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Shabat Shalom


La Hoja Nueva -Tazría
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



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POR UN TZITZIT

“Cuando un hombre tiene en su piel una infección…”

 (Vaikra 13,2)

En el versículo está escrito “behor besaro”, en la piel en su carne, y de allí, el Or Hajaim Hakadosh estudia que ese es el único lugar donde un Israel puede tener impureza, en su exterior, y nunca en su interior. Veamos hasta dónde llega la Santidad de un iehudi.

Rabi Arie Levin contó lo que ocurrió con un alumno del Gaon de Vilna, rabi Moshe Ashkenazi, que durante todos los días del año, andaba por las ciudades, enseñando Tora a los niños de los iehudim de cada lugar, a pesar de que ese trabajo tan duro no le daba la posibilidad de tener un sustento digno.

En su largo itinerario, rabi Moshe se ocupaba del estudio de la Tora y de sus plegarias en una forma muy recatada, y regresaba a su casa solamente para las tres fiestas, Pesaj, Shavuot y Sucot, trayendo consigo un pequeño bolso con algunas monedas, para el sustento de su familia. Como la mayoría de los hombres piadosos de esa generación, buscaba cumplir con un precepto, y sacrificarse por él. Desde luego que intentaba cumplir todos los preceptos, pero con uno, pondría todo su esmero para cumplirlo con todas las exigencias que su fuerza le permitiera. Y había elegido el precepto del tzitzit. Su costumbre era no moverse cuatro amot (aproximadamente 2,40 metros) sin los tzitzit puestos.

En uno de los primeros días de Nisan, volvía a su casa, después de haberla abandonado hacía unos meses, y consigo, como siempre, una pequeña cantidad de monedas para comprar algo de las necesidades del Jag Hapesaj que ya se acercaba. Viajaba, como era su costumbre, en una carreta muy humilde.

En una de las paradas del camino, rabi Moshe bajó de la carreta, y fue hasta una piedra que estaba al costado del camino, un poco alejado del lugar de paso de los carros y los animales, y se paró allí a rezar. Cuando volvía, se le enganchó el tzitzit en una de las piedras, y se desprendió del talit.

Como era cuidadoso en no caminar sin los tzitzit, se quedó allí parado como un clavo sumergido en el piso, sin moverse de su lugar.

El llamaba al conductor de la carreta, que estaba no muy cerca, pidiéndole que vaya a la ciudad más próxima y le compre un tzitzit. El conductor, que sabía de la meticulosidad de rabi Moshe en el cumplimiento del precepto del tzitzit, aceptó ir a comprárselo con la condición de recibir a cambio todas las monedas que rabi Moshe traía para las necesidades de Jag Hapesaj.

Sin dudarlo, rabi Moshe Ashkenazi le entregó todo el poco dinero que había conseguido recaudar durante todo el invierno, para que le traiga sus tzitzit… poniendo en peligro el sustento de toda su familia, para no apartarse ni un milímetro de la costumbre, de su compromiso con un precepto de la Tora.

¿Y qué ocurrió finalmente? El conductor de la carreta era un hombre de mal corazón, frío y cruel como pocos. Tomó el dinero, se fue y no regresó… Rabi Moshe quedó allí, despojado de todo, sin tzitzit y sin dinero.

Por más de veinticuatro horas, este hombre piadoso estuvo parado, quieto en su lugar, hasta que uno de los viajantes que pasaban por allí, tuvo piedad de él y le prestó la prenda con las cuatro puntas para que pudiera volver a su casa.

Pasaron unos días, y se enfermó el hermano de rabi Moshe, rabi Itzjak, un hombre muy querido por todos los habitantes de Lita, y los médicos temían por su vida.

Mandaron a llamar a rabi Moshe, para que eleve sus plegarias por su hermano. Todos conocían la fuerza de la Tefila de rabi Moshe, y tenían muchas esperanzas depositadas en sus oraciones.

Cuando rabi Moshe llegó, entró en la habitación donde reposaba el enfermo, y pidió a todos los presentes que se retiren del cuarto. Pero, como las puertas de la casa no cerraban en forma hermética, varios de los familiares del enfermo, quedaron espiando detrás de la puerta, para ver lo que hacía rabi Moshe. Querían conocer su secreto…

Vieron como rabi Moshe se quitaba el tzitzit y lo apoyaba sobre su hermano. Y levantó la vista y se dirigió al Bore Olam: Señor del Mundo, yo tengo en mi poder un precepto que cumplo con todas mis fuerzas, el tzitzit. En este momento renuncio al premio que me corresponda en el Olam Haba por este precepto, y te pido, que el mérito de este precepto ayude a mi hermano a levantarse de su enfermedad.

Así rezaba rabi Moshe, llorando y suplicando, y algunos familiares lograron ver y escuchar como renunció a su recompensa futura para la curación de su hermano.

En poco tiempo, rabi Itzjak estaba totalmente curado, para el asombro de todos los médicos.

Termina diciendo rabi Arie: si pensábamos que rabi Moshe se sacrificaba por cumplir con el precepto, ¿cómo llamaremos al renunciar de su recompensa para la curación de su hermano? Este es el verdadero sacrificio…

Traducido del libro Barji Nafshi.

 

Leiluy Nishmat 

León Ben Ezra  ז”ל




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