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Shabat Shalom


Nueva La Nueva Hoja Vayeji
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



בס"ד

EL HIJO DEBIL

“a cada hombre de acuerdo a su bendición, así los bendijo”

(Bereshit 49,28)

 

Todos los educadores deben conocer la grandeza, la altura y el valor de la educación, pero, tal vez hay algo más importante: saber y comprender una regla tan básica, que para educar hace falta tener en cuenta a cada alumno (o hijo) de acuerdo a su capacidad, a sus condiciones, y no es posible exigir a un niño que intente alcanzar objetivos que no son para él, evaluando siempre sus aptitudes espirituales en forma particular, sin pensar en el grupo sino en el individuo.

Sobre el versículo de nuestra perasha: “a cada hombre de acuerdo…”, dice Rashi que Iaacov Avinu dio a cada uno de sus hijos una bendición para el futuro, o sea, a lo que cada uno de ellos iba a alcanzar con el tiempo. Aquí surge una pregunta que hace el rab hagaon David Povresky, en su libro “Maskil David”: ¿cómo podemos decir que Iaacov Avinu bendice a las tribus con una bendición futura que llegará a cada uno de sus hijos, cuando la bendición que dio se refiere a un carácter, o a una cualidad que ellos ya poseían? Entonces, ¿cuál es la bendición que les da?

Justamente, esa es la bendición que da Iaacov Avinu, que toda la elevación que puedan alcanzar tenga su base en sus propias condiciones, que surja de ellos mismos. Una elevación que conseguirán haciendo uso de sus posibilidades y creciendo con ellas. Por eso, la bendición recae sobre cualidades que ellos ya poseen en su interior, y los bendice para que con esas cualidades se eleven más y más, haciendo uso de su propio potencial…

Cuando enseñamos a valorar y reconocer el propio potencial, estamos utilizando la materia prima básica de la educación, lo que permite que el alumno se eleve y pueda llegar al punto más alto, según sus posibilidades, y esta herramienta es básica para todo educador, sea maestro o padre. Un hombre que no sabe reconocer este punto, será mejor que no se ocupe de la educación de los niños de Israel.

Hay un ejemplo muy apropiado, que muestra lo que debemos inculcar y cómo proceder con cada tipo de alumno.

Había un gran rey, que decidió construir un palacio sobre uno de los montes más altos de su país. Tenía muchos sirvientes y todos se prestaron a servirlo en todo momento y le proporcionaron la ayuda y los materiales necesarios para la construcción de su imponente palacio.

Uno de sus servidores era el proveedor de agua del reino, que cada mañana bajaba al río que cruzaba el valle, al pie del monte, y cargaba sobre su espalda los baldes de agua que traía hasta el palacio.

Ahora, que el palacio se había trasladado a lo alto del monte, su camino resultaba mucho más largo y cansador, desde el pie del monte hasta el punto más alto. Pero el aguatero se esforzaba todos los días, por llegar con sus baldes repletos, sin que se derrame una sola gota por el camino…

Con el correr de los años, los dos hijos del aguatero crecieron, y él decidió, ya que estaba envejeciendo, y en un tiempo ya no podría cargar con los baldes, que valía la pena sumar a sus hijos al trabajo para el palacio del rey.

Trabajando para el rey, nunca tendrían problemas de sustento. El padre le enseñó a los hijos el camino, y les advirtió que deberían recorrerlo todos los días, sin derramar una gota de agua de los baldes…

El primer hijo, era fuerte y sano, y con facilidad, traía los baldes desde el río hasta el interior del palacio, llegando con los baldes completamente llenos.

El segundo hijo, tenía un cuerpo débil, y debía esforzarse muchísimo para cargar los baldes de agua. Pero a pesar de su gran esfuerzo, las gotas de agua caían a lo largo de todo el camino, y cuando llegaba finalmente al palacio, solamente quedaba en el balde una tercera o una cuarta parte del contenido original que recogió del río.

Pasó un largo tiempo, y el padre, que era un hombre muy correcto, al ver los esfuerzos que aplicaba el segundo de sus hijos para trasportar los baldes, no le dijo nada sobre la escasa cantidad de agua que alcanzaba a traer.

Pero él mismo, el hijo, al ver que no conseguía cumplir con las expectativas del padre, volcó todas sus penas, y con un gran sentir le dijo al padre, que a pesar de todos sus esfuerzos que hacía para traer los baldes completos, no tenía éxito en su emprendimiento.

Se dirigió al padre entre llantos, y le dijo: vengo a pedirte mis disculpas. Yo sé que tú no te has enojado conmigo por no traer la cantidad necesaria de agua desde el río hasta las alturas del palacio. Pero, ¿qué puedo hacer si mis fuerzas no son suficientes para lograrlo? Por eso me acerco a ti, padre mío, para pedirte perdón y que me disculpes…

El padre, al que casi se le escapa el alma al escuchar las palabras tan sentidas de su hijo, trató de calmarlo, y le dijo: yo he visto los grandes esfuerzos que has hecho, y eso es algo muy importante para mí. Hasta podría decir que es lo más importante, más que cualquier otra cosa. Al ver cuánto esfuerzo has aplicado, puedo decirte que tu tercera parte, o tu cuarta parte del balde que consigues hacer llegar al palacio, es más importante, desde mi punto de vista, que todo el balde completo que trae tu hermano.

Pero, a pesar de estas palabras, el hijo no quedó conforme, y una y otra vez le pedía sus disculpas al padre.

¿Qué hizo el sabio aguatero?

Fue y plantó flores en el costado del camino que iba desde el río hasta el palacio del rey. Después de unos días, cuando el hijo bajaba una y otra vez trayendo agua desde el río, el padre iba junto a él, observando la hilera de hermosas flores que fueron creciendo gracias a las gotas que caían de los baldes de su hijo.

Un día le dijo: hijo mío, ¿puedes observar estas flores? Ellas surgieron y crecieron gracias a las gotas de agua que caen de tus baldes. Cada mañana que tú subes por el camino real con los baldes llenos de agua, yo voy detrás de ti, corto las flores más bonitas, y preparo un gran ramo, especialmente decorado, y se lo entrego al rey.

Tú no tienes idea, querido hijo, cuánta alegría, cuánta satisfacción, tú le proporcionas al rey, cuando le entrego cada mañana ese hermoso ramo de flores.

Y el mensaje se da por entendido. Es necesario tomar al hijo más débil, que no consigue estudiar como el mejor, y mostrarle cuánta satisfacción le brinda a Hakadosh Baruj Hu con cada palabra de Tora que él estudia, con cada Rashi que él repasa, también cuando en el camino se “vuelcan” muchos conocimientos que no alcanza a retener, muchas gotas, que no pueden guardarse en su cerebro.

Y de paso, estudiamos que todo padre, y todo maestro, necesita “romperse” la cabeza para medir los límites y las condiciones que están presentes en cada alumno, y elevarlos con sus propias condiciones, haciendo uso de su propio potencial. Así, los alumnos y los hijos “débiles” podrán conducirse por el Camino y elevarse en la Casa de Hashem, sirviendo a nuestro Creador con confianza y alegría.

 

Traducido del libro Barji Nafshi.

 

Leiluy Nishmat

Israel Ben Shloime   z”l

Lea (Luisa) Bat Rosa    Aleha Hashalom

Iemima Bat Abraham Avinu    Aleha Hashalom

 

 




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