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Vida judía


El abogado defensor
Por. Rabí Israel Meir Hakohen - Jafetz Jaim



Una vez un hombre vino a pedirme palabras de ánimo. Estaba atravesando malos tiempos y estaba preocupado por el cariz que estaba tomando su fortuna.

Lo consolé con la siguiente parábola:

Dos hombres ricos fueron falsamente acusados de producir billetes falsos. Uno de los acusados poseía una fortuna de cinco millones de pesos, mientras que su compañero tenía solamente un millón. Ambos hombres permanecieron en custodia durante el proceso.

Pasaron varios años mientras la policía reunía las evidencias contra ellos.
Como no había nadie que se ocupara de sus negocios en su ausencia, sus fortunas se reducieron hasta que al más rico le quedaron dos millones y a su compañero unos cien mil. Ambos esperaban ansiosos el día del juicio, cuando su destino finalmente se aclarara

Al fin les comunicaron que se había fijado la fecha del juicio. Había llegado el momento en que cada uno se contratara un abogado que lo representase en la corte. El menos adinerado contactó a un viejo amigo que era un abogado de renombre. El abogado accedió a ayudarlo y a hacer lo posible para defenderlo. Cuando ambos acusados se encontraron, el menos adinerado comentó a su colega: “Eres mucho más afortunado que yo. Aún te quedan millones mientras que yo me he quedado con unos pocos miles”.

El millonario respondió descorazonado: “Y tú has conseguido que te represente uno de los mejores abogados del país. Tiene buenos contactos y podrá hacer mucho por ti. Eso vale más que todos mis bienes, porque mi caso es aparentemente tan desesperado que incluso mi abogado no sabe qué decir al respecto. Probablemente me sentencien a muerte y entonces ¿de qué me servirán mis millones?

En esta historia el codiciado abogado no era más que un abogado con buenos contactos. Suponed que hubiera sido el Ministro de Justicia. ¿Su cliente no hubiera sido más afortunado? Y si el mismo rey se hubiera ofrecido a tomar el caso, su alivio hubiese sido mayor que nada que le pudiesen ofrecer sus recursos.

Esta es precisamente la situación en la que se encuentran los pobres, como lo explicaré a continuación: supongamos que Maimónides intercediese por alguien en el Mundo Venidero. Esto sería causa de mucho júbilo. Y pese a eso el acusado no podría estar seguro de ganar el juicio, porque otros grandes eruditos allí presentes podrían luchar contra él.

Si su abogado fuera uno de los grandes sabios del Talmud tendría mayor razón para sentirse optimista. El resultado aún estaría en duda, porque la oposición podía consistir de eruditos del período de la Mishná. Si incluso estos eruditos se ofrecieran a defenderlo, aún debía sentirse preocupado por si los profetas se inclinaban al lado de la acusación.
Si incluso los profetas estuvieran dispuestos a ayudarle, las cosas seguramente irían muy bien. Y sin embargo siempre quedaría la posibilidad que el Mismo Creador lo acusara.

Hay ya un precedente en el que El Eterno está en desacuerdo con el juicio de Sus profetas. Cuando Samuel es enviado a la casa de Ishai para ungir a quien debe reemplazar al rey Saúl, el primer hijo que ve es Eliav, el hermano mayor de David. Samuel estaba convencido que Eliav era el elegido pero El Eterno respondió (I Samuel l6:7): “No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura... pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero El Eterno mira el corazón”.

Si el Mismo Dios promete estar a favor de un hombre el Día del Juicio, su alegría será ilimitada y sobrepasará todas las posesiones del mundo. Dicho abogado no puede conseguirse mediante riquezas y ni siquiera cumpliendo los preceptos. Es cierto que cada precepto produce un ángel defensor, pero cada transgresión produce el correspondiente ángel acusador.

Sólo un hombre pobre está seguro que El Eterno vendrá en su defensa, como está escrito (Salmos 109:31): “Porque El se pondrá a la diestra del pobre, para salvar su alma de los que le juzgan”.

Cuando un pobre comparece ante la corte Celestial, El Eterno estará a su lado para vindicarlo y evidentemente si El Eterno está de su lado, no tiene nada que temer.

Por eso los indigentes tienen excelentes razones para alegrarse cada día de su vida. Sólo deben recordar que sus sufrimientos les ganan el derecho de tener a El Eterno como defensor. En eso son mucho más afortunados que los ricos, porque es bien sabido que la riqueza no sirve para nada el Día del Juicio, a menos que haya sido usada para caridad. Es exactamente como en la parábola anterior. Es conveniente que el pobre recuerde esto todo el tiempo y no se preocupe

Extraído del libro ¨Parábolas de sabiduría¨de Ediciones Obelisco con autorización del editor



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