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Shabat Shalom


La Hoja Nueva -Shlaj-2
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



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בס"ד

 

DE TODO UN POCO 

“…la tierra es muy buena, muy buena” (Bamidvar 14,7)

Iehoshua Bin Nun y Caleb Ben Iefune se levantaron para intentar anular los dichos de sus compañeros (que sostenían que la tierra no era buena y que sería imposible conquistarla), y describieron a la tierra diciendo que no es una tierra que se come a sus habitantes, sino que su ambiente es bueno, que es una tierra que desborda de leche y miel. Y nos hace falta entender por qué esa forma de decir, por qué repiten “muy buena, muy buena” (aunque en hebreo parece decir que es una buena tierra, mucho, mucho).

En el libro “Haamek Dabar”, del Netziv Mivoloshin ztz”l, encontramos una explicación maravillosa al respecto, donde nos dice que no existe en el mundo una tierra como la tierra de Israel. Pero, en verdad, ¿acaso el aire de Israel es como el aire de Suiza?, ¿las frutas son como las frutas de California?, ¿el agua como el agua de Turquía?, ¿el petróleo como el de Kuwait?, ¿los diamantes como los del Congo?, ¿el oro como el de Sudáfrica? Entonces, ¿cómo decimos que no hay tierra mejor que la tierra de Israel cuando vemos que en otras tierras hay cosas mejores?

Contestaremos con una pregunta: ¿quién disfruta más de una buena comida, un multimillonario o una persona “del pueblo”? No cabe duda que una persona común disfruta más, porque no está acostumbrada a una comida tan especial. En la misma medida, el israelí puede disfrutar del aire de Suiza, pero los suizos ya están acostumbrados y no disfrutan ni agradecen por la cualidad que tiene su tierra.

Ahora podremos entender cuál es la grandeza de la tierra de Israel, y su gran particularidad: hay tierras que tienen algo con lo cual resaltan, algunas tendrán mucha agua, otras, mucho sol, un aire especial o frutas en abundancia. También hay tierras a las que les falta todo, secas y pobres. Nuestra tierra, la tierra de Israel, es única, porque tiene de todo. Hay otras tierras que tienen algo que predomina en ellas. Recuerdo que en la provincia de Tucumán, en la Argentina, había azúcar, pero no pidamos otra cosa. En Río Negro, manzanas. En Mendoza, vinos. La tierra de Israel no puede definirse con una cosa, porque tiene todo y nada le falta. Hay una estación lluviosa, y otra seca. Un verano difícil, y otro verano más suave. Cosechas abundantes y pobres. Todo y de todo. Y también, aunque muchas veces nos sentimos muy bien, sabemos agradecer por el bien. Por eso, nuestra tierra se renueva ante nuestros ojos, tenemos una tierra muy buena, y otra vez, muy buena.

¿Y todo esto por qué? Por dos motivos: el primero, para que cada vez que recibimos algo bueno, una y otra vez, no importa cuántas veces, debemos darle las gracias a nuestro Creador, reconociendo lo bueno que Hashem nos da. Hay una forma de agradecer que nuestros sabios establecieron: la bendición “Sheejeianu” que se dice cada vez que comemos un fruto nuevo.

El segundo motivo y el principal: para que sepamos y seamos capaces de reconocer, que nosotros estamos en Manos del Bore Olam. Su Voluntad puede hacer que este año sea de gran Bendición, y Su Voluntad puede hacer que sea un año sin lluvias. Y todo esto no depende sino de nosotros: Si van a escuchar (y cumplir) mis preceptos… le daré lluvias a sus tierras en su tiempo… y juntarán la cosecha y recogerán las uvas… tengan mucho cuidado que sus corazones no se ensanchen… porque cerraré los cielos y no caerá lluvia y la tierra no entregará sus frutos (Devarim 11,13-17). Nos encontramos en una posición donde debemos elevar nuestros ojos al cielo y corregir nuestras acciones…

El rab hagaon Shalom Adani ztz”l, autor del libro “Shalom Ierushalaim” (que habla sobre cosas ocultas en la Tora) y “Sucat Shalom”, luchó toda su vida por subir a nuestra tierra sagrada. ¿Por qué decimos que luchó? Si hablamos de distancia por recorrer, el viaje desde Aden hasta Ierushalaim no demoraría más de un día. Por eso, diremos que el sacrifició para viajar a Ierushalaim fue de otro tipo. Se vio obligado a vender su casa y todas sus posesiones, y emprendió su viaje hacia la tierra de Israel.

Fue de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, hasta que consiguió llegar a Teiman. Llegó a conocimientos del gobierno, que un iehudi se había escapado de Aden y que llegó hasta los límites de Teiman. Lo apresaron y lo condenaron a morir, pero, Baruj Hashem, algunos iehudim que vivían allí lograron salvarlo.

Siguió su viaje, y cayó en manos de los piratas. Le sacaron todo lo que tenía, y lo dejaron sólo con la ropa puesta. Luego se enfermó y con el gran favor de Hashem, se curó.

Más tarde se unió a una caravana, pero como no tenía para pagar el viaje, seguía a pie atrás de los burros de la caravana.

Así siguió y con mucha dificultad, llegó a un pueblo. Allí, después de ir detrás de la caravana, se desplomó como una piedra en el medio de la calle, y quedó profundamente dormido.

En medio de su sueño, sintió un peso muy grande sobre su hombro y su cuello, además de mucho calor. Abrió sus ojos y el susto fue grande pero alcanzó a tomar lo que tenía en su cuello y arrojarlo bien lejos… se trataba de una víbora gigantesca.

Los obstáculos no fueron pocos, cuando subió a un barco estuvo en medio de las tempestades, y en tierra soportó ráfagas de arena sobre sus ojos, hasta que finalmente llegó a las puertas de Ierushalaim, y allí se dirigió a una Ieshiva de Mekubalim.

En la Ieshiva descubrieron de inmediato su grandeza, y sus conocimientos de Tora. Allí fue donde escribió sus libros, entre ellos el “Shalom Ierushalaim” sobre el libro “Etz Jaim”, que trata sobre los pensamientos del Rashash. También se unió a un Minian donde rezaban de una forma muy especial, muy lentamente, pensando cada palabra que pronunciaba en las oraciones.

Un sabio y un hombre muy piadoso, santo y humilde, y toda su grandeza tuvo su origen en su piedad y su recato. Y con todos sus méritos, su deseo más grande fue siempre subir a la tierra de Israel y no descansó hasta conseguirlo.

Traducido del libro Maian Hashavua.

Leiluy Nishmat 

León Ben Ezra  ז”ל

 




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