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Shabat Shalom


La Nueva Hoja Vaietze
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



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בס"ד

 

 

NOSOTROS NO LLORAMOS

“…y alzó su voz y lloró”

(Bereshit 29,11)

 

Así contaba el rab hagaon Iaacov Galinsky ztz”l: cuando Iaacov Avinu llegó a Jaran y se encontró con Rajel, alzó su voz y lloró, porque llegaba con las manos vacías. Y dijo: Eliezer, el sirviente de mi abuelo Abraham, trajo en sus manos todo tipo de regalos, aretes, collares, pulseras, y yo no tengo nada en mi poder.

¿Qué fue lo que en verdad ocurrió?

Elifaz, el hijo de Esav, lo persiguió con el propósito de matarlo, porque así el padre, Esav, le había ordenado. Y él, que había crecido en la casa de su abuelo, Itzjak, sabía que debía honrar a su padre, y por eso quería cumplir con su pedido.

Iaacov intentó convencerlo de que no debía asesinar. Pero, ¿qué haría con la orden de su padre?, si no cumplía con su pedido sería como faltarle el respeto.

Iaacov sabía que podía convencerlo con palabras de Tora, porque Elifaz era un hombre estudioso, que, como dijimos, había crecido con su abuelo Itzjak.

Por eso, Iaacov le dijo que tome todas sus pertenencias, ya que un hombre despojado de todo es considerado como un muerto. Así cumpliría la orden de su padre sin la necesidad de matar a su tío (Rashi).

Y yo no entiendo, ¿por qué tenía que llorar Iaacov? Tenía la justificación, y era una muy buena justificación. Estaba obligado a actuar así, no tenía alternativa, entregó todo su dinero y así pudo salvar su vida…

Pero…, voy a contarles algo.

En Tzanz había un zapatero muy pobre, llamado Zalman. Estaba sentado, encorvado en su silla, cambiando un cuarto o media suela de un zapato, o colocando al frente de un zapato una punta de acero para fortalecerlo. Hacía todo tipo de arreglos a precios muy bajos.

Casi nadie, en esos tiempos, tenía dinero suficiente para comprar zapatos o botas nuevas. Había que arreglarlos todo el tiempo y seguir usando los viejos zapatos…

El caso de Zalman era muy especial. Tenía mucho trabajo, pero con dificultad conseguía ganar lo suficiente para comprar el pan. Vivía en la extrema pobreza. Pero, ¿cuáles eran las necesidades de un hombre pobre en esos tiempos? Un poco de harina para hornear el pan, un poco de leche para tomar y para preparar un poco de mantequilla. Un pollo para Shabat y un poco de cebada, aceite para encender las velas y leña para encender el fuego.

El “Talit” que había recibido en su matrimonio estaba todo remendado, y su “Shtreimel”, todo desplumado, pero tenía un sueño, poder coser una nueva “Kapota”.

La vieja Kapota de seda estaba descolorida y desgarrada, se veía espantosa. Cuando debería ser una hermosa prenda, no tenía ni forma, ni color, ni nada.

Sin contarle a su esposa, puso una lata toda oxidada junto a su mesa de trabajo. Y por cada arreglo, por cada trabajo que hacía, separaba una monedita. Y una monedita se juntaba con otra, y la lata se fue llenando…

Su sueño estaba por hacerse realidad. Se emocionaba al ver la lata repleta, llena de monedas. Tomo la lata y fue hasta el negocio donde vendían trozos de telas.

Allí pidió seda para coser una Kapota.

El vendedor volcó el contenido de la lata sobre el mostrador y comenzó a contar, una por una, todas las monedas. Pero a pesar de que las monedas eran tantas, no se acercaban al valor que hacía falta para comprar el trozo de tela. En esos días no existía la seda sintética, que se fabrica en grandes cantidades y a bajo precio. Toda la seda que se vendía era seda natural, que la producían los “gusanitos de seda”, y los precios eran muy altos.

Mis disculpas, dijo el vendedor, esto apenas alcanza para las mangas de la Kapota…

Los ojos de Zalman se cerraron, su sueño se desvanecía. Con los labios temblorosos intentó susurrar: ¿no podría hacerme un descuento?

El vendedor se encogió de hombros: si sólo faltaran algunas monedas, podría hacer un descuento, pero aquí falta mucho dinero, es imposible llegar al precio de la tela con la cantidad de dinero que has traído…

Las lágrimas caían por las mejillas arrugadas de Zalman, y el corazón del vendedor tuvo que ceder. Le dijo: mira, tengo un rollo de seda muy antiguo. Durante muchos años los hilos de seda se fueron secando y endureciendo, hasta romperse, por eso, ese rollo de seda quedó en el olvido. Si tú quieres, puedo venderte los metros de seda que necesitas de ese rollo, y podrás pagarlo con tus monedas.

Los ojos del zapatero volvieron a iluminarse…

Pero, debo recordarte y advertirte. La tela puede romperse y desgarrarse con facilidad. Deberás tener mucho cuidado…

No hay problema, seré muy cuidadoso, lo importante aquí es que al fin, tendré una Kapota nueva…

El vendedor subió a una escalera y bajó el rollo todo lleno de polvo. Con mucha delicadeza lo apoyó en el mostrador, tomó la medida y cortó…

Feliz y lleno de regocijo, el zapatero fue hasta su casa y le contó a su esposa sobre lo que pudo conseguir, a cambio de unas pocas monedas que alcanzó a juntar en muy poco tiempo. La tela para su nueva Kapota. Le pidió a la esposa que le cosa la Kapota para honrar el Shabat, pero que tenga mucho cuidado para que la tela no se deshaga…

La señora comenzó su tarea con mucho esmero y cuidado. No era nada fácil, parecía que estuviera fabricando una prenda a partir de una masa para hornear un pan. Pero el esfuerzo valía la pena y mostró sus frutos, cuando en la víspera de Shabat Kodesh, a su regreso del baño ritual, Zalman pudo envolverse en su nueva prenda.

Con mucho cuidado, primero la manga derecha, muy despacio, luego la izquierda, pero necesitaba ayuda… Después deslizó el cinturón para sujetarse bien, y emprendió el camino hacia el Beit Hamidrash. Parecía un rey…

Cuando llegó, lo vieron los demás concurrentes y todos estaban extrañados: ¿es el zapatero? Sí, es él, no puede ser otro… Tiene puesto el mismo Shtreimel de siempre, desplumado y descolorido, pero miren cuánta luz sale de su rostro. Y la Kapota, nueva y brillante…

Todos corrieron a palmearle la espalda y felicitarlo con un “Titjadesh”, una bendición por su prenda nueva, pero a fuerza de tantos golpes, la tela comenzó a ceder y se formó el primer agujero.

¿Qué es esto?, se preguntaban, y otro hilo suelto, y alguien tiró de él y se hizo otro agujero, esta vez más grande.

¿Qué le están haciendo a mi Kapota nueva? Ya basta, deténganse…, no me toquen, gritaba. Pero toda la congregación lo rodeaba, y un dedo pasaba de lado a lado. El estaba llorando, y la gente seguía saludándolo, algunos confundidos, otros divertidos…

Hasta que de pronto, se hizo silencio. El rebe, el “Divre Jaim” ztz”l, entró al Beit Hamidrash. Vio todo el alboroto y preguntó: ¿Qué es esto?

La gente se fue moviendo, la ronda se abrió, y en el centro apareció el zapatero, a puro llanto. Y la Kapota, llena de agujeros como un colador…

¿Qué es esto?, volvió a preguntar el rebe, y el zapatero contestó sollozando: un hombre tuvo un sueño, y el sueño se rompió… aspiraba tener una nueva Kapota para honrar al Shabat. Comenzó a realizarlo, juntó una moneda, otra moneda, y otra moneda…, pero el dinero no alcanzó. Sólo pudo comprar un trozo de seda antiguo, y no pensó, no le pasó por la mente, que podría deshacerse de esa forma. Pero ellos, ¿por qué lo manosearon?, ¿por qué se burlaron?, ¿cuál es su culpa?, así es una tela cuando se pone vieja…

El rebe intentó calmar al zapatero: lo primero que haremos, Motzae Shabat, te daré el dinero para que te compres una nueva tela, la mejor de todas. Y a los aquí presentes, sólo puedo decirles: ¿por qué se portaron así?, ¿por qué se burlaron de él?, sólo hizo lo que podía hacer, no le alcanzaba para más. Es el dinero que consiguió, y no tiene ninguna otra respuesta…

Y aunque no hay otra respuesta, todo se ve siempre de esta forma…

¡Cuánta tristeza!, ¡Qué dolor! Así era el llanto de Iaacov Avinu. Es verdad que no era su culpa, solamente hizo lo que tenía la obligación de hacer. Entregó su dinero y salvó su vida. Una excusa valedera.

Pero lo que está a la vista es que llegó con las manos vacías.

¿Y nosotros?

Todo es correcto, si no hay harina no hay Tora (Avot 3,17), y tenemos la obligación de ocuparnos del sustento, ya que con el sudor de la frente conseguiremos el pan, y Hakadosh Baruj Hu no vendrá con quejas a sus creaciones (Avoda Zara 3a). Todo está bien…

Pero, está a la vista que venimos con las manos vacías…, vacías de buenas acciones, ¿no es para llorar?

 

Traducido del libro Vehigadta.

 

 

Leiluy Nishmat

 

Israel Ben Shloime   z”l

 

Lea (Luisa) Bat Rosa    Aleha Hashalom

 

Iemima Bat Abraham Avinu    Aleha Hashalom




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