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Shabat Shalom


La nueva hoja Parashat Shemot
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



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בס"ד

EXTENDER EL BRAZO
PARA ALCANZAR LA TORA 

“y envió a su sirvienta… 

(Shemot 2,5)

Imaginemos una posible conversación en estos días, viene una persona y le dice a un hombre: vamos a un curso de Tora, que te abrirá un nuevo mundo de luz. Vamos, verás que será maravilloso.

Y el hombre contesta: déjame en paz, esto no es para mí.

Puede ser que tenga razón, y tal vez asista, escuche y compruebe que no es para él. Es posible. Pero si va al curso y verifica que sí es para él, y además… puede ser que vea que para él ese día será otro día, pero no como todos los días, es posible que ese nuevo día resulte algo maravilloso…, sí, esto también, pero ¿por qué no quiere siquiera probar?

Ahora, le dicen a un hombre, vamos a un seminario que te mostrará un mundo nuevo. Sabrás que perteneces a un pueblo maravilloso, que tu herencia es increíble. Sabrás qué es la Tora, los preceptos…

Déjame, contesta, Esto no es para mí. Pero, ¿cómo puede saberlo de un principio?

Hagamos algo, anótate, escucha, y después podrás decidir…

Pero aquí hay un punto más. Cuando estamos lejos, es demasiado lejos. No hay conexión alguna, son mundos separados. Pero cuando nos acercamos, ocurre el milagro, tal cual. Al intentar acercarnos el acercamiento se multiplica: abran para mí una puerta delgada como una aguja y Yo abriré para ustedes el portón de un gran salón. Hagamos sólo un poquito, y se abrirán las puertas de la luz.

Batia, la hija del faraón, fue a bañarse a la orilla del río y ve a lo lejos una pequeña canasta que flota sobre el agua. Desde allí se escucha el llanto de un bebé que le hace sentir algo muy fuerte. ¿Qué hizo? Extendió su mano…

La canasta estaba muy lejos, pero ella no dijo así: al fin y al cabo no podré alcanzarla, ¿para qué voy a intentarlo?

No sólo que no lo dijo, sino que de inmediato hizo lo contrario. Lo intentó, hizo “su” parte, extendió su mano. Y allí mismo se produjo el milagro y su brazo se estiró, como está escrito en la Guemara (Sota 12b), y así, la hija del faraón tuvo el gran mérito de ser recordada para bien en nuestra sagrada Tora. Y en el libro “Divre Haiamim” se nombra a Moshe Rabenu considerándolo como su propio hijo, como un hijo de su esfuerzo, de su intención. Y el Zohar Hakadosh nos revela que hay un palco especial en el Gan Eden para ella, y Moshe Rabenu llega hasta él, todos los días, para visitarla.

¿Y por qué? Solamente porque ella lo intentó…

¡Probemos, y comprobaremos las bondades de Hashem!

La hija del faraón vio a un bebé que lloraba, su corazón sintió piedad y se preocupó por salvarlo. Dicen nuestros sabios que ella no había bajado al río para bañarse, sino para sumergirse en forma de “Tevila”, para concluir su conversión al judaísmo. Ya había llegado la sangre del iehudi a su corazón, que se llenó de piedad y surgió la necesidad de traer la salvación. Vio a un bebé en el río, y debía salvarlo.

Cuando Rabenu Jaim Iosef David Azulay, Hajida ztz”l, se encontraba en una misión sagrada en las tierras francesas, pasó cerca del rio Siena, en las afueras de la ciudad capital, Paris, y mucha gente se encontraba en esos lugares, bañándose en el río.

De pronto escuchó un grito. Era el grito de una madre que buscaba con desesperación a su pequeño hijo, y suponía que había entrado al río y ahora era arrastrado por la corriente de las aguas. La mujer gritaba que había visto hacía un momento a su hijo jugando en la orilla del río y ahora no podía encontrarlo. Todos se miraban, unos a los otros, ¿dónde estaba el niño?

El Maran estaba muy lejos del lugar, escuchó los gritos, no preguntó a nadie, pero sin duda había visto algo. Corrió muy velozmente hacia el lugar, y saltó a las aguas que corrían con mucha fuerza. Sacrificó su propia vida, pero logró alcanzar al niño y lo salvó.

De acuerdo a lo que está escrito en el libro “Likdoshim Asher Baaretz”, el Maran extendió su mano como la hija del faraón, y su brazo se estiró cerca de veinte metros hasta alcanzar al pequeño, al que pudo traer a salvo hasta la orilla.

Después se supo que este niño era el hijo del rey de Francia, y la mujer, que estaba allí entre la gente, como cualquier otra persona, era la reina, que bajó a la orilla del río a refrescarse un poco con su hijo y a mezclarse un poco con la gente de su pueblo. Ella ordenó a sus asistentes, traer al palacio al hombre que salvó la vida del príncipe, para darle las gracias en persona y con todos los honores…

Ya en el palacio, la reina le preguntó: tú eres un iehudi, y por lo que veo, un iehudi muy distinguido. Mi hijo, aunque tú no sabías que era el príncipe, no es iehudi, ¿por qué sacrificaste tu vida para salvarlo?

Y Rabenu contestó: perdóneme señora reina. Salvar a una persona que está en peligro de ahogarse, es una obligación para todos nosotros, porque todos fuimos creados por el Creador del mundo, y el hombre es muy “querido” al saber que fue creado a semejanza de nuestro Creador (Pirke Avot 3,14).

La reina quedó tan sorprendida con esta respuesta, que le pidió que le dé una bendición a su hijo. Le ordenó a sus sirvientes que preparen para el rab, gran cantidad de regalos, pero el Jida rehusó recibirlos y pidió una sola cosa: que le abran la puerta de la gran biblioteca real, porque estaba seguro de que allí existían muchos manuscritos de nuestros sabios de las generaciones anteriores, que alumbraron tanto al mundo.

Otra vez quedó sorprendida la reina al comprobar que es mejor la Tora en mi boca que todo el oro y la plata del mundo.

Traducido del libro Maian Hashavua.

Leiluy Nishmat

Lea (Luisa) Bat Sabri Aleha Hashalom




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