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Shabat Shalom


La nueva hoja Parashat Beshalaj
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



בס"ד

LOS EGIPCIOS NOS ENSEÑAN…

QUE ES LO QUE NO DEBEMOS HACER

“¿qué es lo que hicimos?” 

(Shemot 14,5)

Y fueron a decirle al rey de Egipto que el pueblo se escapó. ¿Se escapó? Sabemos que el mismo faraón dijo: levántense y váyanse de entre mi pueblo (Shemot 12,31), y proclamó: en el pasado fueron mis esclavos, pero ahora, ustedes son libres, ahora pueden hacer lo que más quieran, ya que ahora ustedes son los servidores de Hakadosh Baruj Hu (Midrash Tehilim 113).

Y dio vuelta el corazón del faraón y de todos sus servidores frente al pueblo, y dijeron ¿qué es lo que hicimos?, ¿cómo dejamos que Israel deje de servirnos?

Y escribió Rashi: dio vuelta el corazón: lo puso como estaba antes. Veamos, antes, los egipcios le decían al faraón: ¿hasta cuando ellos serán para nosotros una trampa?, envía a esos hombres y que sirvan a Hashem, su D-s, porque en cualquier momento (si seguimos así), no quedará nada de Egipto (Shemot 10,7). Y ahora, de pronto, se dieron vuelta y comenzaron a perseguirlos para sacarle el dinero que llevaron prestado.

¿Cómo se puede entender?, pregunta el rab hagaon Iaacov Galinsky Shlita.

Veamos qué grande es la fuerza del deseo de tener más dinero.

El recuerdo de las diez plagas, estaba todavía vivo. Todo lo que sufrieron, las pérdidas, las lágrimas, nada se había olvidado. El reconocimiento claro de que Egipto dejaría de existir. Y por sobre todas las cosas, la gran resignación de los brujos y hechiceros más famosos de todos los tiempos: “es el dedo de Hashem”. Todo esto, de un lado de la balanza. Del otro lado, la esperanza nula de recuperar el dinero prestado, y esto último inclina la balanza a su favor.

Con el “¿qué es lo que hicimos?”, parece que olvidamos todo. No en vano dijo el Saba Mikelem ztz”l, que si un hombre acerca a su ojo una moneda de bronce, ésta tapara el ojo, que ya no podrá ver la luz del sol.

Esta es la explicación más sencilla y simple del versículo “porque el soborno enceguece los ojos de los sabios (Devarim 16,19), lo que nos dice que si el hombre más grande y sabio recibe un soborno, no podrá dejar este mundo sin dejar ciego a su corazón (Ketuvot 105a), la moneda cerró sus ojos.

Y más dijo el Saba Mikelem ztz”l, que por eso fuimos obligados a recordar el día de la salida de Egipto todos los días de nuestra vida (Devarim 16,3), porque no existe enseñanza que no se pueda aprender de aquí… Que no vayamos a enceguecer nuestros ojos con una moneda de bronce, que se acerque al ojo, y haga que nuestro corazón olvide todo…

Que no nos suceda como a los egipcios, que recibieron las diez plagas, y después, corriendo atrás del dinero, se desintegraron.

Ellos se perdieron, desaparecieron, pero se levantaron de ellos sus herederos.

La Guemara (Sanhedrin 91a) cuenta, que cuando Alexander Mokdon (conocido por nosotros como Alejandro Magno), conquistó la zona que antiguamente ocupó el gran imperio egipcio. Los descendientes de los egipcios que quedaban allí, se presentaron ante el gobierno para enjuiciar al pueblo de Israel.

La queja era que, en su momento, Israel pidió “prestado” los utensilios de plata y oro, y ahora ellos querían que se los devuelvan, por supuesto, con multas y tremendos intereses.

Un hombre del pueblo, Guevia Ben Pesisa, le dijo a los sabios: quiero que me den permiso para presentarme en el juicio a favor de Israel. Si ellos logran vencerme, les dirán: ustedes vencieron al hombre más sencillo de nuestro pueblo. Pero si yo logro vencerlos podrán decir: venció la Tora de Moshe Rabenu.

Le permitieron ir al juicio y él le preguntó a los egipcios: ¿de dónde ustedes tienen la prueba de que nosotros nos llevamos sus pertenencias?

De la Tora, contestaron.

Yo también quiero decirles algo que está escrito en la Tora: y la estancia de los hijos de Israel en Egipto fue de cuatrocientos treinta años (Shemot 12,40), ahora nosotros somos los que reclamamos los salarios de seiscientos mil hombres trabajando durante cuatrocientos treinta años.

Alexander Mokdon le exigió una respuesta a los egipcios.

Necesitamos tres días para pensar, dijeron.

Les dieron los tres días, y por cierto, no supieron qué contestar. Cuando terminó el plazo, abandonaron sus campos, que estaban abarrotados por la cosecha, dejando todo para los iehudim. Y ese año era el año de Shemita.

Con esto, si ellos tenían una queja por lo que tomamos prestado, nuestro trabajo con barro y ladrillos fue mucho mayor que cualquier reclamo. Hasta construimos ciudades para ellos.

Además, hasta un esclavo que fue comprado con dinero, cuando es liberado recibe regalos (Devarim 15,14). Así debería ser… veamos otro relato del Midrash (Shemot Raba 30,24).

Un comerciante quiso viajar a la gran ciudad, y escuchó que había ladrones en el camino. ¿Qué hizo? Vendió todas sus mercancías y compró piedras preciosas. En el camino lo detuvieron los ladrones y le preguntaron: ¿qué es lo que llevas?, y contestó, restos de vidrios rotos. ¿Y cuál es su valor?, preguntaron. Unas pocas monedas, contestó.

Pensaron entre ellos y resolvieron: por unas monedas no vamos a matar a un hombre. Lo dejaron seguir su camino. Llegó a la ciudad y abrió un negocio.

Entraron los ladrones al negocio y le preguntaron: ¿cuánto vale este artículo? Y contestó: este vale mil, y este otro dos mil. Eres un farsante, le dijeron, nos habías dicho que lo que llevabas no alcanzaba el valor de unas pocas monedas…

Y escuché del rab Landau ztz”l: un hombre quería llevar dinero de una tierra a otra y tenía miedo de los ladrones. Contrató a un hombre muy fuerte para que transporte su dinero con mayor seguridad. El hombre salió al camino, pero fue interceptado por un hombre armado, que lo amenazó con su revólver. Ahora, todos sus músculos y su fuerza no servían para nada. Le entregó el dinero pero le hizo un pedido: mira, el hombre que me contrató no va a creerme que me has robado, pensará que yo escondí el dinero en algún lado. Quiero pedirte un favor: dispara sobre mi abrigo, para que sea una prueba de que fui obligado a entregarte todo el dinero.

El ladrón hizo algunos disparos.

Y el hombre le pidió: otro, otro más, más disparos…

Lo lamento, dijo el ladrón, ya se me terminaron las balas.

¡Bien! Y el hombre se lanzó sobre el ladrón, lo volteó en la tierra, le dio unos buenos golpes y se llevó el dinero.

¡Me engañaste!, gritaba el ladrón…

Esto estaba permitido hacerlo solamente al ladrón, y veremos que es otra cosa que podemos aprender de la salida de Egipto.

Hakadosh Baruj Hu nos da mucho, y nos sigue dando, más y más. Nos da su vida, nos da su salud, sus pertenencias. El sustento viene de El. Y cuando nos pide una hora de oración, llegamos tarde a la cita, cuando comienza…, soñamos en el transcurso de la oración… y nos escapamos antes de que termine. O, cuando nos pide que demos caridad para el fortalecimiento de la Tora, nuestro corazón no nos lo permite.

Deberíamos tener bien presente que todo es del Creador, y de Su Mano, nos da a cada uno de nosotros (Dibre Haiamim 1 29,14). No debemos ser como los egipcios, enceguecidos por el dinero, y que sufren por la pérdida de las pertenencias que no son propias.

Traducido del libro Vehigadta.

Leiluy Nishmat 

Lea (Luisa) Bat Sabri Aleha Hashalom




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