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Shabat Shalom


La Nueva Hoja Nueva - Beahalotja
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



בס"ד

¿GRANDEZA = HUMILDAD?

“el más humilde de todos los hombres”

(Bamidvar 12,3)

 

El “ministro” de la Tora, el gaon rabi Akiva Eiger ztz”l, fue un gigante, pero de baja estatura. Tanta era su constancia en el estudio, su concentración, hasta “meterse” dentro de los libros. Eso dobló su espalda, acortando aún más su estatura.

Fue un hombre que se hacía querer y santificaba su tiempo para la gente. En su generación fue engrandecido y querido sin límites. Cuando viajaba a Varsha (Varsovia, la capital de Polonia), para realizar determinados trámites o para dictar conferencias o algún otro asunto como la edición de sus libros, por ejemplo, toda la comunidad se juntaba para recibirlo, todos querían ver la Santidad que transmitía su rostro. Cuando llegaba a una hostería en una sencilla carreta, el santo gaon era rodeado por todos los rabanim de la ciudad y por los más altos dirigentes que valoraban en exceso su espiritualidad. Giraba, miraba toda la calle, de un extremo al otro, y todo se veía oscuro, todo lleno de personas que se amontonaban. Todos los ojos se dirigían a él, con gran sentimiento y emoción.

Estoy confundido, decía en voz alta, ¿acaso en Varsha no hay hombres de baja estatura con una joroba tan notoria como la mía?

Le contaron este relato al Maran harab Shaj ztz”l, y al finalizar le preguntaron: ¿es posible que fuera tan inocente?, ¿acaso no sabía que era el rab más grande de la generación, el Gadol Hador? Todos se congregaban para rendirle honores…

Contestó el rab Shaj: seguro que lo sabía, y en nuestras manos está la prueba de eso…

Y contó:

Hace tiempo, se desató una pelea entre dos imprentas. Una, la imprenta de Slavita. Los dueños de la imprenta eran hombres muy justos y sabios, grandes estudiosos de la Tora, nietos del justo, rabi Pinjas Mikuritz ztz”l.

La otra imprenta, de Vilna.

La discusión llegó hasta la mesa de los rabanim más importantes, y rabi Akiva Iguer decidió que la razón la tenían los dueños de la imprenta de Vilna.

Los dueños de la imprenta de Slavita murmuraron que la decisión del gaon no fue del todo objetiva, que aparentemente había sido presionado por los integrantes de su familia, y por lo tanto, su dictamen no estaba de acuerdo con la Tora, sino que había sido producto de intereses personales o de otra índole.

El gaon escuchó los rumores, y su malestar era incontenible. Enseguida, ellos fueron golpeados por la “Mano” de Hashem.

El gobierno les inició una investigación, en la que argumentaron que estaban haciendo negocios ilegales, sin que existan ni pruebas ni tampoco sospechas. Fueron encarcelados y los llevaron a juicio. En el juicio resolvieron que el castigo consistiría en latigazos, y a continuación, varios años en prisión.

Ellos entendieron que todos estos castigos se debían a la ofensa que murmuraron sobre el Gadol Hador, y enviaron a sus conocidos para disculparse con el rab.

Dijo el gaon: si ellos me hubieran ofendido a mí, están perdonados. Pero ellos hablaron mal sobre un Juicio de la Tora, y en esto existe la profanación del Nombre de Hashem, al decir que los jueces inclinaron su decisión, esto no tiene perdón, ni yo tengo la fuerza suficiente para proporcionarles el perdón…

Dijeron en su defensa: pero ellos son estudiosos de la Tora, y vienen de familias muy honorables. Tal vez Rabenu puede hacer algo por el Honor de la Tora…

La respuesta fue terminante: ¡El Honor a la Tora en esta generación, soy yo!

Con lo que vemos, dijo el rab Shaj, que rabi Akiva Iguer sabía muy bien en el nivel que se encontraba. Era sabio, y también sabía quién era. Entonces, ¿por qué se extrañaba con la presencia de tanta gente que se amontonaba para recibirlo?

Contestó el rab Shaj: sabía de su categoría, y necesitaba preguntarse para qué venían a verlo… Necesitaba buscar la humildad, sentirse humilde, y no pensar en su grandeza…

Hasta aquí las palabras del rab Shaj, y ahora, somos nosotros los que no entendemos, ¿qué quiso decir?, ¿cómo podemos entenderlo?

En nuestra perasha leemos: “y el hombre, Moshe, era el más humilde de todos los hombres que estaban sobre la tierra”. Hasta aquí, ¿qué entendemos?, ¿acaso no sabía Moshe Rabenu que era el más grande y santo de todos los hombres? Subió a los cielos y se “codeaba” con los Angeles. Recibió la Tora directamente de Hakadosh Baruj Hu. Fue el “padre” de los profetas, o sea, el profeta más grande, y el más conocedor de la Tora. Su espiritualidad, su santidad, su pureza. ¿Había alguien más grande que él?

Con seguridad, lo sabía, y todas las preguntas nos dan una respuesta afirmativa, y también nos hace preguntar: ¿Cómo podía ser tan humilde?

Porque sabía una cosa más…

Conocía la afirmación que más tarde diría el gaon, rabi Jaim Mivoloshin ztz”l, que “el hombre no fue creado para él, sino solamente para ayudar a sus semejantes en todo lo que esté a su alcance”. Entonces, “si estudiaste mucha Tora, no creas que eres el mejor, porque para esto fuiste creado” (Pirke Avot 2,8). Sabía que si él tenía mucha Tora, no tenía que atribuirlo ni a su capacidad ni tampoco debía pensar que sería para él, sino que todo el mérito es para los demás, si él es un grande, lo es sólo por la necesidad de la gente.

La persona que sabe esto, que tiene grabado en su corazón que toda su grandeza, toda su sabiduría es solamente para los demás, no puede sentirse altanera. Como el cajero de un banco, que ve pasar cada día millones y millones por sus manos, no se sentirá más rico, porque sabe que ese dinero no le pertenece, es sólo un empleado al servicio de los clientes del banco. Y en realidad, este empleado bancario tiene dos dueños, por un lado es un sirviente de los clientes del banco, por el otro también tiene que responder a los dueños del banco. Y por su parte, apenas recibe su sueldo cada mes, y un ojo electrónico está controlándolo en todo momento. Todo el dinero que ve pasar, va a los bolsillos del cliente o a la caja fuerte del banco…

El Saraf Mikotz ztz”l siempre intentó buscar la Verdad absoluta, en forma completa, en todos los aspectos, la Verdad de la Tora, sus preceptos, las oraciones, todo. Intentó reunir un grupo especial, que debía desconectarse del mundo, esos hombres sólo buscarían la espiritualidad. Pero muchos golpearon a su puerta pidiendo la salvación, piedad, curaciones para los enfermos, o sustento para quien estuviera con alguna necesidad, y robaron el tiempo precioso y las pretensiones del rab.

Y desde luego, el Saraf Mikotz no consiguió lo que esperaba. Y cuando se encontró con su gran y buen amigo, el justo, rabi Itzjak Mivorka ztz”l, le preguntó: ¿recuerdas la historia del Taish Hakadosh?

Rabi Itzjak puso cara de pregunta, y el Saraf comenzó a relatar:

Un iehudi tenía una caja donde guardaba tabaco, hecha de cuerno de carnero. Y se le extravió. Estaba muy triste por la pérdida y se fue a buscar al Taish Hakadosh. Era un hombre con barba y tenía cuernos muy, pero muy largos, que alcanzaban hasta las estrellas del cielo. Estos cuernos tocaban las estrellas y le sacaban su luz. El hombre le dijo: “Taish, Taish, dame un trozo de tus cuernos y haré para mí una caja donde guardar el tabaco”.

El Taish era muy piadoso, y sintió lástima por este hombre. Agachó su cabeza, y el hombre cortó de los extremos de sus cuernos y se hizo para él una caja muy hermosa y luminosa.

Los hombres vieron y sintieron envidia, y fueron a ver al Taish, uno por uno, y el Taish le aceptó a cada uno su pedido. Agachaba su cabeza, y cada uno cortaba un poco de sus cuernos, para hacerse una cajita.

Y los cuernos quedaron más pequeños. Ya no llegaban al cielo ni mucho menos. Tampoco tocaban las estrellas ni podían absorber su luz. Ahora sus cuernos eran muy pequeños, pero al ver a todas esas personas, que fumaban alegremente, con el tabaco de las cajas hechas con sus cuernos del pasado, se consolaba.

Desde luego, es un relato imaginario, pero vibrante. En Pshisja, estudiaron los astros, se hicieron crecer cuernos y subieron a los cielos. Pero fueron cortando una y otra vez los cuernos y nos hicieron como un Taish común…

Cuando se trata de un relato, puede hacer mucho ruido. ¿Quién es más importante, el Taish o los hombres? Y más, cuando los hombres son muchos… Con seguridad, el hombre es el punto máximo de la Creación. Todos, fuimos creados para servir a Hashem, también el Taish. Y si el hombre quiere una caja para tabaco, el Taish tiene que dársela sacrificando sus cuernos. Entonces, ¿por qué sufre el Taish?

Porque de sus cuernos hicieron cajas de tabaco, cuando pudieron haber hecho un Shofar, o varios…

Nosotros fuimos creados para los demás. Y si yo tuviera cuernos, ellos estarían al servicio de quien lo necesite, tanto sea para una caja de tabaco o para un Shofar… Y si no, ¿para qué quiero los cuernos?

Cuando Moshe Rabenu estaba en el monte Sinai con Hashem, Hashem le dice: desciende, que tu pueblo ha pecado… desciende de tu grandeza, toda la grandeza que te di, fue a causa de Israel. Ahora, que Israel pecó, ¿para qué te necesito y para qué tú quieres la grandeza?

¡Terrible!

Si así decimos sobre Moshe Rabenu, ¿qué resta para nosotros? Creemos ser grandes como el Taish, que con sus cuernos llegaba al Cielo. Pero esto puede servirnos para tomar la luz de las estrellas e iluminar a nuestras familias, a nuestra congregación y a las personas que están a nuestro alrededor, pero no cada uno a sí mismo, eso no sirve para nada.

 

 

Traducido del libro Maian Hashavua.

 

Leiluy Nishmat

 

Israel Ben Shloime   z”l

Lea (Luisa) Bat Rosa    Aleha Hashalom

Iemima Bat Abraham Avinu    Aleha Hashalom

 




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