, bueno, ya no es un candelabro sino lingotes de oro...
¿Sabés que podemos matarte por lo que hiciste?... Pero no, seguramente no fuiste vos, simplemente querés ser uno de los mártires de tu pueblo y morir para salvar a todos...
No, señor rey, puedo mostrarle, hice doce lingotes, uno lo vendí y los otros once están debajo de mi cama. Pero antes que me mate quisiera pedirle que reuna a todos sus ministros y a los sacerdotes para poder contarles la realidad de los hechos.

Con todos reunidos el hombre comenzó su relato. Les explicó sobre su situación económica y sobre la idea de salir al desierto para que lo maten, ya que para un iehudi está prohibido quitarse la vida.
Pero, entré a la iglesia, vi la estatua y pensé. Si la mayor parte del mundo adora a esa estatua, seguramente contestará sus pedidos, así que como Hashem no me contesta le pediré al él.

Y, si decimos que la mayoría del pueblo, la gente común, adora a una simple estatua, pero no podemos decir eso de los grandes sacerdotes y de los importantes ministros, si ellos la adoran por algo grande debe ser.

Y digamos que también ellos hacen cosas sin sentido, pero si el señor rey, si nuestro rey cree en él, seguro que tiene grandes poderes, el señor rey no puede adorar a un simple ídolo!

Me acerqué a la estatua para rezar, y de pronto, tanto sentimiento no me dejó hablar, y lloré y lloré por la emoción.

Pero, ustedes saben, tienen un dios que además de dios es un tipo muy canchero y compinche. Viendo que yo no paraba de llorar me empezó a hablar: Hijo mío, ¿por qué llorás?, ya lo sé, no tenés como hacerte cargo de las compras para Jag Hapesaj... Miré para todos lados, nadie!, entendí que la estatua me hablaba y estallé en llanto, ahora lloraba mucho más...
Hijo mío, me dijo, mirá el candelabro que está sobre mi cabeza, es tuyo, llevátelo, podés venderlo y comprar lo que necesites para el Jag.

No, ¿cómo voy a hacer eso?, yo no soy un ladrón...
Yo soy el dueño del candelabro y te lo regalo.
Señor rey, ¿qué puedo decirle? Yo no quería hacerlo, y seguía llorando, pero, usted debe saber, qué bueno es su dios, como vio que yo no me movía de mi lugar (la estatua aparentemente era yo), él mismo, en persona, tomó la escalera, descolgó el candelabro y lo puso en mi mano, y me dijo: ya basta, no tengas vergüenza, es todo tuyo... Me lo llevé y lo convertí en lingotes de oro, uno lo vendí, como ya le dije antes al rey, y los restantes están debajo de mi cama...

El rey miró al sacerdote, el sacerdote miró al rey, el rey miró a los ministros y los ministros se miraron entre ellos... El rey llamó aparte al sacerdote y le dijo en voz baja: ¿qué podemos hacer? No podemos decirle que miente y ser la vergüenza de todo el mundo. ¿Qué vamos a decir, que la estatua ni habla ni se mueve, que adoramos a un pedazo de madera muerto?
No hay alternativa, lo dejaremos en libertad...

Tienen boca y no hablan, oídos y no escuchan, manos y no hacen, piernas y no andan, como ellos son sus hechos (Tehilim 115,5-8).

Y ellos también lo saben...

Rab hagaon Shlomo Levinstein Shlita. Esh Dat .

 

Leiluy Nishmat Harav Arie Halevi Bloj z"l




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