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Shabat Shalom


Nueva La Hoja Parashat Koral
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



בס"ד

בס"ד

IMPOSIBLE ESCAPAR

“será una señal para los hijos rebeldes”

(Bamidvar 17,25)

Contó el rab hagaon Itzjak Zilverstein Shlita: recuerdo un suceso ocurrido en mi juventud, cuando viajaba en tren hacia Tel Aviv. Al llegar a la estación de trenes me quedé mirando algo asombroso.

Frente a una de las plataformas, había un grupo de niños de una escuela junto a su maestro. Estaba a la vista que la escuela a la que concurrían no era un Talmud Tora, sino un establecimiento de enseñanza laica. Con seguridad que esos niños no estaban educados hacia el cumplimiento de la Tora y sus preceptos.

En ese momento pasa por allí un hombre anciano, sonriente, y al parecer, respetuoso de la Tora, con barba y la cabeza cubierta.

Cuando ve al grupo de niños, se acerca a ellos, y le pregunta a uno de los niños si quiere un caramelo…

Desde luego, el niño contesta afirmativamente, y el anciano saca un caramelo de su bolsillo. Pero, antes de entregárselo, le pide que diga la bendición “Sheakol Nia Bidvaro”. El niño acepta, y bendice con toda su fuerza, y después extiende su mano para recibir su caramelo.

Lo que ocurrió después resulta absolutamente increíble. Cuando los niños vieron al niño afortunado que recibió su caramelo, todos juntos corrieron al lado del simpático anciano, y le pidieron también un caramelo…

¿Pero qué es lo sorprendente de todo esto? Que los niños no pedían el caramelo para comerlo, sino que dijeron “¡nosotros también queremos bendecir a Hashem!”

Cualquiera podía ver que los niños, más que buscar su caramelo, querían recitar su bendición. Y lo maravilloso o increíble, era que estudiaban en una escuela donde no le enseñaban ni a bendecir ni nada que tenga relación con la Tora.

Todos los niños formaron una fila frente al anciano, y cuando llegaba el turno de cada uno, el anciano recitaba la bendición junto con el niño, y el niño se retiraba feliz después de bendecir y con su caramelo…

El más extrañado de todos los presentes era el maestro de los niños. Cuando vi su cara de asombro me acerqué a él y le dije que quería contarle un relato que había leído del “Gaon Hamusar”, el rab Eliahu Lapian ztz”l. Y el maestro aceptó…

Los sucesos transcurrieron en la época de la Inquisición. Un día muy claro, un oficial del gobierno entró a una casa donde vivían iehudim y se llevó a uno de los niños. La crueldad en esos tiempos era lo más corriente, y después de arrancar al niño de su casa, lo metieron dentro de una iglesia y lo hicieron crecer allí, educándolo junto a sus sacerdotes.

El niño era muy inteligente, de forma que se abrió camino con gran facilidad, escalando posiciones por encima de niños más grandes que él, y en muy poco tiempo fue nombrado juez del patio de la iglesia, y todo iehudi, de sus hermanos, que era juzgado por el gobierno, acusado de traición, y no respetar las leyes, por cumplir con la Tora, tenía que pasar por él.

En el transcurso de los años en esa función, pasaron por sus manos muchos iehudim, y él firmó sentencias muy duras. Muchos de sus hermanos murieron por seguir aferrados al cumplimiento de la Tora y sus preceptos, y lamentablemente, él era el que firmaba dichas sentencias…

Un día se presentó ante él un iehudi que fue descubierto con “las manos en la masa”. Lo trajeron envuelto en su “Talit” y coronado con sus “Tefilin”. El juez, al verlo, no necesitaba preguntarle nada, todo estaba a la vista. Intentó firmar la sentencia y no lo lograba… Su mano no respondía… Intentó por segunda vez…, y nada. Algo pasaba, quería firmar pero su mano no hacía lo que su mente le ordenaba. Tercera vez, cuarta… y nada…

El juez pidió un breve receso. Estaba confundido, jamás le había pasado algo parecido. Salió del recinto y se encerró en una habitación, para pensar por qué no conseguía firmar una sentencia, parecida a las tantas que ya había firmado desde que fue nombrado para esa función. De pronto, pasó por su cabeza un pensamiento muy extraño. No sabía por qué, pero en su mente apareció la ocurrencia de que ese hombre podía ser… su padre.

Llamó al demandado a su habitación, y le preguntó si alguna vez el gobierno había secuestrado a alguno de sus hijos. Cuando el hombre le dijo que sí, le preguntó si recordaba alguna marca en particular en el cuerpo del niño para reconocerlo. El hombre le dijo que el niño tenía dos rasguños en el hombro derecho…

Cuando el juez escuchó las palabras que salieron de la boca del iehudi, se desmayó…, y al incorporarse se abrazaron uno con el otro. El juez era el niño que el gobierno había secuestrado de la casa de este iehudi, su padre.

El relato termina con el juez que escapa de la iglesia y regresa a su casa.

Este relato nos demuestra, dice el Mashguiaj de Kfar Jasidim ztz”l, que la conexión natural entre un padre y su hijo es tan fuerte, al punto que a pesar de tantos años de separación, con una educación contraria, hasta llegar a ser juez y sentenciar a tantos de sus hermanos, todo eso no alcanza para separar a un padre de sus hijos.

El maestro entendió lo que intenté indicarle con el relato…, pero de todas formas puntualicé y enfaticé mis palabras.

También si piensas que tus alumnos no están conectados con Hakadosh Baruj Hu, te equivocas. Y la prueba ya pasó delante de tus ojos, al ver con qué fuerza cada uno de los niños recitó su bendición…

La conexión entre padre e hijo, jamás puede desaparecer del todo. Puede olvidarse por un día o dos, por un año o dos, tal vez por un tiempo mayor. Pero finalmente el recuerdo florece y el hijo perdido pedirá volver a su casa, con su padre.

Una vez me dijo un rab: mis hijas se casaron, y se fueron a vivir muy lejos. Y mis yernos no las dejan que me llamen por teléfono porque dicen que no alcanza el dinero para pagar las cuentas (nos referimos a los tiempos en que las comunicaciones eran muy costosas). Pero sabe usted, eso no importa, ¡mis hijas siempre serán mis hijas! ¡Nadie podrá quitármelas!

Y así como la conexión carnal, entre padre e hijo, no necesita ser reforzada, es algo natural, qué podemos decir de la conexión espiritual. Hakadosh Baruj Hu, nos llama “sus hijos”, y siempre está esperando nuestra reacción. A veces demora horas, a veces días, a veces años, pero esa reacción llegará y nos acercará a nuestro Padre.

Dijo el “Jafetz Jaim” ztz”l. Y lo resumió en pocas palabras: de nuestro padre nunca podremos separarnos. De “Papá” no podemos escapar.

Traducido del libro Barji Nafshi.

 

Leiluy Nishmat

 

Israel Ben Shloime   z”l

 

Lea (Luisa) Bat Rosa    Aleha Hashalom

 

Iemima Bat Abraham Avinu    Aleha Hashalom




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