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Shabat Shalom


La nueva hoja PERASHAT AJARE MOT-KEDOSHIM
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



CUIDAR EL HONOR

“…entre ellos, en medio de sus impurezas” (Vaikra 16,16)

De este versículo extraemos una prueba más de que la soberbia es el más grave entre los pecados más graves. Porque para el resto de los pecados está escrito en nuestro versículo que la “Tienda” estará entre ellos, en medio de las impurezas. Quiere decir, que aunque los hijos de Israel se hayan impurificado con los pecados, de todas formas la Divinidad está presente con ellos y con las impurezas.

En cambio, entre las personas altaneras, con el espíritu “pesado” está escrito “los ojos en alto, el corazón ensanchado, con él no puedo…” (Tehilim 101,5), y dijeron nuestros sabios sobre el mismo tema, que así dijo Hakadosh Baruj Hu: “Yo y él no podemos vivir en el (mismo) mundo” (Sota 5a).

Un dicho conocido en las bocas de nuestro pueblo es: “al que se escapa del honor, el honor lo persigue”. Este dicho surgió de una evolución de las palabras de nuestros sabios “todo el que escapa de la grandeza, la grandeza correrá detrás de él” (Eiruvin 13b). Entonces, pregunta el Jafetz Jaim ztz”l, ¿qué aprendemos de la palabra “todo”? Porque aparentemente está de más, si yo digo “el que escapa de la grandeza”, ¿hace falta decir “todo el que escapa de la grandeza”?

Y contesta el Jafetz Jaim, que esto viene a enseñarnos, que inclusive un hombre simple, que no es digno ni de honores ni de grandeza, pero tiene esta maravillosa cualidad de escapar de los honores, también a él lo perseguirá el honor…

Con esta explicación el Jafetz Jaim encontró consuelo. Sabemos de la humildad del Jafetz Jaim y también sabemos de su grandeza. Pero cada vez que los honores lo perseguían, necesitaba consuelo, ya que no era lo que él pretendía y con esta explicación se sintió mejor, sabiendo que la grandeza lo persigue, también cuando no la merece (pero el Jafetz Jaim sí la merecía pero su gran humildad hacía negarla). Y podemos decir que, a pesar de su verdadera grandeza, utilizaba esta explicación para justificar la causa de tantos honores que recibía…

Contó rabi Itzjak Zilverstein: me invitaron a una pequeña reunión donde debería decir unas palabras, y elegí disertar sobre lo vano que resulta ser el honor. De pronto, al finalizar mis palabras, se levantaron dos personas y pidieron permiso para hablar frente al público. Argumentaban tener relatos sobre sus propias vidas que podrían agregar contenido a las palabras que se habían escuchado.

El primero, parecía ser un hombre muy honorable, comenzó explicando que en el pasado fue el intendente de una de las ciudades más grandes de Israel, y dijo que mientras ejercía en sus funciones, en el día de Purim recibía cientos de “Mishloaj Manot” (el precepto de hacer regalos a sus compañeros). Cuando terminó su mandato, en el día de Purim del año siguiente, ¡no recibió siquiera uno!

Esto nos revela que la intención del envío de las Mishloaj Manot tenía que ver sólo con el interés personal del que realizaba el envío, por acercarse y sentirse entre los allegados al jefe de la ciudad, y no con la intención que debe tener el cumplimiento de un precepto. Y en el momento en que entendieron que yo no tenía la fuerza para ayudarlos, ni siquiera me miraron, sus ojos ya no estaban enfocados hacia mí.

Aprendí, con esto, que el honor puede crear todo tipo de fantasías, hasta donde la imaginación puede llegar, con lo que entendí, aunque un poco tarde, la nulidad y el vacío de la búsqueda del honor, y que no vale la pena perseguirlo…

El segundo hombre que pidió hablar era un oficial del ejército, y contaba que muchos años atrás, cuando llegó a Israel uno de los presidentes de los Estados Unidos, lo integraron a la “unidad de honor” del ejército, que debería recibir al mandatario a su llegada al aeropuerto.

Cuando nosotros vemos, por ejemplo, en un periódico la foto de los soldados puestos en fila, todos igualitos, bien arreglados, frente a las escaleras que permiten el descenso del avión de estas personalidades, pensamos que puede resultar ser algo agradable y nada difícil. Sólo esperar que el visitante descienda y pase frente a ellos, mientras cientos de periodistas toman fotos a cada paso que dan.

¿Qué se les exige a estos soldados? Solamente deben estar parados, quietos, y nada más…

Pero no es tan simple. A un soldado como este, elegido, se le exige estar parado, sin moverse, a veces durante horas. Y no puede hacer ningún movimiento, ni grande ni pequeño. A veces, deben estar parados bajo un sol que quema sus cabezas, y deben permanecer allí, sin moverse, y ni hablar pretender salir del lugar. Y si una mosca, de esas molestas, vuela frente a sus ojos o su nariz, o si la espada que lleva de adorno resulta ser muy pesada, tampoco puede moverse…

Con estas dificultades, el entrenamiento que tienen estos soldados para poder llegar a ocupar estos puestos son muy rigurosos. Nosotros, cuenta el oficial, pasamos estas pruebas previas a la visita del presidente americano, entrenando en el sur, en el desierto, con días especialmente calurosos.

Fue tan duro, que mientras se realizaban los entrenamientos se podía escuchar en boca de varios soldados frases como: “ojalá que el avión del presidente americano nunca llegue, para no tener que estar parados allí, con este sol. Todo este entrenamiento es por su culpa…” Los soldados no se veían felices con la llegada del honorable visitante, y menos con los terribles entrenamientos…

Pero los buenos deseos no nos ayudaron, y el presidente llegó, su avión aterrizó en la tierra de Israel y el grupo de soldados le hicieron el mejor de los recibimientos, con todos los honores, a pesar de que el sol los consumió durante esa larga hora en la que permanecieron frente a la escalera del avión.

Lo que me molesta, en especial, continuó diciendo el oficial, fue la noticia que apareció al día siguiente en todos los periódicos, donde decía que la unidad especial del ejército recibió al presidente con mucho honor, mostrando cuánto es valorado, y con un profundo sentimiento de unidad fraternal…

Entonces me dije (para mí mismo): ¡veamos en qué mundo de mentira vivimos! Yo estaba presente allí, en esa recepción, y cada uno de nosotros, los miembros de la unidad de honor, podemos atestiguar que no valoramos en absoluto la llegada del visitante, aunque había un sentimiento muy grande, es cierto, pero de odio, por tener que estar parados allí quemándonos bajo el sol…

¡Esta es otra señal que nos muestra lo falso del honor en nuestro mundo!

Los dos disertantes coincidieron que hay un solo lugar donde es posible sentir el verdadero honor.

¿Dónde?

Entre los “grandes” de la Tora. Allí todo se hace sin intereses, y todo el que puede acercarse a un “grande” podrá saber que el honor empieza por allí.

Traducido del libro Barji Nafshi.

Leiluy Nishmat

Israel Ben Shloime   z”l

Lea (Luisa) Bat Rosa    Aleha Hashalom

Iemima Bat Abraham Avinu    Aleha Hashalom

 

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