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Shabat Shalom


La nueva hoja Parashat Noaj
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



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בס"ד

 

CADA COSA EN SU LUGAR

Y EN SU MOMENTO 

“mientras sigan los días sobre la tierra,

la siembra y la cosecha…

no dejarán de existir el día y la noche” (Bereshit 8,22)

 

Explicó rabenu Haben Ish Jai ztz”l, que el Ietzer Hatov y el Ietzer Hara (los instintos del bien y del mal), conviven y pelean en el corazón del hombre, y cada uno trata de anular la palabra del otro.

El Ietzer Hatov le indica al hombre: siembra en este mundo para cosechar en el mundo venidero, ya que el que sea vago en el tiempo de sembrar y deje pasar el momento, ¿qué va a comer después? Debes levantarte y cumplir muchos preceptos, adquirir muchos méritos, para que más tarde tengamos la recompensa preparada.

Pero enseguida se escuchan las palabras del Ietzer Hara: no le hagas caso, no es así, este no es momento para sembrar sino para cosechar. Disfruta de los placeres de este mundo, ahora, lo que desees puedes hacer, lo importante es no quedarte con las ganas de disfrutar y gozar, toma todo lo que esté a tu alcance! Así el Ietzer Hara nos hace olvidar los consejos del bien y nos muestra que hay un camino más sencillo, ¿para qué esforzarnos si podemos aprovechar lo que está a nuestro alcance? Y además, sin esforzarnos…

Cuando se nos presenta una cosa prohibida, viene el Ietzer Hatov y nos enfría: recuerda a Quién te creó, no desperdicies todo tu mundo en un instante. Pero el Ietzer Hara vuelve y nos quiere encender: levántate y haz lo que gustes, sin calcular, sin pensar, sin echarte culpas!

El Ietzer Hatov nos despierta por la mañana, para que cumplamos con el Servicio al Creador desde bien temprano, con fuerza, con ganas, con un impulso nuevo cada día. Y por atrás llega el Ietzer Hara: no te levantes, todavía es de noche, vuelve a dormir…

Sabemos que es así, el instinto en el corazón del hombre es malo desde su niñez. La siembra y la cosecha, el frío y el calor, el día y la noche, nunca desaparecerán, están luchando permanentemente, discutiendo, y ganando y perdiendo…

El Ietzer Hatov dice: es tiempo de sembrar, y el Ietzer Hara nos aconseja cosechar.

El Ietzer Hatov nos enfría, para que no hagamos un pecado, y el Ietzer Hara nos calienta y nos empuja a pecar.

El Ietzer Hatov nos llama, ya es de día, levántate para rezar temprano, y el Ietzer Hara dice: todavía es de noche, ¿para qué te vas a levantar ahora?

Escuchamos del rab hagaon Iaacov Galinsky Shlita: hay personas que son adictas al tabaco. El cenicero los acompaña a todas partes. Sano no es. Y lindo tampoco es. Es una de las debilidades de las personas. Fumar un cigarrillo hasta el final, hasta que se queman los dedos, y entonces lo aplasta distraídamente, y con la misma distracción, su mano se va hacia el bolsillo, a buscar otro. Una cadena, una cadena hacia la muerte, lo alenu. Busca fósforos… y no encuentra.

Está dentro del Beit Hakneset. Al lado de la Teba donde el Jazan dirige las oraciones hay una columna, y más atrás, una “mejitza” (división) de vidrio, una pared que separa dos recintos. Detrás de la mejitza hay una vela encendida. ¿Cómo podrá llegar hasta allí? Se le ocurrió una gran idea: encender un trozo de papel y con ese papel encendería el cigarrillo. Metió la mano en su bolsillo y sacó un billete de doscientos shekalim (aproximadamente cincuenta dólares).

Esperó un momento.

Se acercó a la vela, la inclinó un poco, encendió el “papel” y con él el cigarrillo, hizo una respiración bien profunda. Ajjjjjj. Qué placer!

¡Tonto! ¿Qué has hecho?!

Podríamos decir, está bien, es un adicto al tabaco, realmente un pobre hombre. Pero, ¿hasta dónde puede llegar? Quemar un billete de doscientos shekalim… para comprar comida, para comprar vestimentas, para arreglar la casa, se puede entender. Pero para encender un cigarrillo que se transformará en humo y se confundirá con el aire, no se puede entender…

Y de todas las cosas que abundan en el mundo, hay una que no se puede comprar, no se puede adquirir, y la vamos perdiendo continuamente: el tiempo. Tenemos un tiempo para vivir, que está medido, como nos lo enseñó el rey David (Tehilim 39,6).

Podemos separar (adquirir) un tiempo para dedicarlo al estudio de la Tora y al cumplimiento de los preceptos, así compramos nuestra vida en el mundo venidero, y le damos luz a nuestra Neshama. Pero, ¿qué podemos hacer? En nuestro tiempo, también debemos asignar tiempo para comer, beber y dormir, y tiempo para ocuparnos del sustento de nuestras familias. Tiempo para estar en casa y para todas las necesidades de la vida. Pero, ¿absorber humo para disfrutar de una satisfacción tan tonta, para algo tan de paso?

¿No es una lástima?

En su época, hace unos años, el Jafetz Jaim ztz”l preguntó ¿por qué la recompensa por el cumplimiento de los preceptos no existe en este mundo? (Kidushin 39a), como está escrito: el día de hoy para hacerlos (Devarim 7,11), y el mundo venidero para recibir la recompensa (Rashi). Y para contestarnos, utilizó un relato, como es su costumbre.

Un joyero muy adinerado, que comerciaba con diamantes, murió en la mitad de sus días, y dejó en este mundo un único hijo, todavía muy pequeño.

Asignaron un tutor para que se encargue de cuidar del niño y de los negocios del padre fallecido, de forma que cuando crezca, el hijo pueda continuar con los negocios de su padre, si lo deseaba, o con cualquier otro negocio.

No le faltaba nada de nada, pan para comer y ropas para vestir. No exactamente sólo eso sino que tenía de todo, y en abundancia. Un día, el niño buscaba una golosina. Buscó en la cocina y no encontró. Pero él sabía que era rico. Abrió la caja fuerte y sacó de allí un diamante. Bajó al kiosco y eligió la golosina que más le gustó.

Son diez centavos, le dijo el dueño del kiosco.

No tengo, contestó el niño, toma esto en lugar de los diez centavos, abrió su mano y el diamante brillaba…

Si no tienes diez centavos, devuelve la golosina a su lugar, le pidió el hombre.

El niño se sintió mal: ¿por qué?, ¿acaso este diamante no vale diez centavos?

Vale un millón de veces más, y justamente por eso no voy a aceptarlo. Cuando crezcas, me harás una demanda por robo y engaño, y por aprovecharme de la inocencia de un niño.

El niño no supo qué decir, y fue a devolver el diamante a la caja fuerte.

Así dijo el Jafetz Jaim, la recompensa por un precepto es un “diamante”. Y cada precepto que cumplimos nos da crédito en el Gan Eden (Kidushin 39b), porque es más valioso un momento de satisfacción en el mundo de la Verdad, que toda la vida en este mundo (Avot 4,17). Sería algo como tirar y desaprovechar, intentar pagarnos por un precepto en este mundo, algo desproporcionado, ya que el premio que se paga en el mundo venidero es millones de veces más grande.

¡Muy acertado! Podemos ver que el vendedor nos reveló que tiene una gran responsabilidad. Y el niño, con toda su ingenuidad, puede caer. Pero qué pretendemos de él, es sólo un niño.

Y nosotros, cuando tomamos una hora que estaba asignada a una clase de Tora (no un diamante, ni una cadena de oro, solamente diez mil palabras, que cada una de ellas tienen el peso de los seiscientos trece preceptos), estamos vaciando la caja fuerte, para agregar una hora de trabajo, y a veces no para trabajar sino para una hora de nulidad!!!

¿Cómo pude hacer esto? Cambié algo eterno por el mundo que se desvanece. Algo que yo mismo comparé con el comportamiento de los animales, en lugar de seguir el consejo del Ietzer Hatov, voy detrás de mi instinto como los caballos y las mulas que no entienden!

Traducido del libro Vehigadta.

 

Leiluy Nishmat 

Lea (Luisa) Bat Sabri Aleha Hashalom

 




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