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Shabat Shalom


Quiero hacer enojar a HaShem
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



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בס"ד

 

 

QUIERO HACER ENOJAR A HASHEM

 

“y el hijo de la mujer israelí

despreció el Nombre de Hashem y lo maldijo” (Vaikra 24,11)

 

Contaba el rab hagaon Iaacov Galinsky ztz”l: cuando fuimos liberados del campamento de trabajos forzados de Siberia, todavía no había terminado la segunda guerra mundial. Seguía con toda su potencia. Por eso, decidí viajar hacia el sur. Por un lado, para salir de ese norte tan frío, en busca de tierras más cálidas. Y, por otra parte, para no acercarme al frente de guerra que se desarrollaba hacia el oeste, ya que nadie sabía con exactitud cuánto habían avanzado los alemanes.

 

Me dejé llevar por esos dos conductos de metal (las vías del tren). Los poblados fueron surgiendo y construyéndose a los costados de las vías, y así pude conseguir alimentos para sobrevivir. Llegué a un poblado y encontré allí gente que provenía de diversos lugares, que escaparon de los alemanes que los acosaban…

 

Allí encontré muchas familias judías, que, lamentablemente, entregaron a sus hijos a la educación comunista. Pero lo hacían porque temían morir de hambre, no porque hubieran renegado del judaísmo. Ya que los bonos de las raciones de comida que entregaba el estado, los recibían exclusivamente las personas que enviaban a sus niños a los establecimientos educativos del estado.

 

Estos padres, eran buenos iehudim, y le habían inculcado a sus hijos la fe en Hashem Itbaraj. Y la educación comunista luchaba, con su maldad, para borrar esa enseñanza. Como dice la Guemara (Tamid, hoja 32a): el Satán siempre gana, porque siempre encuentra un camino para utilizar su maldad.

Los estudios se realizaban en los cuarteles del régimen. En los techos había una abertura por donde entraba la luz. Los “maestros” decían: eleven sus ojos al cielo y pidan al Creador que les mande caramelos.

Y los dulces niños, ya fueron educados de esta forma. Sabían rezar y pedirle a Hashem. Dirigieron la vista a la abertura del techo, alzaron sus manos, pidieron, y no hubo ninguna respuesta.

 

Ahora, decía el maestro, vamos a pedirle al papá “Stalin”. Y los niños, tan inocentes, pedían: “papá Stalin, queremos caramelos”. Y del agujero del techo brotaban miles de caramelos, para salvar a los niños. Y se arrojaban al suelo y se empujaban para agarrar la mayor cantidad posible, y luego se sentaban a comerlos con alegría.

Ahora, concluía el maestro, todos vamos a agradecer al papa Stalin. Y todos gritaban: ¡gracias!

 

Esto es como escupir tierra hacia el cielo, o hacer con los dedos un gesto despreciable, Hashem nos guarde…

 

Y un pequeño se levanta y dice: yo no entiendo bien, si usted dice que Hashem no existe, ¿para qué hay que hacer gestos despreciables hacia arriba?, y si existe, ¿acaso podemos hacer eso?

Pero, ¿qué es lo que entiende un niño pequeño?

En verdad, aquí hay una incitación a renegar a todo, pero en forma tan oculta, hasta llevar a los padres a que acepten entregar a sus hijos e hijas a ese tipo de establecimientos.

 

Y podemos pensar, lo que un pequeño entiende de todo esto, ¿es lo mismo que entiende un hombre grande de la generación del desierto, de los hombres que salieron de Egipto? Ellos vieron las diez plagas, también vieron la revelación de la Divinidad en el mar de Suf, escucharon la Voz de Hashem en la entrega de la Tora…

 

Este es el resultado del poder de las fuerzas del alma. Hasta que Hashem pregunta, o advierte: “y si no me van a escuchar…” (Vaikra 26,14). Esta introducción a todas las maldiciones es terrible, nosotros mismos somos los que provocamos las maldiciones. Y escribió Rashi sobre el versículo: ¿para quién fue escrito este versículo?, para el que sabe que el Dueño del mundo existe y tiene la intención de traicionarlo.

 

Lo mismo ocurrió con la gente de Sedom: el versículo dice que pecaron a Hashem (Bereshit 13,13), porque sabían de la existencia de Hashem y la intención de ellos era pecar, comprendiendo perfectamente que hacían algo muy malo.

 

El rey de Amon hizo cosas nada agradables. Le dijeron a él: ¿acaso tienes algún provecho de todo esto que haces? Y contestó: no tengo ningún provecho, solamente tengo deseos de hacer enojar a mi Creador.

Iehoiakim, otro rey malvado, dijo así: los reyes anteriores no supieron hacer enojar a Hashem, en cambio yo sí sé como provocarlo… (Sanhedrin 103b).

Algo tan ridículo no podemos ver, ¿qué es un hombre frente al universo?, ¿un hombre que es como un grano de arena, o ni siquiera eso, puede provocar a Hakadosh Baruj Hu? Y el universo también resulta pequeño comparado con todos los mundos superiores. Y toda la grandeza de los mundos en su conjunto es como un “cero” frente al Bore Olam (Ieshaia 40,17).

 

Y el hombre, ¿desafía a Hashem?

Entonces, ¿por qué nosotros anulamos o echamos a perder el tiempo que Hakadosh Baruj Hu nos da?, ¿cómo podemos liberar nuestros labios diciendo cosas tan desagradables? Y Hashem solamente nos advierte: y si no me van a escuchar…

 

 

Traducido del libro Vehigadta.

 

 

 

Leiluy Nishmat

 

Israel Ben Shloime z”l

 

Lea (Luisa) Bat Rosa  Aleha Hashalom




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