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Shabat Shalom


No. 195 - Kedoshim



TE QUIERO MUCHO... POQUITO... NADA...

Estamos libres, salimos de la esclavitud de egipto, cruzamos el mar, y ahora, ya emprendimos el camino para recibir la Tora, en Jag Hashavuot...


Una de las canciones que cantamos con el recibimiento de la Tora es: “Baruj Elokenu shebaranu lijbodo...”, “Bendito, Nuestro D-s, que nos creó para su honra, que nos separó de los equivocados y nos dio la Tora, que es verdad”. Esta canción, extraída de los rezos, proclama nuestra alegría y nuestro mérito de ser los elegidos para cumplir con la Tora y sus preceptos, y muy especialmente en nuestra generación, donde, no para estar contentos, son muchos más los “equivocados” que parecen como ovejas que van sin rumbo, sin un pastor que las conduzca por el camino correcto, sin poder darle contenido a sus vidas. Esto hace que cantemos con más fuerza y le pidamos al Bore Olam que podamos elevarnos más, y que también provoquemos la elevación de los que lamentablemente torcieron sus caminos, agradecemos nuestra parte, que Hashem nos separó de los equivocados y nos dio su Tora, símbolo de la verdad.


En nuestra perasha, nos puede resultar suficiente la lectura y el estudio de solamente ocho versículos (cap.19 vers. 11-18) en los que podemos encontrar veinte preceptos que tratan sobre la relación con nuestros semejantes, temas sobre los que ninguna otra cultura ni otra lengua jamás se ocuparon de enseñar. Entre otros preceptos encontramos “no robar” (se refiere al robo de dinero, ya que en los diez mandamientos el no robar se refiere a la misma persona Rashi), “no mentir”, “no retrasar el salario del empleado”, “juzgarás con justicia a tu pueblo” (juzgar para bien, al ver una acción buscar méritos), “no odiar a nuestro hermano con el corazón” (arrancar el odio, no sólo exteriormente), “no vengarnos ni guardar rencor”, y, para rematar, el último “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. ¿En qué libro podemos encontrar leyes como estas? ¿Quién puede penetrar en el pensamiento humano de forma tan profunda y verdadera para enseñarnos a vivir en armonía con nuestros semejantes? ¿Existe algún pueblo que pueda “someterse” a semejante paquete de leyes que “limitan” la individualidad, que nos prohíben ser personas libres, que nos obligan a tener “modales” y a preocuparnos por no “herir” a las personas que nos rodean? Esta es la razón más fuerte que tenemos para alabar al Creador, agradecerle por habernos creado para honrarlo, que nos separó de los que no pueden “soportar” ese paquete de leyes que se llama Tora y que es tan verdadera.


En el libro “Jinuj” el precepto “amarás...” está descripto como el precepto del “amor en Israel”, y cuando da los pormenores dice: que el amor entre cada integrante del pueblo de Israel debe ser un amor espiritual, que sale del alma, hablando en la práctica diremos que debemos cuidar el honor de nuestro compañero y su dinero como si fuera nuestro honor y nuestro dinero. Y está escrito en el Sifri: dijo rabi Akiva, esta es la gran “regla” de la Tora, ya que muchos preceptos dependen de él, porque quien quiere a su prójimo como a sí mismo, no le robará, no lo engañará, no le mentirá, no le tendrá envidia, no lo hará sufrir de ninguna forma, etc., etc., etc..., muchos otros preceptos podríamos enumerar para ver cuánta razón tiene rabi Akiva.


Más nos dice el Jinuj sobre este precepto. Cuando una persona se entrega a otra con un amor sincero aumenta el amor entre la gente, ya que de la misma forma que una persona hace con su compañero, su compañero hará con él. Por eso al comportarse con los demás pensando que lo hacemos para “nosotros”, y al alegrarnos con la alegría de nuestros semejantes, veremos que realmente será también para nosotros, como un “bumerang”, ya que cuando nuestro compañero siente que nosotros nos “entregamos”, él verá como necesaria su propia entrega.


Pero, ojo, no pensemos que es tan fácil querer a todo el pueblo de Israel con “el alma”. En el “Mesilat Iesharim” está escrito, cuando habla del odio y la venganza (cap. 11) que es muy difícil arrancar del corazón cosas que nos son propias. Más adelante dice que solamente es fácil para los ángeles del cielo, en los cuales estos sentimientos no existen, no para los que estamos hechos de carne y hueso, salidos de la tierra. Por eso, la orden de arrancar estas cualidades, tiene que ser un “decreto del Rey”.


¿Cómo hacer cumplir el “decreto del Rey”? Para comenzar debemos saber qué quiere decir “amor”. En el mundo, existe un concepto totalmente equivocado al significado de querer o amar. El rab hagaon Eliahu Lupian ztz”l acostumbraba decir que la persona dice que “adora a los pescados” y después, ¿qué hace con ellos?, se los come, entonces, no está diciendo la verdad. Si en verdad los quisiera no se los comería... La realidad es que esta persona se quiere solamente a sí misma, por eso se come los sabrosos pescaditos que tanto le gustan. De la misma forma cuando una persona dice “querer” a otra, solamente está diciendo que para él es lindo o grato ser amigo o querido de esta persona. Hasta también puede ser que “valga la pena”, o “sea conveniente o rentable” porque puede obtener regalos o ventajas estando a su lado... Esto, por supuesto no es amor, ya que amor, en hebreo, viene de la raíz “dar” no de la raíz “recibir”. Por eso, sólo podemos pensar que una relación es sincera cuando nuestra intención es “dar” y no buscar algo más, algo para nuestro provecho...


Dice la Mishna: todo amor que depende de alguna cosa, cuando se anula esta cosa, desaparece el amor, y cuando el amor no depende de nada, nunca desaparecerá... (Pirke Avot, cap. 5) Explica Rashi, ¿qué significa que depende de alguna cosa? Cuando el amor depende de cualquier cosa material, que no es un amor hacia la persona misma. Esto nos enseña que todo tiempo que el amor se construye sobre una condición particular y, por lo tanto, “conviene” la unión, esto no es amor. Por eso, el único amor verdadero es el que se basa en “entregar” y dar a nuestros semejantes.


¿Cómo llegar a esta categoría? Para esto debemos saber mirar con “buen ojo”, buscar virtudes en nuestros semejantes. Toda persona tiene virtudes, es posible buscar en cada persona una virtud que le dé un buen valor como persona, con lo que la podamos honrar y apreciar. Pero, nuestra naturaleza tiende siempre a buscar defectos en los demás, y a juzgar a todos con dureza. Aquí está nuestro trabajo, romper ese mal instinto que nos hace juzgar mal y buscar defectos en nuestros semejantes, busquemos en ellos virtudes como cuando las buscamos en nuestro interior, eso es “amarás a tu prójimo como a ti mismo”.


Este es el significado de vivir con la Tora, podemos imaginar muchas cosas, está la forma de vestir, la forma de comer, la forma de hablar, pero nada alcanza si no empezamos por nuestra forma de relacionarnos con el exterior. Ya que si no hacemos así, estamos en el mismo camino que los “equivocados”, entonces para qué cantamos “que nos separaste...”, sí Hashem nos separó y nosotros nos volvemos a juntar..., usando el odio y la envidia que son la base de la cultura de hoy en día, que se llama cultura o educación para no usar el término correcto: “la ley de la selva”, donde el más fuerte se come al más débil... Y si una persona “daña” a otra, esto le da derecho al dañado a “pagar”, a devolver el daño, pero como uno no quiere quedarse con algo ajeno, tiene miedo de no “devolver” lo suficiente, entonces la devolución es mayor, y así sigue...


Si queremos ver algo de lo que nos distingue de cualquier otra cultura, alcanza con echar un vistazo a una guía de teléfonos de Bnei Brak, Ierushalaim o Kiriat Sefer. Allí encontraremos una sección dedicada exclusivamente a “Guemajim”, guemaj, las iniciales de “guemilut jasadim”. Están los guemajim más antiguos que se convirtieron en gigantescas organizaciones de ayuda y están los guemajim “particulares”, que buscan con qué ayudar a nuestros semejantes, préstamos de dinero (sin interés, por supuesto), préstamos de artefactos de la casa, remedios, alimentos para bebés, pañales, y hasta tornillos para anteojos y chupetes (donde se puede llamar las 24 hs. del día).


Esto es el corazón de un iehudi dispuesto a buscar cualquier cosa para ayudar a otro iehudi. Y esta entrega solamente genera amor. Porque cuando una persona se acostumbra a dar, rompe la “barrera de su ego”, la “barrera” personal que le dice que sólo él necesita algo, que los demás ya tienen todo, que para qué necesito ayudar a otro, primero me tengo que ayudar a mí...


Por eso este precepto incluye tantos otros, porque cuando “queremos” de verdad, se anulan todos los posibles pecados que podamos cometer a nuestros semejantes. Desaparece el odio, la envidia, la venganza, el rencor, el engaño, la mentira...


Veamos por ejemplo venganza y rencor. Es algo natural. Le preguntamos a un chico: ¿por qué le pegaste?, y no sabemos para qué preguntamos si ya sabemos la respuesta: porque él me pegó primero... De tan natural hasta parece que fuera “dulce”. Ahora, si logramos evitar la venganza, todavía queda en nuestro corazón el rencor, algo más difícil de arrancar, como si fuera “el deseo de la venganza” (aunque no es lo correcto ya que después de la venganza también queda rencor). Pero si aplicamos “amarás a tu prójimo...”, no habrá venganza y además lograremos sacar el rencor de nuestro corazón.


Lo mismo ocurre con ese pecado tan grave, el lashon hara. La mejor forma de erradicar la maledicencia y el chisme es tratando de “amar” a todo iehudi. Todos podemos entender que no estamos dispuestos a escuchar ni hablar cosas malas de los miembros de nuestra familia o de nuestros familiares más cercanos. Ni hablar, si alguien quiere decirme algo malo sobre mí, y por supuesto que no voy a hablar mal a otros sobre mi persona. ¿Por qué? Porque el amor hacia mi propia persona construye un “escudo” invencible, frente a cualquier cosa que quieran decir en mi contra. ¿Qué pasará si yo considero a todo iehudi como a mi propia persona?


El Jafetz Jaim nos da el ejemplo en la introducción de su libro al enumerar los preceptos que dejamos de cumplir al hablar lashon hara.


El que habla lashon hara no cumple con el precepto “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, donde Hashem nos ordenó cuidar el dinero de nuestro compañero como cuidamos el nuestro, y cuidar su honor y alabarlo de la misma forma que nos ocupamos de cuidar nuestro honor. Y el que habla lashon hara o hace chismes, o escucha estas cosas, aunque se trate de la verdad, parecería que no lo quiere en verdad, además de ver que seguro que no lo trata “como a ti mismo”.


La gran prueba de esto es que cada uno de nosotros conoce perfectamente y en forma detallada todos sus defectos, y a pesar de esto no queremos que ninguno de nuestros conocidos se entere ni siquiera de la milésima parte de ellos. Ahora, si ocurriera la terrible catástrofe de que alguna persona sepa sólo uno de nuestros miles de defectos y este “amigo” se dispusiera a contarlo a otras personas, empezaremos a rezar con todas nuestras fuerzas: que Hashem nos ayude para que nadie le crea nada de lo que está diciendo. Todo para que no se conozca entre la gente que tengo una cualidad no buena. Y a pesar de que sabemos que tengo muchas más como esa o peores, pero es tan grande el amor que tengo hacia mí, y solamente hacia mí, que todo lo que hagamos por nosotros mismos no alcanza... Así, concluye el Jafetz Jaim, con la misma fuerza, es como la Tora nos enseña que debemos cuidar el honor de nuestros semejantes, pavada de ejemplo...


Lo mismo ocurre con el precepto de “juzgar con justicia”, si empleamos “amor”, será muy fácil encontrar méritos en la persona que estamos juzgando. Y se puede comparar, dice el rab hagaon Dov Iafe Shlita, con una persona que está buscando alguna cosa que perdió. Esta persona puede buscar en el mismo lugar cien veces, algo totalmente ilógico, y todavía puede pensar que no buscó bien. ¿Qué pasa ahora cuando buscamos méritos en nuestros compañeros? ¿Cuántas veces estamos dispuestos a buscar y a volver a buscar para encontrar alguna virtud?


Vimos algunos ejemplos de lo que representa estar separados de los equivocados y cómo intentar adquirir las cualidades que necesitamos para vivir de acuerdo a la Tora. Miles de ejemplos podemos encontrar en la vida cotidiana de los grandes rabanim de nuestro pueblo. Y también, si queremos buscar más, en los libros donde se describe la vida de nuestros jajamim. No nos quepa duda que Hakadosh Baruj Hu quiere que aprendamos de ellos, que copiemos sus virtudes. Y si decimos: ¿quién soy yo, tan chiquito, para compararme con estos “gigantes”? Recordemos que ellos no llegaron a la cima en un día, sus virtudes son el resultado de un trabajo constante, que llena de satisfacciones...


Para terminar, un relato entre miles, ejemplo del amor a nuestros semejantes de los grandes de Israel, que encontramos en el libro “Sabib Shuljano shel Hamaguid”.


Leib, un muchacho de catorce años, que estudiaba en una Ieshiva de Rusia, volvía a su casa en Polonia. El tren salía el jueves por la tarde para llegar a destino unas horas antes de Shabat. Pero, el tren se atrasó en el camino y Leib supo que debería detenerse antes de llegar a su casa. Preguntó al guarda sobre las próximas paradas y, con alegría, escuchó que el tren pararía muy pronto cerca de Radin, la ciudad donde vivía su anciano tío, el mismísimo Jafetz Jaim, que seguramente lo recibiría muy bien.


Llegó a la casa del hermano de su abuelo, y lo recibió la rabanit. Le explicó que su tío estaba en el Beit Hakneset, estudiando con un grupo de personas esperando la llegada del Shabat. Al verlo tan cansado le sugirió recostarse un rato, cosa que fue aceptada por el muchacho que en verdad estaba muy agotado por el trajín del viaje.


Cuando despertó, vio al Jafetz Jaim que estaba estudiando con un libro sobre la mesa preparada con la comida de Shabat. Leib se levantó y fue recibido muy cálidamente por su tío. Le sugirió que lave sus manos, recite el Kabalat Shabat y el rezo de Arvit antes de que comiencen a comer. Cuando terminó de rezar, el Jafetz Jaim llamó a su esposa, recitó el “Kidush”, y los tres juntos se sentaron a comer.


Finalizada la comida, el Jafetz Jaim se fue a dormir y Leib, se volvió a acostar, pero como hacía poco tiempo que se había levantado, no podía conciliar el sueño. Fue a la cocina, se acercó a mirar el reloj y no podía creer lo que veía: ¡las cuatro de la mañana! ¿Tanto se alargó la comida? No podía entenderlo... Se acostó y se durmió…


Por la mañana, vio a la rabanit en la cocina y le preguntó sobre el tema. La rabanit le explicó que sí, terminaron a esa hora pero la cena no fue tan larga... Cuando el Jafetz Jaim volvió del Beit Hakneset no quiso levantarlo. Nos obligó a mí y a nuestro hijo a comer e irnos a dormir, y esperó junto a la mesa a que despiertes.


Cuando el muchacho despertó llamó a la esposa, y cenaron como si nada hubiera ocurrido. Si el muchacho no preguntaba, nunca nadie habría sabido lo que realmente ocurrió. Bendito Nuestro D-s, que nos dio la Tora... que nos enseña a vivir...

Lekaj Tov.


Leiluy Nishmat Efraim ben Shimon z”l





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