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Shabat Shalom


La Nueva Hoja Shoftim
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



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בס"ד

 

 

MAS VALIOSO QUE LA VIDA MISMA

“¿quién es el hombre?”

(Devarim 20,5)

 

Escuchamos del rab hagaon Iaacov Galinsky ztz"l: la Tora nos dice que antes de salir a la guerra los guardianes debían dar la siguiente información: ¿quién es el hombre que construyó una casa y no la inauguró?... que vuelva a su casa, no vaya a suceder que muera en la guerra y otro hombre la inaugure en su lugar… ¿y quién es el hombre que plantó un viñedo y no probó de su vino?... que regrese, no vaya a suceder que muera en la guerra y otro hombre tome del vino de las uvas que él plantó… ¿y quién es el hombre que se comprometió con una mujer y no la tomó por esposa?... también, que vuelva a su casa, no ocurra que muera en la guerra y otro hombre la despose…

Y no entiendo. Si muere en la guerra, que le importa si otro hombre inaugura su casa, o toma de su viñedo. Y en el tema de su compromiso, ¿acaso pretenderemos que esta mujer quede sola toda la vida, sin la posibilidad de casarse?

Y escribió Rashi: aquí estamos hablando de un alma con angustia.

¿Qué quiere decir Rashi?

Hay muchas explicaciones a estas palabras de Rashi. Yo voy a contarles la forma en que lo estudiamos: cuando una persona va en camino a la muerte, Jalila, debe pensar en arrepentirse, en separarse de este “pasillo” llamado vida, para llegar a la “finalidad”, a lo principal, que es la muerte (en realidad, a la vida que vendrá después de la muerte).

Pobre hombre si en ese momento está pensando en su casa, en su viñedo o en su futura mujer.

Algo parecido dijeron nuestros sabios (Shemot 20,3 en Rashi), que de todas las muertes, el morir de sed es la más terrible. ¿Por qué? Porque en lugar de hacer un balance de su vida, arrepentirse de sus pecados y apegarse al Bore Olam, está pensando únicamente en conseguir una gota de agua para aplacar su sed.

Me contó el rab Shaj ztz”l: en Slotzk había un iehudi muy avaro. Todos sentían lástima por él, ya que a pesar de tener dinero de sobra, vivía como el más pobre de los hombres. Rabenu Tam escribió en el “Sefer Haiashar” (6,98) que la avaricia es la puerta que abre todas las malas cualidades y que tuerce cualquier perspectiva futura.

Vestía ropas viejas, rotas y sucias. Se alimentaba con las sobras de comida que encontraba en los alrededores de su casa. Su salud comenzó a empeorar y con el tiempo se acercaba más a la muerte. Cuando la gente supuso que se acercaba el final, llamaron a diez personas para que estén presentes en el momento en que su alma salga de su cuerpo y pueda decir con todos ellos el último “Shema Israel”. El rab Shaj era uno de los diez presentes allí.

Ya casi al borde de la muerte, nadie supo de dónde sacó fuerzas para decirle a uno de los integrantes de la “Jevre Kadishe” (las personas que se ocupan de enterrar a los fallecidos), que su mortaja y la bolsa con la tierra de Israel las había preparado él mismo y estaban guardadas en la caja fuerte. Esa misma caja fuerte tenía guardada toda la fortuna que fue juntando durante años y años…

¿Y dónde está la llave de la caja fuerte?, preguntó el hombre.

Conmigo, contestó el hombre, moribundo, agonizando.

¿Puedes dármela?, volvió a preguntar.

Con un esfuerzo indescriptible, el hombre llevó su mano al bolsillo, tomó la llave y comenzó a mover su mano, temblando, hacia el hombre.

El hombre también extendió su mano para recibir la llave, y el hombre, con su respiro final, gritó: ¡pero es mía!...

Y su alma salió diciendo: ¡es mía!...

Y podemos agregar que nos sentimos tristes y amargados, que sentimos lástima por un hombre que en el último momento de su vida piensa en sus posesiones. Pero más tristeza y amargura despierta el hombre que piensa toda su vida en sus posesiones. Da lástima ver a un rico vivir como un pobre, pero no como un pobre que se conforma con lo que tiene, sino como a un rico que vive en la miseria y además sufriendo porque tiene miedo de mostrar lo que tiene y por eso tampoco lo disfruta.

De aquí podemos obtener otra enseñanza: la guerra es un lugar peligroso, donde mucha gente puede morir, y los que salen a la guerra saben que van hacia la muerte. Pero si un hombre se comprometió con una mujer y ahora debe salir a la guerra, el dolor se multiplica. ¿Por qué? Porque si muere, la mujer se comprometerá con otro hombre.

Y sigo sin entender. El hombre muere, y aparentemente, está preparado para soportar la muerte.

Pero no está preparado para soportar que venga otro hombre y tome a la que iba a ser su mujer, después de su muerte. Y volvemos a preguntar, ¿qué quiere, qué pretende? Como esta mujer se comprometió con un soldado que cayó en el frente de batalla, ahora deberá quedarse sola durante toda la vida. ¿Qué le importa si él ya murió? Está muerto. ¿Ella no tiene derecho a un futuro feliz?

¡No!

Está preparado para morir, pero no a que otra persona se beneficie con su muerte.

Así somos nosotros, la Tora atestigua sobre nuestra conducta y nuestra naturaleza: el haber perdido, es la mitad del sufrimiento. Si otra persona se beneficia, es un sufrimiento terrible.

Y nuestros antepasados nos dieron un ejemplo muy conocido…

Un codicioso y un envidioso andaban juntos. Se encontraron con un rey, que les dijo: uno de ustedes puede pedirme algo, y yo voy a conceder su pedido. Pero deben saber, que a su compañero le daré el doble…

El envidioso no aceptó pedir nada, ya que su compañero recibiría el doble y eso le provocaría una envidia indescriptible. Prefería que el codicioso pida lo que más desee, y sería él quien recibiría el doble.

El codicioso tampoco quería pedir, porque a él también le molestaría que su compañero recibiera el doble. Y se resistía a su propia codicia. El rey disfrutaba de la situación…

Muy bien, dijo el rey, si nadie me pide nada, seguiré mi camino…

Entendieron que con la codicia y con la envidia perderían todo. El codicioso forzó al envidioso: de una vez por todas, pide algo…

Muy bien, contestó, yo le pido al rey que me arranque un ojo…

 

 

Traducido del libro Vehigadta.

 

 

 

 

Leiluy Nishmat

 

Israel Ben Shloime z”l

 

Lea (Luisa) Bat Rosa  Aleha Hashalom




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