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Shabat Shalom


La Hoja Nueva - Noaj1
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



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“Y la tierra se llenó de robo”

(Bereshit 6,11)

Discutieron los sabios en la Guemara (Baba Kama 62a) sobre la explicación de la palabra “Jamas”. Algunos sostienen que un “Jamsan” (una persona que hace continuamente actos de “Jamas”) es alguien que intenta convencer a otra persona a venderle un objeto en contra de su voluntad, y los que discuten con ellos piensan que el Jamsan es el que roba una cantidad muy pequeña, más pequeña que el valor de la moneda más pequeña del país (con lo cual no puede ser culpado de robo) y el ladrón es el que roba una cantidad mayor.

Y surge la pregunta, dice el rab hagaon Shlomo Levinstein Shlita: ¿puede ser que el Diluvio vino a causa de que a los dueños de los negocios les robaban a otros comerciantes una cantidad menor que el valor de una moneda? Ya que después de que eran robados, no podían denunciar al ladrón en el juzgado ya que se trataba de una cantidad menor a una moneda. Lo único que podía hacer ahora el dueño del negocio era gritar que le habían robado, gritar ¡“Jamas”! ¿Qué culpa tiene este hombre, en qué pecó, para ser castigado junto con los ladrones?

Puede ser que en su negocio este hombre estaba parado gritando “Jamas”, pero, también él hacía lo mismo y robaba en otros negocios por el valor inferior al de una moneda…

El “Ben Ish Jai” nos cuenta sobre un ladrón que fue atrapado con las manos en la masa, y el mismo rey decretó sobre él la pena de muerte.

Cuando se estaba por cumplir la condena, el ladrón le pidió al rey que le permita decir sus últimas palabras. El rey le concedió el pedido y comenzó a decir así:

Yo reconozco ante todos ustedes que he pecado, y acepto que la condena en mi contra ha sido decidida con justicia. Solamente quisiera decir una cosa, he logrado desarrollar algo, una cosa muy especial, y después de pensar que ahora están por matarme y mi secreto se irá conmigo a la tumba, mi deseo es revelarlo a ustedes, para que no se pierda.

Lo que dices me parece muy bien, le dijo el rey, ¿qué es lo que has inventado?

Dijo el ladrón: yo he conseguido tomar la semilla de un fruto, cocinarla dentro de una mezcla de distintas hierbas, luego colocarla en la tierra junto con dicha mezcla, y a los pocos minutos, florece un hermoso árbol repleto de frutos…

El rey y todos los presentes estaban muy asombrados de semejante revelación. El rey le dijo que quería ver para creer, que ahora mismo le haga una demostración de ese maravilloso descubrimiento.

El ladrón dio un detalle de los componentes, que los fueron a buscar inmediatamente, y el ladrón se puso a trabajar en su fórmula…

Cuando el ladrón terminó de preparar su mezcla, dijo: tengo solamente un problema, muy pequeño. Esta mezcla debe ser puesta en la tierra por una persona que nunca haya robado, ni siquiera una moneda, una persona que tenga sus manos limpias desde su nacimiento.

Yo, desde luego, soy ladrón, así no puedo pensar en hacer eso de ninguna manera, mi profesión es ser ladrón. Me gustaría ofrecer mi lugar y darle el gran honor, al primer ministro del reino.

El “segundo” del rey se puso pálido, y enseguida dijo con una sonrisa salvadora, que cuando era niño, recordaba ahora que le robo una golosina a uno de sus compañeros.

El ladrón, al ver que el primer ministro no tenía sus manos tan limpias, dijo: me gustaría invitar al ministro del tesoro y darle el honor de depositar la mezcla en la tierra.

El ministro del tesoro argumentó que sería una pena desperdiciar este maravilloso invento en sus manos, ya que por sus manos pasan cantidades tan grandes de dinero, que quién sabe si ha hecho todo su trabajo de la mejor forma… Yo recomiendo darle este gran honor al ministro de educación…

Y también el ministro de educación encontró una excusa para no tomar la responsabilidad, y el “paquete” siguió pasando de ministro en ministro hasta que el ladrón pidió, finalmente, que el mismísimo rey se encargue del asunto.

El rey, con gran tranquilidad, dijo: cuando era un niño, le quité a mi padre una cadena de diamantes sin su permiso. Tampoco yo puedo hacerlo…

El ladrón se dirigió ahora al rey: el primer ministro no tiene las manos limpias debido al robo. Tampoco el ministro del tesoro ni el de educación. El honorable rey no está seguro de sí mismo, entonces, ¿por qué me tienen que colgar a mí?

Así eran las quejas del mundo en la época del Mabul, estaban los que gritaban porque habían sido robados, mientras ellos mismos habían robado también a otras personas.

(Umatok Haor)




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