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Shabat Shalom


La Nueva Hoja Nueva - Vayeji-16
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



בס”ד

TE PRESTO MI TOALLA

“porque Menashe era el primogénito”

(Bereshit 48,14)

Iaacov Avinu, en la bendición que les dio a Efraim y Menashe, invirtió sus manos, porque Menashe era el primogénito.

Con la explicación más corriente lo mejor sería decir: “a pesar de que Menashe es el primogénito”. Pero el rabenu Hajizkuni nos trajo una explicación con sorpresa: “porque Menashe era el primogénito”, por eso Iaacov Avinu invirtió la posición de sus manos. Porque si no habría sido así, debería cambiar los lugares de los nietos y colocar a Menashe a su izquierda, sin la necesidad de cruzar las manos, algo que no era muy cómodo para Iaacov. Pero, por cuanto que Menashe era el promogénito, Iaacov no quiso herirlo de una manera tan visible (como habría sido cambiándolos de lugar), por eso lo dejó a su derecha y simplemente apoyó en él su mano izquierda...

Hay una cualidad que caracteriza a los “grandes” de la Tora, el cuidado extremo del honor de las personas. Y cuanto más grande es la persona, desde luego, está más cerca del Creador, y más cuidará el honor de sus semejantes, preocupándose para no herir a nadie.

Una noche de Shabat, ocurrió algo sorprendente en la casa del gaon rabi Abraham Guenijovsky ztz”l, uno de los Rashei Ieshivot Tshivin, en Ierushalaim. Todas las noches de Shabat, el gaon estudiaba en su casa, con un Abrej Talmid Jajam, un estudiante casado, muy sabio. En la noche de Shabat de la que estamos hablando, el estudiante llegó a la casa de rabi Abraham, como en todas las otras ocasiones, pero pasó algo muy lamentable, inconscientemente apretó el timbre que estaba al lado de la puerta de la casa, y el sonido del timbre se escuchó muy fuerte en toda la casa, rompiendo el silencio del Shabat.

Y veamos, a pesar del fuerte sonido del timbre, el dueño de casa no se acercó a la puerta para abrirle, como siempre hacía. El Abrej esperó un tiempo largo, y como no le abrieron la puerta, pensó que el rab Guenijovsky, por algún motivo, no escuchó el sonido del timbre. Entonces, comenzó a golpear la puerta, una y otra vez. Tampoco ahora escuchó movimientos dentro de la casa, y por supuesto, nadie le abrió la puerta...

Por cuanto que estaba absolutamente seguro que el rab se encontraba dentro de la casa, el Talmid Jajam siguió golpeando la puerta, cada vez más fuerte. Y bien, sus esfuerzos no fueron en vano...

Después de largos minutos y de muchos golpes sobre la puerta, el gaon abrió la puerta, vestido con pijama, y haciendo gestos como hacen las personas que recién se levantan de la cama, se restregaba los ojos, estiraba todo su cuerpo, y otras cosas que mostraban que acababa de levantarse de la cama, y en medio de sus gestos, le dijo a su compañero de estudio en forma de disculpa: “yo le pido perdón, por haberlo hecho golpear tanto la puerta”.

El Rosh Ieshiva hizo todo lo que estaba a su alcance para hacerle ver a su visitante que se había ido a dormir a su cama, y por eso no había abierto la puerta.

La cosa le resultaba demasiado extraña, pensaba el estudiante, ya que nunca había sucedido algo así, llegar a la casa del gaon y encontrarlo durmiendo...

Y más, que era todavía demasiado temprano, alrededor de las nueve y media de la noche, y un hombre como el rab Guenijovsky jamás se iba a la cama a esas horas, y en caso de que se hubiera acostado por unos instantes, tampoco se habría cambiado las ropas por prendas de cama...

Las sospechas del estudiante tenían fundamento, veamos los hechos desde el lado de adentro de la casa...

Lo que sucedió en la casa, es que el gaon rabi Abraham escuchó el sonido del timbre, y entendió que si abría la puerta de inmediato, como hacía siempre, el estudiante se sentiría muy mal por lo ocurrido, haber profanado el Shabat sin intención, por eso, para evitar ese sufrimiento, hizo como que se fue a dormir y su compañero de estudio ahora estaba convencido de que no escuchó el timbre, por lo tanto no sentiría vergüenza al sentarse frente al rab.

Pero el rab, tan grande en Tora, fue mucho más allá: no sólo que se preocupa por no avergonzarlo, sino que prefiere él mismo sentir vergüenza, diciendo que se durmió en el momento en que debían estudiar. Lo principal, no provocar vergüenza a su compañero de estudio.

También a nosotros se nos presentan situaciones diversas, prácticamente todos los días, en las que está presente la sospecha, que si no prestamos la debida atención, estamos propensos a avergonzar a nuestros compañeros. Y todo depende pura y exclusivamente del hecho de prestar atención. El que sabe qué contento y feliz se pone Hakadosh Baruj Hu con esta prestada de atención, sin dudas hará todo lo posible para estar atento y no avergonzar a sus compañeros, inclusive con alguna simple palabra...

Nos contó un Talmid Jajam de nuestra vecindad (Ramat Eljanan), que en una de las vísperas de Shabat, cuando iba en camino a la Tevila (inmersión) en honor al Shabat, olvidó llevar consigo una toalla para secarse. En una ocasión parecida, cuando no tiene la posibilidad de volver a la casa a buscar lo que se olvidó, no le queda otra alternativa que pedirle la toalla a alguna persona que se encuentre allí. Pero, no es algo muy agradable...

También cuando el que pide la toalla no sea delicado (que no le importe secarse con la toalla de otra persona) puede ser que a quien se le pide sí lo sea. Y a esta persona que es delicada, si le pidiéramos hacer cualquier cosa buena por otra persona, estaría dispuesto a hacerla con toda su voluntad y con toda su fuerza, pero con una condición, solamente que no tenga que prestar su toalla... Pero, por otra parte, cuando le piden la toalla, no es nada agradable decir que no la puede dar...

De una o de otra forma, este Talmid Jajam no tenía otra alternativa, contaba, y le pidió la toalla a uno de los presentes. Estaba apurado por volver a mi casa, y no presté atención que el hombre al que le pedí la toalla todavía no se había sumergido, por lo tanto, todavía no había utilizado su toalla. Yo usaría su toalla antes que él, o sea, usaría la toalla completamente limpia y seca. Solamente cuando tuve la toalla en mi mano, y sentí que estaba aparentemente recién planchada, me di cuenta de lo que hice...

Estaba seguro, que cuando le devuelva la toalla, el hombre me miraría con gran enojo, o al menos, no me sonreiría.

Qué grande fue mi sorpresa, cuando el hombre recibió su toalla toda mojada con una gran sonrisa, una sonrisa contagiosa, y me dijo: ahh, tú no tienes idea de la alegría que tengo al secarme con una toalla que absorbió la humedad de un iehudi, hijo del Rey, Rey de Reyes...

Con esta frase, el dueño de la toalla anuló toda mi vergüenza y todo mi miedo de hacer algo que hubiera podido desagradarlo. Dijo estas palabras con tanto cariño, hasta el punto que salí del lugar con un sentimiento increíble, llegué a pensar que en verdad, el agua que mojaba mi cuerpo desprende Santidad para otras personas...

 

Traducido del libro Barji Nafshi.

Leiluy Nishmat

Israel Ben Shloime   z”l

Lea (Luisa) Bat Rosa    Aleha Hashalom

Iemima Bat Abraham Avinu    Aleha Hashalom

 




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