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Shabat Shalom


Nueva La Nueva Hoja Vaikrá
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



בס"ד

¿TODO O NADA?

“Y lo llamó a Moshe” (Vaikra 1,1)

Escuchamos al rab hagaon Iaacov Galinsky ztz”l: siempre, cuando leemos la Tora, sabemos que viene a enseñarnos algo. También aquí, en el caso de la “Alef” más pequeña en la palabra “Vaikra”.

El “Baal Haturim” nos enseñó que Moshe Rabenu no quería que la palabra estuviera escrita así, porque demostraba importancia y cariño. Prefería la palabra sin la “Alef”, o sea “Vaikar”, que es un lenguaje casual. Así no indicaría que Hashem llamó a Moshe, que lo fue a buscar, sino que Hashem lo encontró a Moshe, casualmente, sin buscarlo… Pero Hashem no aceptó su pedido, entonces Moshe pidió que al menos, ya que Hashem no quería sacar la “Alef”, que la escriba más pequeña…

Esto nos enseña, que cuando buscamos conseguir algo, debemos intentar conseguir todo, y al pedir, pedir también al máximo. Pero si no podemos alcanzar ese todo, no nos crucemos de brazos, a no resignarnos y olvidar, sino que debemos tratar de conseguir al menos algo de lo que buscamos, lo más posible…

Un comerciante, millonario y muy poderoso, fue a ver al Jafetz Jaim. Tenía una hija muy temerosa de Hashem y quería para ella el mejor de los alumnos de la Ieshiva. El se ocuparía de todos los gastos del casamiento, les compraría una vivienda y se haría cargo del sustento de la pareja durante cinco años, para que el novio pueda estudiar sin preocupaciones.

El Jafetz Jaim le aconsejó a un muchacho ejemplar. Se realizó el casamiento y todo pareció seguir muy bien.

Pasaron diez años y el Jafetz Jaim pasaba por la ciudad donde vivía la pareja. Cuando avanzaba por la calle donde vivían, el muchacho salió al encuentro de su rab. El abrazo del encuentro fue estremecedor. El muchacho supuso que el Jafetz Jaim juntaba dinero para la Ieshiva, le preguntó dónde se alojaba y le dijo que por la noche le llevaría una donación. Y, efectivamente, llegó con una muy buena suma de dinero, con lo que el Jafetz Jaim pensó que tenía gran éxito en sus negocios.

Cuéntame algo sobre ustedes, le pidió el rab.

Comenzó diciendo que el suegro cumplió su promesa. Durante cinco años él pudo seguir elevándose en la Tora, sin preocupaciones. Mientras tanto, la familia fue creciendo, y su suegro lo hizo entrar, de a poco, en sus negocios. Al principio, pensó seguir estudiando por la mañana y por las tardes, ocupándose de los negocios del suegro, sólo una hora, por las noches. Pero, así es la forma de trabajar del Ietzer, primero te dice que hagas así, luego así, hasta que finalmente nos mete de lleno en el trabajo…

Sonrió el Jafetz Jaim: al principio pensabas estudiar día y noche, y ocuparte del trabajo apenas una hora. Te diste vuelta, y no voy a juzgarte. Pero, al menos, entrégale a la Tora lo que pensabas darle al trabajo, estudia al menos una hora por día…

¿Cómo sabía el Jafetz Jaim que el muchacho no fijaba tiempos para el estudio de la Tora? Tal vez hay aquí un “secreto de Hashem” o, podríamos pensar, que se nota en el rostro del hombre cuando estudia y cuando no…

Y trató de defenderse: yo tengo la culpa por ocuparme de los negocios. Pero por no ocuparme para nada de la Tora, yo no soy culpable sino la Ieshiva…

El Jafetz Jaim no entendía: ¿de qué es culpable la Ieshiva?

En la Ieshiva escuchaba las clases del rab hagaon Naftali Trop ztz”l. Clases con detalle y profundidad. Podíamos entender cada tema a la perfección, el rab nos inculcó una forma de estudio única, ejemplar. Y yo era uno de sus mejores alumnos, y adquirí para mí esa forma de estudio. Todo siguió bien durante los primeros años del matrimonio, pero cuando tuve que ocuparme más horas del trabajo, comencé a ir al Beit Midrash por las noches a las clases que daba el rab para los hombres que trabajaban durante el día. En media hora enseñaba una página de Guemara. Y yo, en los buenos tiempos, dedicaba a esa misma hoja, ¡dos o tres semanas completas! Estudiaba entendiendo absolutamente todo, y no puedo estudiar de otra forma…

En la Ieshiva aprendí, que otra forma de estudiar no es estudio sino un engaño, y para estudiar como antes, ya no disponía de tiempo…

El Jafetz Jaim sonrió: te hace falta escuchar esto:

Un iehudi, muy sencillo, trabajaba muy duramente toda la semana para traer el sustento a la familia. Sin descanso. Y en Shabat, recuperaba las horas de sueño perdidas en la semana. ¿A eso se le llama vida, tenía algo que lo hiciera feliz? Sí, tenía una cosa que le daba un placer inmenso, y toda la semana esperaba ese momento. En la víspera de Shabat iba al baño público para sumergirse en la Mikve, honrando al Shabat Kodesh. Allí había un baño sauna para transpirar con el vapor, y había como unas gradas. Se sentaban y transpiraban, la transpiración caía como arroyos, salía por todos los poros del cuerpo, el vapor y el calor entraba hasta los pulmones, y palmeaban la espalda, la fatiga aflojaba, el cuerpo sanaba, y llegaba la sensación de bienestar, todas las preocupaciones desaparecían…

El Shabat era casi como el Olam Haba, el mundo venidero, y el baño era la cima del placer de este mundo. Salían de allí y saltaban a la Mikve fría… ¡no había nada comparado con ese placer! ¿Comprendes de lo que estoy hablando?

Sí, seguro, dijo el alumno. Había escuchado cada palabra…

Y continuó el Jafetz Jaim: un día, en su trabajo, este hombre sufrió un ataque al corazón. Lo llevaron al hospital, con mucho esfuerzo lo salvaron y logró recuperar la salud. El médico hizo para él un programa de recuperación. Le prohibió, por el momento, cualquier esfuerzo, y le cambió el régimen de alimentación.

El hombre le hizo un pedido: por favor, una sola cosa, no me prohíbas el baño de vapor, es el único placer que tengo en la vida. Sin eso, mi vida no tiene sentido…

El médico puso cara de pánico: si entras allí, saldrás en camilla. Eso lo tienes terminantemente prohibido, con seguridad morirías. Sólo tendrías un consuelo: que es bueno morir en la víspera de Shabat…

Estaba triste, le habían sacado el gusto a su vida. En la víspera de Shabat fue a la Mikve, y miraba la puerta del baño de vapor. Envidiaba a los que la abrían. Esa semana resistió, la siguiente también…, la tercera no pudo, se sentía ya repuesto y fuerte. Ahora tendría una alegría en su vida. Sólo un minuto, entrar y salir…

Entró, y el vapor lo envolvió. Su respiración se cortó, la visión se nubló, su cabeza daba vueltas y se le aflojaron las piernas… había llegado el final… el médico se lo advirtió, y tenía razón…

Con lo que le quedaba de fuerzas consiguió salir afuera, así evitaría que el mal avance. Una cosa se le ocurrió, tirarse a la Mikve fría. Fue hacia allá y la Mikve estaba ¡vacía!... ¡Justo hoy!!!

Sus piernas cedieron, y se desmayó. Los que lo vieron pidieron auxilio: ¡un hombre se desmayó!... Traigan agua…

Una persona corrió hasta una canilla, llenó una taza con agua fría y se apuró a volcarla sobre la cara… Con las fuerzas que le quedaban levantó la mano para detener al que lo estaba reanimando: ¡No!, una taza no me sirve, necesito una Mikve de agua fría, y está vacía…

¿Cómo puede decir eso? Si la Mikve está vacía, al menos una taza de agua fría sobre la cara, puede hacer que se recupere, un poco…

Así, terminó el Jafetz Jaim: lo mismo para ti… “la Tora fue comparada con el agua” (Baba Kama 17a), vos estás acostumbrado a las Mikvaot, manantiales, ríos, mares y océanos de la Tora de las Ieshivot. Dormir en las profundidades de las leyes… no existe un placer más grande, ni alegría semejante…

Pero cuando no hay, cuando el manantial está seco, al menos tira sobre tu cara una taza de agua, intégrate a un curso de Tora!!!

¡Cuánta verdad! ¡Y cuánto nos obliga!

Traducido del libro Vehigadta.

 

Leiluy Nishmat

Israel Ben Shloime   z”l

Lea (Luisa) Bat Rosa    Aleha Hashalom

Iemima Bat Abraham Avinu    Aleha Hashalom




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