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Shabat Shalom


La Nueva Hoja Behaalotja
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



áñ"ã

B"H

DOS FUEGOS

“…y el fuego se extinguió”

(Bamidvar 11,2)

 

El pueblo se quejó, todos, inclusive los más justos del pueblo, y para Hashem eso no fue nada bueno. Y apareció Su Enojo, y todos iban a ser exterminados por el fuego, Hashem nos guarde…

Y el pueblo clamó a Moshe, Moshe elevó su plegaria al Todopoderoso, y el fuego se extinguió.

El fuego se extinguió en su lugar, allí donde estaba, como si la tierra lo hubiera tragado, así escribió Rashi. Porque si el fuego hubiera regresado viajando hacia alguno de los puntos cardinales, habría quemado todo lo que estuviera en su camino, en esa dirección.

El relato que sigue fue un hecho real. De por sí, maravilloso, y el mensaje que nos deja, con tanta profundidad, una maravilla multiplicada.

En esos días, en Europa, Napoleón comandaba sus guerras de conquista. El emperador francés conquistaba una Europa atormentada, y sus soldados llegaron a una pequeña ciudad en Polonia. Su nombre era Kozshniz.

Un día, se desató en la ciudad un incendio. En esos tiempos, y en ese tipo de poblados, los incendios podían destruir una aldea en cuestión de minutos. Y sucedía muy a menudo.

Las casas estaban construidas con madera, los techos solían estar cubiertos de paja. Y en cada casa había un horno o una estufa, que funcionaba en forma continua durante todo el invierno, para que los habitantes de la casa pudieran resistir el frío invernal y también para hornear sus comidas. Y cada horno tenía una chimenea, para que salga todo ese humo.

Alcanzaba con que una sola chispa salga de una de las chimeneas, para encender alguno de los techos, y la humilde casa se estaría incendiando en cuestión de segundos. El viento se encargaría del resto, para que el fuego pase de una casa a otra, y en unos minutos, toda la calle se convertiría en cenizas…

En esos tiempos, no existían los caños de agua diseñados exclusivamente para que los bomberos conecten allí sus mangueras. Hoy en día encontramos en las ciudades caños de agua que se utilizan cuando se desata un incendio. Llega el camión de bomberos, y conecta las mangueras a esos caños, para obtener de allí toda el agua que necesiten.

Pero antes, cuando se declaraba el incendio, no existía ningún caño, sólo estaba el pozo de agua de la vecindad, donde la gente iba a buscar el agua con sus baldes.

Ante la alarma de incendio, todos corrían con sus baldes casi vacíos o casi llenos para intentar realizar un imposible. Los baldes eran como pequeñas gotas frente a la gigantesca columna de fuego, que devoraba casa tras casa, sin piedad…

Para bien de los pobladores de Kozshniz, el ejército invasor pasaba justo frente al pueblo, y el comandante se vio en la obligación de hacer algo para ayudar a los habitantes, para que no pierdan, en unos minutos, todo su patrimonio.

Les ordenó a sus soldados que formen una cadena, desde el pozo de agua hasta el lugar del incendio, y que junten agua y la transporten a toda velocidad a través de esa cadena humana. Había mucha voluntad en lo que hacían, aunque el resultado no se hacía visible, el fuego seguía consumiendo todo…

En Kozshniz, por esos días, había un hombre maravilloso, un hombre de D-s, santo, el Maguid Mikozshniz ztz”l, un verdadero “ministro” de la Tora y una columna firme en el Servicio al Creador. Era un “grande”, a la vista de todos, y también en el interior, cuando se encontraba solamente con Hashem.

Pero era un hombre débil, y era sabido por todos que estaba muy enfermo desde su juventud. Aunque todo cambiaba en el momento de servir al Bore, se incorporaba como un león, sin que nada lo detenga. Y cuando supo del incendio, que era un peligro para toda la ciudad, pidió el Maguid Hakadosh que lo lleven hasta el lugar del incendio. Así lo hicieron. Lo levantaron de su lecho de enfermo y lo sentaron en una silla. Y llegó al lugar, donde los soldados luchaban una guerra inútil contra el incendio.

Pusieron su silla en el suelo y el Maguid Hakadosh observó el fuego, y lo que ocurrió fue asombroso, el fuego comenzó a encogerse, y fue como metiéndose en su interior, hasta apagarse por completo.

Asombrado, y emocionado, el general le agradeció al rab, a ese hombre maravilloso.

No pasó mucho tiempo, y el ejército francés estaba viajando por el interior de Rusia. Allí, el ejército sufrió una terrible derrota. El ejército volvía a Francia, y después de salir de Rusia y dejar atrás Polonia, ahora estaba atravesando Alemania. Allí, en Alemania, le informan al general que se había declarado un incendio en la ciudad. Le pedían que enviara con urgencia una parte de su ejército para que intenten apagar el incendio.

No hace falta, dijo el general.

De inmediato fue al lugar del incendio y ordenó que traigan al rabino de la ciudad.

Llegó el rab, era un rab “de avanzada”, moderno, con la barba recortada y el rostro brillante, la corbata en su lugar y un prendedor que la sujetaba a la camisa. El final del abrigo se dejaba arrastrar por el viento. Ya frente al general, éste último le señala el fuego con su vara.

¿Es usted el honorable rab de la ciudad?, preguntó el general.

Así es, contestó.

Entonces, le ordeno que se disponga a apagar el incendio.

¿Qué? ¿Cómo?!!!, preguntó el rab.

¿Qué quiere decir “cómo”? El honorable rab mirará el fuego, y lo apagará.

El rab estaba conmocionado. No entendía. “Yo no puedo hacerlo”, trataba de explicarle al general.

Entonces, tú no eres un rab, sólo te ves como un rab.

El general le habló insultándolo. Y en ese mismo momento, lo quitó de su puesto y ordenó a sus soldados que lo castiguen con cincuenta latigazos…

Eso fue lo que sucedió, pero aquí lo traemos sólo para tener conclusiones provechosas.

Encontramos un Midrash que habla sobre el fuego que descendió. Se fue hacia abajo, dice el Midrash, pero no se encogió. Se metió dentro de la tierra y no volvió jamás a ese lugar.

Podríamos decir que el fuego ingresó dentro de la Tienda, y con cada sacrificio que traía Israel en el desierto, ese fuego salía y consumía el Korban.

Moshe Rabenu, alimentaba ese fuego. Jamás lo apagaba, invertía en el fuego, en la tierra y en todos los hechos que tenían que ver con el hombre iehudi, invertía y se ataba a los preceptos de la Tora.

En la explicación del Midrash, encontramos que el fuego del deseo es un fuego extraño, un fuego externo a nuestro camino, un fuego destructivo. Un fuego que deja a su paso todo quemado, desamparado. En cambio, el fuego de la Tora y de los preceptos, construye al hombre, le enseña sus caminos, su finalidad. No podemos disminuir este fuego, sino que hay que dejar que se desarrolle en nuestro interior.

El fuego destructivo del que hablamos, debemos transformarlo en el fuego del Altar, convertirlo en algo constructivo: los Talmidei Jajamim, sus cuerpos son de fuego…

Y ahora, el relato (también real) que nos abrirá los ojos…

Hace tiempo, había un estudiante de la Ieshivat Poneviz que no le encontraba gusto al estudio de la Tora. Comenzó a distraerse con otras actividades que ocupaban su tiempo. La Ieshiva le exigía tiempo de estudio completo, y el muchacho renunciaba a eso. De pronto se encontró fuera de la Ieshiva. Se anotó en otra Ieshiva, y seguía con sus otras actividades.

Un compañero, que temía por su futuro, se aconsejó con el Jazon Ish ztz”l y le pidió permiso para traer a su amigo. Tuvo la aceptación del Jazon Ish y convenció a su amigo para acudir a esa entrevista tan importante.

El Jazon Ish los recibió con calidez. Le preguntó sobre lo que estudiaban en la Ieshiva, y casi no pudo contestar. Pero le hablaba con paciencia y cariño. Una y otra vez, remarcaba la dulzura de las palabras de Tora y de los temas tratados en la Guemara. De pronto, los tres estaban discutiendo sobre una pregunta de los Tosafot.

El compañero, que había estudiado el tema en profundidad, trató de dar una respuesta, sin éxito. El Jazon Ish sonrió: no hay problema, vuelvan a la Ieshiva, repasen, pregunten a sus rabanim… Los espero la semana próxima con la respuesta…

Así se separaron, con el deseo del éxito. Volvieron a la Ieshiva. El amigo volvió rápidamente a ver a Jazon Ish y le dijo: rabi, traje a mi compañero para que lo aparte de las actividades extrañas, que ponen en peligro su vida, ¿por qué no le habló de eso, ni siquiera en forma indirecta?

¡No se puede sacar algo del hombre sin poner otra cosa en su lugar!, así contestó.

Si yo trato de apagar el fuego, volverá a encenderse en otra parte. Ese no es el camino. Hay que transformar al fuego en un fuego de bendición, hacer que sea el “fuego del Altar”. Si consigo darle “gusto” a su estudio, si siente que la Tora lo llama, entonces habremos vencido. La discusión de los Tosafot, y la búsqueda de la respuesta, pueden transformar ese fuego. Después habrá otra pregunta, y otra, hasta que el muchacho se convierta en un Rosh Ieshiva.

Así trabajaba Moshe Rabenu, y así deben trabajar nuestros maestros y así debemos trabajar los padres.

 

 

Traducido del libro Maian Hashavua.

 

 

 

Leiluy Nishmat

 

Israel Ben Shloime   z”l

 

Lea (Luisa) Bat Rosa    Aleha Hashalom

 

Iemima Bat Abraham Avinu    Aleha Hashalom

 

 




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