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Shabat Shalom


La Nueva Hoja Devarim
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



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בס"ד

 

 

EL ASUSTADO…

¡ESTA PERDIDO!

“nuestros hermanos nos derritieron los corazones”

(Devarim 1,28)

 

Los espías volvieron de su recorrida por la tierra de Israel, y contaron sobre los montes altísimos, las sequías y los hijos de los gigantes. Mostraron los frutos inmensos y muy gorditos, para dar una idea de lo que ocurría en la tierra. Todo este panorama los hizo estallar en llanto.

Moshe Rabenu se levantó y les dijo: no se preocupen ni sientan temor. Hakadosh Baruj Hu ya nos garantizó que los expulsará de la tierra, encegueciendo los ojos de los kenaanim. ¿Acaso los hijos de los gigantes están vacunados contra una picadura de avispa?, ¿qué pueden hacer unos gigantes cuando están ciegos, impotentes?

Quién golpeó al gran imperio egipcio con diez plagas y los ahogó en el mar Suf, ¿no puede fortalecerse ante los kenaanim?, ¿por qué tener miedo?

Pero, hay una gran realidad. Por más que Moshe está hablando frente a la “generación del entendimiento”, ese título no hace cambiar nada.

Tenían todas las garantías, todo a su favor, y lloraron ese llanto gratuito, que fue el origen del decreto: todos morirían en el desierto, y desde ese momento, ese día, para siempre, sería un día de tristeza y llanto.

¿Cómo se entiende?, pregunta el rab hagaon Iaacov Galinsky ztz"l. Escuchemos este relato…

Cuando llegamos a Siberia, nos anunciaron que nos esperaban veinticinco años de cautiverio. Sin juicio, pero tampoco con mal de ojo sino con frialdad.

¿Ustedes pueden ver los portones que están atrás?, preguntó uno de los guardianes del campamento. ¡Ningún hombre salió por allí con vida!

Al fin y al cabo, estuvimos allí sólo dos años, apenas un diez por ciento de los años, y les aseguro que ese tiempo fue más que suficiente.

Cuando fuimos liberados, un compañero me tomó de la mano y en voz baja, pero con mucho sentimiento, me dijo: no tengo ninguna duda. Esto ocurrió por el mérito de dar los honores a los libros.

Yo no podía decir ni que sí ni que no. ¿Quién puede saber sobre los cálculos del Cielo? Pero voy a contarles lo que intentó decir mi compañero…

En Siberia había una gran escasez de papeles. Cualquier hoja de papel era un bien muy valorada. Mi compañero, tuvo una suerte como ninguno. Por un lado algo muy bueno, no tenía que salir, como todos nosotros, por las mañanas, a realizar esos trabajos forzados que eran capaces de destruir al hombre más fuerte.

Todo comenzaba bien temprano con una caminata de seis kilómetros por un camino nevado. Después de eso, solamente catorce horas cortando leña con un frío congelante, imposible de describir con palabras.

El era el peluquero del campamento. Todas las mañanas debía recortar la barba de todos los presos y de vez en cuando sus cabezas. Un trabajo limpio y tranquilo.

Pero, para eso, para que su trabajo sea limpio, debía limpiar su navaja y sus tijeras después de cada uso. Y eso no sería un problema, le aseguraron que le entregarían papeles para limpiar sus instrumentos. La cantidad de papel que necesite, sólo debía pedirlo. Y así fue, le trajeron una gran cantidad de papel.

Pero cuando vio los papeles, sus ojos se oscurecieron, eran hojas pertenecientes a libros sagrados…

Esa noche, cuando volvimos de nuestros trabajos, vino a nosotros y nos dijo con la voz entrecortada: ¿qué voy a hacer?, ¿cómo hacer?

Pobre de él si usaba esas hojas sagradas para limpiar su navaja. Y pobre de él si no lo hacía, si no cumplía con su obligación, sería castigado… ¿Qué podía hacer?

Le dije: tranquilízate, encontraremos la solución…

¿Qué?, ¿cómo? No hay lo que hacer…

Necesitaba calmarlo y poner su cabeza en su lugar…

Escucha con atención una de las perashiot de nuestros profetas (Melajim 2,6): el rey de Aram intentó una y otra vez hacer caer en una trampa al rey de Israel. Pero éste siempre supo cómo salvarse de esas emboscadas. El rey de Aram dijo a su gente: entre nosotros hay un espía que revela nuestros secretos.

Uno de sus ministros le contestó: el rey de Israel no necesita de espías. El profeta Elisha está con él y le informa, con su profecía, todos tus secretos.

Envió gente a investigar, y supo que Elisha estaba en Dotan. Enseguida mandó a un grupo de soldados para que atrapen al profeta de Israel.

En la mañana, el sirviente de Elisha salió fuera de la casa y vio que los soldados los estaban rodeando. Llamó a su patrón y le preguntó: ¿Qué vamos a hacer?

El profeta le contestó: no tengas miedo, porque nosotros somos más que ellos…

Elisha le pidió a Hashem que abra los ojos del muchacho y le haga ver que miles de Angeles estaban rodeando a su patrón, para defenderlo.

Y el profeta siguió pidiendo a Hashem. Ahora pidió que encegueciera al enemigo. Así hizo Hashem y Elisha los atrapó y los entregó en manos del rey de Israel.

Surge la pregunta: si finalmente los soldados serían atrapados, ¿para qué hacía falta que el muchacho vea que miles de Angeles rodeaban a Elisha? Además, la salvación no llegó a través de esos Angeles.

¿Qué es lo que tú piensas?, le pregunté a mi compañero.

Y no supo qué contestarme. Realmente, es una buena pregunta.

Le aclaré: el muchacho estaba muy asustado, y el susto es una enfermedad contagiosa. Si el miedo hubiera alcanzado a Elisha, le habría provocado un debilitamiento y tal vez un estado de desesperación, y la profecía no llega sino en medio de la alegría del cumplimiento (Shabat 30b). Por eso, como primera medida, había que calmar al muchacho. Y se calmó sólo al comprobar que nosotros éramos más que ellos. Cuando ya se calmó, recién allí, Elisha pudo pedirle a Hashem que lo libre de sus enemigos…

En este momento, mi compañero ya estaba más tranquilo. Podía buscar una solución…, ¡y la encontré!

Esa noche no comimos de esa comida que no era Kasher. Y las porciones de pan no alcanzaban para quitarnos el hambre. Y con seguridad no podían alcanzar cuando debíamos utilizar, todos los días, tanta fuerza para cortar más y más leña. En su momento, había hecho amistad con el encargado del reparto del pan, y conseguí que nos entregue diez porciones adicionales de pan. Otra vez fui a verlo y le dije: cuando cortan los panes para dividirlos en porciones, se caen muchos trocitos de pan. Es una lástima desperdiciarlos, si los juntamos con las porciones será de gran utilidad para muchos.

Y me preguntó: ¿y cómo puedo hacer para juntar esos trocitos?

Muy fácil, le aconsejé, puedes poner un papel bajo el pan en el momento de cortarlo, y envolver cada porción con un trozo de papel, así los trocitos no se caerán…

Me sonrió: ¿y dónde puedo conseguir papel en este campamento?

Yo te voy a decir dónde. Habla con el encargado de la limpieza de las oficinas de la administración. Ellos reciben todos los días los periódicos, pero después de leerlos ya no los necesitan. Pídeles que no los tiren a la basura, que los periódicos viejos te los entreguen a ti…

La idea le pareció muy buena y al día siguiente recibí una porción que tenía una gran bendición de trocitos de pan. No era para desperdiciar. En Siberia, cada trocito de pan valía su peso en oro.

No sólo eso. Mi compañero me dijo que el papel de diario limpiaba mucho mejor y las hojas de los libros sagrados sirvieron para que nosotros podamos estudiar… Matamos dos pájaros de un tiro…

Y todo gracias a la tranquilidad. Porque cuando estamos asustados, todo se pierde. El miedo es una enfermedad muy contagiosa. Y el versículo está muy claro, antes de salir a la guerra ésta era una de las preguntas que se le hacían a los soldados: ¿quién es el hombre que siente miedo?, que vuelva a su casa, para no deshacer el corazón de sus hermanos (Devarim 20,8).

Y el pueblo de Israel sentía miedo. Los espías los contagiaron. Cuando los corazones están sufriendo, no existe consejo…

Dice la Guemara (Berajot 29b): el que va por un camino con fieras y ladrones, que al rezar no diga la oración completa sino una más resumida. Preguntaron cuál era esa oración y rabi Eliezer dijo una pequeña plegaria donde se pide “tranquilidad” entre otras cosas. O sea, que los ladrones y las fieras no nos traigan temor.

Vemos que la oración no pide que Hashem nos salve de las fieras o de los ladrones, sino que nos saque el miedo. Eso es lo más importante…

 

 

Traducido del libro Vehigadta.

 

 

 

 

 

Leiluy Nishmat

 

Israel Ben Shloime z”l

 

Lea (Luisa) Bat Rosa  Aleha Hashalom




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