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Shabat Shalom


La Nueva Hoja Vaishlaj
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



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בס"ד

 

 

EISAV ODIA A IAACOV

“Y Iaacov sintió mucho miedo y se angustió…”

(Bereshit 32,8)

 

Nos contó el rab hagaon Iaacov Galinsky ztz”l: cuando estaba por llegar el fin de la segunda guerra mundial, fuimos liberados de Siberia, y llegué a la república de Kazajistán, en Rusia, como único sobreviviente de mi familia, sólo, y carente de todo…

Y todo había sido para bien.

Justamente porque yo no arrastraba la carga de una familia, si me atrapaban o me encarcelaban, nadie sufriría por mí, por eso, comencé a trabajar en temas de iahadut.

Como primera medida, sabía muy bien, que si “no hay chivos, no habrá cabras” (Bereshit Raba 42,3). Fui de casa en casa tratando de convencer a los sobrevivientes, que dejen en mis manos a sus hijos e hijas, para que les enseñe iahadut. Les iba a enseñar a rezar (Tefila) y las bases de la fe. Había una gran Ayuda que llegaba desde el Cielo. Allí había un gobernador, musulmán, muy apegado a sus creencias. Tenía una casa muy grande, y era muy generoso. La guerra de los comunistas contra las ideas de las personas fue una maldición para él. Por eso, destinó su casa en pro de la educación. Así, en los subsuelos de la casa, instalamos un Talmud Tora (para niños), y un Beit Sefer (para niñas), y todo marchó bien hasta que comenzaron los sufrimientos…

Esto sucedió sobre el final de la segunda guerra. En Rusia, se había derramado mucha sangre, y casi toda persona que estuviera en condiciones era ingresada en el ejército. Por eso, faltaba mano de obra para la industria, y la economía rusa colapsó.

La cosecha se perdió y la gente comenzó a pasar hambre. No había pan. El gobierno comenzó a repartir doscientos gramos de pan por día, a cambio de vales de comida. Para los niños, muchachos, hombres y ancianos, sean hombres o mujeres, doscientos gramos.

Alcanzaba para sobrevivir. Y los padres completaban su alimento con las porciones de los niños, que comían menos.

Y el malvado gobierno formuló un nuevo decreto. Para que un niño o niña se haga acreedor de la cuota de comida, deberán traer un certificado que demuestre que están estudiando en un colegio del estado, esos que enseñaban todo en contra del iahadut.

Muchos no pudieron superar esta prueba y sacaron a sus niños del Talmud Tora.

Les dije: dejen sus niños conmigo y yo les conseguiré las cuotas de comida…

¿Qué tú las conseguirás?, ¿cómo las conseguirás?

¿Qué quieren decirme con que cómo las conseguiré? Yo estudié en la Ieshivat Novardok, y la cualidad más fuerte que tenemos es la “seguridad”, la confianza en Hashem.

Y cuando alguien confía en Hashem, el favor lo rodea. Y es verdad, no era yo el que iba a robar los bonos para la comida. Pero alguien logró ingresar a la oficina de gobierno y robar una gran cantidad de bonos de comida, para venderlos en el mercado negro…

Ya lo dijeron nuestros sabios, no es el ratón el que roba, sino el agujero es el ladrón (Kidushin 56b). Y así fue, llegué hasta el “agujero”, un iehudi de los nuestros. Le conté la situación que estábamos viviendo.

Yo tenía la urgente necesidad de conseguir varios cientos de bonos de comida.

Me dijo: yo te los puedo vender al precio de costo.

Sería como pagarle a cualquier otro ladrón, y, en verdad, no podía esperar más que eso.

Enseguida, al salir de allí, formé un fondo para comprar los bonos de comida que necesitaba. El dinero se pudo juntar a gran velocidad, y con eso adquirí los bonos…

Con los bonos en mis manos, los distribuí entre los padres y así, pude comprarles la fe.

Hay una frase muy conocida: un secreto, será secreto mientras sea sabido por dos personas. Cuando el secreto es conocido por tres personas, ya no se llama secreto (Mibjar Hapeninim 49,8). La existencia del Talmud Tora era también muy visible. Y qué diremos si cuando, para seguir con los estudios en el Talmud Tora, todos los padres sabían que yo estaba involucrado en algo, para conseguir los bonos de comida.

Un día tuve una visita importante, un gran mérito para mí. Un oficial del gobierno llegaba en el momento de la Tefila.

¿Qué están haciendo ellos?, preguntó.

Están rezando, le contesté.

Algo muy extraño, pero la libertad de cultos, estaba comprendida en la Constitución Soviética.

Yo tengo la esperanza de que ustedes estén rezando, pidiendo que el opresor muera mañana, dijo el oficial ruso, refiriéndose al enemigo alemán, que ya estaba rodeado y a punto de ser vencido.

No, le contesté, nosotros rezamos para que el opresor muera hoy…

Bien, dijo el oficial, este instituto se ha puesto en marcha en contra de la ley. Y tú sabes esto. Pero eso lo resolveremos en otro momento. Ahora tenemos que ocuparnos de otro asunto. Tú, seguramente, sabes que hace algunas semanas fueron robados muchísimos bonos de comida…

De pronto, mis ojos se oscurecieron. Y le contesté: No, ¿de dónde podría saber esto?

Yo soy el investigador principal en esta causa. Los padres de los niños presentan sus vales de comida sin que el gobierno se los haya dado. Y cuando fueron interrogados, contestaron que los consiguieron de tus manos, que tú se los entregaste. ¿Cómo llegaron estos bonos a tus manos?

No te apures a contestar, siguió el oficial, tu cuarto ya fue revisado y todos los bonos fueron confiscados.

En verdad, no tenía por qué preocuparme…

¡Ven con nosotros! Vamos a interrogarte…

Lo primero que me aclararon es que yo no les interesaba. Estaban seguros de que yo no era el ladrón. Y también era posible que yo no haya comprado los bonos directamente de las manos del ladrón. Pero, por mi intermedio, podrían acercarse al ladrón, ya que quien me los vendió podría delatarlo.

No estaba en mis planes revelar a la persona que me vendió los bonos. Les conté que iba por la calle y pasé muy cerca de un baño público. En ese instante, un hombre me llama y me dice: ¿podrá usted sostenerme el maletín mientras entro al baño?

¿Alguien puede negarse ante esa solicitud?

Sostuve su maletín, esperé y esperé…, pero el hombre jamás volvió. Abrí el maletín y encontré el tesoro.

Podía haberles contado que compré los bonos en el mercado negro, sin saber de quién, pero así me habrían acusado de comerciar ilegalmente o algo así.

Desde luego, no me creyeron, y comenzarían con la serie de torturas para descubrir la verdad. Dejarme parado durante horas, no permitir que duerma, y golpes sin interrupción.

Repetí para mí el relato tan conocido del Gaon de Vilna, que cuando salió al exterior (nuestros jajamim salían al “galut”, al exilio, solos, a lugares donde no eran conocidos, para sufrir y que así sean perdonados sus pecados), viajó en el carruaje de un iehudi, y se sentó al lado del conductor.

El conductor vio una montaña de comida para animales y los llevó para que se alimenten. El agricultor se dio cuenta de que le estaban robando su cosecha y corrió hacia ellos. El conductor vio al agricultor corriendo hacia él, y se escapó.

Cuando el agricultor llegó hasta el carruaje, vio al Gaon de Vilna sentado en el lugar del conductor, supuso que él era el dueño de la carreta, y le dio una buena cantidad de golpes.

Dijo el Gaon: con una sola palabra habría arreglado la situación, diciendo que yo no era el dueño, el agricultor me habría dejado tranquilo. Pero yo pasaría a ser un entregador, y todo mi estudio y mis preceptos no me ayudarían para nada. Sería juzgado y tendría que volver a la tierra, en el cuerpo de un perro, para que se me perdone el pecado de ser un entregador.

Mientras tanto, mi tranquilidad molestaba a los oficiales. Un iehudi, liberado de Siberia, organiza un Talmud Tora en un subsuelo, y además es sospechado del robo de bonos de comida…

Un día, el oficial volcó sobre mí sus golpes, y mi castigo fue muy fuerte…

Todo lastimado, sangrando, le dije: ahora, que te quitaste la furia, tengo una pregunta.

¿Qué porcentaje de los golpes que recibí se debió porque necesitabas obtener información, y qué porcentaje fue debido a que disfrutaste al golpear a un iehudi?

Se puso blanco, y ya no me golpeó más.

 

Traducido del libro Vehigadta.

 

 

Leiluy Nishmat

 

Israel Ben Shloime   z”l

 

Lea (Luisa) Bat Rosa    Aleha Hashalom

 

Iemima Bat Abraham Avinu    Aleha Hashalom




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