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Shabat Shalom


La nueva hoja Pesaj
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



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בס"ד

 

 

RELATAR

NUESTRA OBLIGACION

 

 

“Inclusive cuando todos somos sabios, entendemos, todos conocemos la Tora, de todas formas, debemos relatar la Hagada”

 

Dijo el rab hagaon Iaacov Galinsky ztz”l: es tan grande la fuerza de un relato, que a pesar de saber y comprender, el relato le da un nuevo sabor a la historia, trae asombro y suma…

Y sobre la importancia de los relatos, me contó el “Hamaguid Haierushalmi”, el gaon hatzadik rabi Shalom Shevadron ztz”l: en las noches de invierno de los viernes, que son bastante largas, solía hablar en el Beit Hakneset “Zijron Moishe”, en Ierushalaim, sobre la perasha de la semana. El grupo que venía a escucharme era muy diverso: había personas mayores, y también venían iehudim que se sacrificaban mucho para conseguir el sustento, que trabajaban muy duro durante toda la semana, casi hasta la entrada del Shabat. Corrían para sumergirse en el baño ritual y se apuraban para llegar a rezar, comían una cena abundante y se sentaban a “descansar” para escuchar una larga disertación. No resultaría asombroso ver como sus cabezas se inclinaban, los ojos se cerraban y las bocas se abrían un poco para dejar escuchar algún ronquido.

Yo les hacía escuchar alguna idea sobre la perasha de la semana, explicaba un Midrash de nuestros sabios y sobre él apoyaba el relato de un hecho real. Entonces, podía ver que todavía se mantenían despiertos, uno codeaba al vecino para que se despierte, y le decía: es un relato, no es un discurso…

Y las cabezas no se caían y los ojos permanecían abiertos.

Esta es la fuerza de un cuento, y no la de un discurso…

 

 

¿QUE  ES  ESTO?

 

Preguntó el rab hagaon Iaacov Galinsky ztz”l: aparentemente, el hijo sabio y el hijo simple, están en la misma situación, ninguno de los dos sabe. El sabio pregunta,  ¿qué son estas leyes y estos estatutos? Y el simple: ¿qué es esto? ¿Por qué uno se considera sabio y el otro simple?

Y hace falta un relato para explicarlo.

Los sistemas de seguridad organizaron un paseo para los integrantes del gobierno, que los llevaría a recorrer unas plantas atómicas, en la ciudad de Dimona. Todos estaban vestidos con sus uniformes blancos, salían de un cuarto y entraban a otro, todo bajo un silencio absoluto. Llegaron a un salón repleto de caños que se cruzaban en todas direcciones, todos los caños parecían distintos, como un bosque espeso que se cerraba y se convertía en un laberinto. En un salón contiguo había enormes calderas, y en otro, gran cantidad de computadoras muy sofisticadas. Finalizando el paseo, se reunieron todos en la oficina del principal de los científicos de la planta, el encargado de todo el sistema.

¿Tienen alguna pregunta?, preguntó en forma muy amable.

Dos personas levantaron sus manos.

Por favor, dijo, señalando al primero.

Lo que pudimos ver, es todo muy hermoso. Tal vez podríamos recibir una explicación sobre lo que vimos…

Antes de eso, si fuera posible, se apuró a decir el segundo. ¿Quién sabe qué larga y profunda resultará ser esa explicación? Yo antes de eso necesito saber algo. Cuando atravesamos el cuarto repleto de caños, me di cuenta que allí había una manija de color rojo, ¿cuál es la función de esa manija?

El científico pasó la mirada por los dos hombres que preguntaron, y de inmediato los describió en su corazón: no cabe ninguna duda, uno es un sabio, y el otro es un hombre simple, y también está claro quién…

Hay uno que sabe que no entendió nada, y pide una explicación de todo el sistema en una forma generalizada: ¿qué son estas leyes y estos estatutos? Este hombre es sabio.

El segundo, pregunta ¿qué es esto?, hay una cosa que no entiende, y todo lo demás, ¿lo entiende?

Esto es lo que está escrito “un hombre necio no sabe, pero el tonto no entiende esto(Tehilim 92,7). Toda vez que en nuestros escritos está la palabra “hombre”, quiere señalarnos importancia (Rashi, Bamidvar 13,3). Y también, un hombre sabio e importante no puede saber de todo en todos los campos del saber. Al contrario: ¿quién es el sabio?, el que aprende de todas las personas (Pirke Avot 4,1), y así sigue agregando sabiduría a su sabiduría.

En cambio el tonto, no entiende “esto”. Entiende todo, sabe todo menos una cosita insignificante, solamente no entiende el por qué del color rojo en una manija que hay en un cuarto con miles de caños…

 

 

 

LOS ALUMNOS DEL FARAON

 

¿Por qué es diferente esta noche de todas las noches?

 

Hay una expresión muy conocida, que seguramente se dijo en broma, pero verdaderamente tiene una gran profundidad.

Comenzamos la noche del Seder proclamando que toda persona puede venir a nuestra mesa, y en especial, todo el que tenga hambre. Allí está sentado nuestro hijo y no puede creer lo que está escuchando. Y empiezan las preguntas: papá, ¿qué tiene de diferente esta noche de todas las noches? Nunca tenemos invitados a comer y esta noche ¿tenemos invitados?

Ah, contesta el padre, esto es porque fuimos esclavos del faraón en Egipto, y del faraón aprendimos a decir una cosa y hacer otra cosa, asegurar y después olvidar, como dijo: vayan los hombres, sin las ovejas y sin las vacas…

En Novardok contaban sobre un hombre rico que era muy miserable. Se enfermó de Tifus. En esa época era una enfermedad fulminante. Nadie volvía a levantarse después de caer en esa enfermedad. Con mucha pena, aseguró que si se curaba daría una cantidad de dinero impresionante en forma de caridad, medio millón de la moneda del lugar. Pero no puso el corazón en su declaración, ya que nadie se curaba de esa enfermedad. Entonces, ¿por qué aseguró donar esa cantidad si se curaba? Seguramente para que haya algo que decir en el homenaje que le harían después de morir…

Pero eso tampoco lo ayudó, ¡se curó! Y enseguida se formó una fila gigantesca de gente pobre que esperaba su turno para recibir al menos una parte de ese medio millón. Sus ojos se oscurecieron, se le vino la noche, ¿qué podía hacer?...

Para su fortuna, era un hombre con estudio. Recordó lo que decía la Guemara (Sota 49b) que el hacer favores es más grande que la caridad, por tres motivos.

El primero, que la Tzedaka se hace con dinero, y el favor se hace tanto con el cuerpo como con el dinero. Entonces informó a todos, que el medio millón mejoró su “posición”, en lugar de ser simplemente caridad, ahora forma parte del capital de un “Guemaj”, para ofrecer préstamos a quien lo necesite.

Pensó que esto podría salvarlo, pero se equivocó. Ahora la fila de solicitantes era mucho mayor, porque no sólo los pobres estaban allí sino que todo el mundo esperaba un préstamo del Guemaj.

Sigamos con el segundo motivo. Dice la Guemara que la Tzedaka se da con dinero pero el favor se hace también con el cuerpo. Ahora informó que decidió cambiar la forma de dar. En lugar de dar dinero en Tzedaka, que es sólo dinero, estaba dispuesto a hacer mucho más, a esforzarse y ayudar con su propio cuerpo.

No se imaginó lo que saldría de esto. La gente golpeaba a su puerta sin descanso. Uno le pedía que le dé de comer al hijo que estaba enfermo. Otro le pidió acompañar al padre anciano a determinado lugar. Otro quería que lo ayude a correr unos objetos pesadísimos de un lugar a otro…

Se preguntó, ¿todo esto me pasa por haberme curado? Ahora debo pasar toda la vida ayudando a otras personas… no puede ser, tengo que encontrar la solución.

Seguro, para eso está el tercer motivo en la Guemara. La Tzedaka se hace con los vivos, y el favor se hace tanto con los vivos como con los muertos. Donó su dinero a la “Jevre Kadishe”, la organización que se encarga de enterrar a los muertos. Ahora nadie se puso en la fila para pedir que lo entierren…

Estaba feliz, cumplió su promesa y también se quedó con su dinero. Un buen alumno del faraón, siguiendo con su tradición.

 

 

Traducido del libro Vehigadta.

 

 

 

Leiluy Nishmat

 

Israel Ben Shloime z”l

 

Lea (Luisa) Bat Rosa  Aleha Hashalom




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