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Shabat Shalom


La Hoja Nueva -Bejukotay
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



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בס"ד

STOP

“...y se escaparán aunque nadie los persiga.”

(Vaikra 26,17)

Hay un relato que deja una enseñanza muy grande, que fue parte de nuestra tradición y pasó de generación en generación. Se trata de una historia que nos da una idea de la inteligencia de uno de nuestros más grandes sabios, Rabenu Harambam ztz”l. Y tiene también relación con nuestra perasha, y, seguramente, también con nosotros...

Es sabido, que el Rambam era el médico del rey de egipto. Los demás ministros del rey, envidiaban al Rambam, y buscaban la forma de sacarlo de su posición y nombrar en su lugar un doctor árabe, que se llamaba “Camon”.

Los ministros le aseguraron al rey, que el otro doctor no era menos profesional y sabio que el Rambam. Esto le cayó bien al rey, y llamó a los dos doctores y les planteó un desafío para determinar quién de los dos era el mejor. Cada uno de ellos debía intentar envenenar a su opositor, y el que quede con vida sería nombrado “el doctor del rey”.

Los dos deberían presentarse frente al rey, y tomar el veneno preparado por el otro, pero, los dos podrían después tomar algo preparado por cada uno, para anular el efecto del veneno ingerido con anterioridad.

Y en verdad, los dos eran muy buenos médicos, con mucha sabiduría, experiencia y profesionalidad. Los dos eran renombrados y muy conocedores de todas las medicinas y también de los venenos. Otra cosa que sabían, era producir antídotos contra muchas clases de venenos, neutralizando sus efectos.

El doctor árabe se fue a su casa y se encerró durante una semana entera para producir un veneno muy potente, y de acción inmediata, algo terrible y malicioso. En cambio el Rambam, depositó su confianza en Hakadosh Baruj Hu, y decidió cumplir su obligación con su característica honestidad, y prosiguió con su trabajo, para curar las enfermedades de las personas, sin preocuparse ni ocupar su sabiduría en pro de asesinatos o exterminaciones.

Y llegó el día fijado. Los dos doctores se presentaron frente al rey, y en sus manos, el veneno que cada uno trajo. Camon, el médico árabe, le dio al Rambam su terrible veneno. El Rambam se lo tragó, e inmediatamente tomó la medicina que trajo consigo y anuló el efecto del veneno. Y siguió con vida.

Ahora, el Rambam le dio a Camon, no veneno, sino una comida. Camon la tragó, y enseguida detrás de la comida, se tomó algo que preparó contra los venenos. Pero, lo más extraño y asombroso, él no sintió ninguna molestia ni debilidad después de haber tomado el veneno (o lo que él suponía que debía de ser veneno), algo que habría sido lo más normal, no sintió nada. Como si no hubiera tomado ningún veneno (y en verdad no tomó ningún veneno).

Al no sentir nada después de tomar el veneno, comenzó a pensar, y tuvo una sospecha terrible: puede ser que el Rambam, con su gran inteligencia, me dio un veneno que tiene un efecto lento o retardado, que recién toma fuerza, cuando los antídotos terminan de funcionar. O tal vez, el Rambam me dio un veneno que comienza a funcionar solamente después de ingerir otro alimento, como por ejemplo, que empiece a funcionar después de comer carne. En ese momento decidió dejar de comer carne...

Y Camon siguió pensando, ¿tal vez el efecto comience después de comer porotos? Y dejó de comer porotos. ¿O tal vez sea con el trigo? Y dejó de comer todo tipo de panificados. Tanto era su miedo, que no tomaba sino leche de vaca, que él mismo vio cuando la ordeñaron...

Pasó una semana, y se encontró con el Rambam, estaba flaco y demacrado, y el Rambam, usando su gran inteligencia le preguntó: dime por favor, cuando tomas leche de vaca.... ¿cómo te sientes?

Al escuchar esto, Camon se puso pálido, empezó a temblar y murió de un ataque al corazón..., fue como una parálisis debida al gran miedo que sintió...

Dijo el rey: ahora yo sé que tú eres el mejor de los médicos, por encima de todos!!! Has inventado un veneno que se activa y tiene efecto solamente después de una semana...

El Rambam no estaba de acuerdo con el rey: mi señor rey, nunca he matado a una persona. El no murió porque yo lo he envenenado, sino que murió por lo que él mismo hizo con su vida, murió con la fuerza de su imaginación...

Y en la práctica, esta es una de las maldiciones que está dentro de nuestra perasha: “y se escaparán mientras nadie los persiga... y escaparán de la voz que los persigue y serán golpeados con la espada y caerán... y verán que nadie los perseguía”. Ellos temieron de una voz que corría tras ellos, un temor falso, desde luego, y esa voz pasó por sus rostros como una espada, pero dijimos que el temor no era verdadero, entonces, ¿por qué cayeron? La respuesta: por el miedo...

Cuando analizamos y abrimos nuestros ojos, podemos comprobar, cuánta profundidad tiene este mensaje, y más hoy, cuando el mundo moderno nos llena de elementos que no nos dan miedo sino pánico, y así tratando de escapar de ellos, continúa nuestra vida... La gente corre, vuela y se escapa. No le queda a nadie tiempo para detenerse, tiempo para uno mismo, tiempo para su familia, un momento en el que podamos detener los relojes y mirar a nuestro alrededor, tiempo para descansar…

Ni hablar de sentarnos a comer, bendecir con tranquilidad, comer con lentitud para que la comida nos haga bien, en lugar de hacernos daño por no darle tiempo a nuestro cuerpo para digerir las comidas.

Y nuestras plegarias, ¿podemos rezar pensando en todo lo que tenemos que correr ni bien salimos del Beit Hakneset? Las oraciones necesitan concentración y para concentrarnos necesitamos una pausa, dejar todas las preocupaciones que nos “persiguen” desde afuera, y ahora sí, con la mente limpia, volcarnos a nuestro Creador.

Y si el tiempo no alcanza para nada, gracias a todos los adelantos del mundo moderno, ¿cómo podemos sentarnos en una clase de Tora durante sólo una hora, sin recibir las llamadas telefónicas, faxes, sms, mails, o los nuevos mensajes instantáneos, etc., etc., etc., que nos llegan a cada segundo? Ahora se puede entender muy bien por qué nuestros sabios se oponen a todo esto, ellos no se oponen a la tecnología cuando la usamos para lo que Hashem nos la dio, para engrandecer la Tora, pero cuando interfiere con la Tora, como en este caso, ahí es donde decimos “no” a esos adelantos que nos llevan sólo hacia atrás…

Vamos tan rápido que es muy difícil que alguien pueda alcanzarnos, pero, ¿qué pasa, quién nos corre, quién nos persigue?

Debemos liberarnos de esta maldición disfrazada de bendición, poner límites a lo que nos rodea, y fijar para nosotros nuestro tiempo para estudiar, nuestro tiempo para la familia, nuestro tiempo para pensar…

¡Por favor! ¡Que alguien me ayude a detener este tren!!!

Traducido del libro Maian Hashavua.

 

Leiluy Nishmat 

León Ben Ezra ז”ל

 

 




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