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Shabat Shalom


La Nueva Hoja Vayikra
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



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LA CHISPA NO SE APAGA

“...y serán perdonados”
(Vaikra 4,20)

Enfrente nuestro, un relato maravilloso. Una historia real que está protagonizada por un Talmid Jajam muy conocido, y que extraemos del libro del rab Najman Seltzer.

El relato nos estremece, y se hace palpable haciéndonos ver, que cuando un hombre está dispuesto a acercarse al Bore Itbaraj, se hace merecedor de “muchas cosas”.

Los sucesos comienzan en uno de los viajes del Talmid Jajam fuera de la tierra de Israel. Y así nos relata:

Durante el viaje pude ver que el hombre que se sentaba a mi lado, estaba comiendo un trozo de carne que no era Kasher.

Sobre el envoltorio de su paquete de comida había una etiqueta con su nombre escrito: “Señor Vainshtein”. Mi cuerpo se sacudió al ver un iehudi que introducía en su boca carne que no era Kasher, y eso me decidió a hablar con él.

Perdóneme señor, no quiero que usted piense que soy un sinvergüenza. Y menos que tengo las intenciones de ofenderlo. ¿Usted me permite hacerle una pregunta?

Seguro, contestó el hombre.

¿Acaso usted sabe que puede pedir que en este viaje le den una vianda de comida Kasher?

Dirigió su mirada hacia mí, y contestó rápidamente: ¡Yo no como Kasher! Nada de lo que pretenda decirme podrá hacer que cambie de opinión.

¿Qué me está tratando de decir?, pregunté con ingenuidad. ¿Acaso en su casa no se cuida el Kashrut, y solamente fuera de su casa usted come de todo?, ¿o tal vez el Kashrut no le interesa en absoluto?

El hombre decidió terminar nuestra conversación, por lo menos, en lo que respecta a ese tema: yo no como Kasher, y listo..., me dijo. Cuando terminó de decir esto, se encerró dentro de sí mismo, y no habló más, pero unos minutos más tarde, sacó una frase de su boca: “este era mi hijo, en los tiempos terribles del Holocausto...”

Y se puso a llorar...

Al rato continuó: esa fue la gota que derramó el vaso. Fue lo último que pasó y me destruyó. Durante tanto tiempo, en todo ese camino tan negro, pude fortalecerme y mantenerme firme.

Pero llegó un día en el que ya no pude más.

En todo ese tiempo en el que estuve en los campos de exterminio, tenía una sola esperanza. La esperanza de que mi querido hijo, Catriel Menajem, que estuvo todo el tiempo a mi lado, tenga el mérito de salir de allí, sano y completo. Su madre ya había muerto hace tiempo, lo mismo que todos sus hermanos y hermanas. Pero él, era mi ilusión, seguía con vida, y a mi lado...

Un día, reunieron a todos los hombres en un amplio salón. El recinto tenía varias puertas “secretas” que nadie sabía hacia dónde conducían. Muchas de ellas eran la entrada a un amplio campo, y llevaban a los hombres para “colgarlos”. En el ambiente se sentía el pánico. Mi hijo tomaba mi mano con tanta fuerza, que prácticamente detenía la circulación de la sangre de todo mi brazo...

De pronto, se lo llevaron, a mi Catriel Menajem, y nunca más volví a verlo...

Tiempo después, un conocido me contó que vio a un soldado, que arrastraba a mi hijo, y lo mató. Desde ese momento, fui cayendo...

Así terminó su historia el hombre que se sentaba a mi lado, en el avión. Sigue diciendo el Talmid Jajam: quedé tan impresionado, que no supe qué decirle, y preferí quedarme callado. Durante las seis horas que faltaban para llegar a destino, no hablamos ni una palabra más. Solamente compartíamos las lágrimas...

Aterrizamos en Houston, Estados Unidos, y cada uno se fue por su lado. Supuse que jamás volvería a ver a ese hombre.

Pasaron cuatro años desde ese entonces, y yo llegaba con mi familia a la sagrada tierra de Israel, para celebrar aquí las fiestas.

En Iom Hakipurim, concurrí a uno de los grandes Batei Kenesiot de Mea Shearim, uno de los barrios más observantes de Ierushalaim. En el transcurso del día, en determinado momento, tuve la necesidad de volver a mi casa por unos minutos para buscar un libro.

En el camino a mi casa, de pronto, veo algo que me llamó la atención: un hombre anciano sentado en la parada de los autobuses, fumando, en este día tan sagrado, en Iom Hakipurim.

Lo miré, estudié su rostro, y casi me desmayo. No era otro, era el señor Vainshtein, en persona.

En ese instante entendí, que si volvimos a encontrarnos, está tan claro como el agua que desde el Cielo me están reclamando que lo acerque al camino de la Tora, hablándole al corazón.

Me han dado una nueva oportunidad. La primera la desperdicié.

Ahora, en este día tan sagrado, el más sagrado del año, esta nueva oportunidad tiene una relevancia mucho mayor.

Me acerqué a él. Lo saludé. Intenté hacerle recordar quién era, aunque no fue muy difícil: él recordaba muy bien nuestro encuentro en el avión...

Pero me miraba con una gran dureza, como para sacarme todas las intenciones que tenía de insuflarle un poco de judaísmo y de temor a Hashem. Yo no sabía cómo empezar, no tenía la menor idea de cómo llegar a su corazón...

Hashem me ayudó, y por mi cabeza pasó una idea. Yo estoy seguro de que usted sabe que hoy es Iom Hakipurim, le dije.

En unos minutos, en nuestro Beit Hakneset, dirán la oración de “Izkor” (recuerdo).

Venga conmigo al Beit Hakneset, y recordemos frente al oficiante, el nombre de su hijo, que murió santificando el Nombre de Hashem, y oremos para la elevación de su memoria.

Esta puede ser su única oportunidad para recordar el nombre de su hijo. ¿Usted no ha pensado que ya ha llegado el momento para elevar el alma de su hijo y recordar su nombre para bien, en el Tribunal de Justicia del Cielo?

Y la idea tuvo éxito, cumplió su objetivo.

Las lágrimas caían y cubrían los ojos del anciano. Lo abracé con un buen abrazo. Le di mi brazo y lo llevé muy rápido al Beit Hakneset, hasta el lugar donde se paraba el oficiante.

Los dos nos acercamos, y le pedimos que haga un recuerdo especial, en este caso. El señor Vainshtein estaba parado allí, y dijo en voz baja el nombre de su hijo: “Catriel Menajem, hijo de

Iejezkel Sarga”.

Y ocurrió algo que nadie esperaba...

El rostro del oficiante se iluminó, líneas de sudor aparecieron en su frente. Los ojos estaban a punto de estallar. Se dio vuelta hacia el hombre que estaba a mi lado, y gritó a toda voz:

¡Papá!... ¡Papá!...

Y el papá se desmayó...

Era Catriel Menajem, y su padre estaba seguro de que ya no se contaba entre los vivos.

Imposible describir la gran alegría, y las sensaciones que vivieron todos los que estaban allí cerca, presenciando el encuentro. Gracias a que el padre dio el primer paso, acercándose al Beit Hakneset, fue recompensado y pudo apreciar su mundo, en vida. Pudo ver a la familia que su hijo formó, nietos y nietas que se conducen por el camino de la Tora, y finalmente, también consiguió el más grande de los premios: él mismo retornó al camino de la Tora, cumpliendo los preceptos hasta el último de sus días.

¡Impresionante!

Traducido del libro Barji Nafshi.

Leiluy Nishmat

Israel Ben Shloime z”l

Lea (Luisa) Bat Rosa Aleha Hashalom

Iemima Bat Abraham Avinu Aleha Hashalom




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