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Shabat Shalom


La Nueva Hoja Bamidbar
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



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בס"ד

 

 

Mi casa es mi fortaleza

 

“y Moshe los contó según la orden de Hashem”

 

(Bamidvar 3,16)

 

Contaba el rab hagaon Iaacov Galinsky ztz”l: un estudiante vino a verme. El trabaja para una organización que acerca a la gente al cumplimiento de la Tora, dándole a cada alma la cuota de Tora y apegamiento a nuestro Creador. Así, de esta forma, consigue que la gente tenga más méritos y también aumenta los méritos propios. Y se convierte en una persona dichosa, y digna de ser envidiada, pero con una envidia positiva.

 

En la organización, le pidieron que invite gente a su casa en Shabat, y a él no le pareció buena la idea. En su casa tiene niños pequeños, que pueden llegar a escuchar términos a los que no están acostumbrados, el lenguaje común de la calle que hasta ahora en la casa no se escuchaba. Podrían ver comportamientos o expresiones no muy apropiadas, y la pregunta era, ¿qué debía hacer?

 

Yo estoy escuchando, le dije, de tu parte tú te niegas, ¿y qué dice la otra parte, los miembros de la organización?

 

Ellos dicen que nosotros tenemos la obligación de acercar, e invitar a la gente es parte muy importante del acercamiento, y que la persona que está cumpliendo un precepto, no será dañada (Kohelet 8,5), y que el mismo precepto que estoy cumpliendo me cuidará y me salvará (Sota 21).

 

Muy bien, el Ibn Ezra explica que la persona que está cumpliendo un precepto no quiere saber sobre cosas malas. Tampoco quiere escuchar cosas de las que su pensamiento quiere escapar.

Imaginemos algo, tengo una pregunta: si te informaran que los hijos de estas personas están enfermos con varicela, ¿los invitarías a tu casa?

Creo que no…

 

El precepto es el mismo precepto, con la misma fuerza. Y justamente, la varicela no es peligrosa, viene y se va…

Entonces, ¿qué debo hacer en mi caso?, ¿contestar que no?, me preguntó.

No dije eso. La pregunta sigue en pie y es una buena pregunta. Deberías preguntarle a un rab “grande”. Tú ya sabes, yo solamente cuento historias…

En la ciudad de Slonim, había un lugar llamado “Hekdesh”, una casa de comida y hospedaje para visitantes. Así fue siempre la costumbre de los iehudim en esos tiempos y en todos los tiempos, aumentar en favores con nuestros semejantes. Cuando se fortalecieron en Europa los movimientos “iluministas”, quisieron cerrar ese antiguo establecimiento.

¿Y en qué se apoyaban para lograr ese objetivo? Sostenían que la mayoría de los visitantes que llegaban a la ciudad, eran recibidos por los habitantes de la ciudad, en sus propias casas. ¿Y quién concurría al “Hekdesh”? Solamente visitantes esporádicos, pobres y vagabundos, sospechosos de efectuar robos. La comunidad no tenía la necesidad de albergar y cobijar personas de ese tipo dentro de los límites de la ciudad. Sería mejor que siguieran su camino y que así como vinieron, se vayan lo más rápido posible…

 

Se levantó el Gaon, rabi Shabtai Laguel ztz”l, Rosh Ieshiva de Slonim, y dijo: estudiamos en el Pirke Avot (1,2) que el mundo se sostiene gracias a tres cosas: por la Tora (al hatora), por el Servicio a Hashem (al havoda), y por los favores a nuestros semejantes (al guemilut jasadim). Y si miramos la gramática de la oración, veremos algo que trataremos de entender. En las dos primeras cosas, Tora y Servicio, se anticipa la letra “Hei”, pero en los favores, no se anticipa nada.

 

En nuestro caso, el Gaon trajo la duda y también nos trajo la respuesta.

La letra “Hei”, sirve para enfatizar una palabra, para remarcarla. Nuestros sabios supieron, por medio de la Revelación Divina, que llegaría el momento en que cada persona intentaría proclamar su propia Tora, con pequeños “arreglitos” confeccionados por él mismo. Por eso enfatizamos que el mundo se mantiene únicamente gracias a “la Tora”, la Tora conocida y reconocida, la Tora que recibimos Min Hashamaim, en el monte Sinai.

 

Lo mismo ocurrió con la forma de servir a Hashem. Existieron las épocas donde la gente pretendió “inventar” nuevas formas de cumplir los preceptos, o tal vez hacer una renovación, o traer algún nuevo sistema. Pero el mundo se sostiene con “el Servicio” conocido, transmitido de generación en generación.

 

Pero, con los favores, con el Guemilut Jasadim, no ocurre lo mismo. El favor se hace y se hizo en todas las épocas y situaciones. Tanto para el pobre como para el que no lo es. El favor siempre será favor, y no es necesario resaltarlo.

 

Y el Gaon agregó: veamos al exponente más importante, a la columna del favor, Abraham Avinu, que no se fijaba quién era el invitado de turno, y corrió para hacer ingresar en su casa a los invitados “árabes”.

No digo que debamos hacer así. Como primera medida, en Slonim hablábamos de esa casa llamada “Hekdesh”, un hospedaje para invitados, no la casa de un particular. Y cuando hablamos de Abraham Avinu, él mismo atendía a sus huéspedes “bajo el árbol” (Bereshit 18,4). Y escribieron nuestros primeros sabios (Maase Avot, 16), que solamente ingresaba a los huéspedes a la casa para dormir…

 

¿Qué podemos decir? Shlomo Hamelej fue el hombre más sabio del mundo, y también tenía profecía. Está escrito que se sentaba sobre el trono de Hashem, y pensaba e irradiaba fe hacia todo el mundo. ¿Cómo conseguía esto?

Traía a todas las hijas de los reyes, las convertía al judaísmo, las desposaba, y les enseñaba la “verdad”, para que ellas la transmitan a sus padres, los reyes.

 

De los reyes pasaba a los ministros, y de ellos al resto del pueblo, y así la tierra se llenaba del conocimiento de Hashem, de la misma forma que el agua cubre todos los mares.

 

¡Maravilloso! La intención era muy buena, y el que está ocupado en el cuidado de una buena acción no sabrá lo que es el mal, y el precepto, o la buena acción lo cuidará y lo salvará de todo mal, y finalmente…

Y cuando Shlomo fue anciano, sus esposas inclinaron su corazón… y ahora su corazón perdió la integridad con Hashem, y su corazón hacia Hakadosh Baruj Hu no fue igual que el corazón de David, su padre (Melajim 1 11,4). ¿Por qué?

 

Escribió el Hajida (Debash Lefi) que Shlomo debió ir a los palacios de los reyes a enseñar, y no traer a las princesas a su propio palacio.

Este es mi parecer, pero repito, no soy un legislador…

 

Cuando Hashem le ordena a Moshe Rabenu, que cuente a los leviim, a partir de la edad de un mes en adelante, Moshe le dice al Bore Olam: ¿cómo voy a hacer para entrar a sus tiendas y contar la cantidad de bebés?

Hakadosh Baruj Hu le contestó: tú harás tu parte y yo haré la mía.

 

Moshe iba y se paraba frente a la puerta de cada tienda. Hashem se adelantaba y un “Bat Kol”, la Voz del Cielo, salía de la tienda y le decía a Moshe cuántos bebés había en esa tienda. Por eso el versículo dice que Moshe los contó de acuerdo a la orden (la Voz) de Hashem.

Otra vez no entiendo, dice rabi Iaacov.

 

Y el Maharal (Gur Arie) también tuvo esta duda: ¿para no tomarse el trabajo de entrar a cada tienda, pidió la Ayuda de Hashem?

No, seguro que Moshe no medía su esfuerzo. Moshe sabía que cada casa es un recinto privado. Moshe Rabenu, el principal de la tribu de Levi, el conductor de todo el pueblo, entiende que no es necesario entrar a las tiendas de otras personas.

Y Hashem lo apoya. Moshe llega hasta la entrada de la tienda, pero no ingresa.

 

De todas formas, no soy legislador. Puede ser, que en tu caso, sea una necesidad, el tiempo de hacer el precepto para Hashem, y el que cuida el precepto no será dañado.

Pero lo mejor, será preguntarle a un rab importante, como te dije, de los “grandes”, ya que toda persona que recibe el consejo de los ancianos, nunca se equivocará…

 

Traducido del libro Vehigadta.

 

 

 

Leiluy Nishmat

 

Israel Ben Shloime z”l

 

Lea (Luisa) Bat Rosa  Aleha Hashalom




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