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Shabat Shalom


La nueva hoja Parashat Yitro
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



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בס"ד

 

EL QUINTO MANDAMIENTO

“honrarás a tu padre y a tu madre”

(Shemot 12,20)

La perasha de la semana es recordada siempre por “el Gran Acontecimiento” en el Monte Sinai. Ya cuando escuchamos el nombre de la perasha, lo primero que pasa por nuestra mente es la entrega de la Tora, y las Tablas de la Ley, con los Diez Mandamientos, los Aseret Hadiberot, grabados de forma milagrosa sobre las tablas…

Y sabemos bien, porque lo estudiamos, o, porque simplemente recordamos la ilustración, que tenemos cinco leyes sobre una de las tablas, y cinco leyes sobre la otra. Cinco de las leyes, son leyes entre un hombre y Hakadosh Baruj Hu, las leyes de la tabla que están a la derecha, y las cinco del lado izquierdo, son las leyes entre un hombre y su compañero.

Las leyes del segundo grupo comienzan con una ley elemental: no asesinarás, algo básico, y hasta lógico. Las leyes van aumentando su categoría y tal vez su exigencia, hasta llegar a la última del grupo en la categoría más elevada: no codiciarás.

Pero, hay una ley, que es la que une las dos tablas de la ley. Hablamos del quinto mandamiento: honrarás a tu padre y a tu madre.

A simple vista, es una ley entre dos personas, o, entre un hombre y su compañero, nos enseña a comportarnos con nuestros padres. Es una norma social y una forma de reconocer y ser agradecidos.

Pero existe aquí un problema: se encuentra en la primera de las tablas, la que contiene las leyes entre un hombre y su D-s. La última de la serie, la que nos conectará entre las dos tablas.

Escuchamos, que el gaon, el justo rabi Tzvi Hirsch Bruida ztz”l, yerno y continuación de la herencia del Saba Mikelem ztz”l, puso una foto de su padre finamente enmarcada precisamente frente al lugar donde él se sentaba a estudiar.

Y dio su explicación por lo que hizo: yo estoy tan lejos de las cualidades de Iosef Hatzadik, pero de todas formas, él tampoco pudo pasar la prueba hasta que se le presentó la imagen de su padre… y al ver la imagen de su padre pudo fortalecerse y vencer a la fuerza del instinto del mal… ¿Qué puedo yo hacer?, ¿esperar a que se presente la imagen de mi padre?, ¿para qué? Mucho mejor, poner la imagen de mi padre frente a mí, para así no tener que esperar a que se me presente…

Nuestros padres son los que transportan la herencia y la tradición. La continuación de esa cadena que avanza y avanza, y, que si vamos hacia atrás, nos permite llegar, eslabón tras eslabón, hasta el otro extremo de la cadena, su comienzo como pueblo, el acontecimiento del Monte Sinai, la entrega de la Tora. Esta cadena tiene un valor incalculable, en cuanto a la importancia de cada etapa, desde los Avot Hakedoshim, las tribus, Moshe Rabenu, Iehoshua y los Jueces, los profetas, la Anshe Hakneset Haguedola, Tanaim y Emoraim, Gueonim Rishonim y Ajaronim, Tzadikim y Kedoshim, Poskim y Mekubalim.

Una generación tras otra, en continuado, sin interrupción, guardan y transmiten enseñanza de vida y entendimiento para las generaciones, dando lecciones de vida, con pruebas que demuestran cada enseñanza.

Y en cuanto a la cultura, toda la cultura, se construye a través del reconocimiento de la grandeza del pasado, de su estructura. Esto es para todos, para los ingleses, franceses, rusos, chinos, ¿para quién no?

Nosotros no. Vamos a preguntarle a un alumno de una escuela secundaria de aquí, de Eretz Israel, quién era Betzalel Ben Uri Ben Jur, o quién era Atniel Ben Kenaz, o quién era Ajia Hahiloni o Elisha Ben Shafat, quiénes fueron Janania, Mishael Veazaria, Iehonatan Ben Uziel, Rabenu Hakadosh, Abaie Veraba… podemos saltear cien generaciones… Quién fue el Ben Ish Jai, el Abir Iaacov, el Alfandari. O qué significan estas tan famosas iniciales, el Rambam, el Ramban, Hajida, Hagra…

Un pueblo se desconecta por sí solo de sus padres, de su tradición, de su herencia, del brillo que encierran los Diez Mandamientos, de una riqueza tan grande, de una cultura que no existe en ningún pueblo, en ninguna lengua…

Pero hay algo lógico para ellos, en este intento de desconexión de la herencia, en este desprecio hacia la grandeza, y esto lo hacen de acuerdo a su creencia, y nosotros, también vamos detrás de nuestra forma de pensar.

Una vez, el gaon, rabi Iaacov Kaminetzky ztz”l viajaba en un avión, y en el asiento que estaba a su lado, se sentó un secretario del movimiento educativo de entonces, que quería sacar la Tora, Jas Veshalom, de los programas de estudio de las escuelas.

El rab estaba sentado en su asiento, concentrado en el estudio de un libro, y el otro hombre ocupado en sus propias cosas. Al cabo de unos minutos, se acercaba un nieto del rab, que viajaba acompañándolo, y le preguntaba si necesitaba alguna cosa, o si quería comer algo, o si quería tomar algo, o si la silla donde estaba sentado era lo suficientemente cómoda, o cualquier otra cosa que podría ofrecerle. Esta escena se repetía aproximadamente cada cinco minutos y se podía ver en la expresión del nieto, que se sentía interesado por las necesidades de su abuelo, y que le ofrecía su ayuda de corazón, dándole un gran honor.

¿Quién es el muchacho?, preguntó el hombre sentado al lado del rab.

Mi nieto, contestó.

El hombre sonrió: mis nietos, sólo me piden cosas, jamás me ofrecen algo. Me entregan una larga lista de pedidos. Abuelo cómprame… abuelo tráeme…

El rab también sonrió: lo que me dices no resulta para nada sorprendente. Yo eduqué a mis hijos y a mis nietos, les enseñé que nosotros somos el eslabón de una cadena que comenzó con Abraham Avinu, el hombre “grande, entre los gigantes”, y que la tradición sigue y sigue para cuidar el camino de Hashem, haciendo justicia (Bereshit 18,19). Nosotros somos los descendientes de quienes recibieron la Tora en el Monte Sinai, que la transmitieron de generación en generación, y cada generación va descendiendo en sabiduría respecto de la anterior: si los Rishonim son como Angeles y nosotros somos como los hijos de los hombres (Shabat 112b). Yo nací dos generaciones antes que mi nieto, y conocí a los “grandes” de la generación anterior. Al Jafetz Jaim, al Saba Mislavodka y otros grandes. Y mi nieto se llena de orgullo al hablar de su abuelo y me respeta de una forma especial.

Pero a ti, que enseñaste a tus hijos y a tus nietos que el hombre salió del mono, ¿por qué tienen que valorarte? A los ojos de ellos, tú eres el eslabón de la cadena entre ellos y el mono, y si ellos se comparan contigo, valen mucho más que tú… el hombre volvió a reírse…

Traducido del libro Maian Hashavua.

Leiluy Nishmat

Lea (Luisa) Bat Sabri Aleha Hashalom




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