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Shabat Shalom


La Hoja Nueva -Vayejí
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



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בס"ד

 

¿PRETENDEMOS LUCHAR CONTRA LA TORA?

“la corona no se apartará de Iehuda”

(Bereshit 49,10)

Dicen que la historia se repite una y otra vez, y también dicen que el sabio aprende de los errores de los demás. Y más, que el tonto, ni siquiera de su propia experiencia puede aprender.

Por eso y para eso, estudiamos la historia, porque así fuimos ordenados: “recuerda los días del mundo, los años de generación en generación”. Y también, el hombre más sabio que existió, dijo (Kohelet 1,10): hay una cosa que te dice: mira, esto es nuevo, pero ya existió en todos los tiempos que le precedieron. No hay nada nuevo bajo el sol, todo se recicla.

Cuando nos encontramos en el medio de los acontecimientos, corriendo detrás o delante de ellos, no existe la posibilidad de detenernos y pensar, para poder observar y obtener una fotografía panorámica que nos permita orientarnos y elegir hacia dónde ir. Pero, si ponemos el ojo un poquito más lejos, y hacemos una mirada que pueda rodear la escena, ahora entendemos lo que ocurre y es posible determinar el rumbo.

Sobre esto está dicho: ¿quién es el sabio?, el que puede ver el origen, ¿y cómo puede ver y reconocer de dónde provienen las cosas?, haciendo una mirada que rodea todo lo que acontece, que le permite determinar lo que ocurrió antes, y así, ahora puede saber cómo anticiparse a un mal, y orientar la balanza hacia el bien.

¿Y sobre qué estamos hablando? Hablamos sobre lo que ocurre aquí y ahora. Si nosotros pudiéramos leer lo que sucede en nuestros días en un libro de historia, de seguro enloqueceríamos, al comprobar cómo nos negamos a creer: vemos cosas terribles, algo que colapsa, o que se repliega, derrotas y debilitamientos, se cumple esa maldición: “el enemigo te pondrá en venta… y no encontrarás quién te compre” (Devarim 28,68). Y nosotros nos preguntamos: ¿esto también existió antes?, ¿acaso también esto ocurrió en todos los tiempos? Si así fue, debemos y podemos aprender de la historia, y hasta mejorar la situación, deteniendo el círculo vicioso…

Y la respuesta es afirmativa y nos obliga. También aquí, la historia vuelve sobre sí misma, puede comenzar con un suceso antiguo que vivimos hace dos semanas (Januka), y su trágico final está señalizado en la perasha de la semana, con una enseñanza puntual.

Hace aproximadamente dos mil cien años se desarrolló la guerra de la independencia. Los Jashmonaim tuvieron el mérito de burlarse del gran imperio griego, la potencia mundial del momento, con la Ayuda de Hashem y los milagros tan visibles que nos hizo. La guerra de los débiles contra los fuertes, de los pocos contra las legiones de soldados. Esto no era sólo una guerra contra las naciones invasoras, era antes que nada el deseo de cumplir los preceptos, de estudiar Tora, de reanudar el Servicio en el Beit Hamikdash, y de hacer retornar al Sanhedrin a su posición.

Era una guerra llena de santidad, por eso contaba con el apoyo Celestial, por medio de milagros demasiado visibles. Hasta el milagro de la botella de aceite que pudo arder durante ocho días. Ierushalaim fue liberada, el Monte del Templo pasó a nuestras manos, el Beit Hamikdash se purificó, y volvieron a realizarse todos los servicios.

Iehuda Hamacabi, el gran general, el conductor de la revolución de los Jashmonaim, entregó su alma y se convirtió en Cohen Gadol y rey de Israel. Después de su fallecimiento, reinó su hermano Ionatan, y detrás de él su hermano Shimon, y de ellos comenzó una cadena de reyes que se prolongó durante cien años, hasta que desaparecieron súbitamente.

Hordus, el esclavo haedomi que tomó el gobierno para los romanos, el gran imperio de ese momento que dominó todo el mundo, asesinó a Horkenus, el último rey de la estirpe de los Jashmonaim, y a todos sus descendientes de la familia. Pretendió casarse con Miriam, la única sobreviviente de esa gran familia, pero ella decidió poner fin a su vida. Antes de saltar hacia la muerte, dijo: “todo el que quiera engrandecerse argumentando que es descendiente de los Jashmonaim, en realidad es un esclavo” (Kidushin 70b).

Un final terrible, para una familia tan distinguida. Una familia con tantos méritos, en la que todos sus miembros entregaron sus almas para honrar al Cielo y santificar el Nombre de Hashem, y tal vez por eso, se hizo merecedora de numerosos milagros, uno más grande y espectacular que el otro, que revela el amor de Hashem hacia todos sus miembros y hacia el pueblo de Israel. ¿Por qué esta familia tuvo ese final tan cruel y trágico?

La respuesta a esta pregunta nos la brinda el Ramban ztz”l, en nuestra perasha: ellos tomaron para sí el “reino”, a pesar de no pertenecer a la tribu de Iehuda, y la Tora fija su posición inamovible: “la corona no se apartará de Iehuda”, y el castigo fue, ojo por ojo y diente por diente, hasta que Hakadosh Baruj Hu hizo que los esclavos gobiernen sobre ellos, y ellos fueron despojados del reino.

¡Y esto nos puede hacer temblar! Comprobamos que si algo está ordenado en la Tora, no se debe hacer lo que está prohibido, bajo ninguna circunstancia, y en el Cielo no van a dejar pasar la falta. Inclusive si se estableció el reinado, contra lo que está escrito, no podrá sostenerse. ¿Cómo no aprender de la historia, como no aprender la lección? No sólo que la Tora advierte, no sólo que la historia nos enseña, sino que también, los hechos que se suceden nos dan la señal, la luz amarilla se enciende en forma intermitente. Y nos llama a volver a las fuentes, conducir nuestras vidas por el camino de la Tora, y hacernos merecedores de todas las bendiciones que Hashem quiere darnos. Cubrirnos a la sombra de nuestro Creador, y tener todo, todo lo bueno que El quiere para nosotros…

Y esto es cierto en el plano general, comunitario o nacional, internacional, y también en el plano particular, y personal. El hombre que no se deja llevar por los consejos de los malvados, sino que hace de la Tora de Hashem su bien más querido, será como un árbol plantado sobre las corrientes de agua, y tendrá éxito en todo lo que emprenda. Y los malvados, serán como la paja que arrastra el viento. Que nunca el hombre pierda la oportunidad de cumplir un precepto, y nunca ganará pecando. Bendito el hombre que confía en Hashem, y que en Hashem deposita toda su esperanza.

Maian Hashavua.

Leiluy Nishmat

León Ben Ezra ז”ל




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