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Shabat Shalom


La Nueva Hoja PERASHAT JUKAT-18
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



בס”ד

LA LAMPARA DEL REFRIGERADOR

“Venid a Jeshbon” (Bamidvar 21,27)

 

Una pequeña frase que sale de la boca del iehudi, o hasta una palabra dicha con amabilidad y dulzura, con la voluntad de ayudar a nuestro compañero, tiene la fuerza para traer gran bendición, construir “mundos” completos, y muchas veces, cambiar los rostros tristes de los oyentes transformándolos en rostros alegres.

Este relato lo escuchamos de un educador de Ierushalaim, que trabaja en un seminario conocido de la ciudad.

Un gran amigo tuvo una pérdida, un familiar que falleció, y gracias a estos hechos volvió a sus fuentes, se arrepintió del pasado y se aferró a la Tora y a sus preceptos. Pero el fallecimiento fue sólo el comienzo, el resto fue de su parte, “venid a Jeshbon”, o sea, estuve a su lado para aconsejarle con el primer paso, y con los “cálculos”, todo fue en marcha continua hacia adelante.

Este hombre no tuvo los méritos para cuidar la Tora y sus preceptos en su juventud. Durante años tratamos de hablarle y hacerle entender para que cambie el destino de su vida, pero se negaba con fuerza y no quería escuchar.

También cuando falleció el padre, hizo solamente lo mínimo indispensable, se “sentó” en duelo los siete primeros días, dijo “Kadish” aquí y allá, pero siguió normalmente su vida, sin querer escuchar nada que pueda hacerlo cambiar…

Años más tarde fallece la madre, y unos meses después de la muerte, nos sorprendimos todos al ver su cabeza cubierta con una “Kipa” grande, y él mismo nos cuenta que eleva sus oraciones todos los días, sigue las normas del Kashrut y cuida el Shabat.

No sabíamos qué pasó ni quién pudo influir en él de semejante forma para que cambie de rumbo. Nosotros lo habíamos intentado todo, durante años, y sin éxito…

Y se supo la cosa. El nos contó quién logró forjar este cambio radical en su vida.

Durante los siete días de duelo por mi madre, vino a consolarme un pariente que cuida la Tora y sus preceptos, que además es muy agradable en sus modales y en su hablar. Me dijo: ¿quieres hacer algo muy simple y sencillo, para elevar el alma de tu madre, Aleha Hashalom?

Yo me “encendí” con el lenguaje “algo simple y sencillo”, y respondí de inmediato: estoy dispuesto. ¿Quién no podría hacer algo simple y sencillo para elevar el alma de su madre?

Cuando mi pariente escuchó mi predisposición, me dijo que cada día viernes, antes del comienzo del Shabat, debería desconectar la lámpara que está en el interior del refrigerador y que se enciende y se apaga cada vez que se abre o se cierra su puerta. Así, al abrir el refrigerador en Shabat, no se encendería la luz, y “este cuidado del Shabat serviría para elevar el alma de mi madre”, según las palabras de mi pariente.

Lo hice. Cada día viernes, al atardecer, desconectaba la lámpara del interior del refrigerador, y sabía que yo hacía esto para elevar el alma de mi madre. ¿Acaso hay algo más fácil?

Pero, pasaron dos o tres semanas, hasta que comencé a preguntarme a mí mismo: si yo no enciendo en Shabat la lámpara del refrigerador, ¿por qué enciendo las lámparas del salón y de los otros cuartos de la casa?

Traté de “postergar” esa pregunta que se esparcía en mi interior, pero no lograba olvidarla. Como yo soy un hombre que “hace” de acuerdo a las reglas de la lógica, la posible respuesta no se iba de mi cabeza y me golpeaba todo el tiempo: si no yo enciendo la luz del refrigerador tampoco debo encender otras luces en la casa.

Finalmente contraté un electricista que colocó un “reloj de Shabat”, para que yo no tenga que tocar las luces de la casa.

Posteriormente llegó el turno de la radio. Si yo no enciendo las luces de la casa, ¿quién me da permiso para encender la radio? Así dejé de escuchar la radio y de a poco me fui elevando.

La siguiente pregunta fue más difícil. Si no enciendo las luces de la casa, y tampoco enciendo la radio, ¿cómo puedo hacer funcionar el automóvil en Shabat?

Así fui eliminando todas las profanaciones del Shabat, una a una, hasta que con la Siata Dishmaia (Ayuda del Cielo), conseguí apartarme de todas las prohibiciones del Shabat.

Entonces, en una noche de Shabat, me sentí aburrido… la radio no la enciendo, no viajo en automóvil, ¿qué podemos hacer?

En ese momento recordé que había un Beit Hakneset cerca de mi casa. Me levanté y fui.

La gente y el rabino me recibieron con alegría. Después de las oraciones me sentí elevado, y la sorpresa fue que el rab se me acercó y me invitó a comer en su casa. No puedo describir lo que sentí. Yo, semejante “pecador”, comiendo en la casa del rabino de la ciudad.

La comida me trajo otra elevación. Y después salí junto al rabino al Beit Hakneset, donde él dictaría una clase de Tora. El rabino me sentó a su lado y la clase fue algo muy especial para mí.

Una elevación tras otra…

Así, como el agua fría sobre un hombre agotado, empecé a recibir sobre mí la Tora y los preceptos hasta convertirme en un retornante completo.

 

Traducido del libro Barji Nafshi.

 

 

Leiluy Nishmat

Israel Ben Shloime   z”l

Lea (Luisa) Bat Rosa    Aleha Hashalom

Iemima Bat Abraham Avinu    Aleha Hashalom

 




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