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Shabat Shalom


Parashat Truma



DAR, SIEMPRE DAR...

¿CUANDO VOY A RECIBIR?

Un rey se estaba bañando tranquilamente en el mar, sin darse cuenta que las olas y las turbulencias comenzaron a alejarlo peligrosamente de la orilla. De pronto, se dio cuenta de que llegó a un lugar muy profundo y que no tenía fuerzas para volver, estaba realmente en peligro. Justo, en el último momento, un hombre que pasaba por allí y que presintió que la persona que se veía a lo lejos corría peligro, saltó al mar y salvó al rey. Esta persona no era una persona distinguida, no tenía ningún cargo en el palacio, era una persona “más” del pueblo, pero el rey, desde ese momento, sintió por él un cariño especial, le había salvado la vida. Por eso, lo invitó a su palacio a pasar unos días allí, para pagarle, de alguna forma, el gran favor que le hizo.

Cuando el hombre entró al palacio, fue recibido con todos los honores, y lo acomodaron en la mesa del rey, al lado del rey. Después de la comida salió a dar un paseo por los jardines del palacio, acompañando al rey, que le mostraba las bellezas del lugar y continuamente le demostraba su cariño.

Cuando promediaba la tarde el rey le dijo al hombre: ahora, baja al depósito del palacio, donde están todos mis tesoros. En la puerta, te está esperando un hombre que te dará una gran bolsa. Te abrirá la puerta y tendrás delante de tus ojos todas mis riquezas, pero solamente hasta que oscurezca. En ese tiempo podrás llenar la bolsa con todo lo que desees, y todo lo que introduzcas dentro de la bolsa será tuyo, como recompensa por salvarme la vida.

El hombre bajó, recibió la bolsa y entró al cuarto de los tesoros. Cuando estaba por oscurecer, se reunió gran cantidad de gente a la salida del tesoro, para ver al hombre que pudo enriquecerse tanto en tan poco tiempo.

Cuando abrieron la puerta, la gente no salía de su asombro, al ver que el hombre salía con la bolsa vacía plegada bajo su brazo. Y además, el hombre esbozaba una gran sonrisa, la sonrisa de un “triunfador”. Todos querían hacerle la misma pregunta: ¿por qué salís con la bolsa vacía, por qué desperdiciaste la gran oportunidad de enriquecerte que te dio el rey?

No, no piensen que yo soy tan tonto!!!, contestó el hombre. ¿Ustedes piensan que iba a ser tan fácil convencerme de hacer un trabajo tan pesado en el tesoro del rey? En el preciso instante en que entré comprendí que el rey quería que le limpiara y ordenara su tesoro, por eso doblé la bolsa que me dieron, la puse debajo de mi cabeza y me acosté a dormir. En verdad, a eso se llama aprovechar el tiempo, ya que en todo ese tiempo nadie me molestó...

¿Qué es lo que estamos viendo? Una tontería sin límite. Un hombre que en lugar de aprovechar el regalo que le hacen, piensa que lo quieren hacer trabajar, y está contento, porque se dio cuenta “a tiempo” que querían hacerlo trabajar gratuitamente. Por eso, en vez de usar el tiempo para juntar riquezas, se tiró a dormir, dejando pasar una oportunidad única en la vida. Ahora, podemos tomar en nuestras manos un espejo, y mirar bien si nuestro comportamiento no se parece, a veces, al de este hombre...

Nuestra perasha comienza con la orden “tomen para Mí la ofrenda...” La frase “tomen para Mí” suena contradictoria. Porque tomar algo significa que le estamos sacando algo a alguien, pero como aquí estamos hablando de una ofrenda, Hakadosh Baruj Hu debería pedirnos que le demos a El una ofrenda. La investigación de esta expresión nos proporcionará un dato muy importante en referencia al cumplimiento de los preceptos...

Vamos a preguntarnos, ¿qué es lo que pensamos después de hacer caridad y darle unas monedas a una persona pobre? ¿nosotros vemos que le estamos “dando” algo a la persona pobre o que estamos “recibiendo” algo de él? La respuesta es muy simple, está a la vista que somos nosotros los que le estamos dando algo a la persona pobre. Pero Jazal nos dicen: un hombre pobre (al recibir caridad) da más de lo que el hombre le da al pobre (Midrash Raba, Vaikra 34). Con esto entendemos que lo que nosotros vemos como una acción de “dar” en realidad resulta que es una acción de “recibir”, de tomar. Y así es con todos los preceptos, a simple vista parece que una persona está invirtiendo de su tiempo o de su esfuerzo o de su dinero, cuando en la práctica no está dando sino recibiendo, porque el resultado del precepto que cumple es muy grande e incomparable (en valor) respecto a la inversión realizada.

En nuestro quehacer cotidiano chocamos miles de veces con esta controversia. Tomemos el simple ejemplo de una persona que hace un depósito en el banco para asociarse en una inversión financiera con la entidad. El banco intentará, por medio de estudiadas inversiones, hacer que el dinero de sus clientes se multiplique. Un niño que ve que su padre deposita dinero en el banco, puede preguntarle al padre por qué hay que “darle” plata al banco. Pero el que entiende sabe que este “dar” es con el único fin de “recibir” más, ya que al asociarse al banco se asocia también a las ganancias que el banco obtiene.

Esta es la explicación de “tomen para Mí la ofrenda”, una entrega de plata y oro para la construcción del Tabernáculo no es entregar sino recibir. De esta forma llegamos a un “cruce de caminos”, donde tenemos que elegir por dónde seguir. Esta es una elección que se nos presenta todos los días cuando tenemos la oportunidad de cumplir con un precepto. Tanto sea un precepto donde tenemos que invertir con nuestro cuerpo o con nuestro dinero, aparece el ietzer hara y nos dice: ahora hay que dar. Nos trata de convencer que llega el momento de “perder” algo, resignarnos a hacer o comprar algo que deseamos debido al cumplimiento de este precepto. Y a la persona que se deja engañar, que ve el precepto como una acción de entregar, se le hace más difícil su cumplimiento, porque siempre es más difícil dar.

En cambio, el que puede ver el final, comprende que lo que parece “dar” resulta a la hora de la verdad una “toma”, de la misma forma que cuando conseguimos darle algo a una persona importante, para nosotros se transforma en recibir, ya que tuvimos el gran honor de que esta persona tan importante reciba algo nuestro. Asimismo, todo hecho que lleva al cumplimiento de un precepto o a la abstención de caer en un pecado resulta para nosotros que estamos “recibiendo”. Y todo este pensamiento está presente inclusive antes de evaluar el premio incalculable que nos espera en el mundo venidero por cualquier buena acción, debido al engrandecimiento del Nombre del Bore Olam que resulta del cumplimiento de Su Voluntad que hicimos sin dar nada, sólo por recibir...

Todo el que considere que el hacer la voluntad de Hakadosh Baruj Hu significa darle algo a Hashem, se compara con ese hombre que vio la oportunidad de tomar de las riquezas del rey como una obligación de trabajar para ordenarle y limpiarle su depósito del tesoro, perdiendo, de esta forma, la oportunidad de su vida. Y así como este hombre prefirió irse a dormir, por pensar que en lugar de obtener algo, tenía que hacer y dar, nosotros, si suponemos que para cumplir un precepto hay que dar y, por consiguiente, representa una carga, nos abstenemos de cumplirlo. Y todos los que pensemos de esta forma corremos el peligro de enredarnos en los consejos del ietzer hara que procura a todo momento convencernos de que cumplir un precepto representa una gran carga. Nosotros tenemos la obligación de abrir bien nuestros ojos y conducirnos por el camino “recto”, como nos enseña la Tora: “y elegirás la vida...” (Devarim 30,19).

Se le acerca una persona anciana y le dice: “escucha mi consejo, anda por el otro camino”. -Pero, ¿por qué?, yo estoy viendo que el otro camino está lleno de espinas!!

Nosotros, estamos en este mundo siempre parados en el mismo lugar, siempre en el cruce de caminos, con las dos opciones delante nuestro: el camino de la Tora, por un lado, y por el otro, el camino de la “libertad” (si así podemos llamarlo), el camino de la despreocupación, o de la negación de las responsabilidades, que aparentemente resulta ser más llano.

El ietzer hara intenta mostrarnos que para andar por el camino de la Tora debemos resignarnos y olvidar todos nuestros deseos, que exige grandes sacrificios, pero sabemos que no es verdad. También sabemos que siempre todos los principios son difíciles, comenzar algo nuevo, el cambio, puede ser complicado, aparentemente con espinas y piedras, pero después, con la Tora, todo se hace maravilloso. Después de sobreponernos a la primera dificultad, vemos todo más claro al frente, y descubrimos que nos llega el turno de “recibir”. Ya que el habernos sobrepuesto a la prueba nos da una satisfacción especial, aparte del gran premio que nos espera por el hecho propio de cumplir con el precepto.

El Jafetz Jaim acostumbraba a contar sobre un iehudi que tenía una gran familia, pero no tenía un centavo. Y se acercaba la época en que debía comenzar a casar a sus hijos. Decidió hacer un viaje, cruzar el mar y establecerse por un tiempo en un país lejano para juntar unos pesos. Y así le dijo a su esposa, e hicieron los pequeños preparativos para emprender el gran viaje. Llegó a un país del África, en el cual no estaba muy desarrollada la producción de leche, lo que la hacía muy cara y exclusiva para la gente adinerada. En ese instante supo como enriquecerse...

El era un especialista en el rubro, sabía ordeñar, cuidar a los animales y todos los pasos posteriores para la distribución y venta de la leche. Entonces, compró unas pocas vacas y comenzó... Al poco tiempo, levantó una red de productoras de leche que abastecía todo el país, y se convirtió en un exitoso industrial, además de ganar mucho dinero. En ese país había, además, una gran abundancia de piedras preciosas, por lo tanto, nadie se preocupaba por ellas y su precio era muy barato. Nuestro personaje tampoco prestó atención a las piedras, ¿para qué adquirir algo abunda y que no tiene valor?

El tiempo pasó y un día recibe una carta de su esposa: “Querido esposo: nos abandonaste hace tanto tiempo para buscar nuestro sustento. Escuchamos que te convertiste en un hombre rico y eso nos alegra. Por favor, vuelve pronto a casa”.

Inmediatamente resolvió volver, pero, para una persona tan poderosa no era una tarea tan fácil. Alquiló un gran barco y lo cargó con diez mil barriles de leche. Muchas personas trabajaron para levantar las fábricas y cuando estaba a punto de viajar, un niño se le acercó para venderle unos collares de diamantes. No quiso comprar, al principio, pero ante la insistencia del pobre muchachito, le dio unas monedas y metió los collares, sin prestar atención, en el bolsillo de su abrigo. El barco zarpó, y, antes de llegar a destino, envió un mensajero a su pueblo para que todo el mundo salga a recibirlo, para ver la gran riqueza que traía consigo. El pueblo se preparó, hasta contrataron orquestas para el recibimiento. Al llegar al puerto, el hombre salió a la cubierta e invitó a todo el pueblo a subir al barco para contemplar los tesoros del querido vecino de la ciudad.

Sus amigos más íntimos que lo recordaban en su pobreza estaban ansiosos por ver al nuevo millonario. Los primeros entraron con alegría, pero enseguida, ni bien subieron, la alegría se esfumó. Entraron otros y de inmediato salieron fuera del barco. ¿Por qué? ¿Qué pasó? Todo el barco, después de varias semanas de viaje, olía a leche cortada, y ese olor salía a recibir a quienes querían subir al barco! Las autoridades del puerto tomaron la decisión de llevar al barco mar adentro y arrojar los diez mil barriles al mar... Nuestro rico sufrió un ataque al corazón y fue directo al hospital, donde permaneció varios días...

Una vez de vuelta en casa, comenzaron a ordenar las valijas. De pronto la esposa ve los collares y pregunta: Querido, ¿qué es esto? -Nada, contesta el marido. Es solamente un regalito que les compré por unas moneditas en el último minuto antes de salir. -¿Un regalito?, preguntó la esposa, no tienes idea de cuanto vale cada collar, una fortuna que nos puede permitir vivir durante muchos años!!! Y el hombre “rico” empezó a llorar, pero doblemente, por el esfuerzo en vano de traer diez mil barriles de leche cortada, y por no haber traído el barco lleno de diamantes, que podía haber comprado por unas pocas monedas...

Nuestras almas, continúa el Jafetz Jaim, salieron del Cielo para “enriquecerse” en este mundo con la fortuna espiritual y para obtener ganancias en preceptos. Cuando lleguemos al Mundo de la Verdad y nos pregunten por nuestros bienes, contestaremos: trabajamos muy duro, de la mañana a la noche, tenemos una linda casa, varios autos...

Veremos que, lamentablemente, sólo tenemos leche cortada, lo que aquí es riqueza allá no vale nada, y después nos preguntarán si cumplimos algún precepto, alguna caridad, algún favor... Ah, hace treinta años le hice un favor a mi vecino, hace cuarenta le di una moneda a un pobre... ¿Dónde, dónde hay más? Eso es lo que acá tiene valor, como si fueran collares de piedras preciosas, y pude haber hecho tanto, casi sin ningún esfuerzo... No permitamos que el ietzer hara nos siga engañando, tan poco nos cuesta lo que nos puede reportar tanto...

Lekaj Tov.

 

Leiluy Nishmat   

 Sara Rajel bat Moshe z”l




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