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Shabat Shalom


La Nueva Hoja Nueva - Bereshit
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



בס”ד

 DULCE DE GUEMARA 

“el día sexto” (Bereshit 1,31)

Explica Rashi: Iom Hashishi (en lugar de Iom Shishi), la Tora agrega la letra “Hei” en el sexto día, y así se concluye la Creación, el “Maase Bereshit”, diciendo que Hakadosh Baruj Hu le pone una condición al pueblo de Israel: ellos deberán aceptar y recibir los “Jamishe Jumshe Tora”, los cinco libros de la Tora (la letra “Hei” tiene el valor 5), para que el mundo siga funcionando… Otra explicación, cuando decimos “el día sexto”, todo está dependiendo y esperando hasta “el día sexto”, el día 6 del mes de Sivan, el día de la entrega de la Tora, por eso con la letra “Hei” enfatizamos y remarcamos el día sexto.

Todo nuestro pasado, presente y futuro, y el de todo el mundo, depende exclusivamente del cumplimiento de la Tora. Reconocer la fuerza de la Tora, y que su cuidado alimenta todas las necesidades de nuestra vida, fue por siempre la premisa y el fundamento de todo iehudi. Durante todas las generaciones, los padres se preocuparon por inculcar en sus hijos este mensaje, enraizarlo y darle continuidad.

Una conocida Ieshiva de Ierushalaim era conducida por un rab muy importante, que en sus clases desparramaba la dulzura de la Tora a todos los alumnos que lo escuchaban. Los alumnos quedaban atrapados con las palabras del rab, y no importaba cuántos sean los presentes en sus clases, estudiar con el rab significaba “sentir” el dulce gusto de una hoja de Guemara.

Ya desde su juventud o mejor dicho desde su niñez, fueron conocidas sus capacidades y la dulzura de su Tora. Sus maestros del Talmud Tora notaron su forma de estudiar, y su gran empuje y potencia, que sobresalía al compararlo con los niños de su edad.

Fue creciendo, y al ingresar a estudiar en la Ieshiva, no abandonaba su hoja de Guemara ni siquiera por un pequeño instante. También en los días de vacaciones, podían verlo concentrado en su Tora, con alegría, disfrutando del estudio, y podía compararse, sin exagerar a un hombre al que le gusta mucho la miel, que la desparrama sobre una torta y la convierte con esa cobertura en una torta deliciosa, la corta y come las dos cosas juntas, la torta y su cobertura.

La persona que pudo observarlo mientras estaba estudiando, puede asegurar que el Ietzer Hara (el instinto del mal) no tenía ningún poder frente a él. La alegría que volcaba en su tiempo de estudio, era tan verdadera, tan espontánea, y hasta parecía que si alguien habría intentado dañarlo o molestarlo para comentarle un “tema importante” ajeno a su estudio, no lo conseguiría porque él no abandonaría el estudio de la Tora.

También cuando fue nombrado en la Ieshiva como conductor de las clases, logró algo que no todos pueden hacer, transmitir la alegría que sentía en su estudio, a sus alumnos, que pudieron adquirir de él, una forma de conducirse en la vida.

Una vez, se dio la oportunidad, para que él mismo cuente a sus alumnos cómo logró llegar a esa categoría tan elevada. Sus padres vivían en Polonia, en una pequeña aldea próxima a la capital, Varsha (Varsovia), y tenían allí una pequeña fábrica que producía mermeladas. En esos tiempos, la mermelada era un producto esencialmente natural, y los principales componentes eran los frutos que crecían en la cercanía del establecimiento productor.

Cuando llegaba la temporada de la elaboración de mermelada, los miembros de la familia salían hacia los campos y las aldeas de los alrededores, y recogían frutos de todas partes, todo lo que llegaba a sus manos, y después, cuando todos volvían a la casa con grandes bolsas, se separaban por clases de frutos, y de acuerdo a la cantidad de jugo y grado de dulzura. Con los mejores frutos producían las mermeladas, ya que en esos tiempos, todo dependía de la calidad de los frutos del campo, porque no existían los componentes sintéticos de hoy en día que provocan que los diez o cien mil frascos de mermelada que se producen tengan el mismo gusto, la misma cantidad de azúcar e igual proporción de fruta. La dulzura y el gusto de cada partida de mermelada dependían de la calidad de los frutos recolectados.

En los años en que había “Siata Dishmaia”, Ayuda del Cielo, que traía un clima apacible, eso ayudaba al crecimiento de frutos buenos y sabrosos, y también la mermelada que producían era de gran calidad. Y en otros años, podía ser al revés.

Y sucedió en esos años, continuaba contando el rab a sus alumnos, que crecieron en las aldeas frutos muy jugosos, tal vez demasiado. Esto sucedió justo antes de una época de calor y frío que se sucedieron alternadamente, que llevó a los árboles a un estado de alta maduración.

La mermelada producida en ese año, fue algo nunca visto hasta ese día en cuanto a gusto y aroma. También mis padres, que se ocuparon del negocio durante decenas de años, atestiguaban que no recordaban una producción de mermelada de tan buena calidad.

Una noche, cuando mi padre llegaba a casa después de las oraciones de Arvit, encontró a todos los hijos reunidos alrededor de un frasco de mermelada... y en sus palabras, no dejaban de elogiar su gusto tan agradable. Aparentemente, habían estado todos chupando la mermelada hasta casi terminarla.

Nuestro padre, que era un hombre muy sabio y correcto, entendió que a pesar de la visión que mostraba una fuerte atracción hacia el deseo material, no era posible ni conveniente reprender a los niños por haber chupado la mermelada. Por eso, buscó una forma distinta de expresarse.

El nos pidió que interrumpiéramos por un instante nuestra dulce ceremonia, y nos preguntó: ¿ustedes saben de dónde vine ahora?

Y todos nosotros contestamos a una sola voz: del Beit Hamidrash, de la clase de Tora.

Siguió preguntando: ¿y a dónde iré mañana a las tres de la madrugada?

¿Quién no lo sabe?, también irás a estudiar Tora. Así contestamos todos juntos, con nuestra tonada infantil y en forma victoriosa, para demostrarle a nuestro padre que no podrá hacernos una pregunta que no podamos contestar...

Es correcto, queridos hijos, dijo papá, y ahora, por favor, escuchen bien lo que quiero decirles: tienen que saber, que todas las mermeladas que existen en el mundo, todas las golosinas y todas las masitas que puedan existir, desde una punta a la otra del mundo, no pueden compararse al gusto de una hoja de Guemara. Y no sólo eso, sino que puedo afirmar, que todas las comidas que hay en el mundo no valen lo que vale un solo renglón de Rashi o de los Tosafot.

Antes de seguir saboreando la mermelada, graben mis palabras en vuestros corazones, concluyó mi padre...

Mi papá dijo todo esto con tanta seriedad, y les puedo asegurar, que cada palabra que salió de su boca me marcó muy fuerte, y provocó en mí, tomar una decisión terminante: abandonar los placeres de este mundo, e intentar apegarme a una hoja de Guemara.

Esa noche no pude cerrar los ojos, esperé hasta que se hicieron las tres de la madrugada, la hora en que papá se levanta cada mañana, y cuando papá salió de la casa rumbo al Beit Hamidrash, salí detrás de él con pasos muy apresurados, hasta que me adelanté y llegué antes que él al Beit Hamidrash, y fui contado entre las diez primeras personas que llegaron a estudiar.

Enseguida llegó papá, y cuando me vio sentado frente a una Guemara, me dio una cálida bendición para que tenga el mérito de disfrutar toda la vida de una hoja de Guemara.

Y esa bendición se sigue manteniendo sobre mí hasta el día de hoy.

Traducido del libro Barji Nafshi.

 

Leiluy Nishmat

Israel Ben Shloime   z”l

Lea (Luisa) Bat Rosa    Aleha Hashalom

Iemima Bat Abraham Avinu    Aleha Hashalom

 




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