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Shabat Shalom


No. 196 - Emor



EL VALOR DE LAS PEQUEÑAS COSAS

En nuestra perasha hay un capítulo completo que se refiere exclusivamente a las fiestas: Pesaj, Sefirat Haomer, Shavuot, Rosh Hashana, Iom Hakipurim y Sucot. Pero, encontramos un versículo que parece fuera de contexto. Dice allí que cuando levantemos nuestra cosecha no olvidemos el precepto de “leket, shijeja upea” (lo que se cayó, no levantar, dejar lo olvidado y dejar una esquina del campo sin cortar), que se deben dejar para el pobre y para el converso.


Jazal prestaron mucha atención a esta pequeña “intromisión” dentro de las leyes de las ofrendas, y vemos de las palabras de Rashi que dice en nombre de rabi Abdimi ben rabi Iosef: ¿qué necesidad tiene la Tora de cambiar de tema justo aquí, con Pesaj y Shavuot de un lado y Rosh Hashana, Iom Hakipurim y Sucot del otro? Viene a enseñarnos que todo el que cumpla con el precepto de dar al pobre como es digno, leket, shijeja upea se le considera como que construyó el Beit Hamikdash y trajo consigo las ofrendas!!! Al aparecer el precepto de dar a los pobres en medio de las ofrendas de las fiestas nos quiere demostrar la gran importancia del este precepto.


Todavía nos queda lugar para preguntar el por qué de dar tanta importancia a este precepto. Encontramos la respuesta en el libro “Shiur Leiom Hashabat” del rab hagaon M. Miler Shlita.


Encontramos en el Talmud, en el tratado de Iebamot: cuando una persona viene a convertirse, hay que hablarle así: debes saber que nuestro pueblo es un pueblo perseguido, todos los pueblos del mundo “corren” detrás de nosotros para someternos, nos imponen castigos, y buscan nuestro sufrimiento. Si contesta: “ya lo sé, igual quiero convertirme”, o sea, como diciendo, “yo sé lo que soportan y ojala que yo pueda estar entre ellos, entre los que sufren”, al que dice así se lo recibe de inmediato, y pasan a explicarle algunos preceptos de fácil cumplimiento y otros más difíciles de cumplir. Y le hablan sobre el precepto de “leket, shijeja upea”, y sobre los diezmos... y le hablan sobre los castigos al no cumplir los preceptos...


Otra vez tenemos la misma pregunta, otra vez, en medio de un tema específico aparece el precepto de leket, shijeja upea. Un precepto demasiado sencillo, dejar en el campo dos o tres espigas sin juntar, ¿hace falta hablarle de esto a la persona que se está por convertir a nuestra creencia? ¿Y justo en el momento en que se le informa sobre las bases del iahadut, y sobre los grandes castigos que puede tener, lo alenu, la persona que pasa por importantes prohibiciones? La misma fuerza de la pregunta nos trae la respuesta. Las personas no aprueban el “examen” a causa de estas cosas “pequeñas”. En esto, justamente, es donde debemos ponernos más fuertes...


La Guemara, en el tratado de Avoda Zara, nos cuenta sobre rabi Janina ben Teradion, que reunía grandes cantidades de gente para enseñarles Tora, incluso en la época en que los romanos decretaron que no se podía estudiar Tora. Rabi Iosi ben Kisma se enfermó y rabi Janina fue a visitarlo. Rabi Iosi le preguntó a rabi Janina: ¿por qué enseñas Tora en la forma que los romanos lo prohibieron, no ves que pones tu vida en peligro? -”Del Cielo se apiadarán de nosotros”, contestó rabi Janina.
¿Cómo?, preguntó rabi Iosi, ¿cómo te apoyas en los milagros diciendo “del Cielo se apiadarán de nosotros”? Ya estudiamos que no podemos hacer cosas peligrosas pensando que ocurrirá un milagro que nos salvará... Tengo mucho miedo de que te atrapen y te quemen junto a un Sefer Tora!!!
En lugar de contestar, rabi Janina volvió a preguntar: ¿cómo voy a tener méritos para el mundo venidero? A lo que contestó rabi Iosi: ¿acaso no tienes ningún precepto en tu haber, para merecer el Olam Haba?, preguntándole si no había ninguna gran acción que haya hecho en su vida, para haberse ganado el Olam Haba.
Sí, tengo una gran acción, recordó rabi Janina, una vez preparé un dinero para la comida de Purim y otra suma de dinero para las “matanot laebionim” (los regalos para los pobres). Por error se me mezcló el dinero y no recordé cuál era para los pobres y cuál era para la comida de Purim, entonces, junté todo y se lo di a los pobres.
Dijo rabi Iosi, el hacer una acción como esta te hizo merecedor del Olam Haba.


Hay en este relato dos cosas que necesitan su explicación. Primero, cuando rabi Iosi le pregunta a rabi Janina sobre si tiene alguna gran acción que lo haga acreedor para el mundo venidero, no se menciona el gran precepto de “entregar su alma” para la enseñanza de la Tora. Está a la vista el sacrificio tremendo de rabi Janina, poner en peligro su vida para enseñar Tora. Segundo, darle tanta importancia al precepto de dar caridad a los pobres, ¿acaso esto alcanza para merecer el Olam Haba?


Para las dos preguntas tenemos una única respuesta. Dice la Mishna en el tratado de Macot: “dijo rabi Janania ben Akashia, Hakadosh Baruj Hu quiso dar méritos al pueblo de Israel, por eso les aumentó en Tora y en preceptos...” (por eso les dio muchos). Y preguntamos: ¿por qué necesitamos muchos preceptos para hacernos merecedores del Olam Haba? ¿Acaso Hakadosh Baruj Hu no puede hacernos entrar al Olam Haba con pocos preceptos?


Vemos en el Rambam, en su explicación sobre las Mishnaiot: uno de los pilares de la fe, cuando una persona cumple uno de los seiscientos trece preceptos en forma digna, como se debe, sin ninguna “asociación” de intenciones extrañas, como cualquiera de las intenciones que existen en el mundo, o sea, que hizo este precepto con una intención plena y con amor... esta persona ahora se ganó la vida en el Olam Haba. A esto dice rabi Janania, que cuando los preceptos son muchos, siempre estará la posibilidad de que en toda su vida, la persona cumpla al menos uno en forma completa, y éste sea el que le lo haga vivir en el mundo venidero. Las cosas resultan ahora muy claras, el Rambam nos dice que con el cumplimiento de uno solo de los preceptos, pero cumplido con “integridad”, sin ninguna intención “personal”, como ser honores, dinero, etc., solamente “leshem shamaim”, podemos tener parte en el Olam Haba. Y por eso Hakadosh Baruj Hu nos dio un gran número de preceptos, para darnos más posibilidades de llegar al Olam Haba, para que tengamos éxito cumpliendo al menos un precepto de todos ellos, leshem shamaim.


Continúa el Rambam trayendo una prueba a lo que dijo, con el relato del comienzo. ¿Qué significa la pregunta de rabi Janina ben Teradion “qué tengo para el Olam Haba”?, y también, ¿por qué rabi Iosi le pregunta si no tiene ningún precepto en sus manos, queriendo saber si alguna vez tuvo la oportunidad de cumplir con un precepto como es debido? Después viene rabi Janina con su precepto de “tzedaka” y rabi Iosi le dice que con él tiene ya preparado el Olam Haba. El Rambam nos explica que la pregunta de rabi Iosi a rabi Janina es si cumplió algún precepto con integridad, sin que el cumplimiento le traiga honores o por hacerlo la gente considere que es una gran persona, un hombre muy justo. Y aunque lo que hacía, enseñar Tora a pesar de la prohibición, no lo hacía para buscar honores, ya que estaba sacrificando su vida, pero el honor y las alabanzas venían solos, por eso rabi Iosi buscaba otro precepto, oculto, pequeño, hasta íntimo...


El precepto de tzedaka que cumplió, fue algo que hasta ese momento, sólo él, rabi Janina, lo sabía. Un precepto por el cual no esperaba ningún reconocimiento, por eso es considerado “leshem shamaim”.


Esta es la única respuesta para las dos preguntas que enunciamos. Jazal no le da importancia al hecho de reunir gente para enseñarle Tora en tiempos de prohibiciones, ya que es un hecho que trasciende, un hecho que se difunde, por lo que puede traer sentimientos de orgullo, y no ser del todo “puro”. Pero el pequeño precepto, tan silencioso y recatado, de dar tzedaka a los pobres sin que nadie lo sepa, sin buscar honores, sin que se haga público, es un pequeño acto pero “completo”. Leshem Shamaim, por eso lo hace merecedor del Olam Haba.


Al inaugurar la nueva sede de la Ieshivat Jajme Lublin, que fue la primera que tuvo un edificio lujoso, asistieron todos los grandes rabanim de Europa. El rebe de Mitshortokov fue honrado para dirigir al público unas palabras de bendición, entre las cuales dijo: yo siento una gran envidia hacia el hombre que donó el terreno para la construcción de la Ieshiva. Pero no envidio su mérito, el mérito de que la Ieshiva se haya construido sobre su terreno, lo que envidio es un precepto que él seguramente habrá cumplido en absoluto secreto, que le dio como premio la posibilidad de donar el terreno para el edificio de la Ieshiva. Un precepto tan maravilloso, no puede ser otra cosa que el premio por haber cumplido otro precepto en forma completa, en secreto y sin ninguna difusión...


Volvamos ahora al principio. Dijimos que cuando una persona se acerca para convertirse al iahadut, le hablamos sobre “leket, shijeja upea”. El debe saber que debemos acostumbrarnos a “dar de lo nuestro”, a “dejar pasar”, esa es la prueba que demuestra que una persona pueda considerarse iehudi, porque al iehudi hay que probarlo con cosas pequeñas. Las grandes cosas, todos las podemos hacer, cosas que se difunden, que le dan importancia al que las hace. Pero ¿quién está dispuesto a hacer algo “chiquito”?, algo por lo que no será premiado por la gente que lo rodea. Por eso este precepto se recuerda en medio de las fiestas, los días en que estamos ocupados en “grandes” preceptos. En Pesaj hay muchos preceptos que se castigan (al no cumplirlos) con “caret”, y, a pesar de esto, la Tora nos ordena: “no te olvides del pobre”!!! Recuerda las cosas pequeñas, leket, shijeja upea...


Ahora, vamos rumbo al recibimiento de la Tora, Jag Hashavuot. El recibir la Tora es la conjunción de muchísimas cosas muy pequeñas, no solamente una gran “cosa”. Nuestra gran prueba, la prueba de la vida, no es el cumplimiento del gran precepto llamado “cumplir la Tora” sino que es la asociación de millones de misiones pequeñitas que forman el gran desafío de ser un buen iehudi. Una línea de escritura tras otra, forman una “masejet”, por eso cada una de las líneas es más que importante. Cada buena acción, aumenta un poco más en la “esencia” de la persona, y sin esa acción, por más pequeña que sea, a la persona le falta “algo” grande.


Cuando todas esas cosas pequeñas se asocian para el estudio y para mejorar nuestras cualidades, es cuando asoma la luz y se ve a la persona “que cumple y cuida nuestra sagrada Tora”. A esto se llama iehudi con todas las letras. No es la ropa, no es la barba, el corte de pelo, nada exterior en particular, sino todas, todas las cosas que forman a la persona, y, en especial, lo que hace en secreto...


Hay quienes piensan, cuando ven un grupo de estudiantes, que los que vemos como “brillantes”, o que demuestran sus virtudes y conocimientos, son los que en el futuro serán los grandes maestros. Y el alumno callado, que no sobresale, que no es como los otros, no tiene ninguna esperanza de ser “algo” en el futuro. Este pensamiento es el más equivocado del mundo. Todo lo contrario. El alumno más callado, que hasta nos parece un “tontito”, con sus actos silenciosos, con su recato, puede llegar a ser el más grande de todos, justamente por su silencio, por su falta de difusión, y así podrá crecer con más pureza. Y esos “brillantes”, que mostrándose esperan subir para ser los dirigentes de la próxima generación, sabemos por experiencia, dicen los jajamim, que nunca alcanzaron las metas que esperaban de ellos.


Vemos qué grande el valor del silencio, el valor del recato, tratemos de cumplir los preceptos como la Tora nos pide, con integridad, para que seamos merecedores del Olam Haba...


Lekaj Tov.


Dijo el Jafetz Jaim, en su libro Shemirat Halashon, cuánto tenemos que avergonzarnos por nuestra forma de cumplir los preceptos. Si nos invitan a subir al Sefer Tora, y al Sefer, lo alenu, le falta una letra, o está mal escrita, no podemos bendecir, ya que el Sefer tiene una falla. Cuando cumplimos un precepto, ¿nos fijamos cuántas “letras” le faltan a nuestro grado de cumplimiento?


Leiluy Nishmat
Efraim ben Shimon z”l




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