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Shabat Shalom


La nueva hoja Parashat Tzav
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



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בס"ד

 

 

EL MILAGRO NATURAL

 

“un fuego eterno arderá sobre el Altar”

 

(Vaikra 6,6)

 

En nuestra perasha encontramos muchos de los preceptos enumerados en nuestros seiscientos trece preceptos, y que por el momento no podemos cumplir, pero que, Besiata Dishmaia, volveremos a cumplirlos muy pronto, con la construcción del Beit Hamikdash en nuestros días, y todo el Servicio al Creador podrá volver a la normalidad.

El precepto número ciento treinta y dos, en la cuenta de los preceptos es: transportar el fuego al Altar, todos los días, es decir, lo que dice el versículo “un fuego eterno arderá sobre el Altar”.

Había que llevar, subir al Altar, ramas de árboles, o leña, por las mañanas y por las tardes.

Y podíamos preguntar: si el fuego bajaba desde el Cielo, ¿para qué tenemos la necesidad nosotros, de traer otro fuego, un fuego propio?

Para los que nos hacemos esta pregunta, la contesta el rab que escribió el Sefer Hajinuj: para ocultar el milagro.

Hasta en el milagro de la partición del mar de Suf, que fue uno de los milagros más grandes, está escrito que Hashem hizo soplar durante toda la noche un fuerte viento del este… y se abrieron las aguas, todo para ocultar el milagro… (Y la intención tuvo efecto, ya que muchos “historiadores” argumentan que si hoy soplara un fuerte viento del este en ese preciso lugar, también hoy se abrirían las aguas. Vemos que el milagro fue en verdad muy oculto ¿?).

¡La Palabra de Hashem viva!: creó al hombre y puede meterse dentro de nuestros corazones. Ahora pone frente a nuestros ojos una nueva luz para poder reconocernos, para que aprendamos sobre nuestra forma de pensar. Tratemos de comprender, veamos a dónde queremos llegar, y aprenderemos un nuevo capítulo referente a las fuerzas del alma.

El faraón recibió un informe: los hijos de Israel que salieron no hace mucho con “mano fuerte”, tienen un problema, tienen el mar en su camino, un obstáculo muy importante, y no saben cómo cruzarlo.

Aparentemente están perdidos, confundidos en la tierra, sin saber lo que hacer, el desierto los encerró. Esta es la oportunidad de hacerlos volver por la fuerza, atraparlos y convertirlos nuevamente en nuestros esclavos. Vamos a convocar a todos nuestros soldados y saldremos a perseguirlos. Y aquí vemos el regalo de Hakadosh Baruj Hu. Porque los egipcios avanzaron sobre nosotros con seguridad y firmeza, pero olvidaron algo. Los iehudim estaban protegidos por una columna de nubes y otra de fuego. Ellos no podían acercarse. El faraón ordenó lanzar flechas, pero las flechas no llegaban a destino.

Ya desde esos días existía la hoy famosa “Kipat Barzel”, que en la antigüedad detenía flechas y fue modernizándose hasta llegar a detener los misiles que apuntan hacia nuestro territorio.

La columna de fuego separa el campamento egipcio del iehudi. Y nadie parece darse cuenta. El faraón sale de Egipto a perseguir al pueblo que él mismo ya quería que se vaya. Con las diez plagas la tierra quedó arrasada. ¡Y ahora no entiende que está luchando contra milagros que están a la vista! El faraón continúa con su persecución. Podría darse cuenta y arrepentirse, podría ahora saber o recordar que Hashem está peleando a favor de los iehudim.

Pero aparece un factor nuevo en escena: un fuerte viento del este, está bien, es un viento terrible, y hasta da miedo. Pero es algo posible y natural. Se escucha su silbido.

Algo extraño está pasando aquí. Y el faraón sigue con la intención de acercarse a Israel, pero la nube lo detiene, hasta que llega a la orilla del mar Suf… o lo que era la orilla. Hablemos correctamente: al lugar donde estaba el mar Suf. Ahora podía ver doce túneles que entraban en el mar. Estaban separados por el agua, que formaba una pared. Esta pared parecía construida con “piedras de agua”, eran doce murallas trasparentes, y el piso, no era el fondo seco del mar, ni tampoco embarrado, estaba perfectamente liso, como una autopista.

Los hijos de Israel entraron, cada tribu ingresó a su propio túnel.

¿Qué tendría que decir el faraón? Paremos, no podemos seguir. Volvamos a Egipto. Estaba a la vista un milagro tan grande como nunca se había visto. Pero no. No se detuvieron, no volvieron. Abriendo bien los ojos, entraron al mar, y las columnas de agua cayeron sobre ellos.

¿Por qué entró?, ¿acaso era tonto? No, no era tonto, era simplemente un hombre. Se dijo a sí mismo: ahhh, el viento del este… no es un milagro, fue el viento el que abrió los túneles en el mar…

En verdad, el que escucha esto, ¿puede creerlo? Si lo analizamos no mucho, lo mínimo, no lo podemos creer. Pero así es la naturaleza del hombre. Hay que darle algo para que tenga de dónde agarrarse, y su mente se olvida del milagro.

Volvamos al fuego que está sobre el Altar. En el desierto había aproximadamente seiscientas mil familias. Supongamos que cada familia ofrendaba su sacrificio solamente una vez por mes (y esa era la única forma en que una familia podía comer carne en el desierto). Si ese fuera el caso, había más de veinte mil sacrificios por día, aparte de los sacrificios por obligación, estamos hablando únicamente del Korban Tamid, de la mañana y de la tarde.

Todo esto se hacía en un Altar que tenía una superficie de casi dos metros y medio, cuadrados, y alcanzaban dos estacas de madera… y el fuego del milagro permanecía encendido, ardía y consumía la ofrenda. ¿cómo hacían para ofrendar en unas dos horas cientos de miles de sacrificios de Pesaj, aparte de los demás sacrificios que debían acercar ese día?

¿Qué hizo Hakadosh Baruj Hu? Transformó el milagro y lo ocultó.

Hay un precepto que consiste en encender el fuego que debe permanecer encendido, lo debemos hacer nosotros, y llevar al Altar dos estacas de madera. Con esto alcanza para apartar nuestra mente de la idea que se trata de un milagro. Quiere hacernos creer que lo que estará encendido todo el tiempo es el fuego que nosotros encendimos, algo de la naturaleza.

¿Para qué necesitamos viajar tres mil trescientos años hacia atrás? Si nos cuentan que un hombre cayó al corazón del mar, desde la cubierta de un barco, y ninguna persona del barco se percató de su caída. Quedó solo, el barco siguió su camino y el agua cubría todo, de un lado al otro, solamente agua y más agua. De pronto, el terror: a su alrededor ve como se desplazan las aletas de gran cantidad de tiburones. Su corazón latía muy rápido, y para agregar males, se desata una gran tormenta. ¿Cuánto tiempo de vida le queda a este hombre? Si me dicen que vivió dos días, diremos que fue algo maravilloso. Una semana, un milagro. Un año, ya es un cuento, de no creer.

Más de sesenta años, es la tierra de Israel… somos una cabeza de un alfiler en el corazón del mar de cientos de millones de árabes sedientos de sangre, que lanzan misiles sobre todo nuestro territorio. Tenemos para agregar más y más contras a esta realidad, o mejor dicho, a este milagro.

El odio, la incitación al terrorismo, la economía en crisis, la escasez de agua, los problemas internos… y todavía seguimos flotando. ¿Esto no es un milagro súper visible? Pero nadie lo reconoce, porque nuestros ojos ven que la naturaleza esconde el milagro.

Tampoco hace falta alejarnos tanto. Cada uno puede pensar en su entorno. En las cosas que nos ocurren, en lo maravilloso de la creación, en cómo se resuelve nuestro sustento. Agradecer al Bore Olam por “los milagros que nos hace todos los días”, y pedirle que siga a nuestro lado.

 

Traducido del libro Maian Hashavua.

 

 

Leiluy Nishmat

 

Israel Ben Shloime z”l

 

Lea (Luisa) Bat Sabri  Aleha Hashalom




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