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Shabat Shalom


La nueva hoja Pesaj - 2
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



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בס"ד

 

 

EN EGIPTO FUIMOS ESCLAVOS DEL FARAON

 

Hace como cien años, todavía existía la esclavitud en las tierras de Tunez. Cazadores de personas salían hacia los lugares donde había hombres negros y los atrapaban, sean hombres o mujeres, niños o jóvenes. Los atrapaban y los llevaban al mercado de esclavos, donde los vendían como si fueran animales.

Un día, el gaon rabi Shaul Hacohen ztz”l, rebe de Sherva, pasaba por el mercado de la ciudad. De pronto se escucha una voz que proclama la orden del rey: toda persona que tenga en su poder esclavos o esclavas, deberá dejarlos en libertad y en forma gratuita. Y quien siga negociando con esclavos será castigado con mucha severidad.

El rab detuvo su marcha, y se dirigió a los transeúntes, preguntando: ¿qué pasa en el día de hoy, algo que no ha pasado en otros días?

Le contestaron: las Naciones Unidas decidieron anular la esclavitud, que no exista un esclavo en el mundo. Ahora, en el aire, flota el espíritu de la libertad.

Cuando el rab escuchó esto, su rostro se oscureció y las lágrimas comenzaron a caer de sus ojos. Envuelto en un llanto amargo llegó de regreso a su casa, llorando y sollozando como un hombre que está frente a su muerto. Una mano estaba sobre su cabeza y con la otra, cerca de su barba, desgarraba sus ropas. Seguía gritando y su lamento, que era grande y amargo salía desde las profundidades de su corazón.

Todo el mundo en su casa quería saber lo que le ocurría. Pero al ver la forma en que lloraba y gritaba, nadie se atrevía a hablarle, y menos a preguntarle por qué estaba tan apenado.

Y unos se preguntaban a los otros, ¿a qué se debía semejante amargura? Nadie lo sabía y nadie sería el primero en interrumpir al rab para saberlo.

Cuando el rab se percató de que todos estaban perplejos, mirándolo con un signo de interrogación en sus rostros, aumentó su dolor y lloró todavía más. Se incorporó y dijo: ¿Por qué se quedan todos mirándome?, ¿Nadie vio al hombre que proclamaba la orden real, no escucharon sus palabras?

La intriga creció más, y dijeron como preguntando: vimos y escuchamos, pero no vemos cuál es el problema del rab, ya que usted no tiene esclavos ni esclavas.

Cuando el rab escuchó la respuesta, gritó más y se amargó más: ¡Escucharon! ¿Quiénes son los esclavos y sirvientas? Los “cushim”, los hijos de Jam, que provienen de Knaan, que recibió la maldición para convertirse en esclavo de sus hermanos. Durante miles de años, la maldición de la esclavitud siguió vigente, y ahora, Hashem “iluminó” el corazón de los gobernantes, los hizo buenos (al menos por un instante) y liberaron a los esclavos, dejándolos salir libres.

¡Cómo no voy a llorar cuando veo al Pueblo Elegido, Israel, hijos de reyes, que está dominado por reyes de la tierra, que nos desprecian, nos oprimen, nos amargan. Y todo esto ya viene desde hace dos mil años.

Las palabras que salen del corazón, llegan al corazón, y todos comenzaron a llorar y derramar lágrimas.

Continuó el rab: ¿y de dónde viene todo esto? ¡De nuestras manos!

No caímos en la trampa de los cazadores, que comercian con esclavos, sino que con nuestras propias manos fuimos vendidos. Ya lo dice el versículo que fuimos nosotros, al pecar al Bore y no andar por sus caminos. Volvamos a Hashem, dice el profeta, y Su Mano no será corta, la extenderá hacia nosotros como lo hizo en Egipto, cuando nos sacó de la casa de la esclavitud.

Así de simple y tan terrible. Y de sus ojos seguían cayendo las lágrimas hasta que casi perdió sus fuerzas y ya no podía ni hablar. Se sentó a descansar, y de a poco iba recobrando algo de energía.

Todavía estaba muy débil, y sentado, se quedó dormido entre su llanto. El último que salió del lugar le pidió a la esposa que le “abra un ojo”, temiendo que estuviera desmayado debido a su debilidad y a tanto sentimiento. La rabanit vio como su esposo suspiraba en su sueño, y seguían cayendo lágrimas. De pronto, su rostro cambió, sonrió y se despertó lleno de alegría.

La esposa le dijo asombrada: te dormiste llorando y despertaste con el corazón alegre, ¿cómo?

En mi sueño me informaron, supongo que desde el Cielo, que está muy cercana nuestra salvación, y que en días, no muchos días, Hashem nos devolverá a nuestra tierra.

¿Y nosotros tendremos el mérito suficiente para ver eso con nuestros ojos?

No.

Y nuestro único hijo, Moshe, ¿podrá verlo?

No.

¿Y nuestros nietos?

Creo que nuestros nietos sí lo verán…

 

 

Traducido del libro Pelei Hatzadikim.

 

 

 

Leiluy Nishmat

 

Israel Ben Shloime z”l

 

Lea (Luisa) Bat Rosa  Aleha Hashalom




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