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Shabat Shalom


No.160 - Jag Hasucot



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SI NO HAY, NO HAY


El rab hagaon Iser Zalmen Mibrisk ztz”l, era muy meticuloso en la elección de su etrog, su preocupación era extrema en que no haya ninguna sospecha de que habría en él algún “injerto”, que haya cambiado la naturaleza de su crecimiento. Siempre se hacía traer el etrog de un campo conocido en Marruecos, del cual no tenía ninguna duda acerca de su origen. Se lo traían especialmente, personas muy cercanas a él, para que su etrog no caiga en poder de los “vendedores de etroguim”, ya que una vez en manos de ellos, nunca se sabía de dónde provenían.
Cerca del Jag Hasucot del año 5718, salió, como cada año, un enviado para traer desde Marruecos “el etrog” para el rab Mibrisk. Pero, cuando llega al puerto, los funcionarios de la aduana, le retuvieron el etrog. Ese año, había una prohibición para el ingreso de frutos, ya que había en todo el mundo plantas infectadas con una enfermedad maliciosa, por lo que se sospechaba ante el ingreso de cualquier producto de la tierra. Y, por cuanto que todavía no se conocía el origen de la enfermedad, se prohibía el ingreso de todo producto, y también el etrog entraba en la misma categoría. Estábamos muy próximos al Jag Hasucot, y el enviado llega a la casa del Maran Mibrisk y le cuenta que su etrog fue retenido en la aduana.
El rab busca a una persona que pueda cumplir esa difícil misión, y un allegado a él dice conocer una persona con muchas conexiones, un comerciante con grandes influencias en todas las oficinas que dependen del gobierno, al que después de conocerlo, le pide que no envíe a un empleado suyo sino que se ocupe personalmente del asunto, explicándole lo importante que es para él ese etrog. Le habló directo al corazón, haciéndole entender cuanta alegría y tranquilidad le daría tener en sus manos ese etrog para poder cumplir con el precepto estando seguro de tener un etrog sin injertos.
El hombre llegó al puerto y se entrevistó con un importante funcionario para liberar el etrog. Le contó quién era el rab Mibrisk y qué importante era para él recibir justamente ese etrog. También le contó sobre la sensación de amargura que tenía hasta ahora, al no tener la seguridad de lograr conseguir el etrog. El funcionario, emocionado con el relato, aceptó liberar el etrog, pero no estaba en su poder hacerlo, el hombre debía dirigirse a otro funcionario. Fue a buscar al segundo empleado que lo derivó a un tercero, y así siguió el trámite, pasando la “pelota” de uno a otro...
Dentro de toda esta burocracia, el comerciante quería informarle al rab Mibrisk sobre lo que acontecía, pero su relación con el rab pasaba a través de otro hombre que los había presentado para resolver este problema. Juntos llamaron al rab, y el rab solamente le pedía que haga todos los esfuerzos posibles e imposibles para conseguir ese etrog. Y lo mismo le pedía cada vez que lo llamaba para informarle sobre el avance o no del trámite. El rab le pedía que “no afloje”, que haga todo lo que esté a su alcance, ya que ese era el único etrog con el que podría cumplir el precepto...
Mientras tanto, cerraron las oficinas del puerto, y cuando vieron que ya sería imposible conseguir el etrog antes del Jag, se dirigieron de inmediato a la casa del rab, en Ierushalaim, y le dijeron: hice todo, pero no pude conseguir traerle el etrog para que lo tenga en su poder el primer día de Sucot. No tengo ninguna posibilidad de conseguirlo en el día de hoy.
Difícil describir el sufrimiento que sintió el Maran Mibrisk. Se lo veía destruido. Como si hubiera escuchado en este momento la peor tragedia de la humanidad.
Reponiéndose, le dijo: bueno, aunque el etrog no lo pueda tener para el primer día de la fiesta, será muy importante para mí tenerlo durante Jol Hamoed. Por eso el rab le pidió que continúe, sin descanso, con el intento de liberar su etrog. Cuanto antes lo pueda recuperar, mejor será.
Y así fue que el hombre siguió “tocando” sus influencias para obtener el permiso necesario, hasta que al fin, el día de Hoshana Raba, el último día de Sucot, por la tarde, consiguió la firma del funcionario correspondiente, y tenía en su poder el papel sellado y firmado que autorizaba retirar el tan buscado etrog. Mientras corría hacia el puerto, notificó al rab que por fin, en poco tiempo, unas horas antes de la finalización de la fiesta, podría recibir su etrog.
El hombre se apuró a llegar al puerto, pero una vez allí comprobó que las oficinas estaban cerradas. Seguramente alguno de los empleados fue informado que alguien tenía que venir a buscar el etrog, pero cuando se fue, no le pasó el informe al empleado que lo reemplazó, y éste, al ver que terminó sus tareas, cerró las oficinas.
Un frío temblor se apoderó del hombre. ¿Cómo podría decirle al rab que no pudo conseguir el etrog? El rab lo esperaba con ansiedad, pero, cuando lo vio entrar, enseguida comprendió que no tenía cara de buenas noticias.
¿Nu? -preguntó el rab comenzando a sonreir- no hay etrog, ¿cierto?
Así es, no hay etrog, pero, entonces, ¿a qué se debe la sonrisa del rab? ¿Acaso consiguió otro etrog en lugar de ese?
Te contaré una historia y de ella entenderás el por qué de mi tranquilidad...
***
Una persona de la ciudad de Brisk, vino a mí en reiteradas oportunidades a contarme sus penas: Tengo a mi mamá, muy anciana, que vive en una ciudad muy lejana. Yo siento que no puedo cumplir con el precepto de “honrar a mi madre” como es debido. Viajar con frecuencia hasta allá no puedo, porque tengo aquí una familia muy grande y estoy muy ocupado en el sustento.
Le pregunté: ¿en qué puedo ayudarte?
Yo quiero que ella venga a vivir con nosotros -continuó el hombre-. Durante años intenté convencerla, pero de ninguna forma quiere aceptar el pedido. Por eso, es que le pido al rab que, cuando mi madre venga a visitarnos, intente hablar con ella, ya que estoy seguro que si ella escucha la orden del rab Mibrisk, aceptará de inmediato mudarse a nuestra ciudad.
Le dije que, en la próxima visita de su madre, entre con ella a verme, e intentaré convencerla.
Y así fue, que entraron los dos a verme y le dije a la señora: Su hijo quiere cumplir con el precepto de honrar a su madre. Es un precepto muy importante, y usted tiene el mérito de poder ayudarlo en su noble propósito. En mi opinión, su hijo tiene razón, usted debería mudarse a nuestra ciudad. Esto será bueno para usted, que se sentirá muy acompañada por su hijo y sus nietos, y también ayudará al crecimiento espiritual de su hijo.
Rabi -me dijo la señora-, puede pedirme cualquier cosa salvo abandonar mi ciudad, es algo que no puedo hacer.
Me sorprendió la respuesta y volví a preguntar: ¿qué quiere decir que no puede abandonar la ciudad? ¿por qué no venir a vivir con un buen hijo que quiere preocuparse y ocuparse de su madre?
La señora intentó explicarme sus motivos:
Mi abuelo era una persona muy pobre, pero siempre tuvo la esperanza de que por lo menos una vez en su vida podría comprar un etrog, que sea de su propiedad.
Allí, en las ciudades de Lita, la pobreza era muy fuerte, y como era sabido, casi no había persona que pudiera comprar por sí sola un etrog, por eso, la comunidad compraba un etrog, y todos se asociaban en la compra y luego bendecían sobre él.
Mi abuelo, juntó durante toda su vida, moneda tras moneda, para lograr, en su ancianidad, comprar él solo, un etrog. Y así fue juntando, en una bolsa, todas las monedas, y cada vez que agregaba una, levantaba la bolsa para sentir el peso, y alegrarse al ver que cada vez estaba más cerca. Ya muy anciano, le parecía haber juntado el dinero necesario, y partió con la abuela hacia Vilna, donde estaba el vendedor de etroguim.
Al encontrarse con el comerciante le dice: la plata que ves en la bolsa, la junté durante toda mi vida, para darme el gusto, por única vez, de comprar “mi etrog”. Ahora que me pareció que tengo el dinero suficiente, vine a verte para comprar uno.
La plata que fue juntando, durante tantos años, estaba toda formada por monedas de muy poco valor. El vendedor comenzó a contar, y terminó diciéndole al abuelo que para su pesar, la plata de toda la bolsa no alcanzaba ni para el etrog más barato que tenía.
¡Toda la vida juntando moneditas para nada! Ni siquiera estaban cerca de la cantidad que les pedía el vendedor. ¡Cuánto dolor sentían mis abuelos en ese momento! Y allí fue cuando la abuela tuvo una gran resolución y le dijo al abuelo: nosotros estamos ya muy ancianos. Puede ser que esta sea la única oportunidad para conseguir el etrog que tanto querés. Por eso, te voy a aconsejar: tenemos una casa propia, ¿cierto? ¿Para qué la queremos? Podemos venderla y alquilar una pequeña pieza con una cocina, y con la plata de la venta, seguro que podremos comprar el etrog más hermoso y más “casher”!
Y así hicieron. Vendieron la casa, recibieron lo que recibieron, y volvieron a Vilna a buscar al vendedor de etroguim.
El vendedor quedó sorprendido de la gran cantidad de dinero que traían mis abuelos para comprar solamente un etrog, y le dijo a mi abuelo que con esa suma podría comprar un etrog tan especial, que ni siquiera la persona más honrada y adinerada del país jamás compró. Le aseguró que en esos días viajaría a buscar más etroguim para la venta y le traería su etrog, que se destacaría sobre cualquier otro.
El vendedor cumplió su palabra, y mi abuelo tuvo en su poder un etrog, como nunca nadie había visto antes.
Los abuelos regresaron a su pequeña pieza con tanta alegría, y con el preciado tesoro en sus manos.
Lo guardaron en un pequeño placard que tenían en la cocinita, y le brindaron un cuidado muy especial. Muy pronto, se comentó en toda la ciudad que mi abuelo era poseedor de un etrog “único” y especial, perfecto y muy hermoso. Todos estaban ansiosos por ver el gran etrog del abuelo. La gente se acercó al lugar en que vivían, entraron a la pequeña cocina, y la abuela sacó el etrog de la caja y lo mostró a todos los presentes.
Todos querían verlo de cerca, tocarlo. Lo tomaron y comenzaron a pasarlo de mano en mano, querían palparlo, gozar de su perfección, hasta que finalmente, se cayó, y se le rompió el “pitem”, por lo que el etrog dejó de ser apto para la bendición!
La abuela cayó desmayada. Cuando lograron reanimarla, dijo que necesitaba informarle al abuelo sobre la terrible tragedia ocurrida. Pero pensándolo mejor, sintió que de darle la noticia de golpe, podría provocarle un gran daño en la salud. Por eso, había que prepararlo para recibir tan triste noticia, y solamente cuando encontremos el momento oportuno, decírselo...
La abuela entró a la habitación donde estaba el abuelo y comenzó a contarle historias con finales tristes. El abuelo entendió la intención y le preguntó a la abuela qué escondía detrás de las historias, ¿ocurrió alguna tragedia? ¿Algo le pasó a alguno de los nietos?
Y la abuela comenzó a llorar y en medio del llanto le contó lo que ocurrió con el tan preciado etrog, para el que vendieron la casa.
Cuando el abuelo escuchó la noticia, se levantó de su silla y exclamó: “si no hay, estamos libres de la obligación”.
De acuerdo a la versión de otros integrantes de la familia, el abuelo dijo: “el mismo Ribono Shel Olam que ordenó adquirir el etrog, también ordenó que está prohibido enojarse y amargarse”.
La anciana madre terminó con su relato: esa misma casa que vendieron mis abuelos para comprar el etrog, está a unos pasos de mi casa. Todos los días paso por allí y recuerdo la maravillosa historia pasada de esa casa. No puedo describir la satisfacción que me provoca. Ver esa casa me renueva la vida. Por eso sigo viviendo en esa ciudad, porque no estoy dispuesta a renunciar a recordar a mis abuelos en esa forma. Mi alma siente algo especial al lado de esa casa.
Desde luego -contó el Maran Mibrisk- después de escuchar esto, no pude decirle a la señora que debía abandonar su ciudad.
***
Ahora, terminó el Maran Mibrisk, yo también puedo decir, “si no hay etrog, estoy libre de la obligación”. Todo tiempo que tuve la esperanza de poder conseguirlo, estuve esperándolo con la máxima ansiedad, y pedí y pedí que hagan todos los esfuerzos para traérmelo.
Como usted ya sabe, estuve todo el tiempo inquieto, esperando y deseando que el etrog llegue a mis manos, sufriendo.
Pero ahora que ya hemos hecho todo, y puedo decir que estoy seguro que usted hizo verdaderamente todo por conseguirlo, entonces declaro que “si no hay, estoy libre de la obligación”.
¿Para qué seguir sufriendo entonces? Puedo relajarme y sonreir!


Talelei Orot - Lekaj Tov

Leiluy Nishmat Iejiel Mejl ben Nisn Arie z”l – León ben Isabel z”l




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