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Shabat Shalom


Nueva La Nueva Hoja Pesaj
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



בס"ד

 

QUIERO SER YO

Escuchamos decir al rab hagaon Iaacov Galinsky ztz”l: hay una pregunta conocida: “fuimos esclavos del faraón en Egipto”. Y si no hubiéramos sido redimidos, estaríamos “subyugados al faraón en Egipto”. Así está escrito en la Hagada de Pesaj.

¿Por qué?

¿Y qué podemos hacer?

Cuando comas con el esfuerzo de tus manos, serás dichoso y todo lo mejor será para ti (Tehilim 128,2). Explica el rebe Mikotzk ztz”l: te esforzarás con tus manos, y no con tu mente. Cuando hablamos de manos, hablamos del trabajo de las manos. Las manos se relacionan con el trabajo. En cambio el cerebro, la mente, se relaciona con el servicio a Hashem.

A nosotros, nos ocurrió algo terrible, el estar subyugados al faraón en Egipto. Sumergidos en los cuarenta y nueve grados de impureza, dijimos: seamos como ellos, esperaremos algo mejor para nuestras vidas pensando sus pensamientos. Ya estamos cansados de ser nosotros…

Y así, surge una pregunta adicional: ¿qué quiere decir que si Hakadosh Baruj Hu no nos hubiera sacado a nuestros padres de Egipto, nosotros, nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos, seguiríamos subyugados al faraón en Egipto?

El faraón ya habría desaparecido del mundo, los egipcios tampoco están, ya que vino Sanjeriv y mezcló a todo el mundo (Iadaim 4,4).

Ahora estamos hablando de estar subyugados a nuestros compañeros, a la sociedad, a intentar ser más, a hacer imitaciones. Creemos que así somos más fuertes, y podremos mantenernos. Queremos ser iguales. ¿Pero iguales a qué, o a quién?

Esta es la salida de Egipto, nuestra salvación, volver a ser nosotros, un original que no tiene copia. ¿Y cómo podemos lograrlo?

En la salida del pueblo de Israel de Egipto servirán a Hashem en el monte Sinai (Shemot 3,12), porque no existe otro tipo de libertad más grande que el ocuparse de la Tora (Avot 6,2).

Pero nosotros, queremos vivir afuera. Nos dejamos arrastrar a la deriva, permitimos que todas las influencias lleguen a nuestras cabezas.

Como esa persona que dijo: Yo, para mí, no necesito nada. ¿Qué puedo querer? Si fuera por mí, puedo salir a la calle vistiendo una piltrafa. Hasta podría vestir prendas rotas, no me importaría. Pero…, a causa del medio, de la gente (o de lo que puede decir la gente), necesito conducirme con elegancia, por eso compré un nuevo traje, muy costoso.

Y lo peor de todo, es que lo hice por la gente, ¡y nadie me ha dado las gracias!... Son todos desagradecidos…

Y van a preguntar: ¿qué se puede hacer? La sociedad ejerce presión, no se puede andar contra la corriente.

Primero, ¿quién lo dice? Si una gran cantidad de personas se arrojan a un abismo. ¿Acaso me tiraré con ellos? ¿O trataré, con todas mis fuerzas, de avanzar en sentido contrario? Esa, justamente, es una de las características de pureza de los peces, que ellos nadan siempre contra la corriente. Sólo cuando un pez muere, es arrastrado por la corriente.

Entonces, al parecer no se puede ir contra la corriente, pero debemos ir contra la corriente para salvar nuestra espiritualidad, para ser “yo” y no “como todos”.

Segundo, un relato.

Cuentan sobre Shlomo Hamelej, que tenía un esclavo muy honesto que salió en libertad. Como parte de su agradecimiento, Shlomo le enseñó el lenguaje de los animales y las aves, pero lo previno terminantemente: tendrás que guardar esto para ti mismo. El día que lo cuentes a alguien, morirás…

El hombre volvió a su pueblo, a su casa, a su familia.

Tenía un toro y un burro para hacerlos trabajar en el campo. Por separado, desde ya. O uno o el otro. El burro estaba enfermo, no comía, aparentemente, la enfermedad le quitaba el deseo de comer.

Sujetó el toro al arado, y lo hizo trabajar todo el día.

Ya de vuelta, escucha las quejas del toro, y el detalle de los dolores provocados por el excesivo trabajo.

El burro le dijo al toro: ¿por qué tú no haces como yo? Pongo mucha tristeza en la expresión de mis ojos, y dejo de comer por un rato. El dueño piensa que estoy enfermo y me deja en paz. Así consigo tener un día de descanso, sin hacer nada de nada.

Al escuchar el discurso del burro, el hombre estalló en carcajadas.

La esposa lo miró asombrada: ¿de qué te ríes?

El hombre recordó la advertencia de Shlomo Hamelej, que moriría si contaba que entendía el lenguaje de los animales. Evitó responder, haciéndose el distraído.

Al día siguiente, llegó hasta los animales para continuar el trabajo. Vio al toro con una expresión triste, sin comer (aunque moría de hambre). Otra vez estalló en carcajadas, y la esposa, que sospechaba algo extraño, le preguntó: ¿a qué se deben las carcajadas?

Dijo lo primero que se le ocurrió y trató de cambiar de tema.

El hombre ató al burro al arado y lo hizo trabajar todo el día. A la vuelta, el burro tenía miedo de pensar que el toro, adoptó su sistema y ahora descansaría todo el tiempo, haciéndolo trabajar a él.

Por eso, inventó una historia, y le dijo al toro: ¿escuchaste lo que el señor de la casa le dijo a su esposa? Con el burro no hay tanto problema, si está enfermo, veremos de todas formas, qué puede hacer. Pero si el toro sigue enfermo, deberemos apurarnos a degollarlo, antes de que no sirva para nada…

¿Qué podemos decir? Este burro tenía un gran cerebro, y el hombre no paraba de reírse.

Esta vez, la esposa no perdonó: ¿qué es tan divertido allí, con los animales? O me lo dices, o…

Gritando, le explicó: no puedo, si te lo dijo, moriré…

No me importa, gritó la esposa. No puedes ocultarme cosas. Tienes la obligación de revelármelo, de contarme todo…

Bien, bien, aceptó el marido, pero déjame que me prepare, y escriba mi testamento…

Como tú quieras, yo espero…

El hombre fue a su cuarto, triste, y el fiel perro de la casa iba detrás, porque presentía que algo malo estaba por pasar. Cuando se acercaban a la puerta de la casa, el perro ve al gallo, erguido, con una expresión de gran alegría.

¿No tienes vergüenza?, le gritó el perro. Nuestro dueño va rumbo a la muerte y tú ahí, dándote importancia…

El gallo sonrió: si él es tonto, ¿yo tengo que compartir sus sufrimientos? Yo tengo veinte gallinas (esposas), todas sumisas y obedientes. Que tome una vara, y ponga a su esposa en su lugar…

Los ojos del hombre se alumbraron: ¡cuánta razón tiene el gallo! ¿Para qué tengo que ir a matarme a mí mismo? ¿A causa del capricho de mi esposa?

Enseguida fue hacia ella y le dijo con energía: si me río es porque quiero reírme, y no quiero escuchar una palabra más.

La esposa se apuró a decir: no dije nada. Haz lo que más te guste…

Se entiende que esto es sólo un ejemplo. Que nadie piense de otra manera. Y en el ejemplo no estamos criticando a la mujer. Solamente queremos mostrar qué grande es la influencia del medio ambiente, o de la moda, o de los que nos rodean.

¿Y esto a qué se compara?

A un ladrón que fue atrapado con las “manos en la masa”. El guardián le dijo con mucha energía: ¡Sujeta esta cuerda con tu mano! ¡Bien fuerte!

Entonces, el guardián ató firmemente el otro extremo de la cuerda a una reja, y se fue a buscar a la policía, para que intervenga.

El ladrón estaba allí parado, porque la cuerda estaba sujeta a la reja.

En verdad, este hombre es el más tonto del mundo. ¡Suelta la cuerda y escapa! Sólo estás atado porque tú tomas la cuerda…

¡Sálvate, y salva tu alma!

 

Traducido del libro Vehigadta.

 

Leiluy Nishmat

Israel Ben Shloime   z”l

Lea (Luisa) Bat Rosa    Aleha Hashalom

Iemima Bat Abraham Avinu    Aleha Hashalom




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